¿Fue Bertrand Russell anarquista?

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En el curso de su combate contra la I Guerra Mundial, Russell confesó «un temperamento inclinado al anarquismo». Mostró su rechazo «el excesivo poder del Estado», donde creyó ver «una de las principales causas de dolor en el mundo moderno». Predijo igualmente que la nacionalización, o sustitución del empresario privado por el Estado, dejaría al trabajador individual con «casi tan poco control sobre su trabajo como tiene al presente». El poder del funcionario diría, «es un peligro grande y creciente en el Estado moderno… La apetencia de poder… es una motivación extremadamente peligrosa, porque la única prueba segura de poder consiste en impedir a los demás que hagan lo que desean hacer».

En Anarquismo y sindicalismo, uno de los capítulos de sus libros más conocidos, Los caminos de la libertad, terminado por Russell en abril de 1918, unos días antes de ser encarcelado, se dice en el capítulo V: “Llegamos ahora a tratar del poder económico del Estado y de la influencia que éste puede ejercer por medio de la burocracia. Los socialistas de Estado discuten como si no hubiese peligro alguno para la libertad dentro de un Estado que no estuviese basado en el capitalismo. Eso me parece un perfecto error. Dado que habrá una clase social de oficiales, sea cual sea el sistema de escogerlos, es inevitable que haya un grupo de hombres cuyos instintos les impulsen hacia la tiranía”. Más tarde, en el prefacio a la tercera edición inglesa (junio de 1948), añadía: “…

Pero existen otros aspectos en que no estoy ya de acuerdo con la visión que tenía hace treinta años. …Los sistemas totalitarios de Alemania y de Rusia, con sus enormes crueldades deliberadas, me han llevado a adoptar un punto de vista más oscuro que el que tenía cuando era más joven, acerca de este problema: ¿dónde irían a parar los hombres si no existiese un fuerte control sobre sus impulsos tiránicos?”.
No obstante, sí Russell conoció alguna forma de militancia, fue en el laborista, eso sí, siempre situado en el sector más de izquierda. Trató con todos los dirigentes de este partido desde los tiempos de su fundador, el combativo fundador del laborismo de izquierdas Keir Hardie, con el que se sintió muy identificado. Pero en la mitad de los años sesenta, en un gesto simbólico que dio la vuelta al mundo, rompió su viejo carné del partido en protesta por su complicidad con la guerra del Vietnam. Había habido otras muchas complicidades por parte del laborismo, sobre todo en la gestión del totalitarismo imperialista (conceptos que no se utiliza por más que Hannah Arendt considera el imperialismo como la madre de todos los totalitarismo), pero consideró que lo de la guerra del Vietnam (con la que la socialdemocracia gobernante fue cómplice), era la gota que desbordaba el vaso.

En aquel momento, Russell conocía una radicalidad que seguramente le había faltado antes.
Tariq Ali evoca que por esta ocasión preguntó a Russell sobre sí el “leader” laborista Harold Wilson era el peor que había conocido, y su respuesta fue: “Wilson es un hombre pequeño e insignificante, pero no el peor. Supongo que si tuviera que escoger, diría que Ramsay MacDonald fue espantoso, todavía oigo su horrible voz diciéndonos que el socialismo se construiría «ladrillo a ladrillo». Un hombre espantoso. Hay quien dice que un partido tiene el líder que se merece, no pienso que el Partido Laborista mereciera a MacDonald ni a Wilson” Parece evidente que de de haber llegado a conocer a Tony Blair, habría comprobado que todo resulta empeorable. Esta actitud de Russell nos permite abordar anécdota de estos últimos tiempos protagonizada por Alfonso Guerra, cuando el 12 de enero de 1991 presentó su dimisión como vicepresidente del Gobierno. Se presume de que algo tan indigerible en estos pagos como una dimisión, era en el fondo una imposición del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que al año siguiente le eximió de responsabilidad penal en un famoso caso corrupción del que quedaría para la posteridad unas palabras de su hermano inculpado que son todo un manifiesto: “Estos -la derecha) se piensan que solamente ellos tienen derecho a enriquecerse”.
Pues bien, en semejante tesitura, y después de haber comulgado con todas las piedras de molino de la Transición, a Don Alfonso no se le ocurrió otra cosa que despedirse de su ministerio con una carta en la que se reproducía íntegramente el prólogo de su Autobiografía, obra en tres volúmenes que concluyó poco antes de morir: «Para lo que he vivido. Tres pasiones simples pero abrumadoramente intensas han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá por una ruta cambiante sobre un profundo océano de angustias hasta el borde mismo de la desesperación. He buscado el amor, primero éxtasis, porque comporta un éxtasis tan grande que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado. Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas.

Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho. El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el suelo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturada por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, yo también sufro. Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad».
El hecho da para todo un ensayo sobre el valor de las palabras, y sobre todo lo que la gente de orden está dispuesta a decir aunque sea en sentido totalmente contrario con su hacer. No hay que decir lo que hubiera pensado Bertrand Russell sobre la instrumentalización descarada. Quizás le habría bastado pronunciar una sola palabra: pateras.

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