Frida nos cuenta muchas historias

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Se trata de otro acto (5-abril) de más en línea de los que venimos escenificando en El Local de Sant Pere de Ribes cada viernes quincenal a las 19 h., con unos buenos nivelas de participación en los debates…

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Como  pretexto para un debate sobre el arte  y el feminismo, sobre la extraordinaria personalidad de una mujer  que se enfrentó a su tiempo y a  su propia tragedia  y que nos dejó con toda  su modestia y sinceridad (a tumba abierta) una obra artística que parecía “pequeña” pero que actualmente resulta especialmente valorada. Se trata de otro acto (5-abril) de más en línea de los que venimos escenificando en El Local de Sant Pere de Ribes cada viernes quincenal a las 19 h., con unos buenos nivelas de participación en los debates. Esperamos que con esta Frida, el encuentro nos permitirá conocer su biografía para situarnos, delante del horizonte de inquietudes artísticas de las mujeres, del feminismo que está inaugurando una nueva realidad, y que encuentra en el caso de Frida un potente referente que lectoras y lectores pueden encontrar a través de sus obras, de las (discutidas) películas y documentales realizadas…El acto contará con una evocación documental amén de las contribuciones de Mª  Piedad Azpeitia y Pepe Gutiérrez-Álvarez que nos remite un viejo artículo propio editado en castellano en “Historia 16” y en catalán en la revista “Els Temps”, allá por los años años chenta…

Magdalena Carmen Frida Kahlo y Calderón nació el 6 de julio de 1907 en Coyoacán, México, de padre alemán (un exiliado que se ganó la vida cómo fotógrafo de talento) y madre mexicana arraigada en las creencias muy propias de la tierra…Conocida como la compañera del inmenso Diego Rivera que fue el primero en vez que el arte “pequeño” de ella era superior al “grande” de él, todo un personaje; luego también conocida por sus puntuales relaciones con León Trotsky, relaciones de las que se sabe poco pero sobre la que se ha creado toda una leyenda. Tanto ha sido así  que según nos contaba María José González Madrid, biógrafa de Remedios Varo, preguntó por él en una clase, y obtuvo la siguiente respuesta: “Fue un amante de Frida Kahlo”.

Frida sufre desde la niñez su existencia fue un calvario. A los seis años, la polio le secó la pierna derecha, un defecto que ocultó toda la vida tras pantalones de hombre y polleras folclóricas. A los 18 años, en un accidente de autobús, una varilla metálica le atravesó el estómago y la pelvis, dejándola incapacitada para la maternidad. El impacto le fracturó en tres la columna y en once la pierna derecha. Además, se le dislocó un hombro, se le partieron varias costillas y el pie derecho fue totalmente triturado. Frida nunca se recuperó. A lo largo de su vida tuvo que soportar una treintena de operaciones derivadas de sus lesiones, y sufrió largos periodos de dolor que aliviaba con alcohol, del cual se volvió dependiente. Al final de su vida, una de sus piernas tuvo que ser amputada y se rumorea que, tras varios intentos de suicidio, sus amigos la ayudaron a morir.

Tuvo que ser durante su larga convalecencia después del accidente, atrapada en un caparazón de yeso y restringida por un aparatoso arnés, cuando Frida comenzó a pintar y a mezclarse con el círculo artístico de Ciudad de México. En 1928 conoció a Diego Rivera, el más importante de los muralistas mexicanos. Un año más tarde, a pesar de que él le llevaba veinte años y era quizás el hombre más feo del mundo, se embarcaron en un matrimonio azaroso, marcado por mutuas infidelidades que, en el caso de Frida, incluyeron a muchas mujeres, y en el de Rivera, a una de las hermanas de Kahlo, Cristina.

Rivera, el más popular e inquieto de los muralistas que trataban de “exportar” a México la revolución rusa porque la mexicana se había quedado a mitad de camino,  fue una influencia determinante en la vida de Frida. Fue él quien la impulsó a vestirse con trajes típicos mexicanos y a pintar en un estilo más “autóctono”; y fue él quien la guió por los laberintos cada vez más complejos y turbios de las dos grandes facciones comunistas: la Herética” liderada por León Trotsky al que admiraba desde siempre y trajo a México, y la burocrática-oficialista de Stalin, victorioso en una II Guerra Mundial que –cuando menos- detuvo el avance del Eje con los nazis en primera línea….

Cuenta otro  muralista comunista (obcecado estalinista) David Alfaro Siqueiros, que al entrar al horno crematorio, el cuerpo de Frida Kahlo, embestido por una bocanada de fuego, se incorporó y, con su largo cabello erizado en un halo de llamas, pareció dirigir una última sonrisa macabra a los aterrados deudos que sólo segundos antes, como aves de carroña, se habían disputado sus anillos como si fueran las reliquias de un santo, de una santa laica. De una mujer que había sufrido como pocas y que había vivido intensamente cantando la vida. La misma que fue “descubierta” por los surrealistas, por Breton en primer lugar, y reconocida mundialmente como un “milagro” de la vida, la revolución y el arte.

La fecha era 14 de julio de 1954 y Frida ya era un mito, al menos en México. Sin embargo, nada en aquel multitudinario y estrambótico funeral podía presagiar la “leyenda” que se habría de crear alrededor de su figura que desde entonces fue objeto de toda clase de exposiciones en casi todo el mundo, de numerosas evocaciones biográficas, de homenajes cinematográficas, y lo que es más importante: de debates sobre todo su significado como persona, como mujer, como mexicana y como revolucionaria inclasificable.

La gran pregunta es ¿Qué hay realmente sustancia en el trabajo de Frida Kahlo? ¿Son estas toneladas de desecho industrial un atropello contra la dignidad de una gran pintora? O, por el contrario, ¿son ellas la prueba de que la banalidad de su obra se presta a este maltrato? La verdad es que no parece haber consenso al respecto. Robert Hughes, el más lúcido, incisivo e incorruptible de los críticos de arte, afirma que Frida, “vista bajo cualquier criterio razonable, no es una gran pintora, sino una mujer recia y talentosa que, gracias a su sufrimiento hagiográfico, se ha convertido -superando ahora incluso a Artemisa Gentileschi- en el emblema de las artistas-santas del feminismo”. Otros, sin embargo, no vacilan en proclamar a Frida como la más importante artista mujer de todos los tiempos.

La verdad radica, como siempre mucho más complicada.

Es evidente que existe una Frida que ha sido secuestrada -bozo y cejas como estandarte- por las facciones más radicales del fundamentalismo feminista; y que su extraordinaria vida y su apariencia han terminado por opacar su obra. Pero también es cierto que pinturas como Unos cuantos piquetitos (en que denuncia el violento asesinato de una mujer a manos de su marido) demuestran una preocupación por los derechos fundamentales de la mujer, y que su vida tumultuosa es la sustancia misma de su pintura.

Personalmente, mi punto de aproximación a Frida fue a través de León Trotsky, en torno al cual y al momento realicé una edición  muy especial del “Manifiesto por un arte revolucionario e independiente” que firmaron él, Breton –los redactores- y diego Rivera y al que se adhirieron la mayor parte de los muralistas y surrealistas del momento…Es célebre la fotografía en la una jovial Frida recibe a León y Natalia para los que el mundo se había convertido en un planeta sin visado. Ella y Diego lo hospedaron en su casa tres años antes de que Ramón Mercader le clavara una pica en el cráneo, cortesía de Joseph Stalin mientras que las cancillerías, comenzando por Hitler, respiraron tranquilos: Trotsky . Tanto Kahlo como Rivera fueron arrestados después del asesinato, pero no se les pudo probar nada, aunque ellos solían vanagloriarse frente a sus amigos (ojalá en broma) de haber atraído a Trotsky a México tan sólo para matarlo. Poco después del asesinato, en plena Guerra Mundial, Frida renegó y se entregó por completo a un estalinismo obviamente idealizado, dedicándole a su nuevo héroe uno de sus más famosos exvotos, Frida y Stalin, que mancillar la memoria de nuestra Frida.

Con una vida de ese calibre es difícil evitar la egolatría: la Kahlo se pintó a sí misma innumerables veces, casi siempre desde un mismo ángulo: su rostro -como en una tabla medieval- suspendido en una expresión impasible en la que sólo unas icónicas lágrimas o gotas de sangre simbolizan su inagotable martirio. Desde el punto de vista artístico, está claro que ella suplía sus obvias carencias técnicas con una imaginación tan exuberante como sombría, en la que se mezclaba el arte popular con un surrealismo muy mexicano que fascinó a André Breton, otro de los grandes que pasaron por su cama. Podemos detectar en el arte de Kahlo un malsano provincianismo y un apego a veces dañino a un estilo cuyo origen popular y callejero -al contrario de lo que muchos creen en América Latina- no es un mérito intrínseco. Pero aun si admitimos la crudeza ideológica de sus pinturas políticas, o si nos irrita la simbología kitsch de sus últimas obras, hay que admitir que en sus cuadros más logrados (Las dos Fradas, Mis abuelos, mis padres y yo, La columna rota, o sus mejores autorretratos), Frida Kahlo logró poner al servicio de su subjetividad desgarrada una fascinante iconografía que sin duda puede ser comprendida desde el feminismo crítico de nuestro tiempo.

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