Frida en la vida (y en el cine)

La vida y la obra de Frida Kahlo sigue suscitando pasiones, tanto por su obra como por su significado en el memorial feminista y revolucionario del Méxo que pudo haber sido y que fue...

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Aún siendo de lejos la película más conocida sobre Frida y su época, la Frida de Salma Hayek-Julie Taymor, no es la primera vez que la gran pantalla enfoca la vida y época de Frida Kahlo (1)   La mejor hasta es el momento sigue siendo la Frida de Paul Leduc, que contaba con una Ofelia Medina impresionante Frida que desde luego no habría suscitado el comentario que María Félix que la conoció personalmente, efectuó sobre Salma Hayek: “No se parece en nada”. La lista puede ampliarse a títulos como La Reina de la Noche, de Arturo Ripstein donde Rivera es interpretado por el mismo actor que en la de Leduc, y la protagonista, Patricia Reyes, será Matilde, la madre indígena de la Hayek… También hay apariciones en Asaltar los cielos, de López Linares y Rioyo (dos “antiguos combatientes” de la LCR), y en la inclasificable “ópera prima” de Luis Eduardo Aute, Un perro llamado dolor, título extraído de Frida, y que ofrece la mirada más feroz sobre la pareja, seguramente “inspirado” por las denigrantes proclamas estalinianas de ambos, cuando al querer congraciarse con el Parido Comunista Mexicano, arguyeron que, a fin de cuentas fueron ellos los que propiciaron el trabajo de Ramón Mercader.  También está la muy interesante y emblemática Abajo el telón, de Tim Robbins donde Rivera es Rubén Blades y Frida que apenas si aparece es Corina Katt, filme que comentamos más abajo con la aviesa  intención de facilitar en lo posible un cine-fórum, porque ¿quién hubiera pillado estas películas unas décadas atrás?.
Como se ha dicho tantas veces en los medias, desde que su celebridad se ha hecho casi agobiante y su obra pictórica consta entre las  firmas femeninas más valorada en el mercado del arte (2), el papel de Frida ha sido considerado como una “perita en dulce” para algunas divas de Hollywood donde ya tempranamente una traviesa Melanie Griffith en «Algo salvaje» (Something wild, USA, 1986), aparece leyendo la biografía  que sobre Frida escribió Hayden Herrera antes de lanzarse a la aventura arrastrando tras de sí a un atribulado “yuppie” (Jeff Daniels). Dicho libro está en la base de diversas propuestas de guiones, en concreto uno llamado «Las dos Fridas» que al parecer, tenía que dirigir el director Chicago Luis Valdez. Se trataba de una producción que se decía tenía detrás Coppola y contaba con la apuesta decidida de la mayor diva latina actual en Hollywood, Jennifer López, cuya explosiva belleza no le impide contar con una filmografía casi insalvable, o sea lo mismo que se puede decir de Salma Hayek.
Anteriormente ya se había hablado cantidad de Madonna que en ausencia de otros talentos presumiblemente le habría dado mayor morbo, pero que según declararía Salma Hayek, “Ya tenía que tener bastante con Evita”. Igualmente se habló de un proyecto con Raúl Julia como Rivera  con la sosita Laura San Giacomo  como Frida, un anuncio que indignó a los mexicanos hartos de las imágenes estereotipadas que Hollywood ofrece sobre ellos. Como es sabido, fue la Hayek como coproductora la que consiguió sacar adelante un proyecto. Una vez en ello, la prensa trató de desmentir a María Félix y contó que había hecho un enorme esfuerzo de caracterización, aunque lo cierto es que, a  pesar de su voluntad, físicamente es más Hayek que Frida, no hay bigotes ni otras muchas cosas. Es que –no hay duda- Frida  es todavía demasiado para Hollywood por más que hayan tres mujeres en un equipo de guionista que se cierra con un cineasta  tan interesante como Gregory Nava. Salma le encargara la dirección a una directora, Julie Taymor, que se había atrevido  a filmar a uno de los Shakespeare más áridos «Titus» (Andronicus),  con unos pletóricos Anthony Hopkins y Jessica Lange, que además de una soberbia actriz demostró que era una persona digna ya que aprovechó su estreno en el Festival de San Sebastián en el 2004 para proclamar a los cuatro vientos que se avergonzaba de pertenecer al mismo país que Bush. Pero a pesar de la aridez de este Shakespeare, Julie Taymor ha demostrado que también sabe avenirse a una producción “correcta”.
La perspectiva escogida por los responsable sería una variación del trillado esquema del “biopic”, un género de los más hipócritas de Hollywood, y cuya principal regla es no molestar a nadie con poder, y aquí ni tan siquiera Siqueiros sale mal parado, hasta le ponen el rostro de Antonio Banderas.  La idea de la productora pasaba nada menos que por condensar en 118 minutos una historia a la que Hayden Herrera dedica casi 500 páginas. Se ofrece una cierta estructura central, con cierta coherencia fílmica, aunque no por ello se evita la sensación de estar viendo una versión apretada de una trama que siempre queda incompleta, comenzando por la propia entidad del coprotagonista, Diego Rivera (encarnada procesionalmente por el actor británico de origen español, Alfredo Molina, ya lejos de “Ábrete de orejas, de Stephen Frears), que resulta extrañamente blando, y que no permite comprender porque Frida  se mantuvo a su lado hasta el final.
La aproximación “panorámica” se justifica porque hay que dar un espacio a cada una de las celebridades que rodearon a Frida, un rasgo inherente a su carecer comercial, y por ello, abrumadoramente citado en el curso de la publicitación de la película, creando en el espectador una expectativa en relación a la legendaria Tina Modotti (Ashley Judd), David Alfaro Siqueiros,  que apunta historias que no tienen ningún más desarrollo que apuntar que Frida y Tina eran mujeres rompedoras. O sea que en vez de ofrecer una perspectiva parcial,  un encuentro cerrado en el que podríamos haber conocido una Frida desde un punto de vista vivo e intenso, se nos ofrece un repaso en el que ninguna de sus relaciones más conocida deja de tener su aparición al amparo de una estrella reconocida,  posiblemente no será la última pese al empeño de Salma Hayek, coproductora y protagonista de la película que nos ocupa, en fabricar algo así como el film definitivo sobre la pintora mexicana que, además de pintar lienzos crueles e inquietantes.
El argumento da por supuesto que Frida amó a un León Trotsky cuya presencia está filtrada por una pasión sobre las que únicamente se sabe que existió como escaramuza, y que acabó provocando un conflicto entre éste y Natalia Sedova. La elección de un actor de la talla de Geoffrey Rush (capaz de ofrecernos por ejemplo un magnífico marqués de Sade), parece justificarse por la importancia del personaje que apenas si tiene vida en el guión, y que desde luego no explica para nada porque fascinó tanto a Diego Rivera  (y le produjo a Breton el “complejo de Cordelia”), con lo cual se cumple uno de los requisitos de la tradición del “biopic”, pero que resulta frustrante ya que Rush se limita a prestar su prestigio para la composición de un reparto sonado y comercialmente atractivo. Los antecedentes del fuerte compromiso comunista-militante de Rivera quedan restringidos a la andadora de la pareja en Nueva York y sus conflictos con el famoso mural del centro Rockefeller que la andadura real de Frida por el agitado panorama pictórico de la primera mitad del pasado siglo, y que resulta mucho mejor tratado en “Abajo el telón” (Cradle Will Rock, 1999), la tercera película como director  de Tim Robbins que trató tangencialmente la relación entre Rivera y Kahlo, enmarcada precisamente en la gestación del polémico mural en el Rockefeller Center, el  corazón capitalista de Nueva York y en donde co0locó la bandera de la revolución con las efigies de Marx, Lenin y Trotsky. Se trata de una película coral y potente que representa algo así como un trozo vivo de la revuelta cultural y obreras que converge en la misma época que emergen personajes como Orson Welles.
Lo dicho: la película de Ta Frida acumula el máximo de hechos pequeños y grandes acontecimientos en la vida de la protagonista, aunque la película debería haberse titulado Frida y Diego, o al revés, ya que el cometido de Rivera (Alfred Molina) en el devenir de la trama es tan o más importante que el de la propia Frida, sin embargo, no es por casualidad que Selma Hayek es también una productora que buscaba “el papel de su vida”.
Se puede decir que la idea motriz es la del sufrimiento. En este punto de partida, la película es fiel a la vida de Frida Kahlo, ilustra el sufrimiento físico (las secuelas que dejaron en su cuerpo el aparatoso accidente de tranvía en el que se vio involucrada de muy joven) y el tormento sentimental e intelectual (su relación con Rivera, un hombre incapaz de ser fiel) del artista. Mientras que lo primero sucumbe a la tentación elíptica, ya que Taymor despacha en escasas secuencias lo que en la vida real fue un largo y doloroso proceso, el de recuperarse para, al menos, volver a andar después del accidente -en el que una barra metálica le entró por la cadera y le salió por la vagina, astillándosele la pelvis, la espina dorsal, la clavícula y la mayoría de costillas-, lo segundo concentra toda la atención de la directora: la figura de Rivera, avasalladora y proteínica, generosa y exagerada, tierna e histriónica, un personaje de contrastes en definitiva, sigue estando presente incluso cuando el pintor salió precipitadamente de la vida de Frida para volver a ella en los últimos años de sufrimiento físico y auténtico nacimiento pictórico.
Se puede decir que  Frida es una paloma, menuda, vestida con telas y colores tradicionales, el pelo recogido en trenzas, el rostro pequeño y el dibujo cejijunto. Rivera es un elefante de andares torpes, gesticulante, a veces ridículo aunque siempre, según dejó dicho la Historia y confirma el film, muy seductor. Taymor y su grupo de guionistas, entre los que figura el interesante director Gregory Nava (La fuerza del destino), pulsan siempre la relación sentimental antes que el conflicto artístico, la lucha por mantener alejados los celos antes que la pugna estilística, algo que emparenta a Frida con no pocos biopic sobre artistas famosos realizadas en Hollywood en los años cuarenta y cincuenta. Si Leduc reflexionaba en su citada película sobre la relación entre arte y política en unos tiempos tan convulsos, en México y en el mundo entero, como los que vivieron Frida y Rivera, Taymor prefiere poner por encima de todo la evocación tanto de la época como del estado de ánimo a través de los colores, tomados de los lienzos de la protagonista, en algunos detalles sobre la inserción de la realidad en la propia obra de la artista a través de una serie de encuadres que recuperan las formas y posición de los oleos de Frida, y en la utilización de la estética del collage en la secuencia de la llegada de la pareja a Nueva York.
Es el momento en que Frida asiste en un cine a la proyección de King Kong, y deja volar su imaginación hasta verse a sí misma. Cómo una de las mujeres raptadas por King Kong y al gran mono imaginado por Willis O’Brien con la cabeza de Rivera. La estancia neoyorquina también es breve y sirve tan sólo para apuntar la bisexualidad de la protagonista, un toque como los que apuntan su evolución política que pasa de Trotsky a Stalin sin necesidad de ofrecer la más mínima explicación.  Con todo, y en ausencia de la Frida de Leduc, esta versión made in Hollywood tiene los suficientes puntos de interés como para dar pie a un buen cine-fórum para hablar de todo esto que decimos aquí y muchas cosas,

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