Frente a la gran crisis y a la (exigua) posibilidad de unos nuevos Pactos de La Moncloa

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La precipitada decadencia del modo de producción capitalista nos ha llevado a un callejón sin salida.

Ya antes del covid-19 el sistema arrastraba una deuda global por encima del 300% del PIB mundial, con un capital desbocado hacia las finanzas, porque no encuentra beneficios en la inversión productiva. La tasa media de ganancia cayó desde casi el 33% en los años 50 del siglo XX, hasta alrededor del 17% justo antes de 2008, cuando se dio el penúltimo estallido de la Larga Crisis iniciada en los 70. Mientras que los activos financieros llegaban ya en 2014 casi a 300 billones de dólares y el conjunto de capital ficticio que puede estar moviéndose por el mundo es fácil que supere los 100.000 billones de dólares (entre títulos de deuda revendidos hasta la saciedad, acciones empresariales duplicadas y cuadruplicadas, la mayor parte de los activos bancarios titulizados y toda la infernal gama de derivados).

 

Una economía mundial sin apenas crecimiento y con indicadores de actividad industrial y de formación bruta de capital en franco declive, ha necesitado el recurso combinado de la bajada máxima de intereses (incluso en negativo) y de la emisión de “dinero mágico”, sin ningún respaldo, para mantener a flote la monstruosa carga de capital insolvente. Ese dinero regalado ha permitido a muchas grandes empresas, técnicamente en quiebra, recomprar sus propias acciones, mientras que los grandes fondos de inversión se hacen con empresas y bienes privados y públicos por doquier. Y la deuda aumentando.

Ese aumento exponencial de las deudas por encima del que experimenta el PIB a escala mundial, no tiene más salida (parcial o de parche) a medio plazo que una quita global.

Pero es tal el deterioro alcanzado que este panorama desolador necesita de una Gran Conmoción. La actual pandemia vírica que padecemos es un fenómeno emergente mas en todo caso “oportuno” para realizar ese tratamiento de choque necesario y llevar a cabo un tipo de limpieza de capitales obsoletos (la mayoría) bajo dimensiones similares a las de una gran guerra (el detonante de ciertas guerras en principio localizadas, tipo enfrentamiento USA-Irán o USA-Venezuela, podrían contribuir también, pero quizás con más riesgos).

Sin embargo, tal y como pasa con las “guerras”, ese proceso se hará a expensas de un costo social de gigantescas consecuencias. Por lo pronto, estamos a las puertas de una reestructuración a la baja (todavía más) de las relaciones laborales y de las posibilidades de empleo en casi todo el planeta (ya se sabe que las guerras o su amenaza son elementos de disciplinamiento social eficacísimos). Pero la extensión masiva del desamparo, el desempleo, la precariedad, la falta de oportunidades de vida, no son compañeros aconsejables para la “estabilidad” y para la legitimidad social que los mercados (y la famosa “gobernanza”) requieren.

Para poder combinar dosis de unas píldoras y otras es conveniente ir sellando pactos entre las oligarquías, y entre éstas y las organizaciones políticas y sindicales “docilizadas”.

En el caso concreto del Reino de España, el presidente del gobierno ha llamado a una reedición de los Pactos de la Moncloa, los mismos que amnistiaron a la dictadura fascista más larga de la historia y dejaron el control y poder social en manos de las mismas familias que la habían sostenido, dándonos a cambio políticas de contención de las reivindicaciones sociales, laborales y salariales y un pobre remedo del “Estado de Bienestar” europeo.

De ir adelante esta nueva versión de aquellos Pactos, ¿se intentará dar carta de legitimidad para el futuro a medidas que hasta ahora este nuevo gobierno “de izquierdas” nos había prometido combatir? Así, por ejemplo, si hoy se promueven los ERTEs por doquier, la mayoría de los cuales terminarán en despedidos definitivos, es porque la última contra-reforma laboral del PSOE lo permite. Si hoy los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado tienen amplios poderes discrecionales, se lo deben ya de antemano a la famosa “Ley Mordaza” de Mariano Rajoy, que tan dispuesto estaba este gobierno a derogar. Con la prensa prácticamente en estado de censura informativa, con los Parlamentos casi en paro, habrá que vigilar que no se aproveche el virus para sacrificar en adelante derechos civiles y sociales, canjear “libertad” por “salud”. Porque podemos hablar, y ahora es lo urgente, de la salud física (en esta urgencia el derecho colectivo a la vida prima sobre cualquier otra consideración), pero es tiempo de empezar a prever las consecuencias para la salud mental y social que, en un punto, se entrelazan o derivan también en detrimento de la salud física a la que llevan los encierros prolongados y no demasiado bien planificados. Eso tiene que traducirse por la puesta en práctica de medidas al respecto que sean mínimamente compatibles con la higiene mental desde este momento, y por movilización social en cuanto se pueda, para que nuestra ya deteriorada libertad y nuestros derechos sociales no queden a posteriori aún más mermados que nuestro ánimo. También será necesario extremar la vigilancia de la sociedad sobre lo que se pretende pactar, aunque no cuaje en estos Pactos concretos.

Mucha atención a esto, porque el PCE ya fue firmante de aquellos Pactos, por los que más de 20 años después pidió perdón más o menos públicamente. ¿Estaría hoy dispuesto a repetir su papel?

Pero hablemos de otra lección histórica. Sólo hubo dos salidas en las anteriores Grandes Crisis del capitalismo (además de la Guerra), y las dos pasaron por el Estado. O bien el Estado asumió el control de la economía, con una política de amplias nacionalizaciones, o bien llevó a cabo grandes inversiones para favorecer al menos ciertas ramas del sector privado, como fue el “keynesianismo militar” que emprendió EE.UU.

Cualquier opción hoy pasa de nuevo por la intervención firme y la asunción del mando de la economía por parte de los Estados. Lo que conducirá a su endeudamiento masivo (Pedro Sánchez ya ha dicho que será un fardo histórico para las nuevas generaciones, y las que están por venir).

(Pero no tendría porqué ser así). En el presente, y en las circunstancias históricas en que nos movemos, el camino a seguir para cuanto menos paliar el cataclismo social que acompañará al brutal choque económico que atravesamos, pasa por las siguientes medidas inmediatas, imprescindibles:

  1. Suspensión indefinida del pago de la deuda pública. (Para los pueblos de las periferias capitalistas, negación del pago de la “deuda odiosa”).
  2. Extracción de recursos del gran empresariado y, en general, de las grandes fortunas (solamente entre fraudes, bajadas de impuestos, evasión y fuga de capitales, se pierden más de 100.000 millones de euros cada año para las arcas públicas). Condonación, en cambio, de deudas a la parte de la población trabajadora obligada a ser “autónoma” y moratoria a las pequeñas empresas. También al campesinado. Parar, asimismo, todos los desalojos y desahucios.
  3. Levantamiento de un servicio público de ahorro, de crédito y de seguros, para atender las necesidades de la población, no el lucro privado. Instaurar una renta universal garantizada.
  4. Control de las Bolsas (o directamente el cierre, en su caso) para que los grandes capitales no puedan terminar de comprar las riquezas de los países a precios de saldo.
  5. Hacer verdaderos servicios nacionales de salud pública. Con vocación preventiva, capaces no sólo de prepararse frente a pandemias, sino de eliminar de una vez las muertes por enfermedades curables y parar antes de que se produzcan otras enfermedades cada vez más sociales.
  6. Transferencia al sector público de buena parte de los recursos de las transnacionales farmacéuticas y laboratorios privados de investigación (que a escala mundial gastan más dinero en combatir el “exceso de peso” que la malaria, por ejemplo). Por lo mismo, erección de un sólido sistema educativo y de investigación públicos.
  7. Nacionalización de los sectores energéticos. Única manera de realizar una lucha algo eficaz contra el “estrés climático” que padecemos y de dotarse de un control público de los pilares estratégicos de cualquier sociedad.
  8. Reindustrialización, a partir prioritariamente de cadenas de proximidad y de la cooperativización de empresas.
  9. Recuperación de la soberanía alimentaria.
  10. En el caso de los países europeos, recuperación también de la soberanía cedida a la UE, que es como decir a los grandes mercados financieros. Ante la deserción de ésta es claramente la única vía para poder desarrollar políticas monetarias y fiscales sin restricciones externas. Se puede, así, emitir dinero para emprender una amplia contratación pública, en una economía cada vez más social que recupere para el control público los renglones estratégicos; también para poder contar con un verdadero servicio de protección civil, desmilitarizado. Todo eso requiere romper con el euro.
  11. Abrogar los “Tratados de Libre Comercio” y las políticas de austeridad impuestas, que extorsionan y desamparan a las poblaciones.

El camino que abren estas medidas no es otro que el que conduce a una economía planificada, cada vez más urgente y necesaria a escala tanto estatal como mundial. No podemos combatir de otra forma el caos, las miserias, guerras y destrozo ecológico y social a que nos ha llevado la economía de rapiña de un capitalismo que se vuelve más destructivo y despótico según va llegando su final.

 

 

Rebelión

 

 

 

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