Frente a la crisis, el trabajo debe emanciparse del capital

Los medios de todo el mundo se hacen eco de un pronóstico compartido: la pandemia del COVID-19 precipitará al mundo en una gran depresión que se parecerá más a la de la década de 1930 que a la larga recesión de los años 2008-2015. Pero, ¿cuál es el verdadero significado de esta crisis sin precedentes que parece golpear a la humanidad como las diez plagas de Egipto infligidas por Yahvé?

Pandemia y Gran Depresión

El 14 de abril, el FMI anunciaba una contracción del PIB mundial del 3% en 2020 (alrededor del 6% en Estados Unidos, la eurozona y Suiza). Pero si creemos a un estudio del grupo de prospectiva Oxford Economics, publicado el 5 de mayo, debería caer más fuertemente, del 3,5% al ​​8%, dependiendo de la evolución de la pandemia en los próximos meses. Finalmente, el 7 de mayo, el Banco de Inglaterra pronosticó un colapso del 14% en el PIB del Reino Unido, lo que indicaría la depresión más profunda ¡desde 1706! En realidad, incluso si todos estos datos dependen de escenarios muy inciertos, dan una idea de la profundidad del abismo hacia el que se dirige la economía capitalista globalizada. Sin mencionar los dramas humanos que anuncia: duplicación del número de personas afectadas por la hambruna en el Sur, aumento masivo del desempleo y de la miseria en el Norte.

Este 8 de mayo, The New York Times titulaba:

Prepárense para varias oleadas de infección”. Indicaba que “ahora está claro para los epidemiólogos que el coronavirus no iba simplemente a desaparecer después del fin de las restricciones, sino que se quedaría con nosotros durante meses, y tal vez años… y que es necesario visualizar su trayectoria como una serie de ondas”.

Unos días antes, el 30 de abril, había dedicado un artículo largo y muy documentado para mostrar la extrema improbabilidad de tener una vacuna efectiva, producida y distribuida a gran escala en el plazo de un año a un año y medio. Pero la peculiaridad de esta pandemia es que es global: cuando parecía estar contenida en Asia en marzo, explotó en Europa, y cuando ahora parece estar contenida en Europa, explota en América (Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Ecuador y Perú).

¿Una crisis capitalista clásica?

¿La próxima gran depresión es el resultado de la crisis de salud mundial que estamos atravesando y que probablemente se resolverá a largo plazo? Sí y no. Sí, porque ha forzado el confinamiento de 2.700 millones de trabajadores, es decir, el 80% de la población activa mundial (cf. OIT), y que los países que querían evitarlo sabían (Reino Unidos) o están experimentando (Brasil) un brote aterrador de la epidemia. En el Reino Unido, el número de muertes se ha triplicado en el último mes (20.000 más), mientras que se ha duplicado en el resto de Europa. En Brasil, el número de muertes se ha multiplicado por diez durante el mismo período, y es probable que las cifras reales sean mucho más altas. La probabilidad de varios rebrotes futuros de la pandemia en los dos próximos años hace también extremadamente aleatorios los pronósticos sobre cualquier recuperación duradera de la economía.

Sin embargo, la gran depresión que se avecina, incluso si su gravedad ha sido sin duda aumentada considerablemente por el surgimiento de la COVID-19, sigue siendo en sus cimientos una crisis capitalista “clásica”. Combina así, por un lado, la caída de las inversiones productivas, cuyos rendimientos se consideran cada vez más insuficientes, lo que dirige a una masa cada vez mayor de capital hacia los mercados financieros e inmobiliarios especulativos, y por otro lado, la contracción de las salidas solventes que se desprenden, vinculada con la disminución de la demanda tanto de bienes de capital como de consumo. Incluso antes de la pandemia, su maduración se vio agravada por tres factores: primero, la purga insuficiente realizada al final de la larga recesión de 2008-2015, que mantuvo importantes sobrecapacidades de producción; a continuación, un gran aumento de la deuda pública, y sobre todo privada, cuyo empeoramiento se ha vuelto cada vez más amenazante; finalmente, el aumento regular del precio de las materias primas, que depende de sus costos de producción y de transporte (relacionado con su relativo agotamiento).

A raíz de la COVID-19, esta depresión será más difícil de superar por tres razones adicionales. Primero, debido a un nuevo aumento masivo de la deuda pública y privada, que ahora supera tres veces el valor del PIB mundial, amenazando a un número creciente de hogares, empresas y Estados de incumplimientos y quiebras. En segundo lugar, porque la pandemia ha puesto de relieve el envejecimiento de las poblaciones del Norte, lo que exige inversiones masivas en infraestructura, personal e investigación en materia sanitaria, pero también en sistemas de seguros de enfermedad universales. Todos estos son costos que el capital considera gastos incidentales insoportables. Finalmente, la necesidad de relocalizar una serie de fabricaciones a expensas de las regiones de bajos salarios va a imponer una robotización incrementada de los procesos concernidos, contribuyendo a aumentar todavía más el peso relativo del trabajo muerto a expensas del trabajo vivo, reduciendo así la producción de plusvalía a escala global.

¿Quién puede cambiar esto fundamentalmente?

La depresión que se avecina destaca los callejones sin salida cada vez más devastadores de un sistema económico basado en la doble explotación de la fuerza de trabajo humana y de la naturaleza. A nivel social, brutalmente coloca en el centro de la experiencia de grandes masas el conflicto entre el limitado número de los propietarios de los grandes medios de producción, de transporte, de distribución y de crédito, y la multitud de trabajadoras y trabajadores, obligados a vender su fuerza de trabajo, sea cual sea el precio, porque no tienen otros medios de existencia. Sin mencionar a la mayoría de las mujeres, que se ven obligadas a realizar actividades reproductivas no remuneradas (educación, cuidados, tareas domésticas). El proletariado, que algunos habían querido echar por la ventana, vuelve para perseguir las pesadillas de la burguesía a través de la puerta principal, como doble encarnación del despojo económico y de la fuerza social, siempre que tome conciencia de su “inmenso número” (Louise Michel).

Sin embargo, sería peligroso subestimar las divisiones que atraviesan al mundo del trabajo, entre el Norte y el Sur, las personas con empleo y las desempleadas, estables y precarias, “blancas” y “no blancas”, nacionales y extranjeras, jóvenes y mayores, etc., pero también entre hombres y mujeres en cada una de estas categorías. También es importante no olvidar las actividades reproductivas, este continente a menudo descuidado, y su distribución desigual entre los sexos para comprender las tensiones que socavan cotidianamente la unidad del proletariado. Sin embargo, es precisamente estas líneas de fractura, que se esfuerzan por erigir como líneas de frente, que las ideologías más reaccionarias empujan entre las capas populares. Inspirados por el imperialismo, el racismo, el sexismo, alimentan un vivero de “nuevas” fuerzas de extrema derecha, siempre candidatas para estar a la cabeza de los movimientos de masas. Es por eso que la lucha contra las desigualdades y las diversas formas de opresión dentro del mundo del trabajo deben estar en el centro de la estrategia de los anticapitalistas.

Derrota al ejército de los muertos

El coronavirus desempeña el papel del ejército de los muertos en la serie Juego de Tronos, cuando cruza el muro de hielo que protege a los vivos aprovechando la locura de sus líderes y el hundimiento de sus solidaridades, en nombre de una incesante búsqueda del poder y del beneficio. Él encarna esa naturaleza, evocada por Friedrich Engels (1883), que se venga cada vez de “nuestras victorias” sobre ella tan pronto como ignoramos sus leyes. Así, las grandes pandemias han marcado la historia desde el neolítico, cada vez que un salto adelante en la producción y/o el comercio perturbaba el metabolismo secular entre la especie humana y la naturaleza, precipitando fases de desequilibrio entre gérmenes microbianos y sociedades: en el cuarto milenio antes de Cristo, en los primeros tiempos de la urbanización al final del Imperio Romano, en el comienzo de la gran depresión medieval después de la revolución comercial del siglo XVI, después de la revolución industrial, etc.

En respuesta a la explotación y el agotamiento de la naturaleza, única fuente de riqueza con el trabajo, los microorganismos hoy parecen haber comenzado una carrera loca con gases de efecto invernadero para saber cuál de los dos socavaría más seriamente la fuga hacia adelante del capital hacia un crecimiento económico sin fin ni finalidad. La huelga del clima ha marcado la toma de conciencia de una nueva generación sobre los callejones sin salida del productivismo. El COVID-19 llega hoy para llamar a la misma puerta por sorpresa. Sin embargo, ni las emisiones de carbono ni el coronavirus son agentes potenciales de una revolución social. Si ilustran claramente la creciente contradicción entre el modo de producción capitalista y un medio ambiente favorable a la vida humana, corresponde a la aplastante mayoría de la humanidad, que sufre las consecuencias, poner fin a este desastre.

La izquierda anticapitalista debe darse cuenta de que estamos viviendo un giro de época. Sin embargo, sería perfectamente idealista apostar por un salto de conciencia colectiva resultante del confinamiento como tal. No es porque una parte de la humanidad haya percibido la diferencia entre lo esencial y lo superfluo, y haya sentido menos las cadenas de la condición salarial durante algunas semanas, con el miedo al desempleo y la pérdida de los ingresos pegados al vientre, que ella haya avanzado prácticamente en el camino de su emancipación. Como uno de los portavoces de los “marxistas humanistas” estadounidenses Kevin B. Anderson ha escrito recientemente, deberíamos aprender de las lecciones de la pandemia en curso que, como una guerra mundial, se apresta a matar a millones de personas, en términos de programa y de acción colectiva. El aturdimiento que despierta debe llevarnos a actualizar nuestra visión estratégica del futuro, volviendo a las fuentes de la filosofía de la praxis de Marx. En efecto, solo la auto-emancipación del mundo del trabajo, que es la única fuente de riqueza, con la naturaleza, puede hacer posible unir a la aplastante mayoría de la humanidad a reconciliarse consigo misma y con su medio ambiente.

https://www.contretemps.eu/covid19-travail-capital/

Traducción: viento sur

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