Franco: la producción del enemigo para el mantenimiento de la dictadura

La exposición de este artículo quiere enfrentarse directamente a aquellos que en los últimos tiempos han querido “revisar” el periodo franquista para tratar de legitimarlo. Nombres como Pío Moa o César Vidal resuenan hoy en ciertos medios de claro sesgo fascista que no sólo apelan al olvido sino, más aun, desean invertir la historia manipulándola a su antojo aprovechando el tiempo ya transcurrido desde que muriera el dictador y la poca formación histórica que en general se nos ofrece por vía oficial en este país. Quiero pues, hacer aquí un análisis riguroso y documentado que recuerde lo más posible los males de un régimen nefasto que aplastó nuestra vida durante cuarenta largos años.

“(…)El masón es el judío de Franco. Lo que Hitler está empezando a hacer en Alemania con los judíos, quiere hacerlo él en España con los masones. Un pueblo, todo pueblo, necesita un enemigo enfrente para ser grande. Al pueblo hay que darle un enemigo concreto, visible, fusilable, y no abstracciones. Sólo el que se inventa un buen enemigo se lleva detrás al pueblo. Un enemigo en el que concentrar todes los males y desgracias de la gente, que siempre es desgraciada. La gente pide un culpable, y a la gente hay que desviarla para que acierte equivocándose, no sea que dé con el verdadero. (…)

¡Madrileños!, ¡Españoles! Soldados y milicianos rojos de todos los frentes: vengo por orden de mi Caudillo Franco, aquí cerca de vosotros, para deciros lo que Franco me ordena que os diga. Estoy con los generales, con los jefes y soldados que vosotros conocéis por ser los que teneis enfrente. Franco me ordena os diga, y éstas son sus mismas palabras; ‘sean para todos mis palabras anuncio de la liberación, ofrenda de perdón y de paz’. (…). Franco dice: ‘Nuestra victoria es militar, económica y política’.

La voz desatentada de Millán Astray, llena de picos y de fallos, monstruizada por el altavoz, suena como amenaza deshumana (el tono traiciona a las palabras) en la soledad y el silencio de este Madrid final, extenso, vacío, pobre y bombardeado.”1

La guerra y el enemigo son los dos pilares sobre los que Franco quiere legitimar su poder de cara al pueblo español, son su justificación última, repetida hasta la saciedad, y, por ella, nada se movía en España sin la luz verde del Pardo. Jefe de Estado de una dictadura totalitaria y militar, Franco se aseguraba la unidad y la soberanía del Estado en su persona por la identificación de un enemigo al que había combatido y ganado en la guerra civil, un enemigo del que nos protegía, una paz que él nos propiciaba… pero, en realidad, lo que se vivió fue lo inverso de lo que se nos presentaba desde el poder, esto es: una guerra que se diría se prolongó más allá de la misma victoria franquista por la magnitud de las represalias a lo largo de los cuarenta años en que detentó el poder: un enemigo que, en definitiva, eramos potencialmete todos.

Los datos están ahí2: el número de ajusticiados a garrote vil, los campos de concentración donde se sometía a trabajos forzados y a condiciones de vida insostenibles que acabaron con la muerte de muchos por inanición y por enfermedad, la tortura, el miedo constante, la construcción de la realidad por medio del Ministerio de Información que regulaba periódicos, televisión, radio donde “todos los medios de comunicación se conviritieron en instrumentos del Estado”3 haciendo de aquel enemigo una presencia contínua.

En el mejor de los casos, la memoria histórica, puesta en boca de algunos, ha querido ser benevolente y ha tachado esos cuarenta años de miseria y muerte, de ausencia de libertades, con el curioso vocablo de “dictablanda”. Aquí, mediante datos históricos y su interpretación a través de algunos autores, quiero recuperar el auténtico sentido de esta fase de la historia de nuestro país, quiero hacer un llamamiento a la seriedad, precisamente para poder entender el poder y lo político, para estar de contínuo atentos a él y, de este modo, poder vislumbrar el presente, pues si le quitamos peso a la historia, considero que corremos el riesgo de quitárselo al presente, de no estar en condiciones de acometer un verdadero juicio crítico a lo actual y “evitar así, parafraseando a W. Benjamin, que los vencedores del pasado venzan dos veces al olvidarse la memoria de los orígenes”4 y para, “vigilar los poderes excesivos de la racionalidad política”5.

-El peso de la ontología: amigo/enemigo.

Desde el al menos aparente frío realismo schmittiano todo está bien, esto es, el poder de Francisco Franco es legítimo y se constituye como político identificándose con el Estado en su unidad y soberanía pues la distinción ontológica amigo/enemigo ha llegado a tal intensidad que se ha hecho fáctica en la guerra civil. Diríamos desde aquí que un grupo militar, a cuya cabeza se colocaría más tarde el propio Franco, ha identificado a su enemigo, a la negación óntica de ellos mismos, al otro, al republicano, al rojo-separatista, al masón, ha acabado por combatirlo excepcionando el régimen constitucional vigente dentro de las fronteras territoriales, ha vencido y ha impuesto su propio criterio constituyendo Estado. Aquí y puesto que Franco aglutina bajo su persona todos los poderes con el apoyo total del ejército del que se proclama Generalisimo, el enemigo del Estado pasa a ser diréctamente el enemigo de Franco. A este enemigo no siempre hay que combatirlo por las armas, como señala Schmitt, en ocasiones conviene que, al menos en apariencia, se, coloque del lado del amigo, sin ser el amigo. Para ejemplificar esto tenemos la figura paradigmática de Serrano Súñer, cuñado de Franco y falangista quien ocupó durante años el cargo de Ministro al lado del dictador, pero que fue destituído por él en 1944. Puede objetarse a ésto que esta destitución se debió al suavizamiento de la estética falangista y el apoyo a los régimenes fascistas una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, esto es, como estrategia para ganarse el favor de los aliados y de EEUU. Pero también puede leerse de otro modo: Franco era Franco y todo lo que a él se le opusiera constituía un enemigo que pasaba diréctamente a ser El Enemigo. Paco Umbral, a este respecto, se interna en los pensamientos del dictador y los narra en primera persona en su lúcida novela Leyenda del César Visionario: “de aquí lo único que saco yo es mi propia glorificación, ya me he encargado yo de eso, palio a la entrada y a la salida, y si no no hay funerales, ni Ausente ni más jugar a que somos alemanes”6. La segunda opción, como digo, es deshacerse del enemigo de entre las filas propias sin el rigor de la sangre pero humillándolo, de ahí la destitución de Serrano Súñer.

Pero el enemigo interno al que combatir hasta la muerte también seguía ahí, operante, tras cada rincón, cualquiera podía ser ajuticiado pues, de hecho, todos se convirtieron en espías de todos, cualquiera podía denunciar a su vecino y, si aquello prosperaba hasta el límite, el pobre diablo al que hubieran detenido sería condenado a muerte. El enemigo ya no puede defenderse activamente por las armas, pero continúa latente y continuó ahí durante los cuarenta años haciendo posible el férreo control de la sociedad. El enemigo público, político, el enemigo de la España franquista, esto es, de Franco, estaba en todas partes pues en todas partes estaba el dictador, como otro Gran Hermano.

Y, si la guerra y el enemigo sustentaban aquel poder, el miedo es lo que operaba bajo esta supuesta legitimación: el miedo al enemigo, el miedo a la guerra: Franco aparecía como el gran protector de la España una y libre, como el Leviatán hobbesiano, limite de toda legalidad, la legalidad misma, hecha para el amigo, contra el enemigo, hecha para garantizar una normalidad que al cabo no se cumplía jamás, pues potencialmente y, como ya se ha dicho, el enemigo podía ser cualquiera que al franquismo le pareciera que se opusiera a él mismo, por tanto, la excepción planeaba de continuo sobre todas las cabezas. Esto es lo que implica el totalitarismo, la autarquía de uno sólo del que emanan todas las decisiones y que detenta el poder todo, de alguien que se autoproclama “responsable, según sus apologistas sólo ante Dios y ante la Historia”7 y del que depende pues la concreción de la abstracción del enemigo público. En conclusión, el enemigo tiene una determinada función, cumple una utilidad: consigue establecer el poder y mantenerlo, mantener sus estructuras y su forma y, como no, a aquellos que lo detentan.

-Aplicación de los tres tipos de legitimación para la dominación:

La comprensión weberiana de la sociología nos permite aplicar con elasticidad los tres tipos puros de legitimación al régimen franquista de manera que podemos abarcar con ellos de forma extremadamente fecunda varias dimensiones de su acontecer histórico. La generalización de los conceptos sociológicos hechos tipos ideales es lo que da pie a que la historia pueda encajar en ellos ya en una explicación de tipo causal. Así Weber nos ofrece la posibilidad de una objetividad para la sociología que se apoya una y otra vez en la subjetividad de la historia entendida como la realización de las acciones humanas. Pero adentrémonos en el análisis franquista a partir de estos tres tipos ideales:

“Franco supo combinar las tres facetas de la dominación. Por un lado, al haber sido el fracasado golpe miliatar el detonante de la contienda civil, justificaba su proceder reuniendo a un vasto aparato burocrático, mediante el cual apoyar su pretensión de legalidad. A su vez, afianzaba su instalación en el poder apoyándose en la tradición (…) que en su interpretación había roto la República. La unión entre estas dos formas de dominaciónla desempeñaba su autoridad carismática”8.

Comencemos por la legitimación tradicional de la dominación: Es sabido que el régimen exigía la fidelidad de todos sus funcionarios al franquismo, y, de ahí, la limpieza de todos aquellos funcionarios que trabajaran para la República o se sospechara que no eran fieles al dictador. De hecho, lo mismo ocurría con los ministros nombrados a dedo por Franco y destituídos por él cuando lo consideraba necesario. Por tanto, éste era un criterio sine qua non para entrar en la administración del país. En consecuencia podemos hablar de un régimen patrimonial que facilitaba, por ello mismo, la escalada social hacia puestos gubernamentales de aquellos hombres que no tenían más que acatar las órdenes procendentes de arriba, en última instancia de Franco, esto es, sin pretensiones de racionalidad. Es más, el apoyo del régimen en una mitología y, cómo no, en la Iglesia católica que ensalzaba una y otra vez la figura del dictador como el gran salvador de la patria, recubrían su figura de la santidad necesaria que hacía que sus decretos, normas y leyes poseyeran este mismo carácter salvífico y sagrado. Así, la mitología conectaba con un pasado católico e imperialista, de triúnfo y gloria y, de esta interpretación para la España de la época que de este modo retomaba aquel impulso glorioso y pretérito, recuperándolo, emanaba el poder del caudillo que cristalizaba en su pluma a cada firma de admisión o destitución ministerial o de funcionarios.

Ahora bien, con respecto al tipo puro weberiano cabe aquí un matiz que a su vez nos enlaza con el concepto ideal de lider carismático como otra forma de legitimación. Weber nos dice que en la legitimación de la dominación de tipo tradicional, incluso la autoridad última queda atada a esta misma tradición, con lo que tenemos que el límite para la norma, para las leyes, es esa misma tradición a la que, en este caso Franco se vería sujeto. Pero sabemos que durante los cuarenta años de dominación franquista el régimen se revistió y basó primero en el falangismo, después en el nacional-catolicismo tras la derrota de Hitler y la victoria aliada para ganarse el beneplácito y los beneficios de los vencedores de la guerra y, por último, mediante la reinstalación de un régimen monárquico. Por tanto aquí hemos de insertar un principio de creatividad para esta autarquía de modo que esta tradición no constituía constreñimiento alguno para Franco, pues era él el que la interpretaba y reinventaba, el que la supo adapatar a cada una de sus decisiones sin que entrara en contradicción, era él el que la creaba. Las fuerzas que extraía de la España más rancia, del catolicismo y de los restos feudales, del antiguo imperialismo, eran sus propias fuerzas y en ellas se encarnaba como el gran salvador, es cierto, esas fuerzas estaban ahí, formaban parte del pasado español, pero él las supo adapatar a sí mismo, las reinventó. Pues “Cuando un dictador asume el himno nacional, porque se lo tocan siempre, la Patria ya es él”9. Se ha dicho muchas veces que “si bien Franco pretendía poseer los poderes del líder carismático weberiano que había ‘salvado’ del caos a la sociedad con su victoria en la guerra civil, no tenía la personalidad de un Hitler ni de un Mussolini.” Pues “La pomposa retórica se transmitía por medio de una voz chillona”10. Pero esta consideración parece que remite más a criterios psicológicos, pero si nos atenemos a que, en el fondo, Franco reinventa los valores en curso a partir de la actualización constante y la plasticidad con la que supo aplicar la tradición a aquellos tres virages que adoptó su régimen, tenemos que en él sí se cumple el principio de invención revolucionaria. Así, aunque el tipo puro weberiano para la legitimación por medio de la tradición se oponga al tipo puro del lider carismático precisamente en el rechazo del pasado por esa inventiba o creatividad revolucionaria, quizá estemos, en este caso histórico ante la posibilidad de unir ambos tipos puros con los matices que la descripción empírica de la historia nos ofrece. Pues aquí parece no distinguirse muy bien dónde empiezan y dónde acaban el redescubrimiento del pasado para la variación (por mínima que sea) de las normas o leyes y la creación desde la nada de las mismas. Es más, el discurso eclesiástico también puede tomarse como la fuente de poder sobrehumano que se quiso que rodeara a modo de aura al caudillo.

Con todo, vemos que Weber sigue siendo aplicable sin dificultad y mediante él podemos explicar este caso histórico de forma muy rica.

Y, esto mismo puede explicar también la tensión que suscitaron, ya en época abanzada, los Planes de Estabilización, la incipiente apertura de Esapña a la economía mundial mediante el turismo, pues si bien no podemos hablar de un capitalismo en la Esapaña franquista por cuanto todo estaba enfocado hacia el bien del Estado y, por tanto el Estado era eminentemente intervencionista, los tiempos habían cambiado y con ellos Franco supo adaptarse, supo tomar las decisiones en cada caso sin atenerse a ningún tipo de organización racional ferrea como la propuesta para el tipo puro burocrático en tanto que sujeción a la norma por deber, ni tampoco a una tradición que pusiera freno a sus propias decisiones y a esa apertura de España. Así “el fracaso estrepitoso de la política económica de corte autárquico y aislacionista de la larga posguerra, obligó a liberalizar la economía. La esencia del Plan de Esatbilización (1959) fue la reincorporación de la economía española en la internacional, lo que se logró mendiante una doble apertura: la comercial y la financiera”11. Y es que, bajo todo lo dicho, no podemos olvidar que lo que operaba en el franquismo desde el principio, como han señalado muchos estudiosos, era la voluntad de perdurar en el tiempo, y de ahí que las decisiones se tomaran a cada momento y según las exigencias circunstanciales y siempre, cada una de ellas era revestida de aquel carácter salvífico que adornaba o se quería que adornase al dictador. Y lo mismo ocurre con cualquier norma jurídica, todas dependían de la arbitrariedad de Franco y de su voluntad de permanencia en el Pardo.

También, sobre el tipo puro de dominación carismática nos queda por añadir aún que, puesto que Weber añade como característica que el lider ha de ser reconocido por aquellos que estan sujetos a su autoridad precisamente como portador de ese carisma, la historia nos revela aquí otros matices, ya que el exilio masivo y el silencio a que muchos se vieron forzados ante la amenaza de posibles castigos, nos habla de que no todos asumían ese carisma, de que no todos se dejaron llevar por aquel influjo procedente de la mitología y de la invención a un tiempo, de hecho, la prueba evidente de esto la tenemos en la misma guerra civil. Pero tampoco podemos ignorar que Franco sí tuvo sus apologistas (sobre todo entre el ejército, la Iglesia y los monárquicos), esto es, su banda de seguidores a los que organizaba en las carteras ministeriales, bien movidos por aquella fascinación weberiana, bien por un oportunismo que quería ser consumado para una escalada social y económica de quienes lo detentaran.

Nos queda, por último, el tercer tipo ideal correspondiente a la legitimación burocrática del poder, aunque ya hemos apuntado algo sobre la misma. Pues bien, hemos dicho que la admisión del funcionariado tenía como requisito la adhesión fiel al régimen, pero esto no excluye que los que aspiraran a tal puesto debieran tener una preparación y pasar una serie de pruebas que demostraran su capacidad. Por tanto, diríamos que racionalidad y servilismo componían el criterio total, así como tampoco podemos decir que Franco no se apropiara del poder sino que realmente emanara de la tradición, eso era invención, una invención que venía a justificar el golpe de Estado y la guerra civil y, consiguientemente, el régimen. Y, esta burocratización más o menos fuerte, fue la que pudo sostener aquellos planes de Esatbilización del 59, aquella apertura a la economía mundial lejos ya del ailacionismo y el intervencionismo económico, pues no olvidemos que en Weber el sistema burocrático es condición de posibilidad para una economía capitalista. Ahora bien, hay que resaltar que estamos ante un régimen que hoy denominaríamos corrupto, lo que enlaza de nuevo con el tipo puro tradicionalista: “El discurso oficial, incluso el directamente emanado del jefe de Estado, denunciaba el enriquecimiento a través del estraperlo, pero eran alusiones demagógicas que se producían simultáneamente a las etapas de ascenso del mercado negro, donde tantas viejas fortunas se fortalecerían y nuevos capitales se formarían”12. Con todo, la última etapa franquista vio fortalecida su burocracia administrativa por medio del Opus Dei (tecnócratas) en esa curiosa mezcolanza de catolicismo y economía libre y la incorporación de funcionarios civiles procedentes de la universidad que debían pasar por el filtro de unas oposiciones altamente competitivas.

Con todo lo dicho, y para finalizar, no hemos de olvidar que los elementos que hemos mencionado aquí (la Falange y la Iglesia, la depuración funcionarial, las dificultades para ser admitidos en la comunidad económica internacional, los primeros años de intervencionismo motivados por el argumento de que el liberalismo conducía al comunismo etc) estaban siempre atravesados en el discurso franquista por el enemigo (masón, rojo, etc) y, por tanto, se diría que, aun no invalidándose por ello la propuesta sociológica weberiana, el motor último que daba cohesión a la arbitrariedad y que permite, en este caso, esa misma elasticidad de los tipos puros ahora en un nivel histórico no teórico, era ese mismo enemigo que satisfacía un maniqueísmo donde, el bueno, por ser bueno hacía lo que se le antojaba. De hecho viene aquí bien recordar un extracto de uno de los discursos pronunciado por el caudillo: “Todo -dijo a los españoles en su última aparición en público, tras una oleada de protestas, incluida la del Vaticano, contra la ejecución de cinco terroristas- forma parte de una conspiración masónica izquierdista”13.

1.Francisco Umbral: Leyenda del César visionario, págs. 65 y 188. Ed. Seix Barral.

2. Encarna Nicolás: La libertad encadenada; capítulo 2: La gestión de la vilencia. El drama del exilio. Ed. Alianza.

3.Encarna Nicolás: La libertad encadenada, pág. 174. Alianza Editorial.

4.Ibidem, pág. 19.

5.Michel Foucault: Figuras de lo sagrado: El sujeto y el poder.

6.Francisco Umbral: Leyenda del César visionario, pág.64. Ed. Seix Barral.

7.Raimond Carr: Historia de España: 1808-1875, pág. 663. Biblioteca Historia de España.

8.Encarna Nicolás: La libertad encadenada, pág. 24. Alianza Editorial.

9.Francisco Umbral: Leyenda del César visionario, pág.64. Ed. Seix Barral.

10.Raimond Carr: Historia de España: 1808-1875, pág. 664. Biblioteca Historia de España.

11.Encarna Nicolás: La libertad encadenada, pág. 218. Alianza Editorial.

12.Ibidem, pág. 128.

13.Raymond Carr: España: 1808-1975, pág. 665. Biblioteca Historia de España.

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