Publicado en: 15 mayo, 2019

Francis Fukuyama, salvar la democracia liberal

Por Iñaki Urdanibia

Última entrega del politólogo neocon americano

Por Iñaki Urdanibia

Si por algo se dio a conocer a nivel mundial Francis Fukuyama ( Chicago, 1952) fue por su ensayo sobre el fin de la Historia, que ante el éxito fue reconvertido en libro; no se trataba de una profecía, frente a lo que alguno mantienen, sino una tajante constatación del estado de cosas o a lo más una hibridación entre diagnóstico del presente y futuro de la humanidad : la Historia había llegado a su fin, ya que el modelo yanki había alcanzado el techo en lo que hace a modo de organización política, económica y social realmente insuperable…solamente quedaba ya que los demás se uniesen al club del Bien; respondían fielmente las afirmaciones de este neocon ( neoconservadores, etiqueta que algunos, no sin recochineo, transformaban en Léo-con haciendo referencia al influyente profesor de filosofía política Léo Strauss), a la sazón consejero de Reagan del mismo modo que posteriormente ha ocupado puestos de consejero en la administración USA, que travestido en hegeliano, respondía al pie de la letra digo a la cantinela del nuevo orden mundial del que hablase Bush padre, y que el hijo tratase de imponer por las armas. El glorioso final señalado no funcionó y…la Historia ( y las historias también) sigue.

Si decía que no podía definir la afirmación de Fukuyama de profecía, tal vez sí se podría incluir, por incluirlo en ciertas tonalidades de época, entre los profetas de la desgracia o de la mentira de los que hablase Léo Löwenthal, junto a los Samuel Hungtinton, el de el choque de civilizaciones, o afines…lejos ellos de los alertadores del incendio a los que se refiriese Walter Benjamin, que desde luego no hablaban de el agotamiento de la historia y quizá sí de algunos choques no entre civilizaciones ni culturas sino entre sectores sociales.

Tras verse que las cosas no sucedían como Fukuyama afirmaba, éste se encontró en una tesitura parecida a la que dibujaba Voltaire en la entrada Dios y dioses de la Enciclopedia: « nadamos todos en un mar del cual nunca hemos visto la orilla», y dejando de lado su arquitectura fallida no plegó velas sino que se entregó a la navegación por las aguas del bricolaje, del tanteo, de los retoques, siempre con la guía, eso sí, de la defensa inequívoca de la democracia realmente existente: es decir, la democracia liberal como meta y destino, el capital-parlamentarismo del que habla Alain Badiou, como el mejor de los mundos posibles, que algunos signos de los últimos tiempos pueden entorpecer en su marcha triunfal. De eso trata precisamente su última obra publicada por aquí: « Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento », publicada por Deusto.

A aquel exitoso y fallido retrato-pronóstico, « El fin de la Historia y el último hombre » ( Planeta, 1992) le siguieron algunos otros escarceos más parciales y sin pretensiones de globalidad como su canto a la armonía en el proceso de producción, basado en una comunidad de valores compartidos ( « La confianza ( Trust)». Ediciones B, 1998), o el cambio producido tanto en su país como en los otros desarrollados: « La Gran Ruptura» ( Ediciones B, 2000) de donde extraía lecciones de corte antropológico, o sus incursiones acerca de los efectos de la biotecnología que podrían desembocar en una confirmación del futuro narrado por Aldous Huxley en su Mundo feliz , en su « El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica»( Ediciones B, 2002)…y no seguiré sino que volveré a la anteriormente anunciada entrega.

Declara el politólogo que si Trump no hubiese ganado no habría escrito este libro, y es que el actual presidente de su país, ha concitado todo el resentimiento de los ciudadanos, de pura cepa y de clase media, que se han sentido marginados o desatendidos en sus derechos debido a la atención que se ha prestado a minorías ( negros, hispanos, inmigrantes en general, mujeres, gays…) y a su atención por medio de diversos servicios sociales , lo cual ha supuesto -según este sentimiento señalado- un mosqueo generalizado que ha sabido capitalizar Trump con su demagogia y con sus loas a la recuperación de los privilegios de los auténticos americanos, en detrimento claro está de los derechos de los antes aludidos, sin cortarse para nada a la hora de entonar cerriles alabanzas al modo de vida americano y mostrar su más absoluto de los desprecios a quienes ponen en peligro la autenticidad de la identidad de los ciudadanos de los USA; peligro el de los nacionalpopulismos ( que tiende a sustituir el concepto de ciudadanía por los basados en raza, etnia, religión, sexo…e incluso clases, según el profesor) que pueden dar al traste con la separación de poderes consagrada, en los textos constitucionales, al recurrir a políticas autoritarias que suponen injerencias de los gobernantes en el resto de poderes…

Estas tendencias , y prácticas discriminadoras, también se dan en el Viejo Continente y Fukuyama analiza el problema de la inmigración como uno de los factores esenciales que empujan a encerrarse en sí mismos por parte de los gobiernos europeos y amplios sectores de la población como queda demostrado por el surgimiento con fuerza de las organizaciones de extrema derecha que no se privan a la hora de mostrar con descaro sus posiciones racistas, xenófobas, homófobas y contra todo aquello que se muestre como diferente con respecto a lo que ellos consideran identidad europea. No le falta razón, a cada cual lo suyo, a Fukuyama cuando señala que el refuerzo de las identidades nacionales hacen que la unidad de los europeos – lo que él considera una necesidad perentoria- resulte papel mojado ante las diferencias disgregadoras.

Mucha de la culpa, según el preclaro analista, se ha de poner en el haber de la izquierda que no ha sabido responder a la crisis económica y ha desdibujado sus posturas cayendo en postulados identitarios y de defensa de las minorías a las que antes he aludido, lo que ha abierto la puerta al desencanto de no pocos trabajadores que se han visto relegados , ellos y sus intereses, de los programas dichos de izquierda; a esto añade el abandono de las visiones internacionalistas y universalistas que habían sido característica fundamental en el seno de la izquierda lo que les ha llevado a reducir sus miras a niveles nacionales…terreno en el que quienes más capacidad de arrastre tienen quienes hacen gala de ultranacionalismo, es decir la derecha extrema.

Frente al resentimiento de los sectores que han pasado a apoyar las posturas del nacionalismo populista, o en otras situaciones ( o en las mismas) las del fanatismo religioso como factor de diferenciación, de enfrentamiento y exclusión, Fukuyama defiende, de manera un tanto angelical por no decir arcangélica que es más en la jerarquía de los alados, la unión frente a la desunión, la armonía frente a la falta de ella, la comunidad de los ciudadanos iguales ante la ley ( mas desiguales en lo que hace al estatus e ingresos), poniendo en un lugar destacado la reivindicación de la dignidad de los ciudadanos con el fin de cerrar las puertas a posturas extremistas, supremacistas y chovinistas, que pueden poner en peligro el estado de cosas que es del gusto del politólogo que añora la estabilidad del sueño americano erigido en modelo universal ( tesis edulcorada del célebre fin de la historia); y claro está Fukuyama mira a Occidente, en especial a su país de los tiempos de Trump y a la Gran Bretaña del Brexit, , ya que hay otros países en los que no hay democracia que salvar ( China, Rusia…), en donde el populismo hace peligrar el barco y la cerrazón identitaria puede echar al traste la marcha triunfante del capital ( que diga de la democracia liberal).

No elude el analista el problema de la identidad como algo propio de la naturaleza humana ( y no resultan carentes de intereses ni de pertinencia la genealogía un tanto apresurada que establece, visitando las posturas de Kant, Rousseau et alii) y se explaya en las partes integrantes del alama siguiendo la distinción platónica entre deseo,razón y thymós correspondiendo al alma racional concupiscible e irascible, funcionado el impulso de la instancia citada en último lugar como dispositivos independiente de los primeros, lo que hace que las políticas mentadas hayan tenido, y tengan, amplia acogida en las filas de los ciudadanos que ven peligrar sus puestos de trabajo ( muchas veces provocadas por los seres humanos que llegan de otros países sino a lo barato que resulta la producción de ciertos artículos en otros países, como China, por ejemplo…lo que hace que se den deslocalizaciones por tales ventajas para el capital por conseguir mayores beneficios a cambio de unos salarios cercanos a las condiciones de esclavitud, trabajo infantil, etc.), y Fukuyama llama a la integración a la búsqueda de consensos comunitarios que incluyan a los diferentes…reivindicando a la vez, una especie de patriotismo constitucional que según él es lo que funcionó en EEUU a la hora de forjar una identidad ajena a lo religioso lo étnico, negando cualquier forma de multiculturalismo que él considera abocado al fracaso…un tanto simplificador y embellecedor resulta, pero bueno.

Y ante este panorama Fukuyama recurre a la pregunta leninista par excellence: ¿ Qué hacer? Y ahí la flojera invade al analista que se conforma a añadir a las jaculatorias bienintencionadas ya nombradas, un fortalecimiento de los Estados, la obligatoriedad del servicio militar, y…deja de contar, ya que el sistema es el mejor de los posibles, no de los existentes sino , reitera, de los posibles.

Eso sí, de la propiedad nada se dice, de la economía y su poder, que dictan las decisiones por encima de la soberanía popular y de sus los electos, tampoco…el mejor de los mundos consistirá pues en lograr la unión entre diferentes en vez de la exclusión con el fin de que reine la armonía de manera que la maquinaria de la democracia liberal ( capitalista) vuelva a los buenos tiempos ( ¿ dónde? ¿ cuándo? ¿cómo?)…Las clases junto a otros distintivos ya nombrados no hacen sino separar, enfrentar, en vez de unir a todos en una deseable comunidad de iguales…en la que repitiendo a George Orwell, unos serían más iguales que otros, a lo que podría añadirse que no hace falta ser paleomarxista o afín para distinguir, objetivamente, entre quienes poseen los medios de producción o los resortes financieros y quien no poseen más que su fuerza de trabajo y su condena de hipotecarse, etc. Todo esto a Francis Fukuyama le suena como mínimo a chino.

No es de extrañar lo que acabo de señalar ya que a no ser que alguien sea un cándido de tomo y lomo no puede extrañarse de que de la pluma, o la tecla, de tan dilecto profesor salgan ideas que desborden los marcos jurídico-políticos, y económicos, consagrados por las ideas y los poderes dominantes.

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