Francia: Un debate presidencial bajo la amenaza del Front National. Dossier

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La crisis política de la izquierda y las elecciones presidenciales

Roger Martelli

A fuerza de escrutar los más pequeños movimientos sísmicos de los sondeos, estamos olvidando lo esencial: que vivimos tanto una crisis de régimen, como una crisis excepcional de la política. Y no las superaremos mediante una mera aritmética política.

No utilice las encuestas de opinión como predicciones de voto: los sondeos han demostrado hasta la saciedad su fragilidad. Leámoslos en su contexto, entendiendo lo que nos pueden decir sobre los fundamentos contemporáneos de la política [1].

Los síntomas de la crisis

La paradoja fundamental es evidente desde el principio. En marzo, cuatro de cada cinco encuestados dicen que están interesadas en las elecciones presidenciales, pero el mismo porcentaje considera más o menos que el debate político se empobrece (78%) y casi nueve de cada diez creen que los políticos hablan más que actúan (86%).

Resultado: sólo dos de cada tres dicen estar decididos a votar. Los más decididos son los jubilados (75%), los más dubitativos son los trabajadores (62%). Si añadimos a estas cifras 7 a 8,5 millones de personas que no están registrados o están mal-registrados como votantes, tendremos una idea de la crisis democrática que estamos viviendo. La mayoría de la población en edad de votar está fuera del marco legal electoral.

El dato más significativo es la profunda incertidumbre de los que van a votar. El 80% de los encuestados dicen que van a votar, pero el 59% afirman que todavía pueden cambiar su voto. Si proyectamos estas cifras sobre el conjunto del electorado francés, sacamos una conclusión simple: poco más de un tercio (36%) de los votantes está seguro de a quién va a votar. La incertidumbre sobre la opción de voto y el nivel medio de la abstención de años atrás se combinan. Somos constitucionalmente un sistema político mayoritario, centrado en unas elecciones presidenciales en dos vueltas. Pero la única mayoría segura es la de quienes se sienten fuera del sistema. Así que aquí estamos … con una minoría mayoritaria.

La consecuencia es obvia: la elección presidencial no se basará en ninguna mayoría real, si no ficticia. Nunca, de hecho, el panorama político oficial ha estado tan fragmentado, excepto en época de la Cuarta República y la Guerra Fría, que interrumpió el libre juego de la derecha y de la izquierda (que fue oscurecido por la polarización “Este” / “Oeste”).

Dispersión

Básicamente, los votantes están dispersos en cuatro grupos, débilmente homogéneos: la extrema derecha, la derecha gubernamental, la izquierda y el centro izquierda, si nos ceñimos al etiquetado actual. Nadie puede hablar de «sus» votantes, como comunistas y gaullistas podían hacerlo hace unas décadas. Estrictamente hablando, hay votantes, no electorado. Por lo tanto, la situación es compleja.

Al igual que en la Cuarta República, la dispersión nutre “la tentación centrista”: para ganar hay que aislar los «extremos», y así reagrupar tanto a una parte de la derecha como de la izquierda. Era el sueño de François Mitterrand en las elecciones presidenciales de 1988. Esa fue la apuesta de Alain Juppé desde las primarias de la derecha en el otoño de 2016. Los votantes de derecha decidieron lo contrario, pero su candidato esta tocado. El centro de gravedad habría pasado del centro-derecha designado (Juppé) a un centro-izquierda presumible (Macron).

Supongamos, tentativamente, que la lógica de centro funciona electoralmente en estas elecciones presidenciales. El problema se plantea inmediatamente después: para gobernar hace falta un gobierno de mayoría estable, con el apoyo de una mayoría parlamentaria durable. La Cuarta República fue una demostración de que la polarización entre derecha e izquierda, aunque se pretenda obviar, reaparece más pronto que tarde. Podemos, en última instancia, ganar el centro: pero solo se puede gobernar de manera sostenible a la derecha o a la izquierda. No es casualidad que, en casi toda Europa, las coaliciones de centro siempre terminan fracasando. El proceso es más o menos rápido; sin embargo es inevitable. A partir de este conjunto de observaciones, llego a cuatro conclusiones tentativas.

Debates sociales

La primera es la siguiente: si crece la sensación de que el debate político se empobrece, es porque se ha alejado de los debates sobre los proyectos sociales. Un proyecto de sociedad no es un problema técnico; ni es principalmente un programa, aunque la dimensión programática no está ausente. Un proyecto es una manera de «hacer sociedad”: valores, un objetivo, criterios de evaluación, método. ¿Qué queremos? ¿La acumulación continua y depredadora de bienes, mercancías y ganancias? ¿O el desarrollo eficiente de las capacidades humanas? ¿La competencia, la gobernabilidad y el choque de identidades? ¿O el equilibrio de la puesta en común de la democracia, la participación y la solidaridad? Un proyecto es algo concreto y consistente. Es necesario constatar que la aparente preocupación de la escena política, obsesionada con los «temas» y las «frases cortas», no va en esa dirección.

La segunda conclusión es obvia: la disminución de la brecha izquierda/derecha no es una buena noticia. Ha perdido su significado para millones de personas. A fuerza de hacer lo mismo una vez en el poder, la izquierda y la derecha han erosionado lo que era su fuerza: la disputa por la igualdad y la libertad. Los grandes estrategas de la derecha y la izquierda creen que las batallas se ganan dividiendo a la oposición y arañando los votos de los márgenes.

Se han olvidado que la lucha política se juega en la capacidad de movilizar a las familias políticas en su núcleo, no en sus márgenes. En los años 1960 y 1970, el resurgimiento de la participación electoral (sobre todo de los sectores populares) y el auge de la izquierda fluían en la misma dirección, cuando toda la izquierda creía en la transformación social. Desde finales de la década de 1970, el número de votantes ha caído continuamente; de repente, la fuerza que gana (izquierda o derecha) no es la que gana la mayoría, sino la que menos pierde. La política pierde su significado social; se convierte en un juego de estrategas. Fragilidad democrática …

Por lo tanto, la cuestión clave no es quién puede llegar mejor a la segunda vuelta. A izquierda y derecha, se trata más bien de encontrar lo que puede reactivar una lógica a largo plazo de movilización de los votantes de las clases populares. La derecha con el Frente Nacional, por desgracia, lleva ventaja. Si la izquierda quiere alcanzarle solo tiene una solución: preguntarse lo que puede revivir el tríptico fundamental que es su razón de ser: la igualdad, la ciudadanía y la solidaridad.

La ruptura finalmente

La tercera conclusión regresa al punto de partida: vivimos lo que es a la vez una crisis política y una crisis de régimen. La crisis política se supera mediante el trabajo persistente en los «fundamentos», para volver a dar sentido a lo que lo ha perdido. No va a tener éxito sin un esfuerzo por acompasar los relojes institucionales. La Quinta República pensó que había encontrado finalmente el Eldorado constitucional: quería mayorías de mil años; pero ha conseguido la fragmentación que abominaba de la Cuarta.

De hecho, no hay un mecano para construir una mayoría institucional. Las mayorías son un asunto dinámico. Si queremos construir consistentemente, no hay ningún atajo: tiene que hacerse a través de la extensión sin precedentes de la participación y la soberanía popular. Se necesita una república de nuevo tipo, que se llamará sexta, pero cuyo método debe ser el de la Primera: no sólo representativa, sino participativa, no sólo en la esfera política, sino en todo el campo social. ¿sexta, primera? En cualquier caso, ¡una República social!

La cuarta conclusión se refiere a la izquierda. Es inútil pretender que la conclusión más obvia no es de una sencillez bíblica e incontestable: la izquierda francesa esta débil. Lo es, porque desde hace más de tres décadas está dominada por la tentación del “realismo», que la empujan a hacer compromisos con la competitividad, la flexibilidad, la gobernabilidad y el «orden justo». Es débil, porque desde hace más de tres décadas, el lugar ocupado anteriormente por el PCF a la izquierda de la izquierda ha sido reabsorbido, sin que ninguna otra fuerza haya ocupado su lugar. Así que siempre hay que soñar con una izquierda reagrupada y popular. Pero sólo será posible si se trata de una izquierda que base su sentido de responsabilidad en su espíritu de ruptura. No es así desde hace demasiado tiempo: tiene que volver a serlo.

Siempre podemos lamentar que, frente a una derecha radicalizada, no se levante actualmente una izquierda reagrupada con esta orientación. Pero no superaremos el estado actual de fragmentación y desorientación con una varita mágica. Se necesita un largo proceso de recomposición. Tiene que comenzar sin demora, sin sectarismos, utilizando todo lo que, en la situación actual, pueda ser un paso adelante (por ejemplo, la derrota de François Hollande y Manuel Valls).

Por ahora, sin embargo, la reconstrucción pasa, como se ha escrito en estas columnas, por elegir entre dos métodos, encarnado por dos hombres: Hamon y Mélenchon. Hay que elegir, no para erradicar la opción que no se escoja, sino para decir que debe marcar el tono, entre las tentaciones de adaptación o la voluntad de ruptura. Después de años de estancamiento, no es momento de tergiversaciones.

Notas:

[1] Para este fin, el estudio de referencia será el de Ipsos-Cevipof, que tiene la ventaja de realizarse de manera continua, con muestras consistentes (12.000 personas, incluyendo más de 8.000 que declaran “que votarán seguro”).

Regards, 21 de marzo 2017

Macron se declara “orgulloso de ser banquero” y dice que no es la marioneta de nadie

Rafael Poch

Los cinco principales candidatos a la presidencia francesa, aquellos con una intención de voto superior al 10%, se han enfrentado esta noche en un debate televisado que ha inaugurado la campaña, ante unos diez millones de telespectadores, según la previsión de audiencia avanzada, y durante casi tres horas y media, hasta las 12:25 de la noche. Por orden de intención de voto en sondeos; la ultraderechista Marine Le Pen, el europeísta neoliberal Emmanuel Macron, el conservador lastrado por las sospechas del Penélopegate, François Fillon y los dos candidatos de una izquierda dividida, Benoït Hamon y Jean-Luc Mélenchon, socialistas empatados de diversa tendencia, participaron en una confrontación, civilizada y con argumentos, de dos horas y media sobre modelo de sociedad, economía y política internacional.

Los cinco demostraron la posibilidad de un debate razonable desde argumentos y posiciones contrastadas que fue más allá del mero intercambio de monólogos y reproches. Objetivo de los candidatos que participaron en el debate -de dos horas y media en el primer canal de la televisión que concluyó pasada la medianoche- era la conquista del partido mayoritario: el de los indecisos (alrededor del 40%) y el de los abstencionistas (por encima del 30%).

Fillon prometió liberar a Francia de un “exceso de reglamentaciones” y situó las tres amenazas; un presidente de Estados Unidos “imprevisible”, la potencia comercial de China y el islamismo yihadista. Sus adversarios no le atacaron por la sospecha de empleos ficticios que le rodea. Salió mejor librado de lo esperado. En política exterior tuvo momentos gaullistas al pregonar independencia hacia Estados Unidos, buenas relaciones con Rusia y al criticar la política francesa en Siria.

Segundo en turno de palabras, Jean-Luc Mélenchon se presentó como un “presidente social y ecologista” con su programa de refundación de la República sobre sólidas bases sociales, fuera de la energía nuclear y de la OTAN. Tuvo momentos brillantes, pero no parece que este debate vaya a alterar su posición sustancialmente. Pregonó una “conferencia de seguridad europea, de Lisboa a los Urales”. Todas las tensiones militares de Europa se derivan de haber cerrado en falso la disolución de la URSS ignorando los intereses rusos, sugirió.

Emmanuel Macron, pujante en los sondeos, se declaró “orgulloso de haber sido banquero”, algo que se le reprocha, dijo, metido en política para “hacer cosas útiles” y convencido de que, “la divisoria clásica (derecha-izquierda) no ha resuelto nada y no sirve”. Se le consideraba el más expuesto, pero pasó la prueba sin gran sufrimiento pero tampoco sin particular brillo. Eludió entrar en aspectos de política exterior, ámbito en el que se le considera mal preparado, pero reivindicó un estricto alineamiento europeísta. “Soy el único que mantengo los compromisos europeos”, “hay normas (alemanas) que hay que respetar” y hay que fortalecer el “partenariado con Alemania”, “lejos del insulto a Europa”. El mensaje que mejor resumió su posición fue el diagnóstico acerca de que los males de Francia se derivan, de que “el orden establecido no es el bueno”.

“No quiero ser la vicecanciller de Merkel, quiero restablecer el derecho de los franceses a decidir por sí mismos”, proclamó Marine Le Pen, en el marco de un “rearme contra la mundialización”. Se alteró al escuchar la declaración de fidelidad a Alemania de Macron. Líder en la primera vuelta y eterna derrotada en la segunda, Le Pen fue tajante: “quiero detener toda emigración”.

Benoït Hamon se preguntó, “¿qué pueblo queremos ser, solidario o autoritario?” y abogó por la “independencia ante los lobys”. Fue seguramente el candidato con menos gancho de los cinco. También fue el más beligerante contra la Rusia de Putin y la Siria de el Asad.

El debate tuvo momentos de gran animación y hasta humor, alrededor del reproche que se hace al joven Macron de ser el representante de los grandes grupos empresariales. Benoït Hamon exponía su plan para “eliminar la influencia de los lobys” cuando Macron comentó: “eso va por mí”. El candidato sin partido respondió explicando cómo se financia su campaña, sobre la que no ha publicado listas de donantes. “¿Puede asegurar que no hay grupos farmacéuticos y bancarios entre sus donantes?”, le interrumpió Hamon que cuenta con la red de financiación de su partido (socialista). “Yo no hago controles de identidad con mis donantes”, respondió Macron, “no soy la marioneta de nadie”. Fue en ese momento cuando el conservador Fillon intervino: “es bueno que haya un debate interno entre socialistas”, dijo entre risas. Tanto Macron como Hamon han sido ministros con el Presidente François Hollande.

Otro momento con chispa se produjo cuando la periodista se refirió a los casos judiciales que penden sobre “algunos de ustedes”. “Gracias por su pudor”, respondió Jean-Luc Mélenchon, “pero aquí hay tres candidatos que no tenemos ningún caso judicial encima, eso se refiere a Fillon y Le Pen”, el primero con sospechas de empleos ficticios de su mujer, y la segunda por haber reclutado a sus colaboradores para trabajos en su partido pagados con fondos del Parlamento Europeo, así como por infravalorar su patrimonio.

Los tres candidatos que juegan en la primera liga de esta campaña, Macron, Le Pen y Fillon se lanzaron sus concepciones económicas. Fillon reprochó a Le Pen ser una “serial killer” para la economía con su propuesta de salida del euro. Le Pen respondió enseñando un gráfico que reflejaba la evolución de las economías europeas desde la introducción del euro, con una línea alemana hacia arriba y otras, francesas, españolas e italianas, hacia abajo. “No creo que el euro haya sido bueno”, dijo. Fue uno de los raros puntos marcados por la Le Pen cuyas intervenciones no brillaron.

La clave de las próximas elecciones es la avería. La avería nacional de una Francia en declive estatal y social y descontenta por ello. Una Francia que se compara con la de los “treinta gloriosos” y se asusta. Un país que busca soluciones en chivos expiatorios, en repliegues nacionales contra la mundialización, en refundaciones republicanas o en reformas neoliberales a las que su sociedad se ha resistido con mayor tenacidad que cualquier otra nación europea.

Una avería institucional, con la doble crisis de los dos grandes partidos que se han repartido el gobierno y el juego institucional de Francia en los últimos treinta años. Esa avería se traduce en que ambos partidos podrían quedar fuera de la final del 7 de mayo. Avería por el desprestigio de la función presidencial, acrecentada desde 2007 por los dos últimos presidente de la República, Nicolas Sarkozy y François Hollande. La institución presidencial, tradicionalmente caricaturizada como “monárquica” desde el mundo anglosajón, que el General de Gaulle y sus sucesores rodearon de respeto, ha sido definitivamente banalizada por presidentes políticamente bajitos.

Avería en las referencias ideológicas tradicionales en el país que inventó los campos de “izquierda” y “derecha” para definir a conservadores y progresistas, si se confirma que el pulso final de mayo será entre una oferta de ultraderecha con la xenofobia en el centro de su discurso que se presenta como “ni de izquierda, ni de derecha”, la del Frente Nacional de Marine Le Pen, y otra europeísta neoliberal que pretende incluir “a la izquierda y a la derecha”, la oferta de Emmanuel Macron, ex banquero de inversión, ex miembro de un gobierno socialista, en alianza con políticos centristas ex aliados de la derecha y con apoyos del gran empresariado y de la tecnocracia europea. Ambas ofertas situarían la crisis francesa en un nuevo escenario.

Y avería, en fin, social y ciudadana, porque la fábrica integradora y los ascensores sociales republicanos que daban cierta estabilidad al sistema, se han detenido, se han parado, configurando desde hace una generación, nuevas marginalidades enquistadas territorialmente. Hay un gran descrédito hacia la clase política en general, hacia los medios de comunicación (50% no confía en sus informes y el 70% considera que los periodistas no son independientes), y porque más del 30% de los franceses no van a votar si se cumplen los pronósticos -muchos de ellos en desacuerdo con “el sistema”-, entre ellos el 48% de los jóvenes de entre 18 y 25 años, bien por no estar de acuerdo “con ningún candidato” (17%), bien porque creen que “no sirve para nada” (16%) u otros motivos.

En los programas y los posicionamientos, cinco grandes divisorias atraviesan las cinco ofertas presentes en el debate televisado. Una es la divisoria entre sensibilidades nacionales contra sensibilidades europeístas, otra es la que separa programas con orientación social de programas neoliberales, otra la que distingue a reaccionarios sociales y progresistas en aspectos de moral, costumbres, e identidad; otra la que divide a ecologistas y crematísticos, y, finalmente, la separación entre belicistas y pacifistas. Todas ellas atraviesan con distinta intensidad a la derecha y a la izquierda, excepto las dos últimas: solo en la izquierda hay una oferta contraria al incremento de los presupuestos militares y adversaria del intervencionismo militar francés en el extranjero (Mélenchon), y solo en la izquierda se da relieve a los temas medioambientales (Hamon y Mélenchon). Todo lo demás, Europa, el proteccionismo, el republicanismo, la identidad nacional, la xenofobia y el neoliberalismo es transversal.

El debate de anoche fue el primero de la historia política francesa celebrado antes de la primera vuelta de las presidenciales. Hasta ahora solo se celebraba un debate, entre la primera y la segunda vuelta, restringido a los dos candidatos finalistas. En esta campaña, los debates se sucederán, habrá otro el 4 de abril, de nuevo el 20, tres días antes de la primera vuelta y otro en vísperas de la final.

La Vanguardia, 21 de marzo 2017

Menos de un trabajador de cada siete votó al FN en 2015

Gérard Mauger

Las encuestas disponibles desafían el estereotipo del votante del Front national (FN) como «sureño, machista y homófobo, racista y xenófobo».

Después de la primera ronda de las elecciones presidenciales de 1995, el diario Libération publicó la primicia de una encuesta post-electoral: el FN se convertiría en el «nuevo partido de la clase obrera» … ¿Y hoy? En las elecciones regionales de 2015, cuando más de la mitad del electorado del FN se reclutaba entre las clases populares (obreros, empleados y ex trabajadores jubilados o empleados), la realidad es que menos de un trabajador de cada siete votó por el FN, si se tiene en cuenta a abstencionistas y no inscritos. Esto significa que, si ahora hay un «nuevo partido de la clase obrera», es – por el momento – el de la abstención.

Estos datos no dispensan de plantear la cuestión de cómo es esa fracción de las clases trabajadoras que votan al FN. La pregunta es, básicamente, la que plantea Thomas Frank acerca de la clase obrera norteamericana: ¿por qué votan los pobres a la derecha (1)? Solo los estudios de campo pueden ayudarnos a encontrar la respuesta. En contra de la creencia convencional de que su voto expresa la elección de un programa, debe recordarse, de hecho, la distribución social muy desigual de los poderes políticos y, más allá, del interés por la política. Ese desinterés acentúa la creciente profesionalización de la política y explica, al menos en parte, una participación muy desigual. Por lo tanto, no puede deducirse, por ejemplo, del voto FN de un trabajador o un empleado que este apoye el programa del FN (del que, la mayoría, no es consciente o no sabe mucho). Si ese voto al FN no tiene relación con el FN, sin embargo, debemos cuestionar el significado que se le atribuye. ¿Qué quiere decir el obrero o empleado que vota al FN? Un trabajador que vota al FN ¿es un «obrero racista»? y ¿qué significa «racista» en este caso? ¿Tiene el mismo sentido que el voto al FN de un burgués tradicionalista?

La influencia perjudicial de la crisis de la sociabilidad popular

Las encuestas disponibles desafían el estereotipo del votante «trabajador manual, machista y homófobo, racista y xenófobo» del FN, que es probablemente más un «racismo de clase» ignorado que un resultado de los estudios de campo. Destacan la influencia perjudicial de la crisis de la sociabilidad popular, que también desafía las interpretaciones trivializadas, como el del voto masivo al FN de la «Francia periférica», o del voto al FN como una expresión de resentimiento debida al desclasamiento. Muestran las consecuencias de exacerbar las luchas competitivas entre «franceses» e «inmigrantes», de un «proceso» cuya «respetabilidad» surge de la competencia entre las clases «establecidas» y las clases «marginadas», sobre la delincuencia, del comportamiento antisocial de la asistencia social («el caso SOCES»). A la fracción «establecida», el voto al FN le permite distanciarse – moralmente – de las fracciones precarias y, con frecuencia, de los inmigrantes empobrecidos; y a la fracción «marginada», desmarcarse de quienes están por «debajo de ellos.» Las encuestas también ponen de relieve los efectos de la pérdida de influencia de las ideas de «izquierda» y las de la inculcación política y mediática de puntos de vista racistas o, incluso, de la herencia política familiar.

Al menos se pueden sacar dos conclusiones «políticas» de estas investigaciones. El análisis de los datos estadísticos disponibles pone de manifiesto la gran dispersión social y la volatilidad del electorado del FN. Todo opone, de hecho, a su componente popular de los resultado en los barrios acomodados, que se reagrupan en las manifestaciones del FN; de la misma manera que se oponen en la dirección del FN, Florian Philippot y Marion Maréchal-Le Pen. Es decir, como insisten Daniel Gaxie y Patrick Lehingue (2): «el electorado FN no existe». Es en realidad un «conglomerado» socavado por sus contradicciones internas. Por lo tanto, debemos apoyarnos en estas contradicciones y trabajar para acelerar su implosión. Por otra parte, las encuestas sobre el voto al FN en las clases populares resalta el impasse del activismo anti-FN, empezando por su condena de los «proles intolerantes y racistas» que votan al FN. La reconquista de las clases populares – se abstengan o voten al FN – pasa por la rehabilitación de su espíritu tradicional, de su «preocupación por la respetabilidad» (la «decencia común», si se quiere, basada en la seriedad en el trabajo, la honestidad, el respeto por uno mismo y otros) de las clases populares, franceses e inmigrantes por igual.

Notas:

(1) Pourquoi les pauvres votent à droite, Thomas Frank, Éditions Agone.

(2) Les Classes populaires et le FN, livre coordonné par Gérard Mauger et Willy Pelletier, Éditions du Croquant, collection « Savoir/Agir ».

L’humanité, 6 de febrero 2017

Roger Martelli
historiador. Antiguo dirigente del PCF, actualmente co-preside la Fundación Copernico y es co-director de la revista Regards.

Rafael Poch
Periodista. Corresponsal del diario barcelonés La Vanguardia en París.

Gérard Mauger
Sociólogo, es director de investigaciones del CNRS y coordinador con Willy Pelletier de la obra colectiva “Les classes populaires et le Fn” (Éditions du croquant, 2017)

Fuente: Varias

Traducción:G. Buster

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/francia-un-debate-presidencial-bajo-la-amenaza-del-front-national-dossier

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