Francia. Macron: Boludeces, catástrofes y humildad

Por Luis Casado, Politika

La Historia de Francia suele tener ecos hasta en los rincones más alejados del planeta. El fenómeno de los chalecos amarillos no tiene porqué ser una excepción. Luis Casado nos entrega su cuarta nota sobre el desarrollo de los acontecimientos. Esperando el desenlace del drama…

Por Luis Casado

La Historia de Francia suele tener ecos hasta en los rincones más alejados del planeta. El fenómeno de los chalecos amarillos no tiene porqué ser una excepción. Luis Casado nos entrega su cuarta nota sobre el desarrollo de los acontecimientos. Esperando el desenlace del drama…

Si le crees a sus confidentes, Júpiter –los puentes levadizos arriba– está dedicado a escuchar pacientemente a quienes tienen la bondad de explicarle lo que va mal.

El alcalde de Poissy y 14 otros alcaldes de las cercanías de París le recitaron una suerte de cahier des doléances (‘cuaderno de quejas’ bajo la monarquía).

Reducir la APL (ayuda personalizada al alquiler de una vivienda) en cinco euros (3.800 pesos) fue una boludez (*). Cinco euros representan la comida de un día para esas familias. Júpiter asiente, gravemente, como conviene a quien descubre el hilo negro.

Reducir la velocidad máxima en las carreteras secundarias de 90 a 80 km/h fue otra boludez (*): cientos de miles de trabajadores rurales usan su automóvil para ir al trabajo cada día. Una vez más, Júpiter conviene.

Decir que el gasto social consume una “pasta gansa”, fue desafortunado. Tratar –en Copenhague– al pueblo francés de “galos refractarios al cambio” cayó como una patada en el hígado entre quienes soportan reformas incesantes cuyo único resultado es hundirles más en el fango.

Responderle a un joven horticultor sin empleo, “Yo atravieso la calle y le encuentro un curro (de lavaplatos) inmediatamente”, fue una demostración de arrogancia: ahora los chalecos amarillos atraviesan la calle… para bloquear la circulación.

Afirmar, en un discurso: “Hay gente que tiene éxito en la vida (como él mismo) y otros que no son nada”, fue un insulto. Decirle a un obrero cubierto de la suciedad que genera su trabajo: “Para tener un traje como el mío tienes que trabajar”, fue una ofensa gratuita.

Cuando su guardaespaldas personal fue sorprendido armado de una pistola, golpeando a una pareja de jóvenes manifestantes del 1º de Mayo en la más completa ilegalidad, lanzar, desafiante, “Que vengan a buscarme”, fue una incitación al Jupitericidio: ahora los chalecos amarillos llaman a ir al Eliseo (de ahí los puentes levadizos arriba). Un grafiti en muros cercanos a Palacio dice: “ Manu… no bajes… vamos arriba, a buscarte…”

En medio de lo que precede, la supresión del Impuesto a la Fortuna fue una catástrofe. “Una catástrofe”, insisten los alcaldes. El Impuesto a la Fortuna que Macron eludió durante tres años seguidos.

Durante una ceremonia en el Mont-Valérien (lugar en que los nazis fusilaron decenas de resistentes) un colegial, un niño de unos 12 años, lo vio venir y entonó La Internacional antes de saludarle demasiado familiarmente: “¿Todo bien Manu?” Júpiter no soportó el crimen de lesa majestad y reprendió severamente al escolar. Bien. Pero no contento con ponerlo a parir, Macron agregó: “Haz las cosas en el buen orden. El día que quieras hacer la revolución, aprende primero a tener un diploma y a ganarte la vida. Entonces vas a darle lecciones a los demás”. Emmanuel Macron, ¿precursor de la Jaula Segura? Ahora la policía pone a los chicos de rodillas, las manos detrás de la cabeza, como hacían los nazis con los resistentes durante la Ocupación. Un diputado, socarrón, comentó: “He ahí una clase tranquila”.

Los bondadosos alcaldes que se auto-asignaron la tarea de explicarle a Macron lo que es el país real, terminaron zahiriendo el orgullo de su excelencia. “En el pueblo, señor presidente, Ud. es mal amado, para no decir peor” (sic). ¿Porqué será?

La manifestación de ayer, –gracias a los miles de CRS (suerte de Gope) apoyados por 15 blindados y tropa de caballería– hizo de París una ciudad muerta. Otra manifestación, la de los chalecos verdes que defienden el medio ambiente, reunió decenas de miles de ecologistas. En el cortejo se distinguían miles de chalecos amarillos. Interrogados, los ecologistas declararon que el chaleco, verde o amarillo, lucha por la misma causa.

“La policía logró contener a los violentos”, se felicita el gobierno. Los desórdenes duraron hasta media noche. Los peores se trasladaron a Saint-Étienne, a Bordeaux, a Toulouse, a Lyon. Nadie, ni siquiera el oficialismo, confunde a los chalecos amarillos con el lumpen violento que practica el pillaje.

El ministro del Interior cuenta, nadie sabe cómo, el número de manifestantes: 125 mil. De los cuales 1.700 fueron arrestados, y 1.400 quedaron detenidos. Una madre estuvo detenida durante toda la noche porque llevaba gafas de pintor para proteger sus ojos de los gases lacrimógenos. La policía le explicó que las gafas de pintor son “un arma de primera categoría”. Hubo que requisicionar jueces para procesar a tanto “enemigo del orden”.

Hoy domingo todo sigue igual. Esperamos la majestuosa palabra de Júpiter que sigue escuchando pacientemente a quienes tienen la bondad de explicarle lo que va mal. “El presidente escucha, –dice uno de sus limpiabotas–, lo que demuestra su humildad”. Ya me dirás tú.

Júpiter prometió hablar el lunes o el martes. Si tiene algo que decir. Entretanto los chalecos amarillos no han cambiado su consigna principal: “Macron, dimisión”.

Entre los políticos, –que saben que Charles de Gaulle cedió en 1968, que Juppé cedió en 1995, que Villepin cedió en 2006, y que los tres abandonaron la política a poco andar–, parece haber consenso en la necesidad de disolver la Asamblea Nacional para convocar elecciones parlamentarias.

Ya veremos si mañana o pasado Emmanuel-Manu-Júpiter Macron satisface las exigencias de todo un pueblo… o nos sale con otra boludez (*).


(*): los alcaldes y Macron utilizaron la misma palabra, connerie, que en español se traduce como gilipollada, huevada o boludez.

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