Francia en llamas

Francia en llamas  

 

Francia está atravesando la crisis política, social, institucional y moral más grande desde el colapso de la IV República por la guerra de Argelia de 1958. Los últimos acontecimientos son otro episodio de la serie. Las principales ciudades francesas han sido el escenario de un estallido social sin precedentes.

Hay dificultades a la hora de concebir los hechos: ¿revuelta, inconsciente explosión de odio, o rebelión, insurrección consciente de sectores desfavorecidos? También hay debate acerca de la causa que los impulsa: ¿lucha de clases o racismo?

Se buscan infructuosamente precedentes en la dilatada historia de revueltas que posee la Francia urbana. Pero es evidente que este estallido social no tiene claros precedentes. Es la manifestación nueva de una situación vieja, de unos problemas viejos con unos actores nuevos. Las viejas contradicciones se reflejan en nuevos fenómenos.

 

Este es un episodio más dentro de una línea continua. La Francia de la “modernización” preconizada por Mitterrand, que echó por la borda el Programa Común de la Izquierda con el PCF en 1981, no es otra que la Francia de la inmigración excluida, el desempleo masivo o la desindustrialización. La Francia de un neoliberalismo a regañadientes. Mientras tanto, a una sociedad temerosa de perder su bienestar, la demagogia fascista de Le Pen orienta ese temor hacia el inmigrante. El fenómeno Le Pen nace, precisamente, de ese miedo, impulsado por mezquinos intereses particulares y de necesidades a corto plazo. Los chivos expiatorios utilizados han sido variados: la Unión Europea, el fontanero polaco, etc. Y no sólo han sido utilizados por Le Pen. Pero nunca se ha afrontado un debate de fondo a cerca de lo caduco de las dos principales estructuras causantes de esta situación: una V República agonizante y un modelo neoliberal aplicado con fruición por los mismos que luego critican sus consecuencias.

 

En Francia, tanto la derecha como la izquierda, siempre han hecho gala de anti-liberalismo. Pero la “fe supersticiosa en el estado” no soluciona los problemas. Los restos del estado de bienestar, del estado providencia, no son solución de un problema situado a sus afueras.

 

Es el modelo de integración social lo que está ardiendo en Francia. El modelo republicano, de integración en y a través del estado, del laicismo y de la ética civil. Un modelo ya quebrado por el neoliberalismo. Es un fracaso también político. La V República Francesa, hecha a la medida del general De Gaulle, naufraga.

 

Fallan los mecanismos de integración social y política: las sucesivas huelgas de la administración y los transportes (recordemos el otoño caliente de 1995), el terremoto electoral de Le Pen en las elecciones de 2003, la corrupción, el resultado del referéndum sobre el Tratado Constitucional Europeo o ahora las revueltas callejeras. Son procesos con dinámicas a veces contradictorias pero con elementos comunes: la quiebra de los viejos modelos de integración política y social y el carácter disgregador del neoliberalismo.

 

Sarkozy, que promete mano dura, definió los sucesos como problema de delincuencia y orden público. Cuando creció la magnitud del fenómeno, lo achacó al terrorismo islamista. Ahora todos están desconcertados y prometen revistar el modelo de integración, “arreglar el ascensor social”.

 

¿Es un mero problema de racismo el descenso de la promoción social de los nietos de inmigrantes? ¿Cuál es la causa de las formidables bolsas de exclusión social que salpican toda Francia? El neoliberalismo ha alimentado la incertidumbre, ha erosionado la República, ha excluido a gran parte de la población.

 

La ruptura se hace tan evidente que el carácter de “inmigrante” no se pierde ni en la tercera generación. Los nietos de los inmigrantes están menos integrados, viven y trabajan en condiciones peores que sus padres y sus abuelos. A la ruptura xenófoba de la fuerza de trabajo se le una la ruptura generacional. No es pues, un problema de racismo, que Francia se halla hecho más racista. El inmigrante pobre y marginado es objeto de miedo y recelo no por su condición de inmigrante, sino por su condición de excluido. Es miedo de clase. El miedo al inmigrante nace del miedo a la pérdida de los derechos sociales, pero esos derechos no se pierden por la inmigración, se pierden por las políticas neoliberales aplicadas en los últimos veinticinco años. La población inmigrante, la más desfavorecida por esas políticas ya ha mostrado su descontento en un estallido de cólera.

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