Francia: cuando la unidad y la combatividad confluyen

Desde el pasado mayo, la situación en Francia está definida por las movilizaciones contra el proyecto de ley sobre las pensiones. Una jornada de movilización tras otra, el movimiento contra la reforma de las pensiones continúa desarrollándose, enraizándose. Es la confirmación de un movimiento profundo, que rechaza masivamente no solo esta reforma concreta, sino el conjunto de la política antisocial y racista del gobierno de Sarkozy. Pero también contra las injusticias acumuladas y acentuadas por la crisis, tanto entre los jóvenes como entre los asalariados. Al fin y al cabo, se preguntan muchos, ¿qué representan los 30 mil millones de euros que faltan, según dice el gobierno francés, para financiar las jubilaciones, en comparación con los 360 mil millones que se regalaron a los bancos para “rescatarlos” en otoño del 2008?

Esto explica que, desde la primera movilización después del parón del verano, el 7 de septiembre, se hayan producido movilizaciones cada vez más continuas y más grandes. Los días 12 y 19 de octubre, en particular, se batieron récords cuando 3,5 millones de personas salieron a la calle –medio millón más de personas que en la manifestación más grande durante la victoriosa lucha contra el Contrato de Primer Empleo en 2006.

Sin embargo, la lucha contra la reforma no sólo ha ido ganando en número, sino también en sectores, así como en combatividad y radicalidad. A la base del movimiento –los y las trabajadoras del sector público, sobre todo de educación y transporte– se han sumado varios sectores claves de la economía: trabajadores del puerto, camioneros y, especialmente, trabajadores de las refinerías.

Además, desde hace algunas semanas y en particular desde la huelga general del 19 de octubre, la juventud –que ve cómo la reforma comprometerá no sólo su acceso a una jubilación digna, sino que más a corto plazo también a un empleo– está en primer plano en las movilizaciones, con manifestaciones muy importantes y dinámicas y numerosos institutos bloqueados. La movilización en las universidades también está arrancando, poco a poco, de momento con unas 37 facultades en lucha por toda Francia y una decena de ellas en huelga indefinida.

Esta confluencia de diferentes sectores sociales, entre los y las trabajadoras del sector público, las luchas del sector privado y la juventud, ha aportado un carácter masivo y legítimo a la movilización. Pero, como ya se ha dicho, la lucha también ha ido ganando en combatividad y radicalidad. En varios sectores, las bases sindicales han superado las tímidas consignas de la intersyndicale (coordinadora de sindicatos, con un peso especial de los sindicatos moderados como la CFDT) y han decidido comenzar o amplificar huelgas indefinidas o “reconducibles” –es decir, huelgas cuya prolongación se vota diariamente en asambleas de trabajadores.

Es el caso de los y las trabajadoras de transportes, de la EDF (principal empresa de electricidad) o de las refinerías. Respecto a estos últimos, nunca se había visto nada igual desde mayo del 68. En efecto, desde el pasado 14 de octubre las 13 refinerías están en huelga indefinida con un paro total de las instalaciones y de los envíos de carburante hacia las estaciones de servicio y depósitos. La huelga es extremadamente masiva, seguida casi unánimemente. Algo que también cabe resaltar por su importancia es que la lucha no se limita a las ciudades clásicas y a las jornadas de lucha convocadas por la intersyndicale. En todas las ciudades, grandes o pequeñas, cada día se llevan a cabo nuevas iniciativas, acciones de bloqueo (de peajes, de carreteras, de aeropuertos, de zonas industriales, etc.) o manifestaciones locales, de manera unitaria e interprofesional. También comienzan a llevarse a cabo diariamente asambleas generales de los diferentes sectores movilizados, con una importancia cada vez mayor.

Está claro que cada vez hay más y más gente que piensa que ganar es posible, que se puede hacer recular a Sarkozy y sus políticas. Las cifras publicadas por la propia prensa del establishment son bastante clarividentes en este sentido: la popularidad de Sarkozy ya había caído al 26% a principios de octubre (¡antes de que comenzara el grueso de la movilización!), mientras que el 70% de la población está a favor de las movilizaciones y se opone a la reforma. Todavía más importante es no ya sólo la alta valoración de los sindicatos, sino que cada vez más gente apoya los métodos radicales. Hace un par de semanas, el 54% estaba a favor de la huelga “reconducible”; hoy, el 63% apoya los bloqueos de las refinerías y la huelga del sector de limpieza (!).

Es indudable, pues, que a estas alturas el gobierno ha perdido la batalla de la opinión. El mismo Sarkozy, que se regodeaba cuando llegó al poder de que “ahora en Francia, cuando hay una huelga, nadie se entera”, está viendo brotar imparable e irrefrenable la cólera del pueblo. Pero aún hay más. Estamos viendo cómo, para los y las trabajadoras en huelga y para la juventud movilizada, no importa que la ley se apruebe en el parlamento; la verdadera legitimidad está en la lucha, en la huelga, en la calle.

En otras palabras, mucha gente está comenzando a cambiar sus ideas, a radicalizarse. La fisura que abrió la crisis en la ideología triunfante capitalista, en el “fin de la historia” y la divina providencia del mercado, se está ensanchando al calor de las luchas.

Frente a un movimiento tan poderoso y sólido, la respuesta del gobierno y de la derecha no ha sido otra que la criminalización y la represión. Los medios de comunicación comenzaron por fustigar contra “los que bloquean” y “los que destrozan”, con la intención de desacreditar el movimiento y legitimar una intervención más contundente de las fuerzas represoras.

Tras esta fase de preparación, el gobierno ha pasado a la acción. Las cargas de los antidisturbios contra manifestaciones pacíficas, asambleas o mítines se multiplican. Los gases lacrimógenos y las pelotas de goma están al orden del día, con el resultado (por el momento) de un joven de instituto herido gravemente en el ojo. Se detiene arbitrariamente a jóvenes, a militantes que enganchan carteles. Sin embargo, esta vez la represión no se detiene con los jóvenes “antisistema”; el brutal desalojo del depósito de petróleo de Grandpuits –aunque después ha vuelto a bloquearse– ha ido acompañado de requisiciones de asalariados de las refinerías o de la limpieza en nombre del “interés nacional”, algo que sólo es legal hacer en período de guerra o cuando la seguridad de las personas está amenazada.

El gobierno ni siquiera ha querido negociar con los dirigentes sindicales más moderados. Su determinación se explica porque esta reforma es para el gobierno y la patronal el núcleo de la política de austeridad para hacer pagar su crisis a quienes no son responsables de ella, a la clase trabajadora. Y no sólo a nivel francés. Todos los gobiernos europeos tienen los ojos clavados en Sarkozy; una vacilación suya puede marcar un precedente e insuflar una nueva fuerza a los conflictos contra las reformas de austeridad que ya han surgido por toda Europa y que, sin duda, se agravarán.

En cualquier caso, y camino de la novena huelga general, está claro que la represión y la intimidación no harán disminuir el descontento y la rabia. Cada vez son más quienes abrazan las palabras de Besancenot: “Lo que el parlamento decide, la calle puede deshacerlo”. Ya sucedió en 1995 contra el Plan Juppé y en 2006 contra el Contrato de Primer Empleo.

Para acabar, y al margen del desenlace que tenga la lucha contra las pensiones, esperamos que el ejemplo de lucha que nos está ofreciendo la clase trabajadora de Francia –con una lucha desde abajo, en la calle, en el trabajo, en el instituto, sin sectarismos, con unidad pero radicalidad– sobrepase las fronteras francesas, y que el “espíritu de mayo del 68” se extienda por toda Europa.

Albert García es militante de En lluita y estuvo militando este año en el NPA en París.

http://enlucha.org/?q=node/2379&nbsp

[VERSIÓ EN CATALÀ: http://www.enlluita.org/site/?q=node/2969]&nbsp

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