Fragmento de Bowers (embajador estadounidense) sobre los bombardeos de Barcelona

Fragmento de Bowers (embajador estadounidense) sobre los bombardeos de Barcelona

«El terrible bombardeo comenzó en la noche del 16 de marzo de 1938 y, naturalmente se efectuó sin advertencia. Los bombarderos, pilotados por aviadores alemanes e italianos (…) podían ensagrentar los pavimentos de una ciudad de casi dos millones de habitantes con la sangre de sus víctimas después de quince minutos de haber despegado de sus bases en Palma de Mallorca. Volaban a una inmensa altura, invisibles, sin tiempo a dar alarma, hasta que los explosivos sembradores de la muerte alcanzaban la ciudad (…)

Era evidente que una ciudad de cerca de dos millones de habitantes se estaba utilizando como laboratorio de experimentación donde se ponían a prueba mortíferas armas de destrucción. Se estaba probando un nuevo tipo de explosivo (…) una bomba de tamaño insignificante, que no pesaba más de cincuenta a cien kilos. Tenía poco poder de penetración, pero su fuerza de explosión y expansión era tremenda; su efecto, pavoroso (…) Nada en semejante aterradora escala, implicando a la raza blanca, se había conocido hasta entonces. Las bombas no perseguían ningún objetivo militar. Eran arrojadas deliberadamente en el centro de la ciudad, la parte más concurrida y habitada, donde la gente estaba comiendo, paseando, descansando en sus camas. Cuando terminaron los raids, novecientos hombres, mujeres y niños estaban destrozados y convertidos en cadáveres, y en muchos casos habían volado a pedazos, en otros les habían vaciado las entrañas. Hundieron cuarenta y ocho edificios y setenta y cinco fueron parcialmente destruidos.
Después de cada bombardeo, el personal de los hospitales, asistido por voluntarios, se echaba a la calle, llevando canastas en las cuales podían echar pedazos de los cuerpos desmembrados, fragmentos de carne humana, partes de brazos, piernas, cabezas. (…)
En las aceras, cadáveres no del todo desmembrados yacían en el suelo, uno tras otro, cubriendo largos trechos: mujeres y niños de ocho y nueve años, con los ojos todavía abiertos, fijos en una expresión de horror. Brigadas de hombres trabajaban removiendo las ruinas de los edificios destruidos, buscando muertos o heridos. Los aviones lanzaron algunas bomas incendiarias, y aquí o allá todo eran llamas.

La monstruosidad de este crimen bestial dejó atónito momentáneamente al mundo (…) Yo no abrigaba duda, aquellos días, de que el Eje se estaba entrenando para lo que después fueron las destrucciones de Londres y Varsovia, como ahora sabemos que así era. »


Bowers (embajador estadounidense en España de 1933 a 1939): «Mision en España». Grijalbo, Barcelona, 1977, pp. 386-388.

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