Publicado en: 3 diciembre, 2018

Foucault: libertad, Ilustración y poder

Por Iñaki Urdanibia

Un interesante acercamiento a la mirada filosófica del último Foucault, en un intenso cruce, de apoyo o enfrentamiento, de fuentes y autores.

Por Iñaki Urdanibia

La noción de biopolítica arraigó en el campo filosófico desde que en 1976 la pusiese en funcionamiento Michel Foucault, prestándose a diferentes prolongaciones como las de Agamben ( homo sacer ), Espósito ( inmunitas) o Antonio Negri ( señalando la potencia viva e inventiva de las multitudes) por nombrar algunos de quienes con más frecuencia han recurrido al término nombrado. El propósito de Foucault , en su primer tomo de la Historia de la sexualidad, La Volonté de savoir, al sacra a la palestra tal concepto fue destacar la diferencia y complementariedad entre las tecnologías políticas disciplinarias y un conjunto de prácticas y de sabres cuyas orientaciones son diferentes; paso del modelo de soberanía al propio de la jurisdicción a la veridicción . Las primeras analizaban el cuerpo en detalles, buscando impulsar su docilidad y utilidad, mientras que las segundas tratando de regular los procesos biológicos que, atravesando los cuerpos, van a decidir acerca de la potencia y de las características de la población ( fecundidad, mortalidad, salud, etc.); tránsito de un anatomo-política del cuerpo humano a una bio-política de la población.

Con el fin de clarificar esa cuestión esencial de Foucault, Vicente Serrano Marín se sumerge, sumergiéndonos, en tales aguas en su «El orden biopolítico», publicado por El viejo Topo ( 2017). Vaya por delante que estamos ante un libro potente que exige fuerte atención lectora para no perderse en la red que el autor va montando a la largo de la obra. El seguimiento que del pensador francés es riguroso y para ello nos conduce por diferentes trabajos de él, muy en especial en los cursos del Collège de France de la última época de su quehacer. El empeño, ciertamente necesario, hace que al concepto nombrado, desde el título, Serrano vaya adosando otra serie de conceptos que resultan complementarios y hasta necesarios de cara a dar una verdadera claridad al término : así, gobernamentalidad, población, poder pastoral, cuidado de sí, el modelo de libertad como resistencia, sin obviar la dimensión económica que abarca un papel esencial en las sociedades modernas; a ello se ha de añadir al recurso que Serrano pone en funcionamiento con respecto a Spinoza, muy en especial, y a otros clásicos de la historia de la filosofía( Kant, Hegel, Descartes, Schelling, Weber…), y los puntos de unión y desunión, de superación, de la obra foucaultiana con respecto a los trabajos de Marx; sin obviar, las incursiones en las obras de Gilles Deleuze, de Jean-François Lyotard, en sus perspectivas deseantes y/o postmodernas, y el apoyo hallado en Baudelaire en la vertiente estética de la modernidad, sin dejar de lado los ajustes de cuenta que lleva a cabo con la utilización del concepto estudiado, como ej, por Agamben y Esposito, en especial, quienes criticaron a Foucault por no poner el debido énfasis en el fenómeno del totalitarismo . Queda claro tras los expresado que como queda señalado Serrano nos hace penetrar en una red en la que diferentes autores, conceptos e ideas se codean, se complementan y, en algunos casos, se contraponen.

Hurga el autor en el origen del concepto y lo fecha en una conferencia brasileña en 1974, previa pues a La Voluntad de saber , y a su ampliación en el curso Nacimiento de la biopolítica y señala que « la idea fundamental que subyace a esa noción de lo biopolítico es abandonar el concepto del poder desde el punto de vista de la represión, de la prohibición, para acercarse a él como productor de libertad, palabra que no olvidemos está en el nombre mismo del liberalismo, libertad que no sería expresión y resultado de la técnicas de gobierno y con respecto a las cuales el Estado es un correlato », técnicas que proceden del poder pastoral que se había implantado por el cristianismo y que funcionó, con diferente rostro en el helenismo, hasta que se dio la secularización; suponiendo, la Historia de la sexualidad, en la trayectoria foucaultiana, « el tránsito entre el primer Foucault y el Foucault biopolítico[ opone Serrano esta división que da por pensar que la unidad que presentaba Foucault, bajo el nombre Maurice Florence, en el diccionario de Huismann estaría en contradicción con ella]. Así pues, el poder no se da ya como función obligar e imponer por la fuerza sino hacer crecer y ordenar las fuerzas que pretende gestionar, al tiempo que recalifica enteramente su objeto, dirigiéndose no al cuerpo político como conjunto de sujetos de deberes y de derechos, sino a la humanidad como especie viviente, suponiendo ello «la entrada de la vida en la historia», y es por esa vía por la que que va a entrar Foucault en el estudio del liberalismo, como conjunto de tácticas destinadas a impulsar la iniciativa de cada cual y como redefinición completa del objeto político, que en vez de conducir al pueblo consistirá en gestionar de la mejor manera posible las fluctuaciones del mercado: el liberalismo, o el gobierno de los vivos; «el liberalismo como criterio de veridicción, como régimen de verdad y como arte de gobierno» …análisis de todo ello como « expresión de una ontología crítica del presente»( cuestión que coincide con la publicación de La condición posmoderna de Lyotard, incidiendo en los problemas de los relatos de legitimación) .

Lo apuntado hace que resulta necesario entrar, como hace con precisión Serrano, en algunos asuntos complementarios como la población, territorio y la gubernamentalidad– otro neologismo creado por Foucault que provocó no pocos equívocos- como la acción de gobernar, lo que hace que Foucault, y a su vera Serrano, se desmarque de la tendencia habitual de la filosofía política de clasificar las diferentes maneras de gobernar, cuando ya desde el siglo XVIII se da un cambio que hace que gobernar no es reinar ( delimitando, por medio de a coerción, los comportamientos aceptables), ni disciplinar ( encuadrando con todo detalles las conductas dentro de unas exigencias programadas de antemano), sino propiciar las condiciones para que cada cual pueda producir efectos conforma a los objetivos pretendidos; esto hace que se pueda, deba, establecer una neta diferenciación entre normación disciplinaria y normalización gubernamental, cambio que provoca la primacía de nuevos saberes apropiados como la estadística y la demografía , originando una redefinición de los individuos, centrándose las labores de gestión en la población, como entidad colectiva nueva que se aleja de la noción de pueblo que descansaba en una definición jurídico-política clásica para dar paso al homo oeconomicus, como correlato de una técnica política que inscribe la conducta de cada uno en el horizonte del gobierno.

La obra de Vicente Serrano Marín se va desplegando en rizoma ( que se me permita la expresión deleuzo-guattariana, que no quiere decir, al menos en esta ocasión con algo semejante al desorden) por cuestiones claves como la redefinición del Estado como correlato que busca un funcionamiento económico ( « la cuestión de la dominación no se juega ya en el plano d la jurisdicción, de los derechos, o de conceptos como el de soberanía y sus correlativos como voluntad popular y otros semejantes, sino que hora se juega en esa instancia vinculada a la economía») que viene a funcionar con pretensiones de una mente comúnexpresión que Serrano toma en préstamo, sui generis, de Spinoza- que supondría el arrinconamiento del concepto de ideología que respondería más a la etapa anterior, de soberanía; todos estos ajustes con respecto a los conceptos demodés, por no responder a las características de la nueva fase socio-política, van a ser detallados en el libro , haciendo hincapié igualmente en la huella del poder pastoral en el terreno de los afectos, el del cuidado de sí, que viene a suponer una forma de resistencia a las sutiles redes del poder, es ahí en donde el recurso a Spinoza cobra su relevancia, al abrir el camino a una ética y una estética que, por desgracia, Foucault nunca llegó a elaborar; obviamente sustituyendo el Deus sive Natura por la fuerza del deseo, Serrano llega a señalar que la obra foucaultiana vendría ser un nuevo Tratado teológico-político»; en este aspecto el desmarque con respecto a Marx resulta esencial: « Marx criticó sin acudir a la raíz de ta condición natural: la estructura del deseo allí donde fusionan la psicología , la economía y la política, pero también la ética en sus imposibles esfuerzos modernos»,olvidando igualmente el germano que tras los discursos ideológicos subyacía toda una ontología que funcionaba al modo de un paraguas, y limitando su mirada al capitalismo como modo de producción, olvidando otras serie de aspectos que serían que constituirían una ontología, al eludir « la estructura del deseo allí donde se fusionan la psicología, la economía y la política, y también la ética en sus imposibles esfuerzos modernos». Considerando Serrano que « la tarea crítica de Foucault desde sus comienzos, y desde ese punto de vista podríamos decir que eso que dejó Marx sin explorar es, en términos de Foucault, la confluencia de un régimen de verdad, o si se prefiere una episteme, es decir las palabras, y de su objeto característico, es decir, las cosas. El estudio de la confluencia de ambos es lo que Foucault llamaría una ontología».

Imposible dar cuenta, con detalle, de todas las ramificaciones que van surgiendo a lo largo de la obra, y los entrecruzamientos que entre ellas se dan, mas sí que un par de cuestiones sí que me parece justo no dejar pasar por alto: la reivindicación de Foucault como ilustrado – ahí está su visita al texto kantiano: Respuesta a la pregunta ¿ qué es la Ilustración? y su « voluntad de liberar a la tradición ilustrada de sus adherencias metafísicas que la lastraban y la habían dejado no operativa, incluyendo por tanto al marxismo, como el último exponente maduro que fue del pensamiento ilustrado» – ante las descalificaciones a las que se le ha solido someter, encabezadas por el ordenancista comunicacional Jürgen Habermas y su dichos consenso, incluyéndole, al autor de Vigilar y castigar, pêle-mêle con los posmodernos [ diré de paso que esta reivindicación puede aplicarse al despertador de los postmoderno-Jean-François Lyotard- quien en sus últimos tiempos, y no tan últimos, se zambulló en diferentes derivas kantianas, acerca del entusiasmo, como forma de sublime, y en la analítica de lo sublime kantiana-, pensador al que Serrano se refiere pero obviando este aspecto que indico]; algunas pinceladas acerca de las revoluciones y sus funestos ( pp. 168 et ss.), e irremediables, destinos -ligados con los intentos de normalización y la consiguiente obediencia exigida, acallando el deseo rebelde-, pinceladas que resultan de sumo interés, al menos para el que esto escribe; también merecen atención, y elogio, las derivas que sobre el concepto de masa realiza ( Ortega Canetti, Le Bon, Freud…), alejando la óptica foucaultiana de las connotaciones peyorativas que al término se ha solido atribuir …al cine iremos otro día, y me refiero al capítulo 8, dedicado a una película de Fassbinder, Lola, como muestra de los cambios de paradigma señalados por Foucault aplicados al caso el caso germano.

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