Flaubert, la voluntad de saber

 

 

Flaubert, la voluntad de saber

 

      (Leyendo <<Bouvard y Pécuchet>>)

La lectura de un clásico  es algo provechoso en cualquier momento. Puestos, no obstante, a buscar coincidencias, guiados por cierta manía “aniversarista”,  señalaré  que se cumplieron, el   12 de diciembre, ciento noventa años del nacimiento, en Rouen, del genio de las letras, y ciento treinta de la publicación de su novela, incompleta, <<Bouvard et Pécuchet.>> …publicación   parcial, ya que cuando falleció , un año antes, todavía  andaba  volcado en su finalización.

Salta a la vista para cualquiera que se acerque a las obras del escritor francés que éste se documentaba hasta extremos imposibles. Si esto es palpable en cualquiera de sus libros la cosa llega al paroxismo en este <<Bouvard y Pécuchet>> que es un  compendio de los saberes o los pseudosaberes de su tiempo, un exhaustivo viaje que puede originar la extenuación en el lector, siguiendo el megalómano recorrido que transitan los dos singulares personajes que dan título al libro y consistencia a la novela.

       La pretensión de los dos funcionarios yéndose a la campagne es un cúmulo de fracasos que deja a las claras la distancia abismal que separa el saber de los libros de su aplicación, que responde más a  saberes prácticos que a bellas teorías. El fracaso al que aludo es más general que el relacionado con los dos personajes ya que al fin y al cabo traduce la desencantada visión del mundo de Flaubert, quien mostraba por boca de la pareja protagonista-haciendo bueno aquello de <<madame Bobary c´est moi>>- un relativismo sin cuento y un escepticismo con respecto al conocimiento que no envidiaba desde luego el de Montaigne, por no emparejarlo con el “cíclope” Pirrón que afirmaba que <<no podemos decir nada definitivo sobre cosa alguna>>. Desde mucho tiempo atrás, con más exactitud-como señalase Jean-Paul Sartre en L´Idiot de la famille  <<desde los veinte años, Gustave, en sus “Recuerdos”, hacía las mismas críticas a la ciencia: coleccionar, clasificar, analizar, sí; pero la vía real de la síntesis progresiva le está prohibida. “Bouvard y Pécuchet” , esta obra colosal y grotesca, hundirá sus raíces  en lo más profundo de una infancia alienada>>.   Si este pesimismo de la razón conducía al filósofo griego nombrado a pretender alcanzar la afasia, no era la consecuencia a la que llegaba el autor de Madame Bovary que no se cansaba en su carrera por abarcar todo en su desfasada pretensión de elaborar una <<enciclopedia de la estupidez>>. La obra  quedó inacabada al fallecer el escritor cuando se afanaba por culminar la inmensa tarea de retratar lo que se consideraba como lo verdadero en el conocimiento y lo adecuado para alcanzarlo o para solucionar distintos problemas prácticos de la sociedad; tal retrato constituía el canon fosilizado en los límites del cual debía moverse cualquier ser culto que se preciase aunque muchas veces los pretendidos principios que se consideraban como de sentido común no fuesen más que meras palabras huecas, repetidas una y otra vez aun sin conocer su sentido y extensión exacta.

       No otro era el propósito de esta obra que pensaba que debería ir acompañada de un <<Estupidiario>> ( <<diccionario de lugares comunes>>, <<de tópicos>>, <<de prejuicios>>, <<de convencionalismos>>, <<de ideas recibidas>> según las traducciones), con el que se completase el panorama total de cómo funcionaba el reino de la estupidez en su tiempo; esperaba con tal material suministrar un apoyo a sus contemporáneos para que estos se sintiesen inquietos a la hora de adoptar decisiones o a la hora de pronunciarse ante diferentes temas, idea coincidente con la que más tarde mantendría Nietzsche al recomendar que lo que resultaba más evidente era  de lo que más se debía dudar, como mecanismo de defensa ante la “verdad” compartida que se trata de imponer como obligatoria con sus cánones acerca de lo verdadero y lo falso.

        La dolorosa y larga elaboración de la obra quedó, como queda dicho, inconclusa en su forma definitiva lo cual no quita para que pueda leerse fragmentada: es decir, por una lado << Bouvard et Pécuchet>> y por otro, el diccionario mentado más arriba del que hay varias ediciones, todo ello a modo de  <<manual de instrucciones de uso sobre la estupidez>>.

<< Hacía una temperatura de 33 grados y el bulevar Bourdon estaba completamente desierto>> así empieza el libro indicando el lugar en donde se van a encontrar casualmente Bouvard y Pécuchet , que se van a hacer amigos al instante. Estamos en 1838 y dos años después Bouvard va a recibir una suculenta herencia, lo que va a empujar a los dos amigos a abandonar las calles parisinas para trasladarse a un pueblito de Normandía con el fin de profundizar tranquilamente en el saber y de llevar una vida más sana alejados del trajín de la bulliciosa urbe. Allá comienza lo que va a resultar un verdadero calvario-inútil subida al monte camelo- de estudios y sus consiguientes falta de éxito: agricultura, ciencias, arqueología, novelas históricas, política, mujeres /amistad, gimnástica, magnetismo, lecturas piadosas, educación… y al final, desencantados, deciden que lo mejor es dedicarse a copiar lisa y llanamente. Todo ello en el marco histórico de la revolución de 1848 que les pilla en plena campaña campestre.

 

Actualidad de la obra

<< El tiempo de Bouvard y Pécuchet se dispara hacia la eternidad; es por ello que los protagonistas no mueren y continúan copiando, cerca de Caen, su “estupidiario” anacrónico>>

            (Jorge Luis Borges)

 

La lectura de este libro es recomendable y ello al menos por un par de motivos: en primer lugar, por ser la obra de un clásico y a su vez ser una obra clásica, quizá la más significativamente flaubertiana, que consagra otra pareja célebre para la historia de la literatura crítica y satírica ( los cervantinos don Quijote y Sancho Panza,  los rabelesianos Gargantua y Pantagruel,  o los beckettianos  Vladimir y Estragón, según ya subrayase Michel Butor ampliando este funcionamiento por parejas a los cómicos del cine americano);  además ha de señalarse que rescatar  esta obra es conveniente y ello debido a que quedó ensombrecida, en cierto modo, por el peso de <<Madame Bovary>>, <<La Educación sentimental>>, <<La tentación de san Antonio>> o la guerrera <<Salambó>>. Otro motivo, el segundo, estaría relacionado  con la actualidad de la obra,  ya que no está de más, en todo tiempo y lugar, luchar contra la estupidez( tal era la tarea que Nietzsche asignaba a la filosofía, mientras que Witggenstein le adjudicaba la finalidad de derrumbar los ídolos) que variando los tiempos se disfraza con distintas máscaras. Hoy sigue funcionando con fuerza la pretensión de unívoca Verdad(lo escribo con mayúsculas) como expresión inequívoca de la voz de su amo, que impone una serie de pautas acerca de la corrección en distintas esferas(lo bueno, lo bello y lo justo) que señalan aquello que es de recibo defender y aquello que se ha de evitar siempre que uno no quiera quedar out. Los discursos extemporáneos se alzan frente a la mentalidad consagrada como normal,  promovidas formas de pensar que no entorpezcan el funcionamiento del sistema de valores e intereses de la sociedad, haciendo que estos se perpetúen. Creencias compartidas, consolidadas por el tiempo y la experiencia adquirida en el contexto de éstas, por sociedades enteras y por comunidades separadas…nuestras opiniones inducidas por un conjunto de mensajes, una “lengua” que nos habla(a nosotros, sobre nosotros) y que hablamos…

 

Reflexiones al hilo

 

No se han de olvidar tres fenómenos, dos relacionados con el poder del lenguaje y el otro con la pretensión de verdad, que conservan una apabullante actualidad, y que ya están presentes en cierto modo, en la novela de Flaubert: 1) por un lado, y completando las afirmaciones anteriores, ha de tenerse en cuenta la verdad de lo que afirmase John Langshaw Austin acerca de los enunciados performativos, <<hacer cosas con palabras>>( How to Do Things with Words); por otro, se ha de tener en cuenta aquella pretensión de los sofistas de convertir en más fuerte el argumento más débil como subrayase con brillo Jean-François Lyotard… derivando todo ello, en una lengua floja que para todo vale(como los mots-valises de Barthes) y extendiendo la mirada a un nivel más macro podría traducirse  en la conformación de una domesticadora neolengua plasmada por George Orwell en su <<1984>>.

2) Juega un papel esencial en todo esto el uso del lenguaje y el contenido y sentido semántico de las palabras que  va siendo acomodado a los intereses dominantes de la sociedad, o de los sectores que imponen su pensar con pretensiones de convertirlo en el pensar común. Sin llegar a afirmar como lo hiciese Roland Barthes aquello de que el lenguaje es fascista(no hablo sino que soy hablado por el lenguaje), sí que es cierto que éste al menos se ha puesto al servicio del poder dictatorial como mostraron con agudeza Jean-Pierre Faye (<<Los lenguajes totalitarios>>) o Victor Klemperer (<<LT I. El lenguaje del Tercer Reich>>), o todavía Adan Kovacsics, analizando las relaciones del lenguaje con la guerra,  o analizado en otros dominios posteriores, más “tolerantes” y aceptables,   como dejan ver  Domenico Losurdo, con respecto a los tiempos de globalización o Eric Hazan hurgando en la République del marido de Carla Bruni. Obviamente nadie puede ser tan ingenuo a estas alturas de la peli como para confiar en la neutralidad y/o la inocencia del lenguaje que juega sin lugar a dudas un papel esencial en lo que hace a discriminar o a asentar ciertas concepciones, ciertas supuestas verdades.

 

3) En lo que hace a la “Verdad” si se parte de una concepción de esta como “objetiva”, “absoluta”, “única”… estamos ante distintas formas del Estado platónico, el Estado ético que dice lo que se ha de hacer, o el de los expertos, o los Nobeles de distinto pelaje, con tales presupuestos la democracia queda ahuecada y en manos de una elite profesional que se la hurtan al pueblo como diagnostica Jacques Rancière. La verdad como forma de poder / libertad, capacidad de proponer verdades contrarias a la opinión común, en palabras de Hannah Arendt( <<quien, en una oposición de opiniones, afirma que posee la verdad, expresa una pretensión de dominación>>), palabras muy cercanas a las reflexiones de Foucault sobre las relaciones entre saber y poder(estudiando los dispositivos de los diferentes tipos de encierro y otras técnicas de biopoder). Más adecuada resulta la visión del logro de la verdad por tanteos, una verdad plural y abierta: camino señalado por Karl Popper( falseamiento de hipótesis erradas opuesta a conocimiento a través de la inducción y formulación de leyes de validez pretendidamente universal) o por Thomas Kuhn(paradigmas respondiendo al grado de acuerdos de una época), etc. y que abre el campo a un constructivismo que se elabora en el juego de las argumentaciones.

 

La empresa de Flaubert podría encuadrarse, mutatis mutandis, en lo que el Michel Foucault tardío calificase como <<ontología del presente>> . Precisamente el autor de <<Las palabras y las cosas>> decía acerca de esta obra: << Bouvard y Pécuchet unen la santidad y la estupidez sobre el modelo de querer-hacer: ellos que se han soñado ricos, libres rentistas y propietarios, habiendo llegado a serlo, no son capaces de serlo pura y simplemente sin entrar en el ciclo de la infinita tarea ; los libros que deben aproximarles a lo que han de ser, les alejan prescribiendo lo que ellos deben hacer – estupidez y virtud, santidad  y estulticia de los que emprenden con celo hacer eso mismo que ya son, de transformar en actos las ideas que han recibido y que se esfuerzan silenciosamente , a lo largo de su existencia, de volver a recuperar su propia naturaleza con un encarnizamiento ciego>>.

       Y al final… los dos personajes, desencantados por el fracaso que les persigue en todos los terrenos, optan por copiar, por repetir lo que todo el mundo repite en un obediente karaoke .

 

       Leer a Flaubert, en concreto esta obra, a nadie aburrirá y provocará la risa y la sonrisa en quien siga a los dos personajes a través de la tenaz e infructuosa búsqueda.

 

 

 

 

                              Iñaki  URDANIBIA

 

 

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