Fin del procés: iniciamos la República (cast/cat)

Varias veces hemos comentado con amigos la sensación de llegar al final del proceso con un cierto cansancio. No es desmoralización, ni sensación de fracaso, más bien todo lo contrario: ganas de que todo acabe ya de una vez, ganas de salir del tedio de un conflicto absolutamente insano que nos amarga la existencia política, económica y social. Es el cansancio del que hace tiempo que vive desconectado emocionalmente de un régimen que no aporta nada positivo en Cataluña, pero que no deja vivir y salir adelante. Cansancio, porque ya no queda ni una pizca de ganas de quejarse, y sí un pan entero para empezar y replantear el país a fondo. Y la sensación se agudiza aún más estos últimos días, especialmente impresionantes y tristes, en los que hemos tenido que afrontar un polvo muy duro contra el miedo, el desconcierto y la sensación de vacío vertiginoso que aparece ante las cosas que no tienen explicación y sobrepasan los códigos morales más elementales, un disgusto que hemos tenido que vivir con el veneno añadido de una prensa que utiliza los hechos trágicos para atacar, una vez más, el independentismo. Hay más que suficiente.

Creo que todos tenemos asumido que este mes de septiembre pondremos punto final a una etapa histórica. A muchos nos ha parecido que se ha alargado demasiado, pero quizás era el tiempo que requería reunir fuerzas, reconfigurar partidos políticos para sacudirse la ambigüedad que dilataba el conflicto, desplegar con claridad todos los argumentos, explicarnos todo el mundo, y preparar las estructuras que en breve deberán comenzar a funcionar. El «proceso» era necesario, por más que seguramente todos convenimos que ya no puede durar ni un minuto más .

Si damos un vistazo atrás, nos damos cuenta de que los inicios de todo empiezan a ser muy remotos. La primera consulta en Arenys de Munt y el Día masiva del 2012 en Barcelona ya están impregnadas de la nostalgia de lo distante. Quedan atrás, demasiado atrás. Y esta lejanía nos permite contrastar y descubrir que hemos cambiado mucho, colectivamente. Nos hemos ido haciendo mayores. En aquellos inicios, había energía, pero una ilusión un poco naíf y ramplona. Había la indignación exaltada por las cepillado del Estatuto y la estocada del Tribunal Constitucional, pero también aquella ingenuidad que planteaba soluciones rápidas y fáciles. Había un horizonte que tomaba forma, pero poca concreción a la hora de hacerlo factible.

Han pasado muchas cosas. Momentos de reticencias y recovecos frustrantes, episodios delicados de desunión, decepciones y pérdida de compañeros. Pero, sobre todo, mucho trabajo abnegada y exitosa: movilizaciones espectaculares, contactos y conferencias en el extranjero, asambleas y charlas locales, pancartas, murales, folletos, libros . Y, en todo momento, nos ha acompañado la fraternidad de los insultos de periodistas y tertulianos, la xenofobia en las redes, las amenazas y el desprecio del Estado, los juicios, las sentencias políticas y las multas. Y, a medida que hemos ido avanzando, ha persistido y se ha agudizado todo aquello contra lo que el independentismo se había alzado: la recentralización, el ahogo económico y fiscal, el incumplimiento sistemático de obligaciones y de compromisos, la interferencia y el bloqueo de leyes y de iniciativas políticas, la ausencia absoluta de una propuesta seria de entendimiento. Y el juego sucio se ha incrementado hasta niveles insoportables : montajes desde las cloacas, calumnias destinadas a distorsionar las elecciones, y un montón de mentiras mediáticas que un día serán recogidos en la enciclopedia de la vergüenza. Año tras año, los despropósitos han sido más escandalosos y graves, hasta el punto que estos últimos días se ha alcanzado, creo, el paroxismo.

Hoy por hoy, se me hace difícil imaginar qué puede ser más repugnante que la utilización de un atentado terrorista para cargar contra una demanda democrática. Imputar responsabilidades al Gobierno o al Ayuntamiento de Barcelona, aprovechar los muertos para hacer creer, contra toda evidencia, que los Mossos no están preparados para afrontar este tipo de situaciones, más cuando se ha evidenciado que el cuerpo policial ha sido a la altura de las circunstancias a pesar del veto a ampliar efectivos y acceder a la información de la Interpol, es sobrepasar cualquier límite ético. Qué más están dispuestos a hacer? El chantaje moral de utilizar los traumáticos atentados para presionar para que se abandone la voluntad de hacer el referéndum es un ataque directo a las libertades democráticas, y un reforzamiento de la estrategia del fanatismo terrorista que busca alterar el curso político e intervenir en las agendas de los gobiernos. Ha habido prensa unionista, revestida de falso progresismo, que ha mostrado connivencia con el terrorismo , otorgándole poder para cambiar la actividad legítima de un Parlamento y un Gobierno, y esto es inaceptable. Si no reaccionamos ante ello, si aceptamos el chantaje y cedemos a sus propósitos, somos un país democráticamente muerte.

Fin del proceso

Si de algo han servido estos ocho años de lucha, ha sido para madurar colectivamente , para crecer y sacudirnos de encima los complejos y los temores de ser libres, para conocernos y reconocernos diferentes entre nosotros, para aprender a limar las discrepancias y unirnos en los momentos difíciles. Hemos madurado a base de sobreponernos y afrontar con serenidad las dificultades y los retos. Hemos ganado resiliencia y confianza. Y es cierto: cuando nos hacemos mayores, perdemos un poco de energía y de vitalidad, pero ganamos en confianza, experiencia y tenacidad. Y así estamos, expectantes, contentos tras constatar que, por fin, habrá un Gobierno dispuesto a ejercer el derecho a la autodeterminación, y también conmocionados por los recientes atentados que enturbian los días, que incrementan de manera notable el desconcierto y el miedo ante la incertidumbre y la inseguridad. Una nueva prueba de fuego para el país que estamos superando con unidad, serenidad y firmeza. Llegamos al final, por tanto, cansados y expectantes, con ganas de encontrarnos pronto los locales electorales, sonrientes y decididos, con la ilusión reforzada por la convicción de que el mandato tendrá una repercusión y el Parlamento aplicará los resultados.

el Referéndum

Cuando el 27 de septiembre de 2015 se quisieron hacer unas elecciones de carácter plebiscitario, no se aceptó la victoria independentista con el argumento de que había un espesor de votos indefinidos que impedía confirmar hacia dónde se decantaba la balanza. Ahora, que se plantea un referéndum para dilucidar más claramente, resulta que tampoco gusta, pero por motivos inversos: la votación obliga a definirse con claridad, y eso es demasiado reduccionista. Parece que, para algunos, la cuestión es utilizar todo tipo de pretextos y de argucias dilatorias con el objetivo de aplazar sine die las posibilidades de generar un mandato democrático a favor de la independencia . No se entienden, si no, tantos cambios discursivos: de reclamarlo en el Parlamento, con despliegue de carteles incluido, se ha pasado a presentarlo como un instrumento partidista, como si los cientos de miles de ciudadanos que se han movilizado durante más de cinco años en Cataluña fueran títeres manipulados, ideológicamente homogéneos y sin capacidad crítica.

Desde la izquierda no se puede tener este concepto de la población, no se pueden sostener esquemas vanguardistas que reducen la política a un juego estratégico de capillitas sabias y superiores. Algunos articulistas han llegado a decir cosas aún peores, como que los referéndums son instrumentos peligrosos y antidemocráticos, que no sirven para tomar decisiones, escondiendo que a lo largo de la historia han sido útiles para decidir una gran diversidad de cuestiones: constituciones y estatutos, adscripciones a organizaciones militares, protecciones de parajes naturales, y también, curiosamente, muchos procesos de independencia. Y se ha escondido, también, que en el caso concreto de Cataluña la autodeterminación es una demanda antigua, arraigada y presente en la población desde hace muchas generaciones , si bien durante muchos años ha sido contenida, aplazada o ahogada en el consenso del pacto de la Transición. Empezaría a ser hora de que algunos asumieran los hechos: de unos cuantos años a esta parte, roto el consenso de la Transición por fulminación unilateral del Estatuto, la demanda del referéndum se ha situado en la centralidad política. Y habría que agradecer que lo respetaran, porque la mayoría de la población catalana explicita que el ejercicio de este derecho es inaplazable. Se puede discutir y discrepar sobre la conveniencia de convertirse en un Estado independiente, pero lo que no se puede hacer es poner en duda la voluntad de decidirlo, o plantearlo como una cuestión superflua que puede prorrogarse indefinidamente.

Ante estos discursos contrarios al referéndum, se hace necesario recordar que se trata de un instrumento plenamente democrático, y el más eficaz para decidir sobre propuestas que no pueden aplicarse con ambigüedad. Rechazarlo como instrumento válido de decisión implica dar pasos inversos en el avance hacia la profundización democrática, y devolver al viejo esquema de la partitocracia que filtra voluntades y diluye mandatos en el humedal del consenso y del inmovilismo. Todo lo contrario de lo que se reclamaba al 15-M, en el Multireferèndum, en las consultas municipales participativas. De verdad que se quiere aparcar todo esto? De verdad que por resentimiento ante la constatación de que el independentismo es hegemónico se quiere dar un salto hacia posiciones antidemocráticas? ¿Qué límites éticos hay a la hora de jugar a defender el relato propio? ¿Qué elementos inconfesables fuerzan a posicionarse al lado de los partidos inmovilistas que quieren reprimir un referéndum democrático? ¿Qué razones espurias obligan a aferrarse a un régimen que tiene como jefe de Estado vitalicio un personaje que hace tratos opacos para vender armamento a una dictadura que financia el fanatismo religioso y el terrorismo?

Legítimo, participado, vinculante

El referéndum, aunque no sea aceptado por el Estado, es válido si está organizado desde un Gobierno democrático, a través de una ley , y con el apoyo mayoritario en el Parlamento. El hecho de que el Estado niegue la demanda democrática y el derecho a ejercerla no puede ser un argumento para renunciar, porque estaríamos fomentando peligrosamente la claudicación ante un abuso de poder y la renuncia a hacer valer los derechos legítimos de los ciudadanos defendidos en un Parlamento.

En cuanto a la participación, y tal como aconseja la Comisión de Venecia, soy de la opinión que no es nada oportuno fijar umbrales de participación : marcar unos mínimos da una ventaja injusta al bando perdedor, porque permite aglutinar estos votos perdedores con votos abstencionistas indefinidos, sobredimensionando la opción perdedora artificialmente.

Finalmente: es deshonesto generar confusión con relación al carácter vinculante del referéndum. Quien hace la convocatoria oficial es el Gobierno, y es la mayoría parlamentaria que establece el carácter. Cada uno puede participar como le plazca, dándole el sentido de que subjetivamente quiera dar; pero, en todo caso, las formaciones políticas deben respetar la mayoría parlamentaria que impulsa la votación , y si participan, hay que asumir las reglas del juego planteadas de manera transparente, y hay que aceptar los resultados que se deriven sin pretender forzar interpretaciones y usurpar la voz de los participantes, que hablan por sí mismos. Si gana el Sí, por tanto, habrá que interpretar el resultado como el inicio de un mandato democrático a favor de la independencia, y nadie podrá manipularlo utilizando los votos del SÍ para decir que «una parte de ellos en realidad no querían la independencia sino que estaban diciendo que no querían el PP «. Sería grotesco y antidemocrático.

Un escenario descartado; tres escenarios posibles

Se han hecho infinitos artículos insistiendo en los beneficios de una República catalana independiente, y, para no repetir lo mismo, me centraré a apuntar de manera sintética lo que a mí me parece que nos estamos jugando en las próximas semanas. Porque, al contrario de la visión prepotente que reduce el «prucés» (expresión de escarnio xenófobo de quienes consideran el catalán una lengua ridícula y campesina) a una escenificación artificial fomentada por partidos políticos, es evidente que, tratándose del movimiento popular más potente en los últimos 30 años en Cataluña, el desenlace del conflicto puede llevarnos a muchos desencadenantes, pero en ningún caso nos devolverá a la casilla de salida del autonomismo que ya sólo pueden defender algunos nostálgicos que viven de glorias pasadas, arribistas que quieren pescar en aguas removidas, marginales grupúsculos identitarios o élites económicas que viven los favores del Estado, gente en todo caso con intereses personales que no están para cambiar nada a fondo.

El disparo de salida de la resolución del conflicto será la convocatoria oficial del Referéndum y la exposición legal de cómo se llevará a cabo. Habrá, por supuesto, plenas garantías democráticas, a pesar de que los partidos que trabajan para impedir la autodeterminación continuarán mintiendo y ofreciendo excusas ridículas, hilando fino en detalles absurdos y contemporizando las tropelías del Estado. Habrá convocatoria, por tanto, y el previsible desarrollo de prohibiciones, de amenazas y de ofensivas jurídicas. A pesar de todo ello, convendría hacer el esfuerzo de centrar mucha atención en la campaña y evitar el intento de desviarse hacia discusiones laterales que sólo buscarán evitar el debate de ideas sobre el futuro del país para así justificar que la campaña no tiene garantías.

Tengo la convicción de que el día 1 de octubre podremos votar con plenas garantías, y que se constatará que el Estado está ausente en Cataluña: celebraremos la fiesta y descubrir a la noche, en qué nuevo escenario hemos decidido situarnos colectivamente .

El escenario que me atrevo a descartar, por tanto, es el de la represión física del Referéndum . Poco a poco, creo que se ha ido haciendo evidente la imposibilidad estratégica y política de desplegar fuerzas represivas para cerrar colegios.

El primer escenario real dibuja un Gobierno derrotado fruto de una participación marcadamente baja en el Referéndum . Aunque los mínimos de participación no estén fijados, es evidente que, si la participación fuera muy reducida, sería complicado esgrimir la legitimidad de proclamar la independencia y reclamar internacionalmente el reconocimiento del nuevo Estado. Sería un escenario terrible, porque implicaría convocar elecciones inminentes, rigurosamente autonomistas, y se constataría que una parte demasiado amplia de la población catalana no cree que seamos un pueblo con derecho a decidir en libertad.

Una variante del primer escenario, si bien más agradecido y digno, dibuja un Referéndum con buena participación y con victoria del NO . En este caso, igualmente desembocamos en unas elecciones autonómicas.

Ambos escenarios me parecen nefastos, no sólo porque nos condena a una condición de nación intencionadamente dependiente, no sólo porque el soberanismo encarrilaría una vía errática, puramente resistencialista, y debería asumir que por el momento no hay suficiente fuerza para afrontar una ruptura , sino también porque, desde una perspectiva de izquierdas, reforzaría el escoramiento hacia políticas de derechas defendidas por la oligarquía catalana y española, apuntalada por el PP, por C ‘sy por el PSOE, y reflotar aquellos sectores convergentes más conservadores que gracias al proceso han pasado a un segundo plano político.

Cuesta mucho entender qué beneficios podría tener, desde una perspectiva de izquierdas, un boicot al Referéndum . Desde cuando, la frustración o la represión de una demanda popular de apoderamiento democrático puede significar un avance para las izquierdas? Qué panorama beneficioso estaríamos, ante unas nuevas elecciones autonomistas? En un escenario como éste, quien se atreve a defender, sin enrojecer, la posibilidad de un Gobierno de coalición entre ERC y los Comunes, con una CUP que quizás no debería ni comparecido en los comicios? Realmente alguien los imagina juntos gestionando una Generalitat saqueada y humillada? Realmente alguien ve posible una alianza entre los que habrán asumido el alto riesgo político y personal de impulsar un referéndum vinculante y los que hayan hecho el loco durante la campaña para hacerlo fracasar? La decisión de los Comunes de apuntarse a boicotear el Referéndum, en definitiva, cerraría las puertas definitivamente a toda posibilidad de unidad de las izquierdas a corto y medio plazo. Abrir heridas es bien fácil y rápido; cicatrizarlas puede conllevar muchos años de recelos y de divisiones.

Y si no es un Gobierno de izquierdas, qué gobierno habría? Aún más complicada veo la posibilidad de que se pueda formar un Gobierno de coalición entre el PP, el PSOE y C ‘s: difícilmente llegarían a conformar una mayoría de escaños en el Parlamento, sobre todo después de validar un episodio de represión. En cambio, lo que sí podemos imaginar, aunque no está claro que formaran mayoría, es una nueva coalición soberanista, una segunda parte mala de Juntos el Sí, en la que las políticas de izquierdas quedarían nuevamente encorsetadas y limitadas por el juego de equilibrios internos con el PDeCAT, y sobre todo por un incremento del ahogo económico y político del Estado. La persecución judicial de cargos y de representantes volvería a conducirnos a la dinámica de represión, en la prolongación del «processisme», y al aplazamiento de las transformaciones sociales. Es este, el escenario deseado?

El tercer escenario es una participación amplia de la sociedad catalana con una victoria más o menos ajustada del Sí : un panorama cuando menos diferente, que abre perspectivas mucho más interesantes y positivas, para el país en general, y para la unidad de las izquierdas en particular. La proclamación de la independencia implicaría el fin del autonomismo, y, si bien el día 3 de octubre no convertiríamos por arte de magia un Estado independiente, sí iniciaríamos una nueva etapa que en cualquier caso ya no sería «processista»: en medio de un panorama removido de consolidación y reconocimiento de la República, se iniciaría un proceso constituyente que derivaría en unas elecciones parlamentarias que servirían para elaborar y validar la nueva constitución.

A pesar de todas las incertidumbres que puedan intuir en este tercer escenario, resulta más fácil imaginar el entendimiento entre las diferentes fuerzas de izquierdas , sobre todo a la hora de trabajar conjuntamente en un proceso constituyente, donde lo que estaría debatiéndose sobre la mesa ya serían cuestiones sociales relacionadas con los derechos y las libertades, un espacio mucho más proclive al entendimiento, ya lo largo de las sucesivas legislaturas nada impediría gobiernos de coalición.

Alguien puede decir que planteo una dicotomía que no deja espacio a los matices, pero es la visión que se me presenta ante la inexistencia de otros escenarios reales a considerar. Digo «reales», no desideratum o relatos que querrían materializarse idealmente. El tercer escenario, la tercera vía, no existen. La propuesta federalista no ha hecho acto de presencia en cinco años de conflicto , y ahora hay que concluir que queda descartada por incomparecencia. Continuar aferrado a un proyecto que no se puede llevar a cabo es coger un pretexto para disimular la validación de un Régimen del 78 que no permite el Referéndum. Cerrarse en banda con la sonsonete del fraternalisme, en un momento en que el bipartidismo vuelve a reforzarse y condena Podemos ser una comparsa del PSOE, es refugiarse en un relato estético para disfrazar la mala conciencia de validar posicionamientos antidemocráticos y represivos que se alargarán mucho en el tiempo.

El federalismo no es una quimera, pero hoy por hoy es una opción lejana, muy verde , que necesita abrirse camino a base de procesos políticos que de momento son en mantillas. La ruptura democrática que implicaría un resultado favorable al SÍ en el Referéndum, sin embargo, sería un buen revulsivo inicial, una ignición que debilitaría enormemente la fuerza de la oligarquía española y el régimen borbónico que la sostiene, porque es una estructura envejecida y carente de capacidad de adaptación. La proclamación de una república en Cataluña abriría las posibilidades de ampliar el éxito del republicanismo en otros territorios del Estado y podría precipitar acontecimientos, porque de repente la República se convertiría en una posibilidad real y palpable, dejaría de ser una proclama y tomaría forma. Ante la ruptura democrática, la reforma constitucional del Estado sería ineludible.

En resumen: Democracia

La propuesta independentista, múltiple y diversa, difundida a través de los dirigentes de partidos políticos y de entidades (no por tuiteros desconocidos o personajes excéntricos que no tienen representatividad), tiene mayoritariamente un carácter abierto e inclusivo, y está basada en principios republicanos y democráticos . La reivindicación de la independencia se ha hecho en todo momento poniendo sobre la mesa argumentos económicos, políticos y sociales , fomentando el diálogo y el debate, buscando el pacto, y en ningún momento se ha pretendido hacer efectivo el proyecto sin un mandato democrático surgido de las urnas. Por eso mismo, negar el Referéndum no es sólo negar la independencia, sino también, y sobre todo, negar la democracia. El próximo día 1 de octubre, por la democracia, la dignidad y la libertad, votamos SÍ a la República.

Pau Planas es suscriptor de CRÍTIC

Fi del procés: iniciem la República

Presentació de la campanya del ‘sí’ amb els representants de partits i d’entitats aquest passat agost / MARIA BELMEZ – ACN

Diverses vegades hem comentat amb amics la sensació d’arribar al final del procés amb un cert cansament. No és desmoralització, ni sensació de fracàs, més aviat tot al contrari: ganes que tot s’acabi ja d’una vegada, ganes de sortir del tedi d’un conflicte absolutament insà que ens amarga l’existència política, econòmica i social. És el cansament del qui fa temps que viu desconnectat emocionalment d’un règim que no aporta res de positiu a Catalunya, però que no deixa viure i tirar endavant. Cansament, perquè ja no queda ni una engruna de ganes de queixar-se, i sí un pa sencer per encetar i replantejar el país a fons. I la sensació s’aguditza encara més aquests darrers dies, especialment colpidors i tristos, en els quals hem hagut d’afrontar un pols molt dur contra la por, el desconcert i la sensació de buit vertiginós que apareix davant les coses que no tenen explicació i sobrepassen els codis morals més elementals, un disgust que hem hagut de viure amb el verí afegit d’una premsa que utilitza els fets tràgics per atacar, una vegada més, l’independentisme. N’hi ha ben bé prou.

Crec que tots plegats tenim assumit que aquest mes de setembre posarem punt final a una etapa històrica. A molts ens ha semblat que s’ha allargat massa, però potser era el temps que requeria aplegar forces, reconfigurar partits polítics per espolsar l’ambigüitat que dilatava el conflicte, desplegar amb claredat tots els arguments, explicar-nos arreu del món, i preparar les estructures que ben aviat hauran de començar a rutllar. El “procés” calia, per més que segurament tots convenim que ja no pot durar ni un minut més.

Si donem un cop d’ull enrere, ens adonem que els inicis de tot plegat comencen a ser molt remots. La primera consulta a Arenys de Munt i la Diada massiva del 2012 a Barcelona ja estan impregnades de la nostàlgia del que és distant. Queden enrere, massa enrere. I aquesta llunyania ens permet contrastar i descobrir que hem canviat molt, col·lectivament. Ens hem anat fent grans. En aquells inicis, hi havia energia, però una il·lusió una mica naïf i carrinclona. Hi havia la indignació exaltada per les ribotades de l’Estatut i l’estocada del Tribunal Constitucional, però també aquella ingenuïtat que plantejava solucions ràpides i fàcils. Hi havia un horitzó que prenia forma, però poca concreció a l’hora de fer-ho factible.

Han passat moltes coses. Moments de reticències i giragonses frustrants, episodis delicats de desunió, decepcions i pèrdua de companys. Però, sobretot, molta feina abnegada i exitosa: mobilitzacions espectaculars, contactes i conferències a l’estranger, assemblees i xerrades locals, pancartes, murals, fullets, llibres. I, en tot moment, ens ha acompanyat la fraternitat dels insults de periodistes i tertulians, la xenofòbia a les xarxes, les amenaces i el menyspreu de l’Estat, els judicis, les sentències polítiques i les multes. I, a mesura que hem anat avançant, ha persistit i s’ha aguditzat tot allò contra el qual l’independentisme s’havia alçat: la recentralització, l’ofec econòmic i fiscal, l’incompliment sistemàtic d’obligacions i de compromisos, la interferència i el bloqueig de lleis i d’iniciatives polítiques, l’absència absoluta d’una proposta seriosa d’entesa. I el joc brut s’ha incrementat fins a nivells insuportables: muntatges des de les clavegueres, calúmnies destinades a distorsionar les eleccions, i un munt de mentides mediàtiques que un dia seran recollides en l’enciclopèdia de la vergonya. Any rere any, els despropòsits han estat més escandalosos i greus, fins al punt que aquests darrers dies s’ha assolit, crec, el paroxisme.

Ara per ara, se’m fa difícil imaginar què pot ser més repugnant que la utilització d’un atemptat terrorista per carregar contra una demanda democràtica. Imputar responsabilitats al Govern o a l’Ajuntament de Barcelona, aprofitar els morts per fer creure, contra tota evidència, que els Mossos d’Esquadra no estan preparats per afrontar aquesta mena de situacions, més quan s’ha evidenciat que el cos policial ha estat a l’altura de les circumstàncies malgrat el veto a ampliar efectius i accedir a la informació de la Interpol, és sobrepassar qualsevol límit ètic. Què més estan disposats a fer? El xantatge moral d’utilitzar els traumàtics atemptats per pressionar per tal que s’abandoni la voluntat de fer el referèndum és un atac directe a les llibertats democràtiques, i un reforçament de l’estratègia del fanatisme terrorista que busca alterar el curs polític i intervenir en les agendes dels governs. Hi ha hagut premsa unionista, revestida de fals progressisme, que ha mostrat connivència amb el terrorisme, atorgant-li poder per canviar l’activitat legítima d’un Parlament i d’un Govern, i això és inacceptable. Si no reaccionem davant d’això, si acceptem el xantatge i cedim als seus propòsits, som un país democràticament mort.

Fi del procés

Si d’alguna cosa han servit aquests vuit anys de lluita, ha sigut per madurar col·lectivament, per créixer i espolsar-nos de sobre els complexos i els temors de ser lliures, per conèixer-nos i reconèixer-nos diferents entre nosaltres, per aprendre a llimar les discrepàncies i unir-nos en els moments difícils. Hem madurat a còpia de sobreposar-nos i afrontar amb serenitat les dificultats i els reptes. Hem guanyat resiliència i confiança. I és cert: quan ens fem grans, perdem una mica d’energia i de vitalitat, però guanyem en confiança, experiència i tenacitat. I així estem, expectants, contents després de constatar que, per fi, hi haurà un Govern disposat a exercir el dret a l’autodeterminació, i també trasbalsats pels recents atemptats que enterboleixen els dies, que incrementen de manera notable el desconcert i la por davant la incertesa i la inseguretat. Una nova prova de foc per al país que estem superant amb unitat, serenor i fermesa. Arribem al final, per tant, cansats i expectants, amb ganes de trobar-nos aviat als locals electorals, somrients i decidits, amb la il·lusió reforçada per la convicció que el mandat tindrà una repercussió i el Parlament aplicarà els resultats.

El Referèndum

Quan el 27 de setembre de 2015 es van voler fer unes eleccions de caràcter plebiscitari, no es va acceptar la victòria independentista amb l’argument que hi havia un gruix de vots indefinits que impedia confirmar cap on es decantava la balança. Ara, que es planteja un referèndum per tal de dilucidar-ho més clarament, resulta que tampoc agrada, però per motius inversos: la votació obliga a definir-se amb claredat, i això és massa reduccionista. Sembla que, per alguns, la qüestió és utilitzar tota mena de pretextos i d’argúcies dilatòries amb l’objectiu d’ajornar ‘sine die’ les possibilitats de generar un mandat democràtic a favor de la independència. No s’entenen, si no, tants canvis discursius: de reclamar-lo al Parlament, amb desplegament de cartells inclòs, s’ha passat a presentar-lo com un instrument partidista, com si els centenars de milers de ciutadans que s’han mobilitzat durant més de cinc anys a Catalunya fossin titelles manipulats, ideològicament homogenis i sense capacitat crítica.

Des de l’esquerra no es pot tenir aquest concepte de la població, no es poden sostenir esquemes avantguardistes que redueixen la política a un joc estratègic de capelletes sàvies i superiors. Alguns articulistes han arribat a dir coses encara pitjors, com ara que els referèndums són instruments perillosos i antidemocràtics, que no serveixen per prendre decisions, amagant que al llarg de la història han estat útils per decidir una gran diversitat de qüestions: constitucions i estatuts, adscripcions a organitzacions militars, proteccions de paratges naturals, i també, curiosament, molts processos d’independència. I s’ha amagat, també, que en el cas concret de Catalunya l’autodeterminació és una demanda antiga, arrelada i present en la població des de fa moltes generacions, si bé durant molts anys ha estat continguda, ajornada o ofegada en el consens del pacte de la Transició. Començaria a ser hora que alguns assumissin els fets: d’uns quants anys ençà, trencat el consens de la Transició per fulminació unilateral de l’Estatut, la demanda del referèndum s’ha situat a la centralitat política. I caldria agrair que ho respectessin, perquè la majoria de la població catalana explicita que l’exercici d’aquest dret és inajornable. Es pot discutir i discrepar sobre la conveniència d’esdevenir un Estat independent, però el que no es pot fer és posar en dubte la voluntat de decidir-ho, o plantejar-lo com una qüestió supèrflua que pot prorrogar-se indefinidament.

Davant d’aquests discursos contraris al referèndum, es fa necessari recordar que es tracta d’un instrument plenament democràtic, i el més eficaç per decidir sobre propostes que no poden aplicar-se amb ambigüitat. Rebutjar-lo com a instrument vàlid de decisió implica fer passos inversos en l’avanç cap a l’aprofundiment democràtic, i retornar al vell esquema de la partitocràcia que filtra voluntats i dilueix mandats en l’aiguamoll del consens i de l’immobilisme. Tot el contrari del que es reclamava al 15-M, en el Multireferèndum, en les consultes municipals participatives. De debò que es vol aparcar tot això? De debò que per ressentiment davant la constatació que l’independentisme és hegemònic es vol fer un salt cap a posicions antidemocràtiques? Quins límits ètics hi ha a l’hora de jugar a defensar el relat propi? Quins elements inconfessables forcen a posicionar-se al costat dels partits immobilistes que volen reprimir un referèndum democràtic? Quines raons espúries obliguen a aferrar-se a un règim que té com a cap d’Estat vitalici un personatge que fa tractes opacs per vendre armament a una dictadura que finança el fanatisme religiós i el terrorisme?

Legítim, participat, vinculant

El referèndum, encara que no sigui acceptat per l’Estat, és vàlid si està organitzat des d’un Govern democràtic, a través d’una llei, i amb el suport majoritari al Parlament. El fet que l’Estat negui la demanda democràtica i el dret a exercir-la no pot ser un argument per renunciar-hi, perquè estaríem fomentant perillosament la claudicació davant d’un abús de poder i la renúncia a fer valdre els drets legítims dels ciutadans defensats en un Parlament.

Pel que fa a la participació, i tal com aconsella la Comissió de Venècia, sóc de l’opinió que no és gens oportú fixar llindars de participació: marcar uns mínims dóna un avantatge injust al bàndol perdedor, perquè permet aglutinar aquests vots perdedors amb vots abstencionistes indefinits, sobredimensionant l’opció perdedora artificialment.

Finalment: és deshonest generar confusió amb relació al caràcter vinculant del referèndum. Qui fa la convocatòria oficial és el Govern, i és la majoria parlamentària qui n’estableix el caràcter. Cadascú pot participar-hi com li plagui, donant-hi el sentit que subjectivament hi vulgui donar; però, en tot cas, les formacions polítiques han de respectar la majoria parlamentària que impulsa la votació, i si hi participen, cal assumir les regles del joc plantejades de manera transparent, i cal acceptar els resultats que se’n derivin sense pretendre forçar interpretacions i usurpar la veu dels participants, que parlen per si mateixos. Si hi guanya el Sí, per tant, caldrà interpretar el resultat com l’inici d’un mandat democràtic a favor de la independència, i ningú podrà manipular-lo utilitzant els vots del SÍ per dir que “una part d’ells en realitat no volien la independència sinó que estaven dient que no volien el PP”. Seria grotesc i antidemocràtic.

Un escenari descartat; tres escenaris possibles

S’han fet infinits articles insistint en els beneficis d’una República catalana independent, i, per no repetir el mateix, em centraré a apuntar de manera sintètica el que a mi em sembla que ens estem jugant aquestes pròximes setmanes. Perquè, ben al contrari de la visió prepotent que redueix el “prucés” (expressió d’escarni xenòfob dels qui consideren el català una llengua ridícula i camperola) a una escenificació artificial fomentada per partits polítics, és evident que, tractant-se del moviment popular més potent en els darrers 30 anys a Catalunya, el desenllaç del conflicte pot portar-nos a molts desencadenants, però en cap cas no ens retornarà a la casella de sortida de l’autonomisme que ja només poden defensar alguns nostàlgics que viuen de glòries passades, arribistes que volen pescar en aigües remogudes, marginals grupuscles identitaris o elits econòmiques que viuen dels favors de l’Estat, gent en tot cas amb interessos personals que no estan per canviar res a fons.

El tret de sortida de la resolució del conflicte serà la convocatòria oficial del Referèndum i l’exposició legal de com es durà a terme. Hi haurà, evidentment, plenes garanties democràtiques, malgrat que els partits que treballen per impedir l’autodeterminació continuaran mentint i oferint excuses ridícules, filant prim en detalls absurds i contemporitzant les barrabassades de l’Estat. Hi haurà convocatòria, per tant, i el previsible desplegament de prohibicions, d’amenaces i d’ofensives jurídiques. Malgrat tot això, convindria fer l’esforç de centrar molta atenció en la campanya i evitar l’intent de desviar-se cap a discussions laterals que només buscaran evitar el debat d’idees sobre el futur del país per així justificar que la campanya no té garanties.

Tinc la convicció que el dia 1 d’octubre podrem votar amb plenes garanties, i que es constatarà que l’Estat és absent a Catalunya: celebrarem la festa i descobrirem, al vespre, en quin nou escenari hem decidit situar-nos col·lectivament.

L’escenari que m’atreveixo a descartar, per tant, és el de la repressió física del Referèndum. A poc a poc, crec que s’ha anat fent evident la impossibilitat estratègica i política de desplegar forces repressives per tancar col·legis.

El primer escenari real dibuixa un Govern derrotat fruit d’una participació marcadament baixa en el Referèndum. Encara que els mínims de participació no estiguin fixats, és evident que, si la participació fos molt reduïda, seria complicat esgrimir la legitimitat de proclamar la independència i reclamar internacionalment el reconeixement del nou Estat. Seria un escenari terrible, perquè implicaria convocar eleccions imminents, rigorosament autonomistes, i es constataria que una part massa àmplia de la població catalana no creu que siguem un poble amb dret a decidir en llibertat.

Una variant del primer escenari, per bé que més agraït i digne, dibuixa un Referèndum amb bona participació i amb victòria del NO. En aquest cas, igualment desemboquem en unes eleccions autonòmiques.

Els dos escenaris em semblen nefastos, no solament perquè ens condemna a una condició de nació volgudament dependent, no solament perquè el sobiranisme encarrilaria una via erràtica, purament resistencialista, i hauria d’assumir que de moment no hi ha prou força per afrontar una ruptura, sinó també perquè, des d’una perspectiva d’esquerres, reforçaria l’escorament cap a polítiques de dretes defensades per l’oligarquia catalana i espanyola, apuntalada pel PP, per C’s i pel PSOE, i reflotaria aquells sectors convergents més conservadors que gràcies al procés han passat a un segon pla polític.

Costa molt d’entendre quins beneficis podria tenir, des d’una perspectiva d’esquerres, un boicot al Referèndum. Des de quan, la frustració o la repressió d’una demanda popular d’apoderament democràtic pot significar un avanç per a les esquerres? Quin panorama beneficiós ens trobaríem, davant d’unes noves eleccions autonomistes? En un escenari com aquest, qui s’atreveix a defensar, sense envermellir, la possibilitat d’un Govern de coalició entre ERC i els Comuns, amb una CUP que potser no hauria ni comparegut als comicis? Realment algú els imagina junts gestionant una Generalitat saquejada i humiliada? Realment algú veu possible una aliança entre els qui hauran assumit l’alt risc polític i personal d’impulsar un referèndum vinculant i els qui hauran fet l’orni durant la campanya per fer-lo fracassar? La decisió dels Comuns d’apuntar-se a boicotejar el Referèndum, en definitiva, tancaria les portes definitivament a tota possibilitat d’unitat de les esquerres a curt i mitjà termini. Obrir ferides és ben fàcil i ràpid; cicatritzar-les pot comportar molts anys de recels i de divisions.

I si no és un Govern d’esquerres, quin govern hi hauria? Encara més complicada veig la possibilitat que es pugui formar un Govern de coalició entre el PP, el PSOE i C’s: difícilment arribarien a conformar una majoria d’escons al Parlament, sobretot després de validar un episodi de repressió. En canvi, el que sí que podem imaginar, malgrat que no és clar que formessin majoria, és una nova coalició sobiranista, una segona part dolenta de Junts pel Sí, en la qual les polítiques d’esquerres quedarien novament encotillades i limitades pel joc d’equilibris interns amb el PDeCAT, i sobretot per un increment de l’ofec econòmic i polític de l’Estat. La persecució judicial de càrrecs i de representants tornaria a conduir-nos a la dinàmica de repressió, a la prolongació del “processisme”, i a l’ajornament de les transformacions socials. És aquest, l’escenari desitjat?

El tercer escenari és una participació àmplia de la societat catalana amb una victòria més o menys ajustada del Sí: un panorama si més no diferent, que obre perspectives molt més interessants i positives, per al país en general, i per a la unitat de les esquerres en particular. La proclamació de la independència implicaria la fi de l’autonomisme, i, si bé el dia 3 d’octubre no esdevindríem per art de màgia un Estat independent, sí que iniciaríem una nova etapa que en qualsevol cas ja no seria “processista”: enmig d’un panorama remogut de consolidació i reconeixement de la República, s’iniciaria un procés constituent que derivaria en unes eleccions parlamentàries que servirien per elaborar i validar la nova constitució.

Malgrat totes les incerteses que es puguin intuir en aquest tercer escenari, resulta més fàcil imaginar l’entesa entre les diferents forces d’esquerres, sobretot a l’hora de treballar conjuntament en un procés constituent, on el que estaria debatent-se sobre la taula ja serien qüestions socials relacionades amb els drets i les llibertats, un espai molt més procliu a l’entesa, i al llarg de les successives legislatures res impediria governs de coalició.

Algú pot dir que plantejo una dicotomia que no deixa espai als matisos, però és la visió que se’m presenta davant la inexistència d’altres escenaris reals a considerar. Dic “reals”, no desideràtums o relats que voldrien materialitzar-se idealment. El tercer escenari, la tercera via, no existeixen. La proposta federalista no ha fet acte de presència en cinc anys de conflicte, i ara cal concloure que queda descartada per incompareixença. Continuar aferrat a un projecte que no es pot dur a terme és agafar un pretext per dissimular la validació d’un Règim del 78 que no permet el Referèndum. Tancar-se en banda amb la sonsònia del fraternalisme, en un moment en què el bipartidisme torna a reforçar-se i condemna Podemos a ser una comparsa del PSOE, és refugiar-se en un relat estètic per disfressar la mala consciència de validar posicionaments antidemocràtics i repressius que s’allargaran molt en el temps.

El federalisme no és una quimera, però ara per ara és una opció llunyana, molt verda, que necessita obrir-se camí a còpia de processos polítics que de moment són a les beceroles. La ruptura democràtica que implicaria un resultat favorable al SÍ en el Referèndum, tanmateix, seria un bon revulsiu inicial, una ignició que debilitaria enormement la força de l’oligarquia espanyola i el règim borbònic que la sosté, perquè és una estructura envellida i mancada de capacitat d’adaptació. La proclamació d’una república a Catalunya obriria les possibilitats d’ampliar l’èxit del republicanisme a altres territoris de l’Estat i podria precipitar esdeveniments, perquè de sobte la República esdevindria una possibilitat real i palpable, deixaria de ser una proclama i prendria forma. Davant la ruptura democràtica, la reforma constitucional de l’Estat seria ineludible.

En resum: Democràcia

La proposta independentista, múltiple i diversa, difosa a través dels dirigents de partits polítics i d’entitats (no per tuitaires desconeguts o personatges excèntrics que no tenen representativitat), té majoritàriament un caràcter obert i inclusiu, i està basada en principis republicans i democràtics. La reivindicació de la independència s’ha fet en tot moment posant sobre la taula arguments econòmics, polítics i socials, fomentant el diàleg i el debat, buscant el pacte, i en cap moment s’ha pretès fer efectiu el projecte sense un mandat democràtic sorgit de les urnes. Per això mateix, negar el Referèndum no és només negar la independència, sinó també, i sobretot, negar la democràcia. El pròxim dia 1 d’octubre, per la democràcia, la dignitat i la llibertat, votem SÍ a la República.

Pau Planas és subscriptor de  CRÍTIC.

http://www.elcritic.cat/blogs/femcritic/2017/08/25/fi-del-proces-iniciem-la-republica/

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS