Filosofía en la calle

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Por Iñaki Urdanibia

«…hacer del pensamiento una máquina de guerra »

« Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado, ni a la Iglesia, que tiene otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraria a nadie no es filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene éste uso: denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas».

( Gilles Deleuze )

Desde sus orígenes griegos, y baste mirar la etimología, la filosofía se ha mostrado como amor a la sabiduría e igualmente como un aprendizaje para la vida, para una vida buena y feliz. Podría decirse más, ya desde los tiempos de Platón y su maestro Sócrates se da una división a la hora de ejercer tal actividad: el segundo filosofa en la calle conduciendo a sus interlocutores a impasses lógicos, lo que venía a significar una política de resistencia a la flojera de las palabras secuestradas por el uso público y político, lo que hacía que tal diálogo, filosófico, exigiese interlocutores dispuestos a no tragar las ruedas de molino que se les ofrecían por doquier, sino que estuviesen dispuestos a una búsqueda común, en vez de conformarse con la asunción de una doctrina inflexible, y dispuesta para ser repetida una y otra vez, hasta el desgaste de las propias palabras. Si esta es la vía propuesta, y puesta en práctica, por Sócrates y su ironía mayéutica -de ahí que se le conociese como el “tábano de Atenas”- su seguidor, Platón introdujo la filosofía en su Academia, centro de enseñanza en la que se formaba a quienes optaban a dominar la filosofía y a gobernar la polis.

Más tarde, en la Edad Media- y que se me excuse este repaso a vuelo de pájaro- la filosofía se convirtió en ancilla theologiae y más tarde, con el surgimiento en el siglo XIX de las ciencias sociales, se propone que la filosofía se dedique a facilitar , clarificar y articular los métodos de los trabajos científicos.

Tanto en uno como en el otro caso la filosofía pierde su autonomía o se subordina a una razón supuestamente superior , status que refuerza la permanente tarea-desde su propio nacimiento- por definir los límites de su campo de actividad ( ¿ hay algún saber humano que haya dedicado tantos esfuerzos en definirse a sí mismo?), a la vez que sus ramas se dispersan en la misma medida en que la complejidad del mundo y sus habitantes alcanza cotas más profundas, y el conocimiento de tales origina nuevas disciplinas y saberes . Es precisamente, si damos por buena la concepción de Deleuze, la admisión de un objeto propio lo que conduce a la filosofía a dejar de ser un saber subordinado al tiempo que pierde su complejo de superioridad como saber que engloba todos los demás, al modo de una ciencia de las ciencias.

La especialización a la que aludo ha supuesto que la enseñanza -muy en concreto la de la filosofía- se haya recluido a los recintos académicos; dejando de lado -lo que no cabe duda que es mucho dejar- las limitaciones en aumento de los planes de estudio hasta la propia desaparición en algunos, no pocos, casos.

Entre los dos polos señalados – la calle y los pagos académicos- no se han de buscar tajantes separaciones sino que pueden / deben ser complementarios, ya que el aprendizaje de los conceptos filosóficos ( no se aprende filosofía sino que se aprende a filosofar que decía Kant) puede ayudar indudablemente a la hora de focalizar las preguntas y críticas con respecto a los problemas de este mundo que nos rodea, al tiempo que si la filosofía no sale de las aulas al final queda convertida en una repetición insulsa del panteón de los destacados filósofos que constan en las historias ( el ponerlo en masculino no es un desliz sino una mera constatación de la indebida marginación a que se ha sometido a las mujeres en tales historias ; idea más de una vez recalcada por la profesora Marina Garcés, cuya última obra es la que incita estas líneas); Marina Garcés es consciente , y denuncia, tal estado de cosas, que ella ha padecido en su propia persona cuando tuvo que escuchar, amén de alguna descalificación, como un viejo profesor al leer su tesis de doctorado comentó que ella pensaba como los hombres, o a nivel más general cuando señala con tino cómo , refiriéndose a los filósofos griegos, la dedicación al pensamiento , interrumpiendo la actividad del mundo, « sólo se la podían permitir los hombres ( machos), libres de las servidumbres del inacabable trabajo doméstico, y los ricos, libres de la necesidad de ganarse la vida trabajando », dominio masculino que ha perdurado a lo largo del tiempo y no precisamente por cuestiones de parné ( * ).

Pues bien, si anteriormente di cuenta de su filosofía inacabada ( https://kaosenlared.net/la-filosofia-y-la-vida/ ) en la que además de presentar a algunos filósofos, exponía su concepción de la filosofía como forma de pensamiento autónomo y crítico y que, respondiendo a su propia definición resta inacabada ya que se destacaba el amor / el deseo que impulsa una actividad ante el saber, más que un saber acabado del que se está en posesión, en la presente ocasión , en su « Fuera de clase. Textos de filosofía de guerrilla» ( Galaxia Gutenberg, 2016) profundiza en su concepción de la filosofía, poniéndola en práctica, y traza mapas de aspectos inexplorados , impensados, no transitados, haciendo que las reflexiones filosóficas desborden las aulas de la academia para salir a la calle para tratar asuntos nada técnicos, sino pegados al día a día; la filosofía como guerrilla, abriendo caminos nuevos, elaborando nuevas cartografías, realizando movimientos / preguntas inesperados, liberando zonas y tomando sucesivas casamatas . De hecho las píldoras, más de ochenta, que se nos entregan fueron publicadas, a lo largo de dos años, en el suplemento dominical del diario catalán Ara; lo cual hace que su lectura esté al alcance de todo dios aun no perteneciendo al colectivo de profesores de, o de filósofos En las rumias presentadas se tratan uno y mil asuntos, y se estrujan para sacarles el jugo que contienen, con vistas a implicar a quienes se acerquen a sus reflexiones, con lo que se parte de la constatación de que la filosofía no es una actividad solitaria sino que exige diálogo, interrelación y que tiene mucho que ver con la vida y no con ideas que se mueven en la nebulosa del hiperhuranós platónico.

Lejos pues de la jerga habitual, las diferentes, y múltiples en su variedad temática, entradas que componen el libro nos muestran una filosofía en acción que nos interpela y que nos hace pensar con la autora, no suponiendo ello que se pida ni resulte una aceptación de lo que ella expone, ni un acuerdo con sus posturas sino que se abren sendas por las que pensar, enfocar las cuestiones lejos de las ideas recibidas y de los lenguajes anquilosados por el uso y el abuso. Se refiere Marina Garcés, en más de una ocasión, a unos de los textos clásicos del taoísmo, Zhuang Zi, y a la búsqueda del olvido de las palabras para que se dé un diálogo virgen, no contaminado -en la medida de lo posible, claro, ya que no es posible hacer tabula rasa empezando de un hipotético cero- , de modo y manera que se dé un ejercicio de repensar, de volver a pensar lejos de las concepciones heredadas, ya que « las ideas no son teorías que sobrevuelan la realidad, sino que son tomas de posición en el mundo. Pensar una idea es hacerla propia y situarse. Por eso siempre hay alguna que determina de manera más fundamental que las otras nuestra forma de ser y de pensar ». No hace falta ni decirlo que la autora no cae en la falaz ilusión de que la filosofía per se sea una postura crítica, al menos si nos atenemos a los posicionamientos de muchos de los integrantes del gremio, sino que es la concepción que de ella se tenga la que conducirá a unas posturas o a otras: algunas, como queda dicho, manteniéndose lejos del mundanal ruido, otras repitiendo el karaoke ambiente, y todavía las que se posicionan en el campo de batalla –como la propia de Garcés- en una postura crítica, de dar paso al penser autrement foucaultiano y en un empeño constante por dañar la estupidez que diría Nietzsche. [ Recuerdo un comentario de Jacques Derrida en el que subrayaba que a pesar del supuesto espíritu crítico atribuido al quehacer filosófico, la filosofía en su enseñanza, estaba en manos de conservadores…No gustó mucho la afirmación a la corporación de Sócrates-funcionarios– que los que hablase Pierre Thuillier-].

Y mientras corres, coge un arma decía Gilles Deleuze. La lectura de Marina Garcés nos suministra un variado y surtido arsenal.

( * ) Me permito, de pasada, indicar algunas obras que resultan de interés en el asunto que señalo, sin ningún afán de orden ni exhaustividad. Obras en la que se subraya la marginación de las mujeres filósofas en las historias de tal quehacer, convirtiéndolas en cosa de hombres, y dejando ver además, salvo honrosas excepciones, unas descaradas inclinaciones misóginas :

+ AAVV. « Filosofía y género. Identidades femeninas» ( Pamiela, 1992 )

+ Alicia H. Pueyo ( coord..) «La Filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica» . Secretaría del Estado de Educación, 1993)

+ AAVV. «Cabellos largas e ideas cortas » ( Akal, 1993)

+ AAVV . «L´exercice du savoir et la différence des sexes» ( L´Harmattan, 1995)

+ Giulio de Martino y Marina Bruzzese, «Las filósofas» ( Cátedra, 1996
+ Rada Ivekovic, «Le sexe de la philosophie. Essai sur Jean-François Lyotard et le féminin » ( L´Harmattan, 1997)

+ Rosa Mª Rodríguez Magda ( ed.), «Mujeres en la historia del pensamiento» ( Anthropos, 1997)

+ Françoise Collin / Evelyne Pisier / Eleni Varikas. «Les femmes de Platon à Derrida. Anthologie critique» ( Plon, 2000)