Fernando Trueba y Joan Crawford, no queridos por la derecha española

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Por Ana Hurtado

Fernando Trueba dijo hace un tiempo en la entrega de unos premios que no se sentía español, que no se había sentido español ni solo cinco minutos en su vida, solamente quizás, cuando había recibido subvenciones del gobierno español para hacer cine. Las palabras del director, que pronunciadas en la entrega de unos premios pueden entenderse desde el tono del humor y el sarcasmo (que no todos están preparados para entender), no fueron bien interpretadas por todos los públicos. Un grupo de “derechones” intelectuales, si es que se les puede llamar así, iniciaron una campaña de desprestigio y boicot a la persona de Trueba, con el único y claro objetivo de herirle. Por si fuera poca la herencia que nos dejaron  cuarenta años de dictadura, muchos parecen que se sienten nostálgicos y en la medida de sus posibilidades buscan hacer daño. Boicot que bien podría entenderse como censura.

Esta es una palabra que forma parte de la historia y de la vida española  durante la segunda mitad del pasado siglo XX para ser más exactos. Ningún país se ha escapado de sus garras, incluso en Hollywood, donde nacía el cine en todas sus formas y aspectos, las escenas de sexo estaban prohibidas en una primera etapa. Pero es el caso español un asunto curioso para abordarlo y echar una mirada de soslayo sin adentrarnos mucho en un tema del que se podrían escribir, y se han escrito, libros al respecto.

Los ojos castos del público de nuestro país tenían que conservarse y cuidarse con la idea de mantener la moral pública que el fascismo latente promovía. Nada de desnudos, nada de escotes, nada de personajes extranjeros que defendiesen la causa republicana en la guerra civil, como por ejemplo la actriz Joan Crawford.

Mantener la ideología que se promovía desde el régimen conllevaba no solo la censura sino también la manipulación de imágenes. El control sobre la imagen era el pan nuestro de cada día e hizo que nada se escapara a los ojos de la figura del censor. Se prohibieron películas, como por ejemplo “Con faldas y a lo loco” por la escena humorística de contenido homosexual que hay en un paseo en lancha.  Y se hacían otras que reafirmaban el espíritu  de los mandamases, como por ejemplo “Raza” (1942) cuyo guión escribió el mismo Franco, o “Marcelino Pan y Vino” (1955).

Entraron en juego también las dobles versiones a la hora de crear: una versión para el mercado nacional y otra para el extranjero. Increíble, años después, pero cierto. Una falta de contenido irracional que caía en lo folclórico, e incluso si nos apuramos y siendo muy críticos, en lo cutre.  Algunas personas incluso se iban a Francia a ver películas prohibidas. Películas como “Drácula” que el gobierno de Madrid consideraba para deficientes mentales, “El Gran Dictador” de Chaplin o “¿Por quién doblan las campanas?” cuyo protagonista era rojo.

Todo esto, como era de esperar, derivó en el excesivo control no solo en el cine, sino en el resto de medios de comunicación y expresiones artísticas.  El régimen franquista quería que se olvidase el pasado democrático que el país alguna vez había tenido y por lo tanto, y como contraposición, engrandecer la figura del dictador.

En el caso que nos concierne, “La Reina de España” es la continuación de la anterior película del cineasta “La niña de tus ojos” (1998). Mismos personajes sin necesidad de continuidad narrativa. Mismo humor, misma puesta en escena, misma crítica de trasfondo de una España que lloraba a lágrimas de sangre, mientras en la gran pantalla todo eran risas absurdas.  Personajes como el de Penélope Cruz, Macarena Granada (la Sara Montiel de la época) ,que ahora es famosa y triunfa en Hollywood junto a los grandes, pero cuyo padre murió en una cárcel franquista. En una de tantas como el poeta Miguel Hernández. Pero hubo muchos Migueles Hernández. La valentía de este personaje  le da a la película en su base humorística, un tono valiente y rebelde bajo el cual subyace la crítica a ese pasado olvidado, que no se suele enseñar en las escuelas.

Un grandioso Antonio Resines bajo la piel de Blas Fontiveros, que en “La Niña de tus Ojos” fue apresado en el Berlín nacionalsocialista y ha estado en Mauthasen. Siendo su mala suerte la de volver a España y ser enviado al Valle de los Caídos a construir el gran mausoleo en el que está enterrado el tirano junto a sus esclavos.  Y el resto de la “troupe” a la que en este ocasión se suma un jovencísimo Chino Darín cuyo papel es fundamental para las peripecias y misiones que en esta ocasión el grupo de actores tienen que llevar a cabo.

Una película feliz, pero que tras las sonrisas se hace eco del sufrimiento de un país que para muchos aún no ha sido reparado. Una película dramática, pero que llega a su público y lo enternece desde las carcajadas de sus personajes que nos resultan tan cercanos en nuestra cultura.

Una historia que merece la pena ser vista, sin caer  en las estupideces  y peticiones de boicot que personajes de la altura de Fran Rivera (torero) o Herman Tertsch  escupen de sus bocas, para que España siga siendo una y grande, que no libre.

“La Reina de España” es nuestra historia enterrada, es un llamamiento a lo que fuimos. Para que no se nos olvide. Porque de lo que fuimos somos, y de lo que somos sembramos para el futuro. Y seremos.

Ana Hurtado.

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