Feminismo 2020: avances y desuniones

El movimiento de mujeres sigue definiendo el escenario político pese a sus diferencias internas. Hay que leer estas en términos de clase

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Este 8 de marzo hemos asistido de nuevo a manifestaciones multitudinarias, aunque sin llegar a los números del año anterior. No es una cuestión de matemáticas, decimos, sino de capacidad de impacto sobre la sociedad. Y eso se mantiene, tanto en las cifras de mujeres que se consideran feministas –a finales de 2018 se situaba en un 58%, según una encuesta de 40db–, como en la capacidad de permear la discusión en los medios de comunicación. Y esto es mérito del movimiento social, que ha conseguido instalar ciertos sentidos comunes. (Tampoco sabemos cuánto durará, cuando algo deja de ser novedad cuesta más posicionarlo en términos de comunicación).

El feminismo se ha convertido en un poderoso significante que obliga a todos los partidos a situarse. No se puede ignorar. Este año, hasta el PP ha llamado a manifestarse –por primera vez en su historia– aunque, podemos decir, con la boca pequeña. Durante la semana anterior a la movilización publicaron un vídeo en el que varias políticas alababan a otras mujeres políticas bajo el lema “Mujer por encima de todo”. Es un feminismo de actos institucionales de celebración de lo femenino, como carreras y similares. Un feminismo low cost, por así decir, aunque tenga su público. Nada que ver con los contenidos radicales que se coreaban el 8 de marzo en la manifestación de Madrid, organizada por el movimiento feminista. De esta manera, por lo menos, los populares tienen postura propia y no se ven arrollados por una movilización que les descoloca. El PP intenta así aprovechar el derrumbe de C’s y disputarle algunos votantes a través del feminismo liberal. Fueron a la manifestación sin pancarta y con Cuca Gamarra, representante del ala moderada y lo suficientemente relevante para dar declaraciones a la prensa –en plan: el feminismo es de todas, no solo de la izquierda–, pero no tan conocida como para ser abucheada como las de C’s. (Que siguen insistiendo en asistir a estas convocatorias a lo grande con pancarta propia y buscando la foto de víctimas cuando les insultan por pactar con Vox).

Hasta el PP ha llamado a manifestarse –por primera vez en su historia– aunque, podemos decir, con la boca pequeña

El PP en esto, como en todo, va, sin embargo, a intentar seguir funcionando como el gran partido de la derecha que antaño aglutinase desde las posiciones ultras a las más centristas. Así, el papel del antifeminismo ha sido representado por el “feminismo amazónico” de Cayetana Álvarez de Toledo y la negativa de Isabel Díaz Ayuso a acudir a la manifestación –“nunca fui y no lo haré jamás”–, resaltando que le parece un movimiento “victimista”. Tienen gente capaz de personificar esas dos almas históricas del PP –antes encarnadas por Aguirre y Gallardón– que lo hace bascular de un lado a otro, intentando representar a todo el espectro. Aunque ahora mismo, con Vox asentado, lo tienen más difícil. También hay conflicto ideológico sobre la cuestión: Álvarez de Toledo es mal vista por la parte del partido que preferiría un perfil menos ultra.

Vox apuesta fuerte

El partido ultra fue a por todas convocando su propio mitin de manera simultánea a la manifestación, calificada por Abascal como un “akelarre” capitaneado por “locas del odio”. En su manifiesto, hecho público durante la semana, aseguraron que el 8 de marzo “representa un día pensado por y para la extrema izquierda, donde las consignas más repetidas hablan de subvertir el orden del mundo [en esto sí tienen razón] y donde se colectiviza a la mujer y se nos presenta como parte de un movimiento social”. Los de Vox no buscan cambiar el sentido de la movilización, sino confrontarlo directamente y oponerse a las que son sus demandas más visibles en los medios: educación sexual, aborto, violencia de género, etc… Al tiempo que utilizan la atención social puesta sobre la violencia sexual para acusar a los inmigrantes y poder hacer más pasable su racismo disfrazado de “defensa de las mujeres”.

Han asumido “las guerras de género” como una batalla cultural que les permite ir a por todas porque son los únicos en uno de los extremos, aunque sea un extremo minoritario. Es probable que les enajene una parte de voto –sobre todo de las jóvenes–, pero les puede valer para seguir consolidando voto masculino, donde ciertamente hay un nicho de los que se sienten “perjudicados por el feminismo” que puede seguir creciendo.

PSOE-Unidas Podemos en la trinchera

El propio movimiento feminista ha sido alcanzado por las balas perdidas de la disputa partidaria de estos días entre el PSOE y Unidas Podemos. La noticia de que la ley de violencia se aprobaría esta semana ha girado la atención mediática hacia esa cuestión, opacando así los contenidos propuestos por las comisiones del 8M, que aglutinan a los sectores más movimentistas.

Las confrontaciones de estos días en torno de la abolición o las transexuales tienen que entenderse en el marco de esta disputa entre un feminismo del poder y uno de base

Pero además, parece que el PSOE ha encontrado la manera de confrontar a Podemos que siente más vinculado al feminismo de base. De hecho, las encuestas confirman que las más jóvenes –hasta los 44 años– piensan que Unidas Podemos hace más por la igualdad que los socialistas. Para debilitar a Podemos, pues, el PSOE está utilizando una estrategia contra el feminismo más movimentista organizado en las asambleas del 8M. En Madrid, este año el Consejo de la Mujer –organismo de mediación institucional– presentó su propio manifiesto, apoyado por buena parte del tejido asociativo institucional vinculado al PSOE –además de otras organizaciones–. En la rueda de prensa aprovecharon para arremeter contra la propuesta de Ley de Derechos Trans y LGTBI de Podemos que incluye una despatologización de la condición trans –no necesidad de operarse o ser considerados enfermos para poder cambiar su nombre e identidad de género en el DNI–. Este tipo de feminismo que niega derechos a las personas transexuales se declara también abolicionista de la prostitución –tema en el que históricamente no ha habido consenso en las asambleas del 8M de Madrid;  por eso no recoge una posición al respecto en su manifiesto–.

Esta confrontación también evidencia diferentes maneras de entender el movimiento feminista: la Comisión del 8M es más de carácter quincemayista, la gente no representa a organizaciones, sino que trabaja a título individual y generando consensos en asambleas donde todas pueden participar. Mientras que el Consejo de la Mujer aglutina a asociaciones que mandan a sus representantes dentro de una estructura jerárquica de toma de decisiones. Esta forma de funcionamiento tiene también dos almas políticas diferenciadas. El feminismo institucional entiende que es suficiente con conseguir igualdad en el mundo del trabajo y con abrir espacios para las mujeres en los lugares de poder. Mientras que el feminismo más radical entiende que no se puede hablar de igualdad sin cuestionar el orden social y por ello se compone con otros movimientos sociales y demandas: las de las trabajadoras domésticas, las diversas funcionales y mentales, las migrantes y racializadas, las luchas por la vivienda, las luchas LGTBI, etc. Las confrontaciones dentro del feminismo de estos días en torno de la abolición o las transexuales tienen que entenderse en el marco de esta disputa entre un feminismo del poder, que quiere preservar el statu quo donde ciertas mujeres pueden mantener sus privilegios de clase, y uno de base que pretende mejorar las condiciones de vida de todas, también de las que están más abajo. Así tienen que interpretarse también las escenas de la manifestación de Madrid que hemos visto en Twitter donde un grupo de abolicionistas convocadas por el Consejo de la Mujer (unas 200) intentaba hacerse con el escenario oficial de la manifestación organizada por la asamblea de la Comisión 8M para imponer por la fuerza lo que no consiguen que las asambleas asuman mediante la discusión pública.

Mientras, en Huelva, las Kellys, las jornaleras de la fresa, y los trabajadores africanos han marchando juntos durante esta jornada de lucha del 8M mostrando así la potencia del feminismo cuando se deja atravesar por los conflictos en marcha. A las mujeres del feminismo institucional, desde sus sillones, esto le parece que es “dividir el feminismo” o no ocuparse de “cosas de mujeres”. Cuando hablas de la ley de extranjería o del problema de la vivienda y te dicen que esan no son luchas feministas es solo porque quien te lo dice simplemente no las necesita.

https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31286/8m-feminismo-psoe-podemos-nuria-alabao.htm

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