Fatuidad y afeites digitales del presidente-candidato dominicano

En nuestra República Dominicana el birrete emplumado del tirano Trujillo quedó atrás, igual que el pecho repleto de medallas (1930-1961).

El egocentrismo austero del déspota ilustrado Joaquín Balaguer, ex presidente por 22 años (1966-1978 y 1986-1996), pasó recientemente al basurero de la historia.

Ya nadie proclama el “seguiré a caballo” propio de los tiempos dieciochesco.

Tampoco un “nuevo amanecer con Balaguer” desde un anciano caudillismo.

Las limosinas de largo data y buenos cuidados fueron descartadas.

Igual los discursos plasmados en papel desde una “maquinilla” de escribir.

Ahora existen los Lexus casi electrónicos, las PC y los tele-pronters cristalinos, casi invisibles. Estamos en plena era digital, camino a la pos-modernidad neoliberal.

El podio de caoba ha sido reemplazado por la tribuna plástica en escenarios que nada tienen que envidiarles a los que se diseñan en los Gramy Latino, en el Festival de Villas del Mar o en ocasión de la entrega de los escenarios de los Óscar.

Venga tramoya moderna. Venga pasarela insuperada por los grandes desfiles de moda y los grandes espectáculos faranduleros. Vengan luces de todos colores y sonidos para todos los oídos. Venga humo chispeante con olor a heroína y cocaína, cruzado por los mejores reflectores del mundo. Todo para la proclamación de su candidatura en la media naranja del Palacio de los Deportes.

Y en el fondo un póster del tamaño del ego del artista-presidente o presidente artista, Leonel Fernández, aspirante eterno a presidente desde la mismísima presidencia.

La sabiduría del líder. La señal del líder. La insustituibilidad del líder.

Nadie como él. Solo con él se triunfa. Solo con él se progresa.

Solo con él se garantiza la estabilidad, la modernidad y el desarrollo”.

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Y siempre habrá de necesitarlo cada cuatro años, cuatro años más: para sembrar como es debido modernidad y post-modernidad.

La fabulosa lista de obras por hacer, es razón imperiosa para no separarse de la silla presidencial que ocupa, especialmente confeccionada para él y siempre trasladada a cada escenario apto para empujar la continuidad de sus posaderas sobre su cómodo asiento.

Todo el mundo debe esperar su siempre tardía llegada a ese espectáculo súper-moderno destinado a promover su permanencia en el poder “per sécula seculorum”.

Al llegar con su nutrido séquito, saluda con sus finas manos y una sonrisa digital, a una parte de sus aduladores(as) y alabarderos(as), sobre todo a aquellos(as) que saben colocarse donde capitán lo vea. El abrazo es más fuerte para los más corruptos.

Allá en las alturas lo espera la corte palaciega, entre la que no deben faltar ni la “primera dama” ni la “primera madre”.

Él es el “primer esposo” y el “primer hijo”, el de la placa numero uno, primero en todo. En eso nada esencial ha cambiado. Es el nuevo “benefactor” y “padre de la patria nueva”, sin birrete emplumado y sin medallas en el pecho, solo por cuestión de época.

Con traje Dior y corbata Oscar de la Renta. Con perfume Hugo Boss. Con zapatos italianos, hechos no se sabe en cual zona franca del cuarto mundo.

Teatralmente “carismático”. Digital, informático. Y con aquella sonrisa microelectrónica, moviendo el brazo derecho con aire robótico…¡Hasta que llega la entrada en escena!

Entonces, se produce su andar lento y modelado caminar por la majestuosa pasarela, hacia el podio transparente. Las luces multicolores en movimiento.

El póster gigantesco de él mismo a sus espaldas y mucho más chiquito, a un lado, el retrato del Profesor Bosh, traicionado y preterido, pero útil todavía para continuar el engaño.

Humo brillante y perfumado con olor a heroína. Nieve fina. Confetis lumínicos. Aplausos digitalizados y una musiquita para estimularlos.


La estrella es él, no el símbolo del partido.

Sin él no hay reparto del botín, ni soborno, ni robo descarado, ni favores mayores a oligarcas insaciables y transnacionales voraces; ni disciplina fondo-monetarista, ni endeudamientos o­nerosos, ni los robos escandalosos vía Sun Land y contratos o­nerosos, ni desborde criminal de la Presa de Taveras, ni la tormenta Noel sin previo aviso y sin previsiones necesarias, ni cárteles de la construcción con contratos grado a grado…

Sin él no habría forma de incrementar la pobreza para “seguirla combatiendo”.

Sin él no podríamos disfrutar el “patio trasero” del imperio.

Jamás podríamos tener una Nueva York chiquita y una marginalidad inmensa.

La monarquía posmoderna de la era neoliberal sería un mito inalcanzable.

De él no debemos prescindir jamás. El es todo, capaz de sustituir por arte de magia lo real por lo virtual, los hechos dramáticos por la fantasía hermosa. Ni modo, el es todo.

Debemos clamar para que emerja del humo perfumado y “heroico”, la nieve fina y chispeante a abarrotarnos de promesas que no cumple y conquistas ficticias.

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