Fascismo y antifascismo: 1922-1945

Quiero comenzar este texto planteando que el fascismo se basa en dos negaciones radicales. La primera es negar la posibilidad de la democracia, no sólo como práctica de elección de representantes, sino en su sentido más profundo como movimiento que verifica la autodeterminación de la mayoría del pueblo, sustituyéndola&nbsp por la dictadura plebiscitaria. La segunda, vinculada incondicionalmente a la anterior, es la negación de la igualdad y la unidad de la especie humana, intentando suprimir el fundamento ontológico de las ideas ilustradas propagadas por la Revolución francesa, que son sustituidas por el racismo y el social-darwinismo como interpretación de los fenómenos sociales y políticos y como principios de acción en los que se funda la acción política de los fascismo. Por lo tanto el aspecto clave que se deriva del desarrollo de la lucha contra el fascismo es la de la recuperación&nbsp por las izquierdas y el movimiento antifascista de la una articulación dialéctica entre democracia y transformación de la sociedad, la primera es considerada un factor fundamental para&nbsp la superación del capitalismo, y la segunda la condición de la profundización de la democracia y de la realización de la igualdad no sólo jurídica sino social.&nbsp

Fascismo

Una definición provisional y que intenta sintetizar los diferentes aspectos que se han destacado como específicos del fascismo es que se lo podría definir como un capitalismo organizado totalitariamente o “capitalismo de guerra”, o como un sistema político y social que sin dejar de ser capitalista intenta crear una sociedad cohesionada y sin conflictos mediante un ordenamiento jerárquico y autoritario, fundado en la “naturalización” de la desigualdad, alrededor de una mística nacionalista y racista, que impulsa una política exterior agresiva, militarista e imperialista, que contrarreste la entropía que yace en la propia naturaleza del capitalismo.

El 28 de octubre de 1922 Mussolini es designado primer ministro, luego de la Marcha sobre Roma. El fascismo había dejado de ser una amenaza potencial para convertirse en una terrible realidad. Zinoviev, en el IV Congreso de la COMINTERN (diciembre de 1922), definiría al fascismo como la forma en que se manifestaba la ofensiva política que la burguesía emprendía en el ámbito de la economía contra la clase obrera, como una guardia blanca que, al mismo tiempo intentaba ganar el apoyo de las clases medias urbanas y rurales así como de algunos sectores obreros decepcionados por los fracasos de la democracia liberal.[2] Con él coincidiría, Clara Zetkin, en el pleno del Comité Ejecutivo de la IC (23/6/1923), agregando que el fascismo era un fenómeno típico del capitalismo en crisis, que expresaba el recurso a la violencia de las clases dominantes frente al fracaso del Estado burgués tradicional para defender sus intereses y del movimiento obrero revolucionario. Siguiendo ese hilo argumental, Karl Radek proponía considerarlo como “contra-revolución preventiva”.[3] Eran declaraciones que se ajustaban a la promoción por el Comintern (IC) del Frente Único Proletario como respuesta al descenso de la oleada revolucionaria inmediata a la revolución de Octubre y al ascenso del fascismo, junto al fortalecimiento de regímenes autoritarios en varios países europeos.

Uno de los modelos interpretativos que más apoyo recibe en la historiografía actual es el que considera que el fascismo posee una dinámica y objetivos propios que responden a tendencias de pensamiento y de acción política que ya se gestaban el siglo XIX, y que son producto de las contradicciones que surgen de la misma modernización capitalista que se verifica en esa época.[4] Las condiciones que permitirán el triunfo de los movimientos fascistas y su acceso al poder acabarán por completarse con las contradicciones y crisis del sistema liberal burgués bajo las condiciones de la Primera Guerra Mundial. Por eso sostenemos que las definiciones actuales del fascismo y especialmente del nacionalsocialismo que los caracterizan como movimientos nacionalistas agresivamente militaristas y racistas que pretenden constituir una sociedad cohesionada y organizada jerárquicamente alrededor de un estado total (Italia) o de una dictadura de partido (Alemania) a su vez bajo la égida del líder dictador que arbitra la relación y conflictos entre los diferentes bloques de poder que apoyan al régimen (empresariado y gran industria, ejército, burocracia estatal y partido único), son las que más se ajustan a las evidencias históricas, resultado del trabajo historiográfico más reciente. Según este enfoque el régimen nazi sería la expresión más acabada de este modelo ya que la investigación historiográfico ha demostrado que su comportamiento era al presentarse como el resultado de un equilibrio dinámico e inestable entre esos bloques de poder, quienes luchan por imponerse a los demás y compiten por el favor de Hitler, quien actúa como dictador-arbitro entre las diversas elites del régimen, imprimiendo en esa competencia un curso de radicalización creciente que se expresa en la tendencia a la expansión militar e imperialista sin límites y en la aceleración de su acción genocida, bajo el impulso del máximo objetivo de la ideología nazi: la realización de un proyecto de ingeniería social basado en al pureza de la raza y el derecho a la explotación y/o el exterminio de aquellas personas a las que el régimen fascista consideraba inferiores o impuros desde el punto de vista biológico y que no respondían a los patrones de comportamiento social esperado por los nazis de sus súbditos. Es por esa capacidad destructiva que termina resolviéndose en una pulsión nihilista que se revela en su naturaleza intrínsecamente destructiva, que autores como Franz Neumann designarán a la dictadura mediante el monstruo bíblico Behemoth. Esta denominación representaría, para Neumann, la naturaleza de un régimen nazi caracterizada por “…la “alianza” o “pacto” no escrito entre bloques de poder distintos pero interdependientes en el seno de un «cartel de poder»”.[5] Esa dinámica cuya manifestación paradigmática está constituida por el genocidio judío y de otros grupos étnicos y político sociales, se caracteriza, como afirma Raul Hillberg, por su carácter procesal, acumulativo que acaba en una catástrofe de destrucción de millones de vidas humanas: es un proceso que ha sido denominado por numerosos autores como de “radicalización acumulativa”, en la que cada etapa impulsa a la siguiente en un mecanismo de recíproca estimulación entre decisiones que adopta Hitler y su entorno inmediato y las decisiones adoptadas por los diversos niveles de administración nazi a nivel intermedio y local, lo que crea también un juego recíproco de autorizaciones y argumentos legitimadores de acciones que suprimen posibles inhibiciones morales e impulsan una competencia para presentarse como los más eficientes ejecutores de una política criminal &nbsp que culmina con el desencadenamiento del genocidio.[6] Existe además otro rasgo esencial del fascismo, un principio que lo articula&nbsp desde el punto de vista doctrinario y que es referencial a la hora de la adopción de decisiones políticas: la convicción de la insuperable desigualdad entre los seres humanos, determinada biológicamente, y que pretenden demostrar científicamente.

Pero esa radicalización nihilista no es exclusivo patrimonio de la Alemania nazi, aunque en esta se haya llevado a cabo en su grado más extremo. El fascismo italiano también ostenta signos de esa radicalización. Tal como afirma Robert Paxton la radicalización del régimen de Mussolini se advierte en dos aspectos que además se alimentan mutuamente. El primero es la agresiva política exterior de carácter imperialista, iniciada con la conquista de Etiopía en 1935; y que, una vez consolidada se caracteriza por una agresiva política racial que implica la práctica instauración de un régimen de apartheid en ese país, convertido en colonia italiana. El segundo es la aprobación de las leyes raciales en 1938, imitando las leyes de Nuremberg nazis de 1935, que consagran el antisemitismo de estado en Italia, y que fueron precedidas de un ominoso e ignominioso «Manifesto degli scienziati razzisti», publicado el 14 de julio de 1938 en Il Giornale d’Italia, considerado el primer documento oficial del racismo fascista.&nbsp Si bien el antisemitismo italiano está muy impregnado de componentes religiosos, no están ausentes las consideraciones biológicas, paradigmáticas en el racismo nazi.[7] Esa agresividad culminará en las mortíferas milicias fascistas que reprimirán la actividad de la resistencia partisana a partir de 1943 en la proclamada República de Salò.[8]

El fascismo no es pues producto de ningún recorrido histórico especial en el que Alemania e Italia se hubieran desviado de un modelo canónico de modernización marcado por las democracias anglosajonas, como plantearon los partidarios de la hipótesis del Sonderweg, ni tampoco de una reacción brutal pero defensiva frente a la amenaza que para la sociedad europea y occidental representaba la revolución bolchevique. Los fascismos son una respuesta brutal y extrema a los desajustes provocados pro la propia modernidad capitalista, manifiestos ya a medidos del siglo XIX e intensificados a medida que nos aproximamos a los comienzos del siglo XX, que pretenden construir una comunidad nacional en la que el conflicto de clases –no las propias clases- quede superado mediante la integración de sus miembros en una estructura rígidamente jerarquizada. Como afirma Detlev Peukert[9], es la naturaleza compleja y contradictoria de la modernización propia de la época del capitalismo industrial –a la que denomina como un proceso que, como la diosa Jano,&nbsp ofrece dos caras, una de optimismo, expansión y progreso indefinidos, otra de pesimismo y temores de degeneración o extinción social y nacional, caracterizada por el avance tecnológico y racionalizador que se despliega en paralelo a la profundización de la crisis económica-, que se expresa, no de manera diferente, sino con mayor rotundidad, contundencia e intensidad en Alemania e Italia, acelerada por las condiciones y consecuencias de la Primera Guerra Mundial, las que explican el marco que favorecerá el surgimiento de las dictaduras fascistas. Lo específico de estos países es la convergencia de varios vectores producto de la crisis de posguerra que se suman a la particular velocidad en que se produjo la transformación de esos países durante su proceso de modernización. Como vuelve a repetir Peukert “… la Machtergreifung de1933 no se produjo porque las elites tradicionales continuaran teniendo una enorme influencia, sino porque se habían vuelto críticamente débiles frente a unas masas que se habían politizado notablemente”. Un proceso del cual debemos aprender que la modernidad, como paisaje amable que nos acompaña cotidianamente, puede transformarse súbitamente, con la conjunción de factores y conducciones adecuadas, en una catástrofe y en su perversión.[10]

El antifascismo prebélico

El fascismo devenido y percibido ya como una amenaza a nivel internacional después de la llegada de los nazis al poder en Alemania, la destrucción del movimiento obrero austriaco en 1934, el expansionismo colonial de la Italia mussoliniana, los incidentes del Extremo Oriente y la fuerte ofensiva de las derechas en la República española, es enfrentado con la propuesta de constitución de los frentes.&nbsp Con los frentes populares se comenzará a definir una acción política que buscará no sólo al unidad en el movimiento obrero escindido entre socialistas y comunistas, especialmente a la luz de la catástrofe sufrida por la clase obrera alemana, sino también atraer a las clases medias golpeadas por la crisis, las que según los análisis políticos de la época debían ser apartadas de la influencia de los fascismos, ya que constituían un factor clave en su éxito en la captura del poder al servirles como masa de maniobra y base electoral. Sin embargo la constitución de los frentes populares exige una modificación de las concepciones sobre el fascismo, especialmente por el movimiento comunista. Todo el discurso elaborado por ellos sobre el “socialfascismo” y la fascistización de los partidos burgueses debía transformarse en una nueva concepción en la que sólo una fracción de las clases dominantes, “los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero” según la expresión utilizada por Dimitrov en el VII congreso de la Komintern deberán ser considerados como el apoyo social del fascismo. Una definición del fascismo, que independientemente de la carencia de matices o el &nbsp reduccionismo que le otorguemos hoy en día, era compartida – con matices terminológicos- por muchos intelectuales de izquierdas más allá del área de la IC, como el caso de Harold Laski, que pertenecía al ala izquierda del laborismo británico o de Arthur Rosenberg, comunista disidente.[11] La fuerza de la definición yacía en su valor heurístico otorgado por una&nbsp situación internacional cada vez más tensa creada &nbsp el curso militarista y expansionista de ambas potencias fascistas con su política de rearme y de intervención exterior.[12] Esa redefinición de la naturaleza del fascismo, tuvo como consecuencia proponer unos objetivos programáticos en los que la defensa de la democracia se convertía en la garantía de la transformación social y a su vez la delimitación más restrictiva de las fuerzas políticas y sociales responsables de la llegada del fascismo al poder posibilitaba una ampliación del movimiento democrático incorporando a sectores de la pequeña burguesía e incluso de la burguesía. Como afirmaba José Díaz:

La república por la que luchamos es otra, no es como la que podría haber en Francia o en cualquier otro país capitalista. Luchamos para destruir las bases materiales sobre las que se asientan la reacción y el fascismo, porque sin la destrucción de estas bases no pude existir una verdadera democracia política”.[13]

El concepto democracia deviene el factor legitimador de la defensa de la República española y de las propuestas del Frente Popular francés de 1934-1938, y el elemento central del discurso político que utilizarán los participantes en ambos procesos. Es el lenguaje de los brigadistas internacionales y la justificación de su entrega a la lucha antifascista y es el lenguaje que utilizan los dirigentes franceses para calificar los términos del enfrentamiento, que deja de ser entre revolución y contrarrevolución para convertirse en la batalla entre fascismo y democracia. También se califica en la época mediante este concepto los ensayos de nuevas relaciones sociales que surgen con la ocupación de fábricas en Francia o con las experiencias de colectivización o control obrero en Cataluña al comienzo de la guerra civil una vez derrotado el golpe de estado militar en julio de 1936.[14]

Sin embargo cabe también reflexionar en que ese giro del VII congreso no es el síntoma de una tendencia que va desde el sectarismo al aperturismo, sin más, sino que se trata de una respuesta que se considera adecuada a la coyuntura, marcada especialmente por la rotunda derrota del movimiento obrero alemán con el ascenso del nazismo al poder facilitado por la división, desacuerdo y enfrentamientos entre las direcciones del SPD y el KPD. La propuesta del VII Congreso contenía elementos de continuidad y ruptura con las tesis anteriores. Por una parte, sin suprimir el contenido de clase del fascismo, lo adscribía a una sección muy concentrada, aunque también muy poderosa del capital, separándolo de los demás sectores de la burguesía, y de la pequeña burguesía a la que convocaban en ese momento para evitar que se convirtieran en la fuerza de choque de aquel. La defensa de la democracia se transformaba en un objetivo fundamental en la medida en que se reconocía que era imposible su coexistencia con el fascismo.[15]

Pero la decisión de la IC reconocía antecedentes recientes como las propuestas de frente único, vigentes entre 1921 y 1924,[16] que abrían la posibilidad de acción conjunta con la socialdemocracia, defendidas y llevadas a la práctica sucesivamente en Alemania, -el país “esperanza de la revolución” en la primera posguerra, por Paul Levi, Heinrich Brandler y August Thalheimer.[17] Eran propuestas para afrontar la profunda crisis que atravesaba a la república de Weimar consecuencia de la inflación provocada por las deudas de guerra y la ocupación francesa del Ruhr, pero además proclamada como la forma más adecuada para enfrentar al fascismo, que en esa época intentaría su primer ensayo de asalto al poder en Alemania en el intento putschista de Munich encabezado por Hitler y Lüdendorf[18]. Sin negar las especificidades de la situación española, un ejemplo similar se produciría una década después cuando la constitución de la Alianza obrera en Asturias, en marzo de 1934, intentara defender a la república ante la amenaza del fascismo percibida en la época por la posibilidad de la llega al gobierno Lerroux de Gil Robles y la CEDA.[19] En otros casos, como el yugoslavo, la propuesta del frente popular no tuvo fuerza suficiente para llegar a constituir gobierno, ni siquiera para unificar a la totalidad de la oposición, pero sí para impulsar el reclutamiento de voluntarios para combatir en las Brigadas Internacionales en defensa de la II República española[20], ya que la guerra civil tuvo un gran repercusión en los círculos progresistas yugoslavos,&nbsp no sólo entre los militantes del partido comunista, quienes vieron en las brigadas la posibilidad de defender la democracia y enfrentarse directamente al fascismo en territorio español, como una contribución indirecta a la lucha contra el régimen monárquico de este país y a la imposibilidad práctica de hacerlo en la misma Yugoslavia dada la gran represión desatada por el régimen contra las organizaciones de izquierda.[21]

En Francia el surgimiento del frente popular responde a estímulos similares. Un observador de la época, Walter R. Sharp de la Universidad de Wisconsin, afirma que los fundamentos prácticos del Frente Popular se echaron en la respuesta unitaria de las dos centrales obreras, la sindicalista CGT y la&nbsp CGTU de inspiración comunista, las que convocan la huelga general de repudio al ataque al parlamento que los grupos de extrema derecha habían realizado el 6 de febrero de 1934. Apunta que los dos factores que estimularon la consolidación del Frente Popular fueron el impacto del ascenso del fascismo al poder, especialmente el caso alemán, y la crisis económica internacional. Esos dos factores contribuyeron a soldar a la unidad de quienes hasta poco tiempo divergían y se enfrentaban, operando sobre dos aspectos. El primero es que en la época se interpreta que el fascismo había sido capaz de organizar y encabezar un movimiento de masas basado en al movilización de las clases medias, especialmente el sector más bajo de la pequeña burguesía, tenderos y artesanos, que habían sido duramente golpeados por la depresión (ver por ejemplo los análisis sociológicos del fascismo que hace León Trotsky en sus textos de los años treinta)[22], y por lo tanto de ello deducían comunistas y socialistas de izquierdas que era necesario moderar sus consignas para conseguir la inclusión de esos sectores sociales en el movimiento antifascista. El segundo era que la crisis económica había puesto en evidencia las debilidades del liberalismo económico, y por lo tanto las organizaciones más a la derecha en el espectro democrático comenzaban a considerar como aceptables y necesarias una intervención estatal más comprometida en la regulación de la economía, lo que les permitía encontrar claves de entendimiento con el PC y el PS.[23]

Ya en plena guerra mundial el movimiento antifascista constituido como movimiento de resistencia contra la ocupación en la Europa dominada por el ejército nazi o como movilización combatiente de la población en Gran Bretaña, provocaría un intenso debate sobre la naturaleza del fascismo del cual extraería un modelo alternativo de reorganización social sobre la base del desarrollo de una democracia avanzada combinada con un enérgico programa anticapitalista que implicaba incluso la propuesta de una nueva democracia industrial. Éste sería el marco teórico y programático en el que se inscribirían, por ejemplo, las constituciones elaboradas en la inmediata posguerra en Francia e Italia, donde el proceso de refundación nacional se basaría en la legitimidad de la resistencia contra el ocupante nazi y en la acción antifascista, pero que ya se observa al menos en los planteamientos de los frentes populares que surgen en los años treinta.[24] Desde ese punto de vista el antifascismo adquiere también una función propositiva y no sólo defensiva y resistente, donde aquel contribuye a reforzar la unidad ante la amenaza que supone el fascismo para la civilización, combinado la vocación de un amplio consenso que exceda los partidos de izquierdas para incluir a aquellos que representan a sectores de clases medias, pero reconociendo al mismo tiempo que el pilar fundamental y la base de apoyo del proyecto antifascista continúa residiendo en la clase y el movimiento obreros, y , por lo tanto, lo que se asume como sus intereses históricos. De ahí que no se limite a una continuidad del statu quo previo al ascenso de los fascismos sino que aspire a profundas transformaciones sociales, ya que una hipótesis básica del movimiento antifascista es que su enemigo se ha consolidado en virtud de las contradicciones y condiciones determinadas por el propio sistema capitalista. Pero también introduce una modificación&nbsp importante en la cultura política del movimiento obrero, especialmente en el movimiento&nbsp comunista, y que es la reintroducción de la democracia como categoría fundamental par la transformación social, para el avance hacia el socialismo. Un concepto que había sido dejado de lado, en la práctica teórica anterior a los años treinta, al considerarlo reducido al campo acotado por el calificativo “burgués”, y por el reduccionismo que imponía a esa lectura el modelo bolchevique, y que no era una mera coartada para ocultar otros fines como pretende la historiografía y los autores conservadores. &nbsp Esto puede comprobarse, por ejemplo en el Programme du Conseil National de la Résistance (aprobado el 15 de marzo de 1944),[25] el cual, a pesar de que es el resultado de un acuerdo en el que participan incluso fuerzas de centro y derecha alineadas en ese momento en la lucha contra la ocupación nazi y Vichy, exhibe en su segunda parte, cuando hace referencia a las medidas de reconstrucción nacional de Francia una vez derrotado el nazismo, una serie de objetivos que establecen junto a la profundización de la democracia política, la consecución de una auténtica democracia económica y social, continuando y profundizando de este modo con los objetivos políticos y sociales del antifascismo encarnado en el Frente Popular de 1936.[26]

Justamente la corta vida de los gobiernos de frente popular en Europa occidental, determinada por el comienzo de la Guerra Fría, demuestra que si no eran adecuados a los intereses de política exterior de la URSS, fundamentalmente no eran funcionales para una reconstrucción europea claramente alejada de cualquier intención socializante, en el área geográfica reservada a la alianza anglo-franco americana después de Yalta.[27]

La naturaleza de la Resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial

La Resistencia debe ser considerada como “una acción significativa”, una acción que al mismo tiempo recrea, reproduce u origina el significado del concepto Resistencia, ya que como afirma Pierre Laborie: “….se trata de actos realizados con la conciencia de servir a un objetivo común en nombre de una causa trascendente […] la Resistencia es indisociable de la conciencia de resistir, del sentido dado a la decisión de actuar”.[28] Por lo tanto existe un componente discursivo y reflexivo en los actos que constituyen la Resistencia, y no meramente un conjunto de hechos coordinados que golpean materialmente al ocupante nazi y a los colaboracionistas. De ello deviene que la Resistencia es eminente y fundamentalmente un espacio político, y por lo tanto un espacio donde se combate no sólo el poder dominante sino que se deciden y preparan alternativas que vinculadas con la sociedad más allá del poder que transitoriamente se combate deben ser operativas sobre variables y condiciones que los miembros de esa resistencia han decidido que deben ser modificadas o sustituidas. Es un acto con sentido, dotado de una orientación axiológica que se enfrenta al poder, y no sólo porque se enfrenta sino porque el enfrentamiento se hace en nombre de valores éticos y morales trascendentes que implican una negación radical de ese poder opresor al que se enfrentan los resistentes: “….La idea de resistencia implica comportamientos de ruptura y prácticas de trasgresión”.[29] Y es también una elección que al decidirse moral –decide sobre el deber ser- constituye un acto de libertad, por lo tanto la resistencia es no sólo por su carácter colectivo sino por su intrínseca naturaleza electiva e intencional, el refugio de la democracia en la oscura noche en que el fascismo sumió a Europa. Además la naturaleza del poder al que se enfrenta la Resistencia le obliga adoptar un carácter político revolucionario, ya que se trata de un poder opresor y excluyente, en un sentido radical como sólo puede serlo el fascismo, y en éste caso tanto el representado por la ocupación nazi como por Vichy o cualquiera de los gobiernos colaboracionistas en la Europa dominada por el nazismo. De esa situación se deriva que la lucha contra ese poder implica un proyecto al mismo tiempo alternativo al que esa dominación representa, que implica una dimensión ideológica y por lo tanto cultural que exige la supresión de las condiciones en las que ese poder se puede reproducir.&nbsp Por lo tanto&nbsp los resistentes acaban planteándose –a veces en el curso de la propia lucha- no sólo la naturaleza del poder sino las condiciones de su reproducción y por ende cuestionan sus &nbsp fundamentos e identifican los núcleos y grupos sociales y políticos que han presidido el sistema en el cual el fascismo se erigió como poder absoluto y opresor.[30] Es más, los máximos líderes no izquierdistas de la Resistencia francesa, como el propio Charles de Gaulle, acaban para legitimar su propio liderazgo aceptando un programa de reconstrucción después de la liberación de contenido social y político radicales, que constituye una negación práctica y concreta de lo representado por el fascismo y de la situación previa a al instauración del fascismo, como si esa Francia fuera responsable de su llegada. Ello no significa que todos los combatientes y participantes en la Resistencia estuvieran animados de las mismas intenciones políticas y del mismo radicalismo, pero sí que esas posiciones que apuntaban a una transformación radical de la sociedad francesa, luego de la liberación, hacia una democracia más profunda y radical que la de la preguerra era una concepción predominante en las filas resistentes puede constatarse tanto por la actitud mencionada del gaullismo como en los documentos elaborados por el movimiento de resistencia.[31] Por ejemplo en la proclama de la organización progaullista École d’Uriage, con el título “Libération et Révolution sont inséparables” establece a través del ejemplo de la presencia de Pierre Laval en el gobierno de Vichy las líneas de continuismo entre éste y la situación política de la preguerra, y cita expresamente las siguientes palabras de de Gaulle, de febrero de 1944, para confirmar su apuesta:

“Se trata de una revolución, la más grande su historia, la que ha comenzado a realizar la Francia traicionada por sus elites dirigentes y por sus privilegiados. Y debo decir que quienes, en todo el mundo, esperan poder reencontrar, después del último cañonazo, una Francia política, social y moralmente parecida a la que habían conocido, cometen un gran error. En el secreto de su dolor, se ha creado una Francia completamente nueva, la que será guiada por hombres nuevos”.

Y que en Argel, en marzo de 1944 especificará aún más la perspectiva que traza para después de la derrota del fascismo:

“…. La democracia francesa deberá ser una democracia social, asegurando orgánicamente a cada uno el derecho y la libertad de su trabajo, garantizando la dignidad y la seguridad de todos en un sistema económico diseñado sobre la valorización de los recursos nacionales y no en función de los intereses particulares, donde las grandes fuentes de la riqueza común pertenezcan a la nación, donde la dirección y el control del Estado se ejercerán con el concurso regular de quienes trabajan y de quienes emprenden”. [32]

Más lejos en la precisión de las líneas políticas que delimitan el campo de la Resistencia, en el sentido de una prevención de que la derecha y los elementos conservadores de la preguerra alcancen protagonismo durante y después de la Liberación, es la del MUR, organismo unificador de las organizaciones resistentes no comunistas (FTP, Combat y Libération) constituido bajo el liderazgo de Jean Moulin en enero de 1943, cuando afirma a través de uno de sus periódicos, Le Franc-Tireur, que:

“El régimen que pretenden los combatientes, cualquiera sea el nombre que se le dé, es una organización democrática y socialista de Europa […] No se trata de una vaga aspiración ni de un ideal lejano, sino de un a cuestión precisa, la única posible que se ofrece a través de las ruinas acumuladas por la guerra a los ojos de los pueblos que se niegan a perecer. El camino que conduce a ella no es ninguno de los evocados anteriormente; ni el de las reformas parlamentarias sucesivas, ni el de una voluntad de hierro imponiéndose a pueblos incapaces de actuar democráticamente. Es el camino de la insurrección masiva contra la opresión que deviene simultáneamente la vía a la liberación del trabajo sometido y a la emancipación humana. El imperativo inesperado de la historia nos ha señalado no sólo un sueño o una teoría, sino una tarea político práctica inmediata, porque las clases hasta ayer todavía dominantes se han hundido, y porque las masas que la deben realizar se encuentran ya listas, materialmente unidas y armadas, moralmente transformadas. La historia, de pronto, las ha puesto en situación de ser auténticamente socialistas y revolucionarias”.[33]

Se establece una diferencia clara entre “oposición” y “resistencia”, con un umbral definido por la ruptura con el orden dominante, lo que reafirma la idea de que la Resistencia no consistió sólo en el combate contra el ocupante nazi sino que implicó un cuestionamiento del orden social y político, internacional y doméstico que permitió el triunfo del fascismo y la opresión del invasor.[34] En el caso francés debe agregarse otro factor. La existencia de un gobierno colaboracionista pero surgido del propio funcionamiento de las instituciones del Estado francés de preguerra, transformó a la Resistencia en la encarnación del espíritu de la soberanía nacional, a diferencia, por ejemplo de los casos de Holanda, Noruega o Polonia donde los miembros del gobierno que representaban la legitimidad estatal hasta 1939 se encontraban en el exilio.[35] En general los documentos de la Resistencia, y no sólo de las organizaciones en las que participa o lidera el Partido Comunista, platean que la derrota y la ocupación han establecido un nuevo año cero desde el que reiniciar la construcción de una Francia radicalmente diferente a la existente hasta el comienzo de la guerra. Se habla claramente de una IVª República que sustituirá a la derrotada en 1940, y cuyos principios constituyentes deben estar dirigidos a liquidar los privilegios de una clase dominante cuyas acciones han permitido el ascenso del fascismo y la derrota francesa. Como poco proponen el control estatal o la estatización directa de los recursos e infraestructuras esenciales, la reforma del sistema empresarial que permita una participación de los trabajadores en la gestión industrial y la profundización de la democracia. Para que esta última se haga realidad se considera esencial garantizar la equidad económica junto a la jurídica y política de todos los ciudadanos franceses. Pero en una parte considerable de los documentos elaborados antes de la Liberación, la mayoría entre 1942 y 1944, consideran sin rodeos que la nueva sociedad deberá ser de carácter socialista, claramente anticapitalista, pero unida incondicionalmente a un compromiso democrático, que rechaza la reivindicación expresa de conceptos como el de “dictadura del proletariado”.[36] En todos ellos se introduce el reconocimiento de la debilidad de la democracia, incluso la convencional de preguerra, si no va acompañada de derechos económicos que garanticen un nivel mínimo, debajo del cual las desigualdades sociales minarían profundamente el ejercicio de los derechos de ciudadanía, y que esa debilidad de amplios sectores sociales golpeados por la crisis económica y la insolidaridad del capital ha facilitado el encumbramiento del fascismo. Pero además existe otra condición que exige esa radicalidad para el futuro que es la necesidad de los movimientos&nbsp de resistencia de conseguir el apoyo masivo de la población. Por ello los resistentes&nbsp son conscientes, incluso entre aquellos resistentes que no pertenecen ni al ámbito comunista ni al socialista que la guerra que están librando contra el invasor es una guerra revolucionaria, o sea una guerra que sólo se puede sostener si existen consignas políticas de la suficiente profundidad y evocación transformadora para que pueda implicarse la población y puedan conseguir el apoyo del tejido social. Dice Claude Bourdet, miembro de CNR en representación de Combat:

“… sin haber leído a Mao Tsé-Tung, sabíamos instintivamente, por nuestra experiencia cotidiana, que esta guerra era una guerra revolucionaria, y que debía haber constantemente un cierto equilibrio entre la acción política y la acción militar, una sosteniendo a la otra”.[37]

Geoff Eley considera que el caso francés no es el único sino que confluye con las otras luchas de liberación nacional en la construcción de ese espacio de transformación social de la posguerra, cuyos principios sobrevivirán al menos hasta el comienzo del derribo del Welfare State y la reestructuración capitalista en un sentido ultraliberal, iniciado durante las épocas caracterizadas por las dictaduras militares de Argentina, Chile y Uruguay, y los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, aunque su aplicación práctica fue bloqueada mucho antes, con el comienzo de la Guerra Fría.[38] Para este autor la coyuntura de guerra y posguerra –concretamente de los años comprendidos entre 1943 y 1947- equivalen a la coyuntura 1917-1921, que vio el nacimiento de la URSS y la caída de los imperios centrales, en la dimensión internacional que adquiere el movimiento ciudadano hacia un cambio en profundidad de las políticas nacionales y en el augurio de profundas reformas sociales equivalente. La clave de este anhelo democrático reside en la propia experiencia popular durante la guerra. En los países ocupados esa experiencia colectiva fue la participación en la resistencia, el único acto de autonomía personal y por lo tanto de libertad en medio de la opresión fascista, pero que al mismo tiempo, sin devaluar el carácter de decisión individual que implicaba unirse a las actividades clandestinas, era un acto colectivo de coordinación y deliberación, y su expresión concreta fueron los comités de liberación a nivel nacional, regional y local, en los que muchos quisieron ver los embriones de una&nbsp democracia radical y novedosa, que a medida que retrocedían los ejércitos hitlerianos se convertía en muchos sitios en la administración local encargada de las inmediatas tareas de reconstrucción posbélica y de la reorganización de la vida cotidiana, que ejercía estas funciones reivindicando una práctica más igualitaria, y que Eley no duda en comparar con las organizaciones consejistas surgidas en la ola revolucionaria que recorrió Europa entre 1917 y 1921.[39] En los países no ocupados esa experiencia fue la implicación popular en el esfuerzo bélico, vivido como una aportación colectiva en la que la comunidad de objetivos –la derrota del enemigo fascista-&nbsp era la base experimentada de una unidad nacional, de una nueva forma de cohesión comunitaria basada en el esfuerzo compartido&nbsp que otorgaba a la experiencia cotidiana los tintes de un igualitarismo no decretado pero sí visible, pero que, a diferencia de los ocurrido en la guerra anterior, aparecía continuando y materializando las aspiraciones de la cultura antifascista, cultivada en los medios obreros durante los años treinta, donde ya se podían registrar algunas victorias domésticas sobre el fascismo, como sucedió en Gran Bretaña, alimentada por experiencias locales de enfrenamiento como la batalla de Cable Street –octubre de 1936- en donde los habitantes de los barrios obreros de Londres derrotaron y expulsaron a los camisas negras de Oswald Mosley. Como afirmaba Harry Pollit:

“….una nueva concepción de la democracia […] en la cual el pueblo no estaba ya dispuesto a dejar las cosas [….] a cargo de otros […] querían desplegar en la paz el mismo liderazgo, iniciativa, talento y poder que habían revelado de manera tan sorprendente en el campo de batalla, en las fábricas, en la defensa civil y en los movimientos de Resistencia”.[40]

Pero difiere en relación al alcance social de esas propuestas pues mientras en la primera posguerra las clases medias en general se distancian o rechazan los hechos de Octubre y las insurrecciones obreras y efímeras experiencias revolucionarias de Europa central, en la segunda posguerra la identificación de esos sectores sociales con las organizaciones de izquierdas, especialmente los partidos comunistas, que han protagonizado y liderado la resistencia antinazi, es muy firme y estrecha.[41] Ello se debe a múltiples factores, pero uno de los principales es que el movimiento comunista en general ha sido capaz de sobrepasar el límite clasista tradicional de su representatividad, sin perder por supuesto su arraigo en la clase obrera en función del efecto combinado de el papel de los comunistas en las luchas antifascistas en cada país de la Europa ocupada por los ejércitos nazis y &nbsp la identificación con el papel de la URSS y del Ejército Rojo, a los que se identifica como un factor clave en la derrota de un poder opresor de una brutalidad y letalidad sin precedentes que afectaba al conjunto de la sociedad de cada país ocupado más que el vehículo de un proceso revolucionario que predicaba la lucha de clases.

Al caso francés se aproximan el caso italiano, aunque sólo para la Italia del Norte, donde la resistencia partisana tiene un papel de primer orden y existe una unidad política firme alrededor del Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia (CLNAI) y en Yugoslavia, donde la hegemonía comunista es indiscutible bajo la dirección de Josif Broz Tito. Ciertamente, como afirma Bruno Groppo no pueden reducirse todos los movimientos antifascistas al común denominador comunista, aunque los partidos comunistas hayan desempeñado un papel fundamental en su desarrollo, pero la lucha de la resistencia muestra como se produjo una convergencia en los objetivos de reconstrucción nacional, que señalan el profundo desprestigio de la elites dominantes de preguerra, la necesidad de que los sufrimientos producidos por al guerra y sufridos pasiva o activamente por la población civil fueran compensados por una mejor redistribución del producto de la economías nacionales y una mayor justifica social –exigencia que si bien presente no había sido satisfecha al final de la guerra anterior-, la sensación compartida por la militancia antifascista de que desde 1933, y de forma acelerada y profunda entre 1939 y 1945 se había producido una crisis de civilización, impresión consolidada ante el horror de los campos de exterminio que revelaban que el nazismo había cometido el mayor genocidio de la historia, convirtiendo a la dictadura hitleriana en la materialización del mal absoluto.

Pero también en esas mismas características reside el ocaso posterior del radicalismo democrático y los objetivos sociales suscitados por la lucha antifascista, ya que el inicio de la Guerra fría en 1947 significó la negación de todas esas ideas y proyectos y la reconducción de la acción política a una progresiva desmovilización y, al menos parcial, retorno a la privatización de la vida de los ciudadanos europeos. El retroceso democrático tuvo como primer episodio la disolución de esos gérmenes de un nuevo poder popular que eran los comités de liberación generados por la lucha resistente.

Conclusión:

El antifascismo sería en primer término la respuesta al fascismo, pero una respuesta que si aparece en los hechos como defensiva, y en efecto lo es ya que sus militantes y partidarios parten de la consideración del fascismo como una amenaza contra la humanidad y la civilización ante el cual es imperativo organizar la defensa, esta rápidamente se interpreta en clave propositiva. Era una propuesta basada en la convicción de que no bastaba con defenderse de los embates del fascismo sino que había que remover los factores sociales, económicos y políticos que habían permitido su surgimiento, y en ese paso el antifascismo se planteaba una tarea de reforma que por su contenido y alcances podía ser de un carácter profundamente radical. En ese sentido es absolutamente pertinente la afirmación de Ferran Gallego –que el aplica a la situación española pero extiende al continente- de que el antifascismo era la forma que adoptaba la continuidad de una tradición de lucha emancipatoria del movimiento obrero en una coyuntura –la del período de entreguerras y especialmente los años treinta- en las que era absolutamente visible que “…la burguesía continental tendía a organizarse en las diversas variables del fascismo, incluyendo la que podía detectarse como preferencia por el triunfo de éste contra el fortalecimiento de opciones democrático-populares&nbsp en otros países”, una constatación compartida por los militantes de las diversas organizaciones de izquierda y del movimiento obrero europeo derivada de la praxis política consecuencia de los conflictos y reagrupamientos de fuerzas que se observan en Europa a partir de 1933.[42]

SIGUE ABAJO…


Alejandro Andreassi Cieri. Universitat Autònoma de Barcelona. Publicado en&nbsp Josep Sánchez Cervelló (ed.), El Pacte de la No Intervenció. La internacionalització de la Guerra Civil espanyola, Tarragona, Publicacions URV, 2009, pp. 33-50.


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