Publicado en: 17 febrero, 2018

Fascismo tutelado

Por Carlo Frabetti

… el fascismo, por definición, no puede ser inteligente, ni siquiera entre comillas. Ante situaciones insólitas o imprevistas, pierde los papeles con facilidad y enseña el plumero represivo…

Por Carlo Frabetti

En 1953, con pocos meses de diferencia, la España de Franco suscribió el Concordato con la Santa sede y los Pactos de Madrid con Estados Unidos. A cambio de concederle a la Iglesia Católica privilegios tan extraordinarios como las exenciones fiscales, las cuantiosas subvenciones o el cuasi monopolio de la enseñanza (incluido el derecho a crear universidades), Franco obtuvo el control sobre el nombramiento de los obispos y el apoyo del Vaticano, consolidando así la forma más abyecta y persistente de fascismo: el nacionalcatolicismo; y a cambio de permitir la instalación de cuatro bases estadounidenses en la península, consiguió, además de importantes ayudas económicas y militares, el reconocimiento internacional.

A partir de ese momento, el fascismo desmelenado de la dictadura española tuvo que empezar a maquillarse de cara al “mundo libre” (cuya tutela era poco rigurosa, pero exigía que se cuidaran las formas), mascarada que culminaría con el Referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado de 1966, en el que se planteó una supuesta reforma constitucional que aparentemente limitaba el poder absoluto de Franco y pretendía dar verosimilitud a su autodenominada “democracia orgánica”.

Con el régimen del 78, ratificado por otro Referéndum tan tramposo como el del 66, el fascismo español, además de tutelado, se vuelve, como su metáfora la bomba, “inteligente”. Del mismo modo que las modernas bombas “inteligentes” no destruyen de forma indiscriminada, sino que eliminan “quirúrgicamente” los objetivos predeterminados, el criptofascismo actual no censura, reprime, tortura y mata sin pudor ni mesura, como antes, sino que lo hace de forma solapada y selectiva. Todos los años hay cientos de denuncias por torturas y malos tratos, y todos los años mueren docenas de personas en dependencias policiales; pero, en general, las víctimas se escogen con cierto criterio y se cuidan las apariencias, sobre todo desde que la tutela la ejerce directamente la Unión Europea. Para intentar justificar, por ejemplo, que haya más de trescientos presos políticos dispersos anticonstitucionalmente, se demoniza el independentismo y, en el caso vasco, se lo convierte en “entorno del terrorismo”; Europa y el resto del “mundo libre” no se lo tragan (como demuestran los informes de los relatores de la ONU y las frecuentes sanciones impuestas al Estado español); pero, por la cuenta que les trae, prefieren hacer la vista gorda.

Pero el fascismo, por definición, no puede ser inteligente, ni siquiera entre comillas. Ante situaciones insólitas o imprevistas, pierde los papeles con facilidad y enseña el plumero represivo. Y nada más imprevisto que la capacidad autoorganizativa de todo un pueblo; nada más insólito que la difusión masiva, a nivel mundial, del bochornoso espectáculo de la brutalidad e incompetencia de las fuerzas de seguridad. El fascismo tutelado español no ha podido seguir disimulando su idiotez congénita y, al ponerse en evidencia, ha puesto en evidencia a sus tutelantes europeos, que ya no pueden mirar hacia otro lado por más que lo intenten. Porque el Procés independentista catalán ha dejado claras dos cosas: que es imparable, y que España no es una democracia, ni siquiera una nación.

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