Evocación de Judy, Judy Garland

Judy era, es Judy Garland cuyo nombre de DNI era Francés Ethel Gumm (10 de jumo de 1922 en Grand Rapids, Minnesota, Londres el 22 de junio de 1969), añorada actriz y cantante de la época más creativa del musical en Hollywood

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Judy era, es Judy Garland cuyo nombre  de DNI era Francés Ethel Gumm (10 de jumo de 1922 en Grand Rapids, Minnesota,  Londres el 22 de junio de 1969), añorada actriz y cantante de la época más creativa del musical en Hollywood, y a la que la  película dirigida por Rupert Goold con Renée Zellweger, ha ganado el Oscar a la mejor interpretación femenina, ha devuelto a las portadas y a las pantallas.

Judy era hija de los artistas de music hall Frank Avent Gumm y Ethel Marión Milne, su padre regentará varios locales cinematográficos en los que sus hermanas Virginia y Mary Jane actúan acompañadas al piano por su madre. A los 3 años de edad,  Judy se escapa del regazo de su abuela y aparece por vez primera en un escenario cantando Jingle Bells. Su madre, furiosa, pidió a gritos que la sacasen fuera, pero el público empezó a reír y aplaudir. A los 5 años ya forma parte del trío Gumm Sisters, que debuta profesionalmente en el Biltmore Hotel de Los Ángeles. En 1934 el trío se disuelve, Judy actúa en solitario como cantante y poco después es contratada por Louis B. Mayer, debutando en el cine en 1936, en un film promocional junto a la que fue célebre Diana Durbin, pero cuya ñoñería acabaría condenando al olvido.

Sin  ayuda alguna fue una de las más claras víctimas del sistema hollywoodiense; sin embargo, Judy Garland, enamorada de su oficio, no habría renunciado a él por nada del mundo. Siguió la profesión familiar y se dio a conocer* con sus dos hermanas mayores. Pero cuando sus hermanas se casaron, su madre la empujó enérgicamente a presentarse en una audición ante Louis B. Mayer: tenía trece años, y su voz, perfectamente formada ya, metálica, justa y clara, impresionó de tal forma al boss de la MGM que fue contratada sin prueba. Fue prestada a estudios competidores para sus dos primeras películas y revolucionó América con la tercera: niña regordeta y con poca gracia, cantó su pasión platónica por Clark Gable en La melodía de Broadway.

Dentro de una película bastante normal, ese instante de emoción pura aún hoy día impresiona.

Había nacido una estrella, como lo confirmó El mago de Oz en 1939. Pequeña campesina con trenzas, a la aventura por los caminos de las leyendas, de repente, Judy Garland se desprendía de su apariencia juvenil cuando su voz de bronce sonadora y lastimera atacaba esa Overthe Raínbowque será para siempre su canción fetiche. La MGM comprendió rápidamente a quien tenía contratada y le impuso un ritmo de trabajo extenuante que finalmente rompió su salud y su equilibrio. Interpretó a toda velocidad, con un Mickey Rooney febril, bajo la dirección de Busby Berkeley, comedias musicales trepidantes que la intensidad de los dos intérpretes aleja de toda frivolidad. Pronto pasó, con gracia, pero al precio de regímenes draconianos, a papeles de adulta como el de la cantante de For Me and My Gal (1942).

En 1944, Vincent Minnelli le dio un maravilloso papel de jovencita en flor, en un musical delicadamente nostálgico: Meet Me in Saint Louis. En esta época, Judy estaba casada con el músico David Rose. En 1945, se casó con Minnelli y bajo su dirección interpretó un papel no musical en The Clock: su nerviosa interpretación transmitió, en esta comedia agridulce, el sentimiento desesperado de lo efímero. En realidad, Judy ya estaba enferma, dependiente de los tranquilizantes y de los excitantes. Sus retrasos e indisposiciones crearon frecuentes problemas en el estudio. En 1947, su matrimonio con Minnelli ya estaba afectado por esto, pero el cineasta la guió con mano maestra a través de las dificultades de una vibrante interpretación en El pirata (Vincente Minnelli, 1948), que fue un éxito en su reestreno en los años setenta, y en la que ella está a la altura de Gene Kelly. Habituada a las pastillas y toda clase de estimulantes para soportar el frenético ritmo de trabajo y luchar contra su tendencia a la obesidad, atravesará graves crisis, recurriendo a las drogas para vencer su complejo de inferioridad acentuado en un medio como los estudios de cine donde las otras se llaman Ava Gardner, Lana Turner o Hedy Lamarr. Su complejo de inferioridad se acentúa y su inestabilidad emocional, se resiente. En 1951, el matrimonio se rompió, y Judy muy enferma, con tendencias suicidas, vio como era tachada de la lista de estrellas de la MGM después del rodaje de Summer Stock (1950) que fue muy penoso. Sidney Luft se casó con ella y durante un tiempo la sacó del bache. Fue la sensación en el Palladium de Londres en un espectáculo escénico legendario que la película Judy evoca de manera convincente.

En 1954, Luft produjo la colosal Ha nacido una estrella en la que bajo la dirección de George Cukor, Judy Garland consiguió de forma magnífica su caracterización más auténtica, más ardiente y más personal. Es verdad que esta historia del nacimiento de una estrella de cine locamente enamorada de su marido, Pygmalion suicida en el ocaso, conlleva un psicodrama terrorífico. Imposible olvidar la mágica armonía que Judy engendra en un cabaret dormido al cantar The Man that Got Away, o su férrea seguridad cuando cuenta un día de rodaje movido en Somewhere’ There’s a Someone. Aparte de su importancia en sí misma, Ha nacido una estrella sigue siendo el documento más rico sobre la auténtica Judy Garland. Más tarde, desgraciadamente, se lanzó sin control a una relación amor/odio con el musical, alternando fracasos y triunfos. Ha nacido una estrella  pondrá de relieve su temperamento dramático al nado de un inconmensurable James Mason, por lo que es resulta nominado a los Oscar, lo mismo que Dorothy Dandridge por Carmen Jones (Otto Preminger), pero lo ganará  Grace Kelly con  La angustia de vivir (George Seaton)), algo que clama al cielo porque ni la película ni Grace puede compararse ni con Judy con Dorothy,  dos mujeres maltratadas por la vida, Dorothy por su piel negra (baste una anécdota; la expulsan de un hotel que desinfecta la habitación en la que se había instalado), y Judy por su propia subestimación cuando, vista en perspectiva tanto ella como la película han ganado la prueba del tiempo

En el cine aparecía, más gorda y sin maquillaje pero emocionante, en la corta y excepcional interpretación de un ama de casa destruida por el nazismo en Vencedores y vencidos (1961) por sus relaciones amistosa con un judío al que tenía mucho que agradecer.

Son apenas unos minutos, pero Judy transmite toda la angustia de una víctima del régimen sobre el que los libros de historia apenas dedican un pie de página. Su intervención fue tan memorable como la de Montgomery Clift, cobrando ambos un peso tan grande como el de los grandes protagonistas (Spencer Tracy, Burt Lancaster, Marlene Dietrich, Richard Widmark)  que añaden veracidad y fuerza al relato.

Después fue la educadora demasiado blanda de un niño mongólico en Ángeles sin paraíso (1963). Ese mismo año terminó su carrera cinematográfica con un melodrama musical de Ronald Neame, / Could Go On Singing rodada en Inglaterra. Murió en 1969 de un exceso (accidental) de tranquilizantes. Ciertamente ha sido un fenómeno del siglo como Edith Piaf o Marilyn Monroe. Lo más sorprendente es que la dimensión trágica del personaje no está presente en la pantalla más que por defecto: casi siempre ha encarnado, sobre todo en sus mejores películas, un símbolo de la alegría de vivir y de la estabilidad con diversos intentos de suicidio que culminan con su muerte por «abuso de medicamentos», según el piadoso parte médico. En sus últimos días de vida sufría alucinaciones y parecía un esqueleto. Una historia que ahora nos llega a través de una película muy desigual, pero en la que la interpretación de Renée Zellweger, y la fuerza de la historia y sus canciones nos permite conocer a una mujer a la sus h9ijos, sobre todo su hija Liza Minnelli, prolongó una existencia marcada por la tragedia. Más de 20.000 personas esperaron durante horas para poder despedirse de la atormentada estrella a la que, sin embargo, no le gustaba ser vista como una figura trágica.

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