Euskal Herria. Recetas neoliberales para un paciente en coma

Un Gobierno vasco encargado de salvaguardar los intereses de los miembros de la banca o de Confebask

En la situación actual, con una sociedad convaleciente y prácticamente en coma debido al momento de crisis sanitaria, económica y social generalizada que sufrimos en prácticamente todos los puntos del planeta, es indispensable que los movimientos sociales comiencen a actuar lo más pronto posible y que articulen un relato sobre la devastación producida por la covid-19 y su efecto en los derechos colectivos. Mientras tanto, y sin que nadie por ahora se lo impida, las élites aprovechan la coyuntura preparando una batería de medidas que no hará si no apuntalar aún más si cabe sus privilegios. La crisis del capitalismo que, si bien ya era sistémica, con la pandemia no ha hecho sino agudizarse, con lo que los poderes ven peligrar su preeminencia, un estatus que por supuesto no están dispuestos a abandonar, al menos de manera voluntaria.

Un escenario que ahonda en la desigualdad ya de por sí existente y que dispara una deuda pública  donde, por si fuera poco, la mayor parte de sus partidas presupuestarias se dirigen a proteger al mundo de los privados desangrando una vez más a lo público, para que unos pocos se beneficien sin ni siquiera tener la esperanza de recibir de ellos algún tipo de reciprocidad en algún tiempo de bonanza económica venidera.

A nivel internacional se está haciendo difícil observar algún lugar donde se estén tratando de aplicar medidas acordes al momento de crisis que estamos viviendo. La mayoría de gobiernos en vez de girar el rumbo del timón hacia políticas que apuesten por una salida de la pandemia basada en lo común, en el principio de solidaridad, en definitiva, en el bienestar de las comunidades, vuelven a tejer un traje a medida de las oligarquías. Eso no quita que, aunque los gobiernos no muevan ficha en ese sentido, las calles estén comenzando a dar señales de hartazgo  en diferentes puntos del globo. Desde  el gigante Indio con un movimiento de masas de más de 250 millones de personas abarrotando las avenidas,  pasando por las revueltas en diversas regiones de Oriente Medio, hasta, como casi siempre, la gran esperanza de una parte de la izquierda revolucionaria, que está ampliando su realidad una vez más en muchas zonas de Latinoamérica. Favelas, villas y arrabales que a través de muy variados movimientos populares ejercen un contrapoder a la ideología dominante a lo largo del cono sur del continente americano. Brasil, Chile y Bolivia entre otros, son claros ejemplos de países en los que el pueblo está organizando su rabia y donde la gente le está plantando cara y está poniendo en duda el relato hegemónico.

Por otro lado, desde aquellos que alardean y ondean constantemente la bandera de ser el gobierno más progresista de la historia del Estado, al parecer no dudan en subirse también al carro de las recetas neoliberales en un acto de sumisión a los poderes financieros sin ningún tipo de rubor siquiera. Un gobierno que, valiéndose de un discurso maquillado y plagado de significantes vacíos, al bajarlo a la praxis, ni siquiera atisba alguna mísera reforma lejos de los grandes titulares generados por algunos de sus medios y voceros cómplices. Una ausencia total de medidas reales y efectivas que a la hora de la verdad no dejen a nadie atrás, impidiendo  entre otras cosas cuestiones tan básicas y primordiales desde una perspectiva social y humanitaria, como que miles de personas estén sin alternativa habitacional  con la única salida de acudir a la caridad, o al apoyo de sus familias, sin que el Estado dé respuesta a través de un paquete de políticas de excepción al respecto. ERTES que inexorablemente se verán abocados a convertirse en ERES dando pie a una multitud de despidos que la patronal vilmente aprovechará para ajustar mediante una merma de sus plantillas como fórmula de recuperación en su tasa de ganancia.

Unos presupuestos que, ya vengan de Europa o de las bambalinas del Estado donde los ejecutivos de Sánchez y Urkullu urden su negociación, en lugar de poner a las personas y su bienestar sanitario, económico y social en el centro de los mismos, prima su megalomanía en  proyectos como el Tren de Alta Velocidad,  con el único objetivo de contentar a las grandes empresas. Ni hablar de las habituales subidas camufladas en multitud de partidas y llenas de una opacidad presupuestaria indignante que se da en torno a inversiones en agencias de inteligencia y todo lo relativo al suministro militar. Ahora más que nunca, es exasperante asistir a los típicos presupuestos continuistas que mantienen a grandes rasgos la misma línea habitual que seguirá beneficiando a las oligarquías que sustentan el poder frente a la gran mayoría de personas. Un PSOE del que nadie desde la izquierda rupturista esperaba absolutamente nada, y un Podemos, que ya no es que trague sapos en forma de reformas sino que directamente engulle hipocresía política convirtiéndose en cómplice activo del régimen olvidando, en su particular amnesia voluntaria, a toda aquella gente que le ayudó a conquistar los cielos para lograr algo más que la gratuidad en el 902.

Algo que tampoco coge por sorpresa a nadie de la izquierda alternativa es la intención presupuestaria de la derecha vasca de manos del PNV, que todo apunta a que pronto presentará unos presupuestos acordes a su ideología neo-liberal, y que ya hemos podido intuir por donde irán los tiros en las mordidas de las partidas llegadas de Europa y del Estado, donde alrededor de la mitad de los dineros adjudicados se destinarán al TAV. Al igual que el resto de gobiernos europeos y sus homólogos capitalistas, el ejecutivo de Urkullu olvida que la prioridad  pasa por los sanitarios de esta parte de Euskal Herria, para los que el TAV no es precisamente lo que con mayor inmediatez necesitan. Decisiones que obstaculizan el reforzamiento de una plantilla de Osakidetza plagada de sanitarios exhaustos y con una atención primaria bajo mínimos, suplida  mediante la atención telefónica que por desgracia ya nos ha dado alguna dolorosa muestra de su ineficacia. Un Gobierno vasco encargado de salvaguardar los intereses de los miembros de la banca o de Confebask, manteniendo su ensoñación de oasis opulento donde, según ellos, no existe ni la precariedad ni la vulnerabilidad, a la que por el contrario, una parte de su ciudadanía se enfrenta diariamente a consecuencia de la brutal crisis que se está padeciendo.

Un PNV que en lo social saca pecho, recalcando constantemente el logro de la RGI, pero al que no le gusta recordar en demasía cómo en su origen se posicionaba diametralmente en contra de dicha medida social, siendo consejeros y miembros de EA, junto a la presión de los agentes sociales y sindicales, quienes fueran los verdaderos artífices de aquella propuesta. Incluso cuando algo es relativamente bueno parece que se utilice como parapeto para aquellos quienes consideran que hay que proseguir avanzando en lo social y en lo colectivo. Una artimaña que el PNV bien conoce y al que le encanta comparar algunas de sus medidas sociales con regiones del sur de la península sin querer entrar en un marco de discusión comparativo con otro tipo de lugares del centro y norte de Europa, donde posiblemente no saliera tan bien parado al cotejar las condiciones de sus funcionarios con los de un lugar significativamente tan cercano como Iparralde en Francia, o su sistema público de educación con el de Finlandia, por no hablar del número de camas UCI por habitante que encontramos en Alemania. De hecho, no habría que dejar de recordar al señor Ortúzar que la visión del mundo que tiene y las recetas que plantea su grupo en Europa van de la mano de las de Arrimadas y Ciudadanos, con quienes comparte grupo y proyecto político junto al resto de liberales en el parlamento europeo.

De ahí que el terreno de batalla para la izquierda rupturista vuelva a ser una vez más la calle, donde la gente reclame dignidad frente a aquellos que ningunean sistemáticamente las aspiraciones de una sociedad más justa y solidaria. Hoy más que nunca la clase trabajadora debe tomar conciencia de su situación y de su fuerza como colectivo para autoorganizarse y rebelarse presentando una estrategia de lucha conjunta que dé un giro radical a quienes desde su poltrona gestionan los impuestos de todos  en beneficio propio, exigiendo políticas que  trasciendan en pro del bien común. Unas calles que deberán volverse a llenar de rabia organizada e indignación que permita revertir una situación ya de por sí muy complicada. Será una labor primordial en los tiempos venideros tratar de articular un tejido amplio de movimientos sociales a todos los niveles, donde cada uno desde su realidad reclame una salida a esta crisis sanitaria y económica basada en las políticas sociales que den respuesta desde lo colectivo a una sociedad desasistida por los poderes y las élites que nos gobiernan.

Iosu del Moral Mikel Labeaga son militantes de Antikapitalistak Euskal Herria

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