Europa está cometiendo crímenes contra la humanidad

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La Unión Europea está cometiendo crímenes contra la humanidad. El único motivo por el que esta afirmación puede resultar fuerte o excesiva es que no la encontramos habitualmente en forma de titulares de prensa. Titulares que deberían ser habituales visto lo visto. Desde el día en que Europa decidió solucionar la crisis de refugiados encerrando y hacinando personas en campos de concentración. “Se considera delito de lesa humanidad la deportación o el traslado forzoso de población, así como la encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales del derecho internacional”. Si el periodismo, como Europa, tuviera alguna finalidad más allá de la meramente empresarial, el titular, por habitual, no nos sorprendería para nada.

Setenta años después de su fundación, la Unión Europea, no ha mostrado demasiada preocupación por el drama humanitario que se vive en nuestro territorio

Si a aquellos padres fundadores de la UE en los años 50 les mostrasen hoy las imágenes de los campos de refugiados, probablemente preguntarían: ¿cómo va lo del mercado común del carbón y el acero? Es lo que tiene que te hablen de velocidad si tú habías venido a vender tocino. Setenta años después, fiel a su ADN fundacional, la Unión Europea no ha mostrado demasiada preocupación por el drama humanitario que se vive en nuestro territorio más allá de intentar quitarlo de en medio de forma inhumana. Tampoco hay motivos para involucrarse más allá. Al fin y al cabo, el Nobel de la Paz “por contribuir a los Derechos Humanos” no es algo que te vayan a quitar una vez otorgado. La Unión Europea, esa máquina de coordinar políticas de sus Estados miembros para facilitar la labor comercial del sector privado, nos tiene acostumbrados en los últimos años a ser también la máquina que echa balones fuera cuando el problema es de tipo humanitario. Ya se sabe, si la banca necesita ayuda se actúa con urgencia. Si la urgencia es humanitaria, se organizan reuniones, cumbres, foros y días internacionales.

En las últimas jornadas, las políticas de la UE han pasado de ser inhumanas por omisión a serlo por acción. Las pocas imágenes que llegan desde la frontera entre Turquía y Grecia son, cada minuto que pasa, más insoportables para quien conserve algo de estómago. Grupos de extrema derecha atacan a los refugiados que llegan a las costas griegas. También atacan a las ONG que tratan de ayudar a estos refugiados y atacan por supuesto a los periodistas que tratan de contarlo. Lo hacen con impunidad. La policía griega no interviene. Quizá porque tiene tareas más importantes de las que ocuparse. Por ejemplo, la tarea de observar cómo un bebé muere ahogado frente a sus narices o cómo estos grupos fascistas hacen su trabajo. También tienen las autoridades griegas tareas más activas, como la de tratar de lanzar gases lacrimógenos contra familias enteras, hacer naufragar embarcaciones con personas a bordo o, incluso, disparar contra estas personas. Ayer, al menos una persona fue asesinada cuando llegaba a Europa –qué cosas– huyendo de la guerra. Mientras todo esto ocurre, la misma UE que hace unos años puso su bota y su ira sobre el cuello de la Grecia que se resistía a los salvajes recortes, ahora le muestra su apoyo en el asunto migratorio. Lo ha hecho por boca de Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, antes conocido como el hombre al que la tensión en Cataluña le resultaba insoportable. La alta política debe de ser esto.

Si el mundo fuera justo, todos esos líderes europeos que llevan años vulnerando los derechos humanos por acción u omisión tendrían que dar explicaciones ante un tribunal. Por desgracia, parece que el mundo es otra cosa: eso que pasa en la isla de Lesbos.

 

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