Europa, de la debilidad a la crisis

Por José Luis Carretero Miramar

Vamos a vivir un tiempo de crisis recurrentes. ¿Vamos a vivir un tiempo de oportunidades recurrentes para quienes quieren transformar el mundo?

Por José Luis Carretero Miramar

La Unión Europea está a las puertas de atravesar otros de sus recurrentes malos momentos. La crisis empieza a parecer su estado natural. No es sólo el Brexit, que, pese a todo, puede acabar resolviéndose de una manera favorable para la permanencia del Reino Unido en la UE, vía nuevo referéndum, o para la implementación un nuevo estatus de asociación de los británicos, al estilo noruego, que les dejaría atados al mercado común. No son, tampoco, sólo los crecientes nubarrones que se anuncian para las próximas elecciones europeas de mayo, en las que las fuerzas populistas de extrema derecha pueden alcanzar cerca de un tercio de los escaños en el Parlamento Europeo, dando por finiquitado el bipartidismo de facto en la Europa de los mercaderes, e iniciando una era de conflictos en el seno de las propias clases dirigentes europeas.

Es que, además, el crecimiento económico de la zona euro está, en estos momentos, cerca del estancamiento. Existe un elevado riesgo de recesión y deflación. El business as usual no puede implementarse como acostumbra. Los problemas se acumulan en la Casa de Común de los europeos, desde hace tiempo ya convertida en la Casa Común de los negocios para una élite ultraliberal que, embutida en diversos ropajes, ya vestidos de socialdemócratas, ya disfrazados de liberales-conservadores o de populistas, han entendido la unidad de Europa como un asunto, fundamentalmente, de libertad para los grandes flujos de capitales.

Las autoridades económicas europeas temen un estancamiento a la japonesa en el continente. La crisis nunca se resolvió del todo. La flexibilización cuantitativa del Banco Central Europeo no se va a poder abandonar en ningún escenario plausible. El BCE sigue inundando de liquidez a la banca y no tiene claro cuándo podrá subir los tipos de interés, ante la atonía productiva. Esa especie de “keynesianismo al revés” del BCE que. lejos de impulsar con gasto público productivo la demanda agregada generando igualdad y crecimiento, lo que hizo (y hace) fue reanimar los ímpetus especulativos de unas entidades financieras liberadas de activos tóxicos gracias a una fenomenal transfusión de rentas de los contribuyentes (en puridad, los trabajadores) hacia sus balances, no puede evitar lo inevitable: con una desigualdad y precariedad crecientes, la demanda se resiente, y la presunta locomotora del crecimiento europeo no llega ni a ponerse en marcha.

Y, además, el escenario internacional tampoco acompaña. La guerra comercial desatada por Donald Trump contra el resto del mundo, ha dañado de manera evidente al corazón de la Europa que algún día se quiso superpotencia: la economía alemana. El PIB de Alemania crecerá tan sólo un 0,7 % en 2019 (nueve décimas menos que lo pronosticado en noviembre pasado). Su producción industrial ha descendido un 4,7%, guerra comercial mediante, pero también a causa de una oleada de fuertes huelgas y al retraso en la certificación de los nuevos estándares de contaminación (un efecto más de la crisis ecológica global en ciernes). El poderoso sector de automóvil no puede empujar con decisión la economía germana, atenazado por los escándalos del diésel y amenazado por la búsqueda trumpiana de algún tipo de solución para el insostenible déficit comercial norteamericano.

Italia, por otra parte, el más orgulloso escenario experimental del populismo, se encuentra ya en recesión. Su PIB descenderá este año un 0,2%. Su enfrentamiento con la Comisión Europea, en relación con su intento de desplegar un presupuesto expansivo que finalizó con una retirada no del todo honrosa, ya que convirtió en imposible el limitado gasto social que prometía un gobierno que, sin embargo, sí ha reducido sustancialmente los impuestos a los más pudientes, junto a su elevadísima deuda pública, le han convertido en la nueva víctima propiciatoria de los tiburones de los mercados globales.

En Francia, la impactante revuelta de los chalecos amarillos ha demostrado a las claras que los intereses de las élites neoliberales no son intocables, que las multitudes iracundas aún pueden obtener victorias y poner al poder ante el espejo de su debilidad. Su economía está más saneada, en términos macroeconómicos, pero los recurrentes ataques a su sistema de bienestar están encontrando muchas más resistencias de las esperadas.

Para el Banco Central Europeo, el PIB de la Eurozona sólo crecerá un 1,1 % este año, y no el 1,9% que tenía previsto en noviembre. El crecimiento de la Eurozona, pues, se ha resfriado, lo que, unido a la baja inflación (1,2 % este año) y al deterioro de los indicadores de confianza económica (en su nivel más bajo desde 2016, en 106,1 puntos) preocupa claramente a las autoridades económicas de la Unión.

Y es que la supuesta recuperación de la crisis global capitalista del año 2007 ha sido una recuperación con imperdibles. La economía mundial se sostiene débilmente sobre un atado de desigualdad, atonía productiva, deudas desbocadas y financiarización creciente. Las nuevas burbujas están a las puertas y el sistema entero, como una gigantesca estafa Ponzi, va a tener la dura experiencia de una crisis sostenida, con recurrentes episodios de debacles localizadas y globales. La salida tecnológica (la idea de que las nuevas tecnologías crearán el mercado emergente que en estos momentos le falta al Capital sobreabundante que no sabe donde invertirse), encuentra su límite, precisamente en el crecimiento global de la precariedad y la desigualdad que impacta fuertemente sobre la demanda agregada, y en la brutal burbuja de deuda pública y privada que amenaza recurrentemente con un colapso fuera de control. ¿Bastarán el 5G, la Inteligencia Artificial y el Internet de las Cosas para salvar a un capitalismo en plena crisis civilizacional? ¿O la burbuja de la deuda municipal y de las infraestructuras chinas explosionará antes de que una nueva clase media asiática y emergente pueda sustituir la demanda menguante de las clases medias occidentales, acosadas por la precariedad y el desmantelamiento de los servicios públicos?

Vamos a vivir un tiempo de crisis recurrentes. ¿Vamos a vivir un tiempo de oportunidades recurrentes para quienes quieren transformar el mundo?

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