Estrujar anécdotas

  La desmesura y la deformación alevosa de los hechos, además del vértigo, es el signo de identidad del siglo XXI.


  Y una de las razones principales que forma parte consus­tancial del sistema, sería patética si no fuera repulsiva. Y está en las exigencias de los medios, principalmente los ra­diotelevisivos. Las «necesidades» de mantener un programa determinado que exige contenidos difíciles de conseguir, las ávidas demandas de las agencias de «noticias», el hostiga­miento de los Consejos de Administración, las expectativas de los accionistas… imponen las «realidades», inventan las realidades, sobredimensionan o comprimen al gusto las rea­lidades. No importa que esto o aquello no haya sido como alguien dice que fue o se le incitó a que diga que fue como no fue. No importa que una insignifi­cancia se esté transfor­mando en una bola de nieve en mate­ria de genitales (el «co­razón» no aparece por ninguna parte), en materia de política interior o de exterior o incluso de crimi­nología a se­cas. Por mucho que se escandalicen algu­nos, es tal el grado de pre­sión que ejercen los poderes fác­ticos, mediáti­cos y fi­nancie­ros en la sombra, que no sería extraño que entre los atenta­dos y crímenes que gotean hubiese algunos que obe­decie­sen a «preparados» entre in­dividuos habitantes de las cloa­cas del periodismo asociados a otros habitantes en las cloa­cas de la política… Y al final, al fondo, de las cloacas de las finan­zas que pasan por todas partes.


  Una muestra de lo gravísimo reducido a episodio es el modo de tratar, a todos los niveles y en todos ámbitos, la presencia sin causa de las tropas estadounidenses en Irak y Afganistán; las imposturas y bromas del presidente nortea­mericano sobre el asunto; las afirmaciones, desafíos, chule­rías y mentiras constantes de los que componen su camari­lla; la opacidad del número de víctimas en ambos países; la prohibición de permanencia a periodistas no cómplices en aquellos territorios desgraciados… (Eso sin hablar de más de lo mismo por parte del gobierno español precedente). Todo ello acompañado de la babosería del actual gobierno español, y especial­mente de sus ministros de Exteriores y Defensa, con aquella canalla de la que nada recibimos salvo el honor de no ser también invadidos por sus ejércitos. O, como dice Elías Ca­netti, el tener el privilegio que ansía el débil de poder hacer un regalo al fuerte; que en este caso reviste la forma de in­dignante y a todas luces gratuita obsequiosidad… Y muchos nos preguntamos: ¿a qué viene ese rastrerismo?, ¿qué hubiera pasado si los ministros no hubieran ido por allí como perrillos ansiosos de alguna caricia, como aquel brazo pa­sado por un lomo relevante en las Azores? ¿A eso le llaman todos los mandatarios —los actuales como el anterior— digni­dad nacional? ¿Les extrañará luego a todos los que con­forman los partidos mayoritarios que las Comunidades pe­riféricas de costumbre quieran desmarcarse de tanta in­dig­nidad y de tanta prostitución de la mala? Prostitución de la mala: la venta que hace de sí una voluntad a otra volun­tad, una conciencia a otra conciencia, un país a otro país…


  Una muestra de anécdota convertida en persecución sa­ñuda es la aventura de Eric Marco y su presunta falsía. Es un asunto en el que lo de menos es que el relator haya vi­vido o no el trance del que habla elocuentemente; que lo importante era, y es, saber expresarlo más que haberlo vi­vido… Por eso se adivina que, siendo un gran comunicador y que eso es lo que interesaba al espíritu de los sobrevi­vientes de Mauthausen, éstos muy bien pudieron aceptarlo como brillante portavoz. Por eso, que estuviese o no hubiera es­tado allí ha venido siendo para todos ellos algo su­bordi­nado e irrelevante. De la misma manera que los corres­pon­sales de guerra permiten a los periodistas punteros y comu­nicadores hablar como si hubieran estado en las esca­ramu­zas o en las trincheras, y convertirse en protagonistas a menudo también injustamente desproporcionados en rela­ción al papel del corresponsal que aportó el reportaje, y na­die pone el grito en el cielo por ello…


  Y en este asunto de tan poca monta de la supuesta men­tira de Eric Marco, también muchos están sacando vergon­zosamente tajada. Programas de radio y televisión dedica­dos por entero al tema; tertulianos devanándose los sesos para ver quién sobrepasa a los otros en severidad y califica­tivos denigratorios sobre Eric Marco. Hoy mismo en El País tampoco Hermann Tertsch desaprovecha su oportunidad. Con ese mismo tema ha confeccio­nado su artículo… para seguir —faltaría más— repugnante­mente apabullando a un en el peor de los casos “mentiroso piadoso”… Eric Marco quizá haya transmitido vivenciascomo quien relata sueños. Pero aparte de que aún no le he oído y me temo que todos dan por buena la versión de Martin Pollack (el descubridor de la misma) sin haber escu­chado al acusado de impostura —algo que me parece inde­co­roso—, el mero hecho de ele­var a poco menos que a asunto nacional esta nadería da cuenta de lo mucho que dejan de desear en materia de ecuanimidad, ponderación y seriedad los medios ordinarios y sus palanganeros.


  Lo dicho. Ya podrían dedicarse esos que machacona­mente consagran su profesión a hacer montañas de granos de arena y granos de arena de montañas, a afinar más ética­mente sus habilidades oratorias. Ya podrían ajustar su papel informativo y analítico para poner las cosas en su ver­dadero sitio y en la verdadera dimensión que juiciosamente les co­rresponde. Ya podrían esmerarse en no mirar a otra parte mientras se están cometiendo crímenes de lesa humanidad, atentos a extraer en cambio de las insignifican­cias hasta las heces, en cambiar el signo y sentido de lo grave y de lo venial. Ojalá asumieran de una vez los me­dios, los Libros de Estilo, el periodismo en general, que, también para el pueblo bienpensante, «la mejor noticia es que no haya noticia».


  Me da la impresión de que, como la justicia, la abogacía, la medicina, la ciencia, el sacerdocio y todo lo demás, el pe­riodismo está su­friendo un proceso de degradación alar­mante y profanando la deontología desde la que fabricó las democracias occi­dentales. Desde luego desde esta pers­pectiva, el perio­dismo tiene una responsabilidad y culpabili­dad en todo lo que ocurre y no ocurre mucho mayor que las que tiene la clase política, pues es él quien verdaderamente nos gobierna. Hoy día las iglesias del catolicismo han pa­sado a un segundo plano. Las catedrales son las Escuelas de Periodismo -las oficiales- que a su vez están validadas por el poder. Y los sumos sacerdotes de las democracias, con tener todavía tanta influencia las Conferencias Episcopales, son los periodistas apalancados que incluso han sobrepa­sado en poder espiritual a los del alzacuello. En cualquier caso, entre todos ellos la retroalimentación está asegurada.


  Pero no quiero que se me olvide el nudo gordiano de este escrito sobre lo importante y lo anecdótico. Por ello he de recordar que es peligroso olvidar la sabiduría eviterna, que nunca caduca. La de Confucio, por ejemplo: «Danos Señor luz suficiente para no dar impor­tancia a las cosas que no la tienen y dársela a las que ver­daderamente la tienen”.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS