Esto es muy complicado

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Por Prudenci Vidal

Hay actitudes en nuestra democracia representativa que tienen la tentación de reducir la complejidad, a veces ignorarla y, como está sucediendo ahora, combatiéndola; aunque el proceso democrático maduro ha de tender a permitirla e incluso a fomentarla. Y este último aspecto es de capital importancia porque la democracia debe articular cada vez una mayor complejidad, en la medida en que no se prohíben nuevas propuestas, se abre a cualquier controversia aumentando el número de interlocutores permitiendo la alineación de nuevas alternativas. La democracia moderna, además de otras muchas cosas, implica politizar, democratizar lo que anteriormente se decidía por la tradición, por la imposición de la autoridad que ahora puede cuestionarse, en suma multiplicar las posibilidades.

Es evidente que, hoy en día y tras esa inmensa crisis que ha sumergido en la miseria a multitud de empresas pequeñas, familias y al sistema de protección social, los movimientos sociales tienden a politizar cada vez más temas, los sacan del oscurantismo o de su incuestionabilidad y los convierten en objeto de libre debate y decisión colectiva, al margen de la oficialidad política. Cada vez hay mayor cúmulo de cuestiones que sometemos a la discusión pública, abierta y transversal y sobre ellos exigimos una decisión política. Si “lo político” se aleja de la realidad de la ciudadanía, esta debe tomar conciencia, agrupación, debate porque el incremento de temas y de necesidades públicas implica el cuestionamiento de las líneas que separan a la ciudadanía de las zonas de poder.

Durheim definía la democracia “como la forma política de la reflexión(“Leçons de sociologie” pág, 26). La complejidad de la sociedad en que vivimos va desplazando hacia el espacio político asuntos que fueron considerados como no políticos, a veces por la inercia de los políticos, otras, y son muchas,  por las fuerzas interesadas en proteger al poder para influir en él. Las posiciones políticas sobre temas que hoy parecen certezas y objetivos que devienen prioritarios están sometidos a la provisionalidad, es decir a la posibilidad de revisión; esta puede ejercerse desde la oposición democrática en los parlamentos, en las instituciones habilitadas para seguir este proceso, pero cuando este proceso resulta insuficiente debe ejercerse desde fuera de las instituciones. La verdad política no es un privilegio de las ideologías, sino de las necesidades públicas, y por tanto no puede mantenerse el dogma ideológico cerrado a espaldas de otros análisis. Es un privilegio de la política su relación provisional con la verdad.

No existe la “tregua” final en referencia a la elaboración de alternativas y de posibilidades porque cualquier valoración se realiza a base de criterios de valor y estos pueden ser derrumbados por otros criterios y por otras valoraciones. Y si éstas provienen o se realizan al margen de las instituciones deben prever mecanismos democráticos para aceptar el debate, relativizar sus presupuestos valorativos y admitir, por coherencia democrática, que la contingencia es el alma de la política. “Todo puede ser de otra manera” (Kelsen: “Von Wesen und Wert der Demokratie” Tubingia) .

Es por eso que se realizan elecciones periódicamente, porque la vida política sin concurrencia, sin conflicto, sin competición se niega a sí misma, pero corremos el peligro, y muchas veces sucumbimos a él, al convertir las “inquietudes permanentes” en “irritación continua”, el debate programático en descalificaciones personales; las propuestas concretas en idílicos deseos irrealizables. Esta provisionalidad de las posturas políticas, esta “ incertidumbre organizada”, esta indeterminación, esta discontinuidad en el discurso, es lo atrayente de la política.

A veces nos quejamos de la incompetencia de los políticos, de nuestros representantes; de quienes eligen para las elecciones a personajes de la empresa, del espectáculo, del deporte, etc y nos surge la pregunta más acuciante, a día de hoy, ante la perspectiva de una multitud de elecciones: ¿Es posible adquirir cierta capacidad que permita a una mayor parte de los ciudadanos ejercer las funciones que se esperan de la política en una democracia? Para muchos de los que estamos trabajando en los movimientos sociales desde hace ya muchos años, tenemos esta respuesta: “Frente a la competencia en la formación de juicios de carácter individual, las soluciones más democráticas pasan por fortalecer las competencias de la inteligencia colectiva”. (Daniel Innerarity)

No se trata ya de conocimientos de los contenidos de la política sino de la capacidad de enfrentarse a la diversidad de opiniones e intereses y hacer, con el debate, una imagen coherente de la realidad.

Con mis amigos de paseo vespertino, José Antonio, Manolo y Eugenio debatimos abiertamente de estos presupuestos políticos y echamos todos en falta que la política no es solo una habilidad cognitiva sino que debe implicar otras disposiciones de tipo emocional que propone una crítica frente a la manipulación. El saber y la formación no son una garantía de que se vayan a adoptar las decisiones correctas, porque de la propia seguridad surgen sus propios riesgos. Si esto fuera así serían los más formados quienes estarían menos despolitizados, y sucede todo lo contrario: surge un mayor individualismo y una mayor despolitización entre quienes están más formados, porque la equivalencia entre conocimiento y sectarismo se nos presenta como perversa.

Entre los votantes que debemos acudir a las urnas en abril y en mayo, los que están más informados suelen estar mucho más ideologizados, y quienes tienen una menor información están más libres de prejuicios y de partidismos y pueden ser más flexibles y objetivos en el análisis de sus propias necesidades.

Hubo, ya hace tiempo, un político cordobés, el Sr. Julio Anguita, que en el embate dialéctico parlamentario, para alejarse de la ideologización hizo famosa la frase: “ Programa, programa y programa”. Esta debería ser  la actitud de los votantes antes todas las elecciones en que vamos a participar y más concretamente los pensionistas. Analicemos las propuestas, si las hay, pues algunos han pasado por encima sin nombrarlas, sobre el mantenimiento, mejora y financiación del Sistema Público de Pensiones sin olvidarse del principio que acabamos de nombrar:“las soluciones más democráticas pasan por fortalecer las competencias de la inteligencia colectiva”

Prudenci Vidal Marcos

Miembro de La Marea Pensionista

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