Estado policial

El flagrante lavado de cara de las fuerzas represivas del Estado durante la pandemia.

Publicidad

Hoy he leído en alguna parte, entre el continuo aluvión de noticias disparatadas que nos llegan y nos abruman con su absurdez – gente bebiendo lejía, presidentes de EEUU recomendando consumir ¿? luz y desinfectantes, estafas presupuestarias que suponen millones de euros en mascarillas, etc…- que en la primera quincena de la cuarentena el nivel de crímenes se había reducido en un 73%. Imaginemos por un momento la carestía de trabajo que han debido sufrir nuestros afamados y venerados cuerpos represivos, e imaginemos también lo duro que ha debido resultarles a la mayoría de los y las agentes el tener que ir a trabajar para patrullar calles vacías o realizar tareas administrativas inexistentes.
En una sencilla y rapidísima investigación en los medios, hallamos que hoy por hoy hay [email protected] 147.000 agentes en activo, entre Policía Local, Policía Nacional y Guardia Civil, y se planea que aumenten hasta [email protected] 163.500 tan pronto como se puedan cubrir esas plazas. La pregunta que me surge es sencilla, qué está haciendo esta gran cantidad de efectivos en estos tiempos en los que la criminalidad está de capa caída debido a la reclusión de la población? La respuesta aunque triste, es muy fácil de discernir. Están llevando a cabo su auténtica y principal tarea, o mejor dicho la que que va justo después de reprimir cualquier gesto mínimamente inteligente y subversivo que no quepa en las estrechas normas que pretenden hacer cumplir al resto de la gente sin contar con [email protected] [email protected], claro: recaudar. Multar y recaudar, a ojo, sin control, discriminatoriamente. Digo sin control, sí, y no temo estar exagerando en absoluto cuando me refiero a la famosa ley mordaza que nos endosaron allá por el 2015 y que, pese a las múltiples denuncias por la vulneración de derechos básicos del ser humano como la libertad de expresión, nuestro flamante y progresista gobierno «cuasi-comunista» ha decidido mantener en plena forma durante la crisis pandémica. Gracias a ella, la interpretación de la misma ley, de los hechos y de su supuesta gravedad, recae sobre estas magníficas figuras que son nuestros y nuestras protectoras uniformadas. Todo un alivio si nos paramos a pensar que para entrar en cualquiera de los distintos cuerpos, cada miembro de las fuerzas del orden ha debido previamente demostrar mediante durísimas y numerosas pruebas que domina perfectamente los conceptos filosóficos de libertad, albedrío, mesura y solidaridad para con la gente a la que dicen proteger y servir. Dejaré por ahora a un lado que tanto Sánchez como Iglesias se dejaron la boca prometiendo «palabrita del niño Jesús» que se iban a cepillar de un plumazo la funesta ley de marras, incluso estoy dispuesta a obviar que tampoco han derogado las reformas laborales ni han llevado a cabo las grandes reformas fiscales o en materia de vivienda que prometían. Estamos en una crisis! Qué más se les puede pedir? Hombre, o mujer, o persona de género no binario con identidad fluida, a mí se me ocurrirían algunas cosillas. Si ambas formaciones políticas hubiesen mostrado el mismo tesón en sacar adelante sus promesas políticas que en asegurarse a toda costa un puesto más que influyente en el escalafón del poder, puede que otro gallo menos pernicioso nos estuviese cantando ahora mismito. Y sí, estaríamos peor si la panda de cavernícolas de la ultraderecha estuviese en el poder, de eso sabemos desgraciadamente mucho en Andalucía, pero tampoco estábamos muy bollantes con la centro-izquierda-moderada del PSOE en el gobierno autonómico, la verdad. También estaríamos peor si nos invadiesen los alienígenas para usarnos como abono de sus plantaciones interestelares, si Franco resucitara o si un meteorito nos impactara de lleno. La cuestión es que nos hemos acostumbrado al «peor sería si» y ya no tenemos capacidad para el «ahora, en esta realidad y este universo, estamos así y tengo derecho a opinar».
Pero volvamos al tema de la poli, que me motiva mucho más. Uno de los aspectos más perversos de esta pandemia mundial del año 2020 es el sistemático blanqueo que de las fuerzas del orden se está llevando a cabo, al menos en el Estado Español. Hoy, en el cuadragésimo octavo día de confinamiento, por fin han dejado de oírse en mi barrio los dichosos aplausos de las ocho de la tarde. No me malinterpretéis, que váis al cuello. Yo fui la primera ingenua que los dos primeros días de aplausos salió a su ventana – no tengo balcón, no te lo perdonaré nunca, hipoteca – para animar y agradecer su labor al personal sanitario que en condiciones precarias se enfrentaba al maldito virus asesino, allí estaba yo emocionada y llorando a chorros mientras añadía a mis aplausos al personal de limpieza, de supermercados y de mensajerías. Y sí, también fui de las primeras horrorizadas que se metieron la lengua, o mejor dicho las dos manos, en el culo cuando ví venir lo que se venía. Y vino, vaya que si vino. No se cómo no se me ocurrió antes lo que iba a pasar, pero la cuestión es que es bastante lógico que tanto aplauso y tanto homenaje, con tanto poli aburrido en la calle teniendo que justificar su sueldo, se acabase convirtiendo en un baño de masas para maderos y txakurras en casi todo el territorio. En estas semanas hemos asistido entre hipertérritas y asqueadas a cientos de imágenes en las redes y ante nuestros propios ojos de bailes coreografiados, de paseíllos de coches patrulla en primera por los barrios más desfavorecidos con las sirenas a tope buscando el aplauso casi obligado, de corrillos de gente uniformada de cachondeo sin mascarillas ni guantes en plena calle, y por supuesto de portadores y portadoras de banderas rojigualdas en cualquier parte del cuerpo susceptible de llevar tela. Desde mi ventana oí hace unos días a una agente gritar a los cuatro vientos que ella no se ponía mascarilla si no era la que llevaba la banderita del pollo. Así, en plena calle y sin anestesia, que daban ganas de responderle «Ole tu fascista coño autoritario!» y quedarse en la gloria. Para [email protected], y me consta que no soy la única ni mucho menos, si la cuarentena está siendo dura, mucho más lo ha sido gracias a ver por la ventana cómo cada día los y las represoras se sentían más a gusto sin nosotras en las calles. Lo que nos va a costar que bajen los humos, San Lenin!
Desde el 14 de marzo hasta el 15 de abril, se han emitido 592.546 propuestas de sanción en España. Dichas sanciones pueden ir desde 601 a 10.400 euros, según interprete los hechos el o la Chuck Norris de turno. Multiplicad vosotros, que a mí me da la risa. Este pastizal recaudado es todo un mazazo en la cabeza para una población empobrecida y sumida en su amplia mayoría en una absoluta incertidumbre respecto al futuro que nos espera. De poco sirven las ayudas que el Gobierno ofrece cuando simplemente no puedes pasarte más de un mes sentado en tu casa esperando a que lleguen – o no- y tienes que salir a la calle a ganarte la vida, para que acto seguido venga un neanderthal con uniforme y te joda aún más la existencia. De nada sirve que flexibilicen los ERTES cuando la mayor parte de la sociedad tiene empleos temporales con contratos por obra y servicios que el jefe cabrón de turno puede finalizar cuando le salga de los huevazos morenos y con menos complicaciones. De nada sirve que nos partamos las manos aplaudiendo al vacío si dentro de tres meses, o cuatro, o diez, los y las profesionales de la salud deciden ir a la huelga para protestar por las pésimas condiciones en las que trabajan y llegan tres lecheras para disolver con amenazas o palos la protesta.
La conclusión de todo esto está bien clara ante nuestros ojos. Vivimos en un estado policial, de eso hay pocas dudas. Estamos, como cuando íbamos al cole, en manos de abusones y matonas de poca monta, con nulo criterio moral, dudosa capacidad intelectual y pocas o ningunas ganas de recordar que ellos y ellas también son clase obrera aunque les pese en el alma.
La triste realidad, amiguitos y amiguitas, es que como en las pelis de ciencia-ficción, hordas de orcos nos acechan tras las esquinas libreta en mano, aunque apenas sepan escribir ni falta que les hace.
ACAB COMPAÑERXS, ACAB.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More