Estado de la cuestión de dios

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Por Mikel Arizaleta

En julio de 1976 Manuel Olasagasti escribió un interesante libro, titulado “Estado de la cuestión de Dios”. Merece la pena leerlo, está publicado en Espasa-Calpe. Dice el profesor y buen traductor Sr. Olagasti: “… lo que más urge decir sobre Dios tiene que ver con la libertad y la duda. Las teologías actuales (decía en los 70) –la teología de la liberación, teología de la revolución, teología política, teología materialista-dialéctica- subrayan la liberación del hombre frente al hombre; pero dejan  en segundo plano la liberación del hombre frente a Dios.

La primera liberación –del hombre frente al hombre- es la más urgente. Está suficientemente dicha a nivel de pensamiento, aunque a nivel de praxis está casi todo por hacer. La segunda –del hombre frente a Dios- no ha sido asumida lo bastante por la teología”.

La recurrente cuestión de dios está abandonando, de modo ya manifiesto, el espacio clásico de la argumentación ontoteológica sobre la existencia y naturaleza de un primer principio creador o generador de lo que hay –bien como acto puro y motor inmóvil de la materia, bien como sujeto  creador ex nihilo (creacionismo o animismo cósmico), bien como alma cósmica o espíritu del mundo (panteísmo), o bien como posibles variantes de estas tres posiciones.

Por otra parte la cosmología actual científica tampoco parece ser hoy un ámbito adecuado para decidir la cuestión porque el método de las ciencias sólo trabaja sobre referentes intersubjetivamente observables y cognoscibles en términos empíricos.

El método científico, que somete la capacidad racional del ser humano a las condiciones de su recto uso en la observación y la deducción no ha permitido confirmar -ni siquiera investigar- ninguna hipótesis sobre referentes extrasensoriales. ¿Hay alguna base para la creencia en un mundo más allá de los sentidos? ¿Existen pruebas del espíritu o del alma? ¿Los procesos mentales –pensar, razonar, soñar- presentan aspectos que no pueden entenderse en términos de nuestra descripción científica convencional del mundo material? Es decir, ¿hay un mundo no material? Los creyentes –en revelaciones, biblias proféticas, palabras divinas…- aducen, frente al rigor crítico del conocimiento –que por definición siempre es científico- o bien un concepto nebuloso o imaginario de la razón o bien el incesante perfeccionamiento de nuestro saber sobre la naturaleza del mundo  alegando los incesantes avances científicos como prueba de la insolvencia de la ciencia.

Sería insensato presentar o sugerir que el actual panorama suministrado por las ciencias naturales es el definitivo, seguro que seguirá modificándose…, sin embargo hemos progresado suficientemente en nuestro conocimiento del universo para tener total confianza en que cualquiera que sea la dirección que tome el progreso de la ciencia en el próximo siglo, no regresaremos al mundo irracional de las creencias ocultas y místicas, que ordinariamente existen como un residuo de la ignorante y supersticiosa infancia de la humanidad, en palabras del físico americano Victor John Stenger.

La teología ha sido escuela de sumisión para el hombre, raramente  auxilio libertador; las más de las veces parapeto y condena en su lucha por una clarificación humana, racional, científica del cosmos y de su propia dignidad.

1.- El silencio a martillazos de dios frente a la rumología    profética

También yo soy traductor. Y la traducción es un balcón por el que asomarse a las disputas en torno a dios a lo largo de la historia. Quizá esta breve reflexión, más resumen que ensayo, tenga para algunos cierto sabor a panfleto, les suene más a escupitajo de recorrido corto que a reflexión pausada.

En parte, sigo unas reflexiones de otro libro del autor ya citado, “Otras noticias de Dios” (Utriusque Vasconie, 2008). Pero no nos equivoquemos, ni ustedes ni yo; dios tiene un largo recorrido en la historia humana y en nuestras vidas. Y podemos hacer balance de miedos, cadenas, esperanzas, dudas, perezas y dejaciones. Y es que hoy, distinto a antaño, con dios podemos hacer lo que queramos: dejarle vivir o matarle, arrojarle de nuestras vidas, tirarle a la papelera de la historia pasada o seguir considerándole faro. Hoy ya no estamos en manos de dios, sino más bien dios está en manos de los hombres. Dios se ha vuelto indefenso. Este lenguaje hace unos años sería condena, anatema, fuego eterno, hoy en cambio es moneda corriente.

El hombre ha crecido y con él la ciencia. Y –tras la historia criminal del cristianismo- es hora de pedir papeles, de exigir credenciales y documentación verdadera a los teístas. Basta de dar gato por liebre. La interpretación alegórica, a la que se han visto obligados los teólogos por el desarrollo de la ciencia [la Pontificia Comisión Bíblica reiteró todavía en 1909 que en la Biblia no puede ponerse en duda el sentido literal histórico donde se trata de hechos narrados], puede hacer decir a cualquier texto lo que uno desee y le venga en gana. Pero hoy al humano tiene que constarle la revelación de dios para creer firmemente en él. Y como no le consta, la fe del cristiano se ha vuelto en el mejor de los casos dudosa cuando no ha perdido base. Crece la apostasía porque hay que ser leal con la verdad.

El atributo que más se puede aplicar al dios cristiano es  su silencio, su silencio a martillazos. Se dice en el prólogo de la carta a los Hebreos que: “De muchas maneras habló dios a nuestros antepasados por medio de los profetas”. Pero no consta que dios se haya revelado jamás a los humanos. No hay constancia de ninguna revelación de dios, ni buena ni mala. Si Pablo, tras lo acontecido en Damasco, hubiera consultado a un experto de nuestros días, su vida posterior hubiese sido posiblemente otra. Hubiera sido diagnosticado de un trastorno, quizá de esquizofrenia o epilepsia, como muchos de los místicos de la historia de la religión. Quizá hasta Jesús mismo fue un epiléptico. Recordemos que ya Hippocrates (460-370 a. de C.) llamó a la epilepsia “la enfermedad sagrada”. Los místicos creen que han experienciado algo que está más allá de sus cuerpos, están convencidos de que sus experiencias no estaban simplemente dentro de sus propias cabezas, sino que entrañan  interacciones con un mundo transcendental más allá de la experiencia sensorial normal. ¿Pero qué prueba aporta para decir que su experiencia no ha sido una ilusión o un engaño? Que el místico nos diga algo acerca del universo que él y nadie más conoce, y que eso sea confirmado por más desarrollos, y entonces empezaremos a tomar en serio su misticismo. Algo que jamás ha sucedido a pesar de los miles que han pretendido tener tales revelaciones, sus revelaciones más bien son recalco de obediencia a la ortodoxia, un remarque del pasado, de la tradición. ¡Un insistente rezad el rosario! Las experiencias místicas se remontan a los sueños y pensamientos del hombre prehistórico, que oye voces y ve visiones. Las voces hablan habitualmente en la lengua que la persona entiende. Los cristianos alucinan a Cristo o la virgen María, los budistas a Buda, los hindús ven y oyen a Krishna. No existe ningún registro de alguien que alucine acerca de neutrinos o aviones o computadoras antes del siglo XX. Ninguno puede apuntar a algún nuevo conocimiento, un hallazgo acerca del universo obtenido por primera vez durante la visión mística o epiléptica.

A la luz de la investigación histórico-crítica de las religiones, lo supuestamente revelado por dios es clasificable en el apartado de rumorología. Las comunicaciones divinas no han pasado de ser hasta ahora rumores que han corrido en el decurso de la historia. Sería bueno que los profetas de todos los tiempos y religiones, antes de arrancarse con el “dice el señor” se hubieran preguntado: ¿”dice el señor o digo yo”?

Hay teólogos y cierta corriente que dice que dios se revela en la historia; hoy más bien debiéramos decir que dios se oculta en ella, porque a medida que conocemos la historia y la naturaleza tenemos que enmendar las supuestas revelaciones divinas: Hoy no podemos creer de buena fe muchas verdades de fe. La buena fe degenera en una mala fe cuando el creyente cree con una fe no acreditada y pasa de creyente a crédulo. Con los conocimientos actuales recurrir a dios se ha convertido en una hipótesis superflua, sólo sirve para desviar el discurso intelectual de su coherencia lógica, es un deux ex machina cuyo coste exige renunciar a las exigencias de la razón en favor del deseo beato. Recurrir al milagro para explicar lo que no entendemos, o intentar en física ofrecer una explicación atribuyendo a una causa “oculta”. Y la proposición revelada siempre está expuesta a la posible amenaza de un resultado posterior de la ciencia profana. Y las religiones han querido que su dios sea locuaz y su dios les ha desautorizado siempre con su silencio. Y las religiones no han aprendido, tendrían que cambiar radicalmente y tal vez extinguirse como tales. Ninguna revelación mística nos ha dicho jamás algo sobre el universo que no pudiera haber estado siempre dentro de la cabeza del místico. Las verdades más básicas sobre el universo –su tamaño, composición, sus constituyentes, leyes fundamentales  a que obedecen los constituyentes- en ninguna parte han sido ni siquiera insinuadas en las escrituras sagradas, que registran las supuestas revelaciones de los líderes religiosos y místicos de la historia.

El modelo teísta-creacionista no es sino la rutinaria prolongación de la prehistórica fantasía mítico-religiosa que protegió en cierto modo al ser humano contra la desesperación ante lo enigmático o inexplicable.

Y frente a esa delirante fantasía se alza hoy una cosmología que avala su rigor gnoseológico con las evidencias de la observación y la experimentación científicas, confirmadas por el éxito de su capacidad de predicción y de interpretación de los hechos del mundo circundante y remoto. El criterio de demarcación entre lo que es cognoscible científicamente y lo que no lo es el de la refutabilidad, el de la falseabilidad: todo enunciado que pretenda poseer validez científica debe ser falsable en el contexto de la observación empírica intersubjetiva o de la experimentación. Lo infalsable carece de significado, no es susceptible de observabilidad –es invisible- no de experimentación y testabilidad. Lo infalsable es un fictum, un producto de la imaginación, de la fantasía mítico-religiosa de la realidad. Las creencias religiosas no cumplen en cuanto tales con estos principios metodológicos, por lo que carecen de validez científica. Pero en el seno de esas creencias pueden aparecer enunciados cuyos referentes sean falsables, y en cuanto a estos enunciados las religiones caen bajo el juicio del saber científico en lo que se refiere  a las pretensiones de verdad de sus supuestos contenidos informativos.

Las ciencias no entren en conflicto con las religiones en lo que concierne, por ejemplo, a la atribución de divinidad y certeza a las “revelaciones”, a las esperanzas salvíficas etc,  ya que se trata de referentes infalsables ajenos a las ciencias.

Las religiones suelen incluir un cierto número de cláusulas de fe que pretenden acreditar la verdad de ciertos hechos del mundo objetivo que las ciencias han invalidado de modo concluyente al manifestarse como creencias inconciliables o contradictorias con conocimientos sólidamente establecidos por la comunidad científica. La historia universal está llena de estos conflictos entre la religión y la ciencia. Los descubrimientos científicos pueden ir incrementando la inverosimilitud de los enunciados teológicos y sus fundamentos filosóficos hasta denunciar su falsedad.

Rudolf Karl Bultmann sostiene que, tras ver que no llegaba el reino de dios: “Posiblemente Jesús se derrumbó al final”. El dios que susurraba al inicio, en el Génesis, según los exegetas veterotestamentarios; el susurro inarticulado de Yahvé se ha convertido con el tiempo, la teología, los predicadores y la Iglesia en grueso tomo de dogmática cristiana sin base real, fruto de la imaginación, prolongación de la fantasía. Muy nefasto ha resultado el paso del susurro de Yahvé a la dogmática palabra del dios actual. Ha sido mucho el destrozo causado a lo largo de la historia en la vida de las gentes.

Y termino este breve punto recordando aquella poesía de Blas de Otero, titulada “Ni él ni tú”:

A martillazos de cristal, el pecho / espera que el dolor le alumbre un llanto / de música esperanza. Y mientras tanto, / silbo en silencio, contemplando el techo. / Sábanas son el mar, navío el lecho, / sedas hinchadas a favor de espanto, / y para qué cambiar: si me levanto /surco la misma sed que si me echo. / Silba en silencio. Sin salir de casa, / silba a los cuatro vientos del olvido, / a ver si vuelve Dios. A ver qué pasa. / Qué va a pasar. Silencio a martillazos. /Un navío en el mar, y otro perdido / que iba y venía al puerto de mis brazos.

 

2.- Gott ist tot

Ante los revolucionarios e incesantes descubrimientos de las ciencias las iglesias, en especial la católica,  van sintiendo un hondo malestar. Desde el Renacimiento las sucesivas crisis de fe en los medios creyentes fueron socavando la imagen religiosa del mundo. A partir de la obra científica de Charles Darwin, el evolucionismo destruyó las bases antropológicas del creacionismo bíblico, y con ellas la invención animista como fundamento de la vida inmortal en un más allá sobrenatural.

El 31 de octubre de 1992 Juan Pablo II confesó el error perpetrado con Galileo y rehabilitó su imagen de condena de 1616. Pero su acto de rehabilitación fue al mismo tiempo muestra de la terrible insensibilidad moral de la Iglesia romana al sólo reconocer su error científico al condenar a Galileo y no su mea culpa por la intimidación moral, la tortura psicológica y los malos tratos personales a las que le sometió. Algo tan cínico como lo pronunciado por el presidente Obama en Hiroshima hace pocos días: “Han pasado 71 años desde aquel día. Era una mañana luminosa y sin nubes. La muerte cayó del cielo y el mundo cambió”. No, no fue un fenómeno metereológico, fue un crimen, un genocidio muy humanamente pensado.

Nietzsche, en Die fröhliche Wissenschaft (la gaya ciencia), fue uno de los primeros en anunciar «Dios ha muerto», que en su boca no quiere decir literalmente que «Dios está efectivamente muerto».

Según Heidegger la muerte de dios afectaría más bien a una cierta versión filosófica de dios; el certificado de Nietzsche “Gott ist tot” sería válido para una determinada figura de Dios: el dios causa sui (causa de sí mismo, pura tautología, siendo al mismo tiempo causa y efecto), el de la ratio efficiens;  es la manera de Nietzsche de decir que la idea de Dios no es capaz de actuar como fuente del código moral o teleológico (teleología). Nietzsche reconoce la crisis que la muerte de Dios representa para las consideraciones morales existentes.

La muerte de Dios no sólo es la muerte del dios-garantía-del-orden-establecido. La muerte de Dios conducirá, dice Nietzsche, no sólo al rechazo de la creencia en un orden cósmico o físico, sino también al rechazo de los valores absolutos — al rechazo de la creencia en una objetividad y una ley moral universal, que se ejerce sobre todos los individuos.

Es conocida la forma en la que Nietzsche describe a ese hombre, frenético o loco. Cierta mañana se dirige al mercado provisto de una linterna gritando a troche y moche: «¡Busco a Dios!» Allí había muchos ateos y no dejaron de reírse. Los descreídos, mirándose con sorna entre sí, se decían: «¿Se ha perdido?» «¿Se ha extraviado?». Y agregaban: «Se habrá ocultado». «O tendrá miedo». «Acaso se habrá embarcado o emigrado». Y las carcajadas seguían. Al loco no le gustó esas burlas y, precipitándose entre ellos, les espetó: «¿Qué ha sido de Dios?». Fulminándolos con la mirada agregó: «Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla… ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita».

Nos roza el soplo del vacío, la noche se hace más noche y más profunda, y se torna indispensable encender linternas en pleno día. Dice ese loco que se oye a los sepultureros enterrando a Dios, agregando que tal vez tengamos que oler el desagradable tufo de la putrefacción divina, pues, naturalmente, los dioses también se pudren. Y siguió diciendo que lo más sagrado y lo más profundo se ha desangrado bajo nuestro cuchillo, preguntando, al mismo tiempo, si se podría encontrar un agua capaz de limpiar la sangre del cuchillo asesino. Dicen que el loco ese día penetró en varias iglesias y entonó un requiem æternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: «¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?».

Cabe preguntarse si el vacío dejado por la muerte de Dios no debe ser llenado de alguna manera. Y a mi modo de ver es el hombre el que debe tomarse el mundo en serio y también su tarea, no recurriendo a patrañas, a mitos y al hombre prehistórico como antaño.

El modelo teísta-creacionista no es sino la rutinaria prolongación de la prehistórica fantasía mítico-religiosa que protegió en cierto modo al ser humano contra la desesperación ante lo enigmático o inexplicable, dirá Gonzalo Puente Ojea en “El mito del alma”, que me sirve de orientación en esta reflexión. Importantes resultados de las ciencias tenidos  ya por irreversibles son constitutivamente ajenos, cuando no incompatibles,  con la interpretación religiosa del mundo en cualquiera de sus versiones, pero de un modo muy patente respecto de las creencias teístas, en la que aún vive una parte extensa de la humanidad civilizada. Las ciencias apenas dejan hoy margen factible a la concepción mítico-religiosa de la realidad. La explicación objetiva –avalada científicamente-no requiere la introducción de ningún componente inmaterial, ninguna sustancia o fundamento espiritual. La fe no autoriza a convertir los deseos en realidades. Las iglesias cristianas, y en grado superlativo la Iglesia católica romana, se enfrentan a una situación apenas sostenible ante la visión radicalmente nueva de la realidad que se deriva de los conocimientos científicos alcanzados en el curso de la modernidad. La desteologización, la desmitologización de la realidad. El mundo se explica al margen de dios. La teología es la lógica del teísmo, reposa sobre la proposición de la existencia de dios. Pero el problema con la Iglesia no es su lógica sino sus supuestos básicos. Hay que excluir del campo de la ciencia  lo imaginario como mero producto de lo soñado, deseado o anhelado.

Comenzó con el animismo primitivo, en el cual todo era pensado como vivo y movido por espíritus personificados visibles, de ahí se pasó a dios y alma. Y se crea una tupida red de errores. Se sistematiza el error. La creencia en la tierra plana es tan antigua y universal como la creencia en espíritus, pero ello no hace a la tierra plana. El sol no da vueltas alrededor de la tierra porque millones de seres humanos lo pensaron a través de todas las épocas. ¿Por qué se mantiene la creencia en los sobrenatural, esa tendencia transcendental que mantiene a la humanidad en la esclavitud de las fuerzas  imaginarias de la mente, pero que nutre a las instancias reales de la opresión y explotación de los débiles? ¿Por qué convertir el discurso de la razón en un alegato de la irracionalidad?

Ante los revolucionarios e incesantes descubrimientos de las ciencias, las iglesias, y la católica en lugar eminente, sienten un hondo malestar, utilizando todas las estrategias aún factibles para calmar la inquietud creciente de los creyentes mejor informados del estado actual de los conocimientos, evitando así alarmar al rebaño que siga paciendo mansamente en las marchitas praderas de los mitos heredados. Desde el Renacimiento, las sucesivas crisis de fe en los medios creyentes fueron socavando la imagen religiosa del mundo. El evolucionismo destruyó las bases antropológicas del creacionismo y con ellas la invención animista como fundamento de la vida inmortal en un más allá sobrenatural.

El animismo es una concepción primaria del mundo, que constituye el cimiento de la visión dualista de alma-cuerpo. ¿Pero cómo se generan las representaciones mentales en el cerebro humano en función de las percepciones sensoriales y sus respuestas? ¿Cómo se forjó la idea de alma en el hombre prehistórico? La idea de un alma como sustancia espiritual, incorpórea, separable e inmortal es científicamente insostenible; hunde sus raíces históricamente en la elaboración metafísica de la primitiva creencia animista en el seno de la especulación filosófica griega, que va desde Platón hasta Agustín. En la teología cristiana Tomás de Aquino acuña la versión de dicha idea en la tradición europea apoyándose en Aristóteles.

A medida que los dogmas sobre la verdadera naturaleza del ser humano y su destino hacen agua y acaban hundiéndose, la tarea de “fontanería” de los teólogos mediante expedientes ad hoc reelaboran la doctrina revelada y el aparato conceptual que la ha formado ex cathedra. La clonación genética otorga al ser humano la capacidad de producir individuos de cualquier especie viva, incluida la nuestra, retirando de la mano de dios el monopolio de la creación. Vacía una vez más el espacio de lo sagrado.

El mito antropológico cristiano de los orígenes hoy es inasumible, el evolucionismo lo ha echado por tierra. Hoy el mito del pecado original, que procede del pecado cometido por un solo Adán en contra del poligenismo, transfundido a todos por generación, produce vergüenza. ¡Un mito tan absurdo en nuestros días!

A la religión se le ha arrebato la posesión de la verdad y la explicación del mundo y se ha vuelto tarea humana; ha dejado de ser mito y revelación para volverse ciencia.

Mikel Arizaleta

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