Esperando poder ser saharaui en el Sáhara

Charlamos con Tfarrah Mohamed Yeslem sobre el conflicto saharaui, la represión marroquí, sobre feminismo y solidaridad, en un repaso a su trayectoria vital como refugiada.

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Han pasado casi 45 años desde que los y las habitantes del Sáhara Occidental tuvieron que huir de su tierra para afincarse en improvisados campamentos de refugiados en mitad del desierto de Argel. Hoy el conflicto sigue irresuelto y los y las saharauis resisten dentro y fuera de los campamentos a Marruecos, quien les despojó de su territorio y se enriquece desde entonces explotando sus recursos naturales. Tras más de cuatro décadas, la población saharaui cuenta con una diáspora diversa a lo largo y ancho del planeta. También en Euskal Herria, donde me dispongo a conocer la historia de alguien que nació al calor del arenoso suelo de Tinduf.

Después de sudar un poco subiendo una de las cuestas del casco viejo de un pueblo de la costa vasca, llegué a la puerta de un edificio que no me pareció tan antiguo como cabría esperar. Sí humilde. Tfarrah Mohamed Yeslem recibió mi jadeo con el pelo mojado y con una sonrisa que me pareció que no cabría por la puerta aunque esta hubiera sido mucho más grande. Entré y el olor a hierbabuena me condujo por el largo pasillo de su casa hasta el pequeño salón. Diminuto si le preguntas a ella. No había enormes alfombras como en las casas de adobe de las wilayas de los campamentos de refugiadas saharauis. La mesa del té era bastante más alta y en el suelo, como si fuera una Roomba, la versión eléctrica del carbón donde se calienta la tetera permanecía a la espera para ser utilizado. Nos sentamos en el sofá, Tfarrah, sus compañerxs de piso y yo. En el mueble del salón asoma un libro: La herida abierta, de Gabriela Mistral.

Tfarrah viajó con su madre desde los campamentos de refugiadas de Tinduf a España cuando tenía seis años. No vino a través de Vacaciones en paz, un programa de acogida de niños y niñas que viven en los campamentos que ofrece la posibilidad de que muchos pasen el verano en diferentes lugares de España. Una enfermedad la obligó a crecer en el pueblo alicantino de Sax junto a una familia de acogida que le supuso un gran distanciamiento con su familia biológica. “Eran los 90. No había teléfonos ni ordenadores. No había nada. En los campamentos solo tenían un taxiphone (locutorio) en Tinduf y había que ir hasta allí. Hablaba con mi familia cuando podía”, recuerda. Pasaron cuatro años hasta que volvió a pisar la arena de la casa que sus ancestras tuvieron que improvisar hace casi 45 años en medio del desierto. Fue cada verano hasta cumplir los 16, cuando “la edad del pavo” la cogió por banda: “Dejé de querer ir. Lo típico, viene el verano y lo que te apetece es quedarte aquí con tus amigos, ir a la playa”. En su pueblo no vivía ningún otro u otra saharaui, solo venían niños y niñas en acogida en verano y fue fácil olvidar sus raíces: el árabe, el hassanía y hasta la forma de vida. A casi 2.000 kilómetros de distancia, Alicante se parece más bien poco a la7mada, aunque también haga mucho calor en agosto.

A los 20 años volvió a los campamentos para visitar a su familia y al final su maleta para una semana quedó almacenada en la jaima durante tres años en los que ejerció como maestra de castellano en una madrassa y como periodista en la RASDtv. Fue un tiempo de reconectar con su pueblo, con su tierra improvisada casi permanente, con sus recuerdos y su origen. “En esos tres años que estuve allí volví a aprenderlo todo y vi las cosas de otro modo”, explica. Cuenta que fue capaz de encontrar la jerarquía de poder que, sin pretenderlo, se erigía entre su familia biológica y la de acogida. Esa mirada colonial y paternalista que trata de “salvarte de una sociedad machista, de tener que casarte…”. Crecer en España la “distanció de lo que era mi familia y mi sociedad”.

¿Qué opinas de este titular? “Más de 100 mujeres podrían estar retenidas o secuestradas en los campamentos saharauis de Tinduf”.
Yo entiendo que desde el paradigma español o cristiano las familias piensen “oh, su familia la ha raptado, no la dejan volver de los campamentos”. Las mujeres debemos tener la soberanía de nuestros cuerpos, es algo que tengo muy claro, y veo superpatriarcal, tanto por parte de la familia de acogida como de la biológica, querer delimitar cuáles van a ser los roles que vas a tener o las cosas que puedes hacer. Aquí es una perspectiva más liberal: “Tienes que hacer tu vida totalmente independiente y ser capaz de todo y tienes que desligarte de esa dependencia familiar”. Eso está bien, pero ahí dejamos de lado muchas cosas que tienen que ver con los cuidados, con cuidar a la otra persona, a la comunidad y que la comunidad te cuide a ti. La otra parte solo quiere hacerse cargo del rol reproductivo que tienes: “Tú eres de la familia, nosotros te hemos cuidado y tienes que reproducirnos más familia”. Estoy en contra de las dos cosas.

¿Encuentras miedo en las familias saharauis a perder población? ¿Permanecer en los campamentos es parte fundamental de la resistencia y de la lucha?
No creo que sea tanto permanecer en los campamentos como hacernos cargo de la situación política, y la situación política es que nosotros somos un pueblo al que se nos ha quitado la tierra donde realizarnos como personas y se nos ha dado un campamento de refugiados o una zona totalmente hostil (las zonas ocupadas) para vivir. Es normal que, en el recorrido natural de la sociedad, la gente quiera viajar, evolucionar, ir a otros sitios, pero tienen que tener el derecho de conocer a su pueblo y relacionarse con él. Obviamente, yo no puedo pretender que Bermeo se convierta en una wilaya, pero tengo que poder conocerme. Las familias de acogida hacen un trabajo abrumador por blanquearte. No se hacen cargo de lo que es acoger. Hay historias de familias que han bautizado o hecho la confirmación a los niños de acogida.

Cae un chorro de té desde el vasito de cristal que sostiene en su mano derecha hasta la tetera verde que reposa en la bandeja metálica a través de un largo conducto invisible creado por la fuerza de la gravedad y el movimiento de su muñeca. El líquido apenas azucarado todavía se prepara para salir. Alinea los cuatro vasos, ocupados por casi tres dedos de espuma. En unos segundos daremos el que creemos que será el sorbo más amargo del té de la tarde. Mufali, la compañera de piso de Tfarrah, también saharaui, retoma la respuesta: “Y las historias que no conocemos. Ahora está más controlado, pero hace años, que no lo estaba tanto, hubo niños que se perdieron”, apunta. Tfarrah aborrece el buenismo. Eso de “es que aquí va a estar mucho mejor, su familia no tiene nada que darle, allí no tiene nada, que se quede aquí”. “Si acoges a un niño saharaui es porque eres consciente de que hay una realidad política, una injusticia social, y quieres apoyar desde ahí, no pensando que vas a salvar ni al pueblo saharaui ni a esa persona -explica- es pensar que tú dispones de unos medios, ya no vamos a hablar de si justa o injustamente, y en solidaridad los cedes”.

Solidaridad, que no caridad…
Eso es, solidaridad. Caridad es pretender ganarte el cielo ayudando, al tiempo que blanqueas a esa persona y lanzas continuos mensajes de lo bárbaros y machistas que son y diciendo que aquí están mejor porque en los campamentos las van a casar y las van a cambiar por cuatro camellos. Perdona, lo primero es que las mujeres saharauis no somos cambiadas por cuatro camellos. Segundo, nosotras podemos anhelar la autodeterminación de nuestros cuerpos dentro de nuestra sociedad, no tenemos por qué ir a anhelarla fuera. Para mí, mi madre de acogida es mi madre y la llamo mamá y tenemos una buena relación. Ella no me ha mandado ese tipo de mensajes, pero sí he entendido que estaba creciendo en una sociedad que lo hacía.

¿El proyecto Vacaciones en paz contribuye a resolver el conflicto o normaliza y perpetúa la situación?
Creo que sirve para que la gente se sienta menos mal con que el conflicto no se resuelva. Sirve para limpiar las conciencias de los españoles. Hay que saber que el pueblo saharaui está en esa situación precisamente por culpa del Gobierno y para beneficio propio. El Gobierno español está haciendo más hincapié en la cooperación internacional, en decir que allí estamos bien, que en la resolución política del conflicto. La gente que vive en los campamentos no quiere mejoras en las wilayas ni hacer instalaciones más estables, porque eso significaría que se quedan allí para siempre. ¿Quién quiere vivir en un sitio así? Pero es más fácil limpiar tu conciencia con caridad que asumir una responsabilidad política que conlleva perder privilegios, como son los tratados económicos sobre la pesca o perder tu seguridad en Ceuta y en Melilla. Por eso en Feminismos Saharauis no hemos querido caer con las asociaciones amigas del pueblo saharaui. Estuvimos en la manifestación de Madrid y nos pareció lo que nos ha parecido siempre: una mierda. Resulta que Rozalén tiene más legitimidad para hablar de cómo tiene que ser la independencia saharaui que una refugiada que se ha chupado 40 años de desierto. Esto es colonialismo puro. Caridad, caridad y caridad.

Hay quien diría que tendríais que dar las gracias por la ayuda humanitaria.
Tiene que haber un compromiso legal. En Cádiz, [el alcalde de la ciudad] el Kichi es súper de izquierdas y está supercomprometido con el pueblo saharaui, pero cuando tiene que firmar los tratados de pesca con Marruecos los firma por que, si no, “¿yo qué voy a hacer, dejar a 3.000 gaditanos en la calle?”. Joder, ¿y quién me va a devolver a mí mi territorio donde realizarme y poder ser? Muchas gracias, pero métete tus 100.000 kilos de arroz por el culo y que mi derecho a la existencia se reconozca.

Tfarrah en una mani por un Sáhara libre. / Foto cedida

Desde que vino a Euskal Herria por primera vez, Tfarrah ha estudiado Educación Primaria, ha militado en Mujeres del Mundo Babel y ha conocido a otros y otras jóvenes saharauis en la Asociación Juvenil Colectivo Saharaui LEFRIG. Allí empezó a relacionarse con sus actuales compañeras de militancia y crearon el colectivo Feminismos Saharauis. Quisieron pertenecer a la delegación del Frente Polisario, pero les pedían que no se hicieran llamar feministas y les proponían otros nombres como ‘Mujeres Saharauis’. “Dijimos que ni de coña”, cuenta casi sin poder evitar la risa, “nosotras teníamos muy claro que lo que queríamos era dar espacio a los diferentes feminismos que practicamos las mujeres saharauis”.

Algunas feministas afirman que hablar de feminismos árabe, musulmán, islámico es un oxímoron, no desde un punto de vista islamófobo sino considerando que el término “feminismo” es más bien occidental. ¿Qué es el feminismo saharaui?
Es en plural. Feminismos saharauis. La población saharaui hemos crecido tanto en los campamentos como en las zonas ocupadas, en Mauritania, en Cuba, en España, y eso nos hace ser una sociedad muy diversa y contar con diferentes perspectivas. La mayoría es creyente y practicante, pero otra parte es cristiana, atea, agnóstica. Eso sí, fuimos capaces de verlo en el primer encuentro que hicimos, y nos decidimos ponernos en plural. Y, con respecto a que el feminismo musulmán sea un oxímoron, yo no lo creo así. No creo que ninguna religión sea feminista. Pero sí creo que se le puede dar una perspectiva feminista a las religiones y desmontar algunas cosas para que la gente esté cómoda en su fe. La gente que vive en el paradigma de la religión musulmana tiene el mismo derecho a exigir la autodeterminación de su cuerpo.

El feminismo islámico y el feminismo musulmán parten de puntos muy distintos. El primero considera que en el Islam ya están previstos los derechos de las mujeres y que la lucha es, desde el Islam, contra el patriarcado; el segundo lucha por derechos que pueden chocar con los preceptos del Islam. ¿Cómo se consigue que confluyan varias perspectivas que, a priori, podrían parecer incompatibles?
En las sociedades arabo-musulmanas hay feministas que sí que están luchando por unos preceptos que entran en contradicción con el Islam, pero creo que eso se da porque el estado está ligado a la institución religiosa. La discordia se encuentra en el momento en el que representantes de la institución religiosa tienen asientos en el parlamento, que evidentemente votarán, por ejemplo, en contra del aborto. Eso pasa en países como Arabia Saudí o Marruecos, cuyas legislaciones están basadas en preceptos islámicos. Pero luego vas a Túnez, donde la mayoría es musulmana pero hay una clara separación de poderes, y las mujeres luchan por sus derechos con independencia de su religión. Desde Feminismos Saharauis, una de la cosas que reivindicamos es que la Constitución Saharaui tiene que ser independiente. Nosotras ya sabemos que Lqur3an [el Corán] nos reconoce unos derechos de la familia, del divorcio, etc., pero no queremos que la práctica de esos derechos dependa de la fe o las creencias de nuestros maridos. Yo, de forma independiente a mi religión, quiero que la constitución me ampare.

A veces se dan situaciones en las que unas mujeres hacen de su hiyab o su melhfa una aliada para su lucha feminista y otras que le reprochan a estas que vayan veladas tildándolas de oprimidas.
Hay una evidente diferencia de contextos en los que se desarrollan los cuerpos, que yo creo que es lo que más pesa. Comprendo perfectamente cuando viene una compañera marroquí, que ha luchado mucho por que en su familia y en su comunidad se respete la soberanía de su cuerpo y su derecho a no llevar hijab siendo musulmana, y te dice que para ella estar velada ha supuesto una sumisión. Todo el respeto. Pero también tenemos que entender que las mujeres que hemos vivido en un contexto occidental, donde se nos criminaliza por llevar velo, se nos menosprecia y se nos trata de ignorantes, queremos reivindicar nuestro derecho a sentir y decir “mi velo me reprensenta, mi melhfa me representa y me representan mis ancestras y no me avergüenza, ni me hace más ignorante ni más sumisa”. Es muy importante el contexto. Cuando tú creces en un entorno completamente islamófobo quieres hacer de tu velo o tu melhfa un símbolo de identidad y cuidarlo. Cuando lo haces en una sociedad mayoritariamente velada y no sientes que eso respeta tu cuerpo y que es la forma en la que quieres estar en el mundo, comparto y defiendo que luches contra ello.

Conocemos muchos relatos de “la mujer saharaui en los campamentos”. ¿Qué pasa con ellas en lo que se refiere al conflicto político? ¿Cuál es su papel en la resolución? ¿Habláis de ello en Feminismos Saharauis?
Nuestra compañera Aminetou Errer fue con la Liga Internacional de Mujeres por la Paz a presentar, tanto al Frente Polisario como a la Comisión de Derechos Humanos, un plan, porque nosotras queremos que la mujer saharaui participe activamente en el proceso de paz, en las negociaciones internacionales. No queremos que las mujeres saharauis participen a través del Frente Polisario, sino que se formen comisiones independientes. Hay una necesidad de dar espacio a diferentes perspectivas y de dialogar con las mujeres marroquís. No queremos que esto sea, otra vez, una mesa para medirse las pollas. Queremos mesas de diálogo en las que mujeres saharauis y marroquíes puedan contarse el día a día del conflicto, lo que les ha supuesto en su vida, en su crianza. Ahí hay muchas más oportunidades de solución. Todo el rato se habla de tratados económicos, pero nadie habla de la inseguridad que sufren las personas en las zonas ocupadas y la que sufren, evidentemente los saharauis con mucha más violencia por parte de la policía y demás, también las mujeres marroquíes, a las que obligaron a emigrar hacia las provincias del sur y criar a sus hijos en un contexto tan hostil. ¿Qué tienen que decir estas mujeres sobre esto?

Es decir, resolver el conflicto a través de la alianza entre pueblos.
No queremos equiparar. El pueblo saharaui es el que tiene el derecho a la autodeterminación, pero, partiendo de que nosotros, en el último proceso de paz, aceptamos que la población residente en las provincias desde 1975 fuera parte del censo electoral del referéndum, pues vamos a conversar. Son personas con las que queremos convivir en una independencia. Basándonos en prácticas que ya se han llevado a cabo, como en el proceso de paz de Colombia o Guatemala, donde se hicieron exclusivamente círculos de mujeres donde ellas hablaban de su desarrollo vital en el conflicto, queremos lo mismo para las mujeres saharauis y marroquíes y que de ahí salgan peticiones concretas. Que no se quede en un mero tratado comercial que nos deje fuera. A lo mejor luego ellas nos dicen “no, si para nosotras esto es la hostia, no tenemos ningún tipo de inseguridad, estamos superbién, iros a vuestra puta casa porque esto es Marruecos, de la corona alauita, y queremos que siga siendo así”. Entonces las saharauis diremos “oye, compas, lo sentimos, pero nuestra situación es completamente diferente”. Estaremos habitando en el mismo espacio, aunque no habrá ningún tipo de convivencia ni de entendimiento. Pero no creemos que sea así. En nuestra experiencia como mujeres migradas hemos podido conocer y conversar con mujeres marroquíes con una experiencia vital muy parecida a la saharaui, hartas de la corona, que han vivido situaciones de vulneración de derechos y de inseguridad.

Entonces, ¿queréis formar un movimiento independiente del Frente Polisario?
Nosotras también defendemos el referéndum de autodeterminación y la independencia del Sáhara Occidental, pero que haya otras opciones en las formas, en el cómo. Otras propuestas.

¿El Frente Polisario tiene el monopolio de la lucha saharaui?
Sí. Además, Naciones Unidas tiene reconocido al Frente Polisario como único representante del pueblo saharaui.

¿Y en el parlamento saharaui?
Son representantes individuales, pero todos van al Frente Polisario. No hay partidos políticos, vaya. En el Frente Polisario, como fue creado en situación de emergencia, se unifican todas las ideologías por la liberación popular, hasta que se concrete la independencia.

Suena cerca la campana de la iglesia del pueblo. El cigarro humeante de la cuarta persona del sofá extiende su ráfaga de aire blanco hacia la ventana para encontrarse con la ikurriña que ondea en el balcón de enfrente. El segundo té sabía mucho a hierbabuena. “¿Hay cosas pausadas?”, pregunto. Un suspiro pasa por la garganta de Tfarrah, y una mirada se clava en el suelo. “Muchas cosas pausadas”, dicen casi al unísono Tfarrah y su compañera, “una de las cosas es el marco jurídico. Tenemos una Constitución así” (hace una señal con los dedos, indicando que es muy fina y pequeña). La independencia es importante pero, mientras, tiene que haber una legislación que reconozca una serie de derechos básicos: “Derecho a la mayoría de edad, al divorcio, a la tutela… ¿Qué hacemos con los niños fuera del matrimonio? Si vamos a ser una república tenemos que ser ciudadanas de pleno derecho, no una república a expensas del buen hacer de arriba. Tiene que haber garantías”, sentencia.

¿Da miedo hacer crítica al Frente Polisario por si se perjudica la lucha por la autodeterminación?
Cualquier persona que critique al Frente Polisario te diría “yo critico al Frente Polisario porque yo soy el Frente Polisario”. En los campamentos, una puede ir a la casa del presidente a contarle que su hijo está enfermo y que necesita que hagas algo. Eso es algo bonito. Pero no vamos a caer en simplismos, hay una jerarquía como en todos sitios y la clase dirigente siempre va a intentar perpetuar su hegemonía y callar a las minorías. Por eso hay que confrontar continuamente. Y sí, el miedo a Marruecos y a la posible deslegitimación de la causa hace que la gente esconda algunas cosas. Lo de las mujeres retenidas es un ejemplo, o lo de visibilizar el machismo. “No digas que somos machistas, no vaya a ser que venga Mohamed VI y nos termine de conquistar”. No. No va a venir a conquistarnos Mohamed VI porque digamos que eres un machirulo. Y eres un machirulo. Y terminamos diciendo que la mujer saharaui está liberada. No está liberada, no existe esa mujer, no conocemos los matriarcados que nos gustaría, no los hemos practicado ni vivido, no vamos a caer en esas falacias. La critica refuerza, no destruye.

¿Hay feminismo en los campamentos?
Sí, lo que pasa que igual sí puedo entender lo de que feminismo es un término más occidental y quizá nosotras no reconozcamos nuestras prácticas feministas como tal. Los cuidados están muy presentes. Es una vida más comunitaria, si necesitas cuidados no tienes de qué preocuparte.

¿Eso es posible aquí?
Aquí el urbanismo nos lo hace más difícil, pero sí lo hacemos. Esta forma de vida, el horario del curro, cómo son las casas, las distancias…

¿Qué cambiarías de las casas?
Todo. Lo primero este salón. Lo juntaría con mi habitación para tener un salón grande donde la gente pudiera sentarse tranquilamente, comer. Aquí no hay espacio para las personas. Cada una tiene su habitación… ¿Para qué quiero una habitación para mí sola? Qué tristeza.

El carbón eléctrico da un par de chispazos al apagarse. Detrás de la ventana ha oscurecido y las campanas ya no suenan. El tercer té está servido y es el más dulce, pero hoy está llegando inevitablemente amargo al paladar en esta jaima improvisada en mitad de Bermeo.

¿Volverías a un Sáhara Occidental libre?
Si alguna vez tengo una casa o algo mío, me gustaría que fuera en el Sáhara Occidental.

¿Estás en estado de espera o has emprendido tu vida fuera?
Tengo fases, a veces pienso que igual debería ir pensando hacer mi vida. Lo que es indiscutible es que, después de 20 años aquí, me sigo sintiendo forastera.

¿La vida está pospuesta tanto dentro como fuera de los campamentos?
Sí. Todos estamos esperando.

Fuente: Pikara Magazine

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