Espartaco, el esclavo que se enfrentó al Imperio

He podido revisar por enésima vez Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), esta vez desde la plataforma de FILMIN, y no he podido por menos que recordar que sí Hollywood realizó  una glorificación de  “la revolución” para el público más amplio, ese fue este  Espartaco  que, sin ser necesariamente una buena película, ocupa una lugar destacado tanto en la historia del cine como en la memoria popular, en particular en la generación de los 60. Entre otras cosas, Espartaco erigió un monumento a un personaje central del imaginario socialista, rehízo la carrera de un escritor “fichado”, rompió las “listas negras” del macartismo, dio vía libre para que su director pudiera hacer su cine. También fue un éxito multitudinario e influyó en toda una generación, la de los “prodigiosos” sesenta. A pesar de su limitaciones, ha quedado como uno de los clásicos del “péplum”, así como un material privilegiado para conocer y estudiar la antigua Roma desde la necesaria perspectiva de la lucha de clases en general y del ideario comunista tal como lo expresó la Liga Espartakus creada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en un tiempo en el que la revolución sería internacional.

Aunque existe una abultada bibliografía, en realidad no se sabe gran cosa sobre Espartaco (?-Lucania, 71 a.C), ni tan siquiera su nombra ya que este fue, por así decirlo, su “nombre artístico”. De hecho, la principal fuente sigue siendo La vida de Craso, de Plutarco, la suya por lo tanto es una historia contada por sus enemigos. Pero de lo que no hay duda de que su nombre evoca el legendario dirigente de la revuelta de los esclavos que iniciada el verano del año 73 a.C., conmovió Roma hasta el punto de obligarle a tomar medidas extremas contra sus propios soldados, sospechosos de no emplearse a fondo contra su ejército; esto explica que los documentales históricos que llevan su nombre traten más de los problemas de los romanos. Se dice que fue un pastor tracio y posteriormente, soldado auxiliar romano, hasta se ha dicho que se revuelta fue provocada porque encontró a su hermana obligada a ejercer la prostitución. También se cuenta que desertó, y por ello fue convertido en esclavo y vendido en Capua como gladiador (mirmillón). En el 73 se evadió con sus compañeros, a los que se unieron numerosos esclavos que sus huestes incitaban escapar; también encontró apoyos en los proletarios y los campesinos pobres, los mismos que en otros momentos apoyaron las revueltas de Tiberio y Cayo Graco. Instalado en el Vesubio, supo hacer frente a las diversas tentativas de las legiones romanas hasta que se encontró con un problema inaudito: alimentar a su ejército que había aumentado hasta 100.000 personas

El primer objetivo de la revuelta de Espartaco fue la libertad, pero al ser traicionado por los pira­tas que lo tenían que sacar de la península tuvo que seguir gue­rreando contra los romanos. Durante este enfrentamiento, Espartaco mostró unas dotes de inteligencia, valor y genio militar excepcionales, y no han faltado autores que cuentan que su nombre se deriva de su sueño por lograr una República según el modelo del espartano Licurgo. Todos los cronistas de la época, a pesar de su manifiesta hostilidad, coinciden en reconocer su capacidad na­tural de jefe, y al parecer se atribuyó unos poderes mágicos muy propios de la época. Fue derrotado tras una terrible batalla con el ejército romano, comandado por Craso, símbolo de la concentración de riquezas en Roma. A pesar de los intentos de éste, su cuerpo no pudo ser reconocido ni entre los muertos, ni entre los 6.000 esclavos que fueron crucificados.

 

Un héroe de la Ilustración

El nombre de Espartaco fue una pesadilla para los romanos, tanto era así que lo citaban para meter miedo a los niños traviesos. También fue utilizado como insulto, por ejemplo Cicerón lo empleó contra Marco Antonio cuando éste se alió con Cleopatra. Está claro que este desconocimiento no ha disminuido su poder simbólico, antes al contrario. Como en El hombre que mató a Liberty Valance, la leyenda ha podido más que la historia. Poco importa pues que Espartaco luchara contra “su” esclavitud, y que su finalidad no fuese otra que la regresar a su tierra. De hecho,  este fue el principal factor en las revueltas que le precedieron. También se cuenta que fueron los problemas entre las diversas etnias las que acabaron provocando su derrota. La historia de la Tercera Guerra Servil (las dos primeras estallaron en Sicilia, aunque sus líderes –Euro y Salvio- no pasaron a la posteridad como Espartaco), es la más extraordinaria y más famosa revuelta del mundo antiguo,  y su eco, comenzó a crecer desde el siglo XVIII, cuando las Luces se negaron a aceptar lo que el catolicismo oficial no había dejado de bendecir hasta el final.

Leasing lo elogió, y Marx en una carta a Engels, lo considera como un precursor que, dos mil años antes de que la Iglesia se manifestara inequívocamente sobre la cuestión, “planteó” un objetivo cuando no se daban las condiciones para resolverlo. “Espartaco es (…) el personaje más espléndido de toda la historia antigua. Gran general (!no como Garibaldi¡), carácter noble, auténtico representante del antiguo proletariado” 1/.

Líneas como estas dejaron una senda abierta desde la que la cual, la lucha por un futuro solidario se refrendaba con el ejemplo del ayer. Durante la I Guerra Mundial, los internacionalistas alemanes hicieron suyo su nombre, el mismo que aparece justamente vinculado con eventos tan simbólicos como la Olimpiada alternativa a la que había montado los nazis, a la “Espartakiada” celebrada en Barcelona en 1936, y de cuyos atletas surgieron los primeros voluntarios de las Brigadas Internacionales Todo ello alimentó el prestigio mítico del personaje cuyo nombre fue utilizado por innumerables revistas revolucionarias, tanto marxistas como anarquistas. Entre estos últimos, seguramente fue Proudhon quien mejor expresó el rechazo. A la pregunta, ¿qué es la esclavitud?, respondió “es el asesinato (…) No tendría necesidad de un largo discurso para mostrar que el  poder de arrebatar a un hombre el pensamiento, la voluntad, la personalidad, es un poder de vida y de muerte, y que hacer un hombre esclavo, es asesinato”. Algo muy similar se escuchará en la película por voz de Espartaco: “Un hombre libre muere y pierde el placer de la vida, un esclavo pierde el sufrimiento. La muerte es la única libertad que conoce el esclavo”. Sin embargo, la elección de Espartaco como personaje literario y cinematográfico, era en sí mismo, toda una declaración de principios. Sobre todo por sus conocidas connotaciones “comunistas”.

 

Una guerra por la interpretación de la historia romana

Es importante registrar que las referencias al mundo antiguo fueron parte del enfrentamiento entre los ideales de la Ilustración y el tradicionalismo católico, tan “prudente” a la hora de tratar la esclavitud. Así, mientras que los revolucionarios de 1789 fueron admiradores de la Roma republicana, la contrarrevolución, con Chautebriand al frente, reivindicó el “genio” del cristianismo. Dicho conflicto se trasladó a la novela histórica, y al final del siglo XIX tuvo lugar una batalla entre las obras que exaltan el paganismo como Thais (1890), de Anatole France o la Hipatia (1853), de Charles Kinglsley, y las que, bajo los auspicios de la Iglesia,  lo harán con unos mártires cristianos asimilados (por el constantinismo), y lo harán con un amplio listado de títulos entre los que destacan el Quo Vadis? (1896), del católico polaco Henry Sienkiewicz, y el Ben Hur (1880), del protestante Lewis Wallace que dieron lugar a diversas versiones con un enorme éxito de público.

Como es sabido,  la actuación propagandística del Vaticano aliado con las finanzas, marcará el tono de las espectaculares producciones en la primera época de esplendor del “péplum” (esplendor que acaba con la “Gran Guerra” después de la cual la primacía cinematográfica se trasladará a Hollywood) Estas producciones se basan en las obras piadosas de  Henry Sienkiewicz, el cardenal Wisseman, Bulwer Lytton,  y construyen tradición de cine espectacular y piadoso que tendrá otra fase de esplendor desde finales de los años cuarenta con el Sansón y Dalila (1949), del muy clásico y audaz Cecil B. De Mille, fase coincidente con el apogeo del Cinemascope con grandes producciones del tipo de La túnica sagrada (1953) o su secuela, Demetrius y los gladiadores (1954), dos ejemplos de una concepción reaccionaria que escamotea la inconmensurable tragedia de la esclavitud, haciendo que los esclavos se “liberen” gracias a una fe que los “iguala” con sus amos por  algún que otro de los milagros que nunca fallan. No hay que decir que por lo general, este tipo de películas encajaron como un guante en la España de Franco, pero también en otros países, en particular en Italia y los Estados Unidos como una manera poco sutil de anticomunismo.

La primera novela conocida sobre el legendario esclavo tracio fue la de Raffaello Giovagnoli (Roma, 1838-1915), que leyó de niño Il Compendio della Storia Romana de Oliver Goldsmith y quedó ya fascinado con el mundo antiguo, así subtituló su novela años después como Racconto Storico del Secolo VII Dell’Era Volgare. En 1874 se hizo en Milán una edición del Espartaco de Giovagnoli ilustrada por Nicola Sanes que fijó un ideario iconográfico que en 1882 se tradujo al inglés. Este hilo fue retomado por escri­tores comunistas como Arthur Koestler en los años treinta, y más tarde, Howard Fast (Espartaco,  Maucci, Barcelona, 1960; Edhasa. 2003)…Howard Fast (1914-2003), había sido durante años el escritor más emblemático del USAPC (Partido Comunista de los Estados Unidos), hasta el punto de que ganó el entonces prestigioso Premio Stalin en 1950. En los medios partidistas se solía oponer Fast contra Hemingway, entre otras cosas porque se trataba de una obra militante mucho más simple y asequible, con una visión que unía una reconstrucción de la historia social nacional más avanzada (Tom Paine, Washington, la lucha contra la esclavitud, el caso Saco y Vanzetti, etc.), con un marxismo de manual propio de la época.

Al asumir este personaje “histórico”,  Howard Fast acababa de pasar  una temporada en la cárcel por su compromiso a favor de los refugiados republicanos españoles (“Su situación era desesperada. Un grupo de antifascistas recaudó dinero para comprar un antiguo convento y convertirlo en un hospital, y los cuáqueros aceptaron trabajar en ese hospital si nosotros conseguíamos el dinero para mantenerlo en funcionamiento…En esa época había un impresionante apoyo a la causa de la España republicana entre la gente de buena voluntad, y entre la que se contaban muchos ciudadanos conocidos. Fue la lista de estas personas la que nosotros nos negamos a entregar al Comité, y en consecuencia todos los miembros de nuestro grupo fueron considerados culpables de desacato y enviados a prisión.”), también era uno de los nombres más señalados de  las listas negras.  Para sobrevivir, Fast escribió una docena de novelas policíacas con el seudónimo de E. V. Cunningham. Después de tomar parte en una famosa conferencia comunista (en el Waldorf de New York), J Edgar Hoover le hizo saber a la editorial Little Brown  que no quería ver Espartaco en las librerías; luego fue rechazado por otro siete editores; el editor Alfred Knopf le devolvió el original sin abrirlo con una nota que decía que ni siquiera iba a mirar la obra de un traidor. No obstante, Fast consiguió hacer una autoedición en 1952  por  suscripción popular y venderla por correo, y de esta manera tan alternativa se convirtió en un best-seller. Conviene anotar que aquel momento, Fast era un comunista sin partido ya que fue  expulsado por su dura crítica del estalinismo El Dios Desnudo (Ed. Cid, Madrid, 1958), cuyo motivo de fondo fue  la  revolución  húngara  de  1956,  y también que la novela ya había conocido una difusión regular y se podía comprar en las librerías. Esto ha hecho escribir a Paco Ignacio Taibo II que, indirectamente, fue el propio McCarthy quien alentó la prolífica carrera de Fast, pero la verdad es que el prestigio de Fast venía de antes.

Todo indica que el lector más interesado sobre Fast fue Edward Lewis, productor y amigo de  Kirk Douglas entonces en la cumbre después de Los vikingos (1958), cuyo éxito trataba de emular. En 1957, Lewis convenció a Douglas para que comprara los derechos, y llegó a un acuerdo con Fast para que este escribiera el guión. Sin embargo,  no tardó en arrepentirse, y le pasó el encargo a Dalton Trumbo que le comentó que era un guión tan estrecha que  era anticomunista sin quererlo. Fast pues se despidió del proyecto pero años más tarde, en un prólogo para una edición de 1996 en la que afirma  que no se arrepiente de su pasado, no se olvidó en mostrar su agradecimiento: “Fue traducida a 56 lenguas y, finalmente, diez años después de haber sido escrita, Kirk Douglas convenció a los estudios Universal para que rodara una adaptación cinematográfica. Pasados los años, esa película se ha hecho extraordinariamente famosa, y aún puede verse en el momento en que escribo estas líneas…” La verdad es que todas esas traducciones fueron ulteriores a la película que  se seguirá viendo en el futuro,  y que ha sido vertida en todos los formatos del video, difundida por diarios importantes y repuesta por las televisiones, con especial predilección para la Semana Santa en el caso  español.

 

Notas

 

1/  Cf. Jeffrey Vogel,  La  tragedia de la  historia,  Viento Sur, nº 33, 2007,  Madrid

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