Espacio y Palabra: Repensar la Postmodernidad en el Aula II/III

La osificación de la palabra en el espacio
La conformación de un espacio social que transciende los límites de una explicación humana, que no se acota a las leyes de la naturaleza y de la sociedad, que se observa como producto de una condición galopante de la imagen en el entorno de mercantilización de la realidad, condiciona necesariamente todo a una temporalidad efímera.
“Hay varios indicios de que la cultura de masas contemporánea y los medios electrónicos de información –con su salto radical a las reservas del silencio disponibles- pueden alterar el carácter de la ilustración, de que vencerán las formas “no privadas”. En los lenguajes del kitsch y la subcultura de la educación urbana moderna (lo que es verdad hoy para Occidente lo será mañana para el Este y las zonas subdesarrolladas), la autoridad del contenido vital se ha apartado de las pautas sintácticas y lógicas de la palabra escrita. Cada vez más, los significados y las actitudes son transmitidos y hechos memorables mediante la asociación auditiva –los ripios rimados, los ¡oh! Y los ¡ah! de los anuncios publicitarios- y los medios gráficos de los carteles y la televisión. La imagen leída retrocede ante la imagen fotográfica y la televisual, y los alfabetos gráficos de tebeos y manuales educativos” (Steiner, 2003, pág.422)
En el contexto de la ruptura de los límites de la modernidad, los estudios filosóficos de Cioran se presentan ante nosotros como los de un espíritu más que impulsó la ruptura de los canales tradicionales de comunicación.
“La filosofía de la desesperanza es la búsqueda de la Nada: “He buscado la geografía de la nada, de los mares desconocidos, y otro sol, puro del escándalo de los rayos fecundos; he buscado el acunamiento de un océano escéptico donde se ahogarían los axiomas y las islas, el inmenso líquido narcótico y suave y cansado del saber”. “La idea de la nada no es la apropiada para la humanidad laboriosa: los atareados no tienen ni tiempo ni ganas de sopesar su polvo; se resignan a las durezas o a las estupideces de la suerte; esperan: la esperanza una virtud de esclavos” (Cioran citado en Pinzón, 2006)
Las palabras de Cioran toman sentido, al igual que los simulacros de Jean Baudrillard (1987), el culto a la decadencia, la ironía de los entornos no humanos y su simbolización en la cultura humana trastoca las explicaciones de la ciencia racional de Descartes; los grandes flujos de información se confunden con capital y los bienes “intangibles” inundan el mercado financiero internacional.
A la par de la consolidación del sistema financiero internacional, el discurso de la postmodernidad, se ve envuelto en un halito de “eficacia” de las políticas neoliberales y la conservación, aspecto al ser verbalizado (internalizado por los alumnos) con el que se ha negado de distintas formas.
La condición de lo “intangible”, de lo nuevo como sinónimo de lo inalcanzable se ve expresada en el abandono de la rectoría del estado sobre la estructura y por tanto en la expresión cultural en la que se soporta la ideología dominante.
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La palabra envuelta en la retórica del libre mercado ha servido de ariete para que se abran los mercados nacionales a la “libre circulación” de mercancías, ahondando de esta manera en las desigualdades Norte-Sur producto de un desequilibrio permanente en los intercambios regionales de estos dos extremos del planeta.
Dos fenómenos se presentaron como parte de un mismo acto en el neoliberalismo, por un lado, se desmantelaba en los años 70’s el discurso del “Estado Benefactor” en los EEUU e Inglaterra y por el otro, se conformó un discurso ideológico en el que los “neoconservadores” desarrollaron sus tesis de libre mercado durante más de tres décadas, pero, para que la explicación que emanaba de las dilucidaciones de los “expertos” del libre mercado tuviera un asidero en la realidad era preciso desmontar los derroteros de la modernidad, de ahí que ésta fue el centro de sus ataques más feroces.
“(…) los neoconservadores acogen con beneplácito el desarrollo de la ciencia moderna, siempre que ésta no rebase su esfera, la de llevar adelante el progreso técnico, el crecimiento capitalista y la administración racional. Además recomiendas una política orientada a quitar la espolea al contenido explosivo de la modernidad cultural. Según una tesis, la ciencia, cuando se la comprende como es debido queda irrevocablemente exenta de sentido para la orientación de las masas. Otra tesis es que la política debe mantenerse lo más alejada posible de las exigencias de justificación moral-práctica. Y una tercera tesis afirma la pura inmanencia del arte, pone en tela de juicio que tenga un contenido utópico y señala su carácter ilusorio a fin de limitar la intimidad de la experiencia estética” (Habermas. 2002, p. 35)
Las palabras como unidad de análisis en el que se compone el discurso organizan nuestras ideas al mismo tiempo que ordenan un ámbito de acción para nuestra interpretación de la realidad, de ahí que la conformación de un entorno perceptual de “trascendencia de la modernidad” se diseño desde los despachos de comunicación de la Casa Blanca y el Palacio de Buckingham.
“El mundo de nuestras experiencias necesita ser simplificado y generalizado enormemente para que sea posible lleva a cabo un inventario simbólico de todas nuestras experiencias de cosas y relaciones; y ese inventario es indispensable si queremos comunicar ideas. Los elementos del lenguaje, los símbolos rotuladores de nuestras experiencias tienen que asociarse, pues, con grupos externos, con clases bien definidas de experiencia, y no propiamente con las experiencias aisladas de sí mismas. Sólo de esa manera es posible la comunicación; pues la experiencia aislada no radica más que en una conciencia individual y, hablando en términos estrictos, es comunicable.” (Sapir, 1977, pág. 19)
La ruptura de la modernidad es ante todo la negación del proyecto político de una época marcada por la creencia del progreso y lo infatigable de la ciencia y su aplicación en la tecnología, y en lo político se expresa en el contexto del “espacio público” como entorno de mediación entre el que gobierna y el que es gobernado.
“(…) la concretización de los valores universales y de otros importantes valores políticamente efectivos se realiza a distintos niveles en la sociedad moderna, directa o indirectamente, siempre que exista un espacio público que permita y asegure la propia contestación. La auténtica existencia de un espacio público y el derecho a utilizarlo, un derecho al alcance de todos después de la desaparición de la(s) clases(s) política(s), garantiza la propia elección entre utilizarlo o no. Son los mismos actores los que deciden si un tema particular debe o no llevarse al espacio público.” (Heller, 2000, pág. 93)
El espacio pretextado en lo “público” se convierte así, en un entorno en el que no sólo se recupera la interacción humana ante la debacle de lo intangible, es al también la recreación de la economía del signo, que rebasa “el espejos de la producción” (Baudrillard, 1983) del productivismo en el que se sustenta el sistema capitalista mundial.
“El Orden global contemporáneo, o el desorden, es así una estructura de flujos, un conjunto des-centrado de economías de signos en un espacio. Pero se hace cada vez más evidente la presencia de un conjunto de desarrollos radicalmente otros, propicios y contrarios a esas redes asimétricas de flujos. Hay pruebas de que los mismos individuos, los mismos seres humanos que quedan sujetos a esas economías, se hacen más reflexivos sobre ellas. Junto a las mayorías silenciosas, los adictos a la pequeña pantalla, al “agujero negro” de la semio-vista de Baudrillard, muchísimos hombres y mujeres toman una distancia más crítica y reflexiva de las instituciones de la nueva sociedad informacional” (Lash, 1998. Pág. 17)
El espacio en su condición de presencia, en su permanencia frente a las declaraciones de su fin, se presenta ahora, tras el colapso financiero internacional como el único bien tangible en el que se soporta la actividad que remunera economía: el trabajo humano, erigiéndose ante el paisaje la pregunta ineludible: ¿cómo reconstruir el mundo tras la postmodernidad? La respuesta nuevamente está en la palabra y en la interpretación de los nuevos contextos que nos convocan a releer desde el silencio (entendido como momento de vigilia) las orientaciones filosóficas que den pauta a la recuperación ética y moral del ser humano.
En América Latina las condiciones de difusión del la postmodernidad y el postmodernismo se edulcoran con las promesas de “modernidad” del neoliberalismo, no es así ajeno para los “tecnócratas” del tercer mundo educados en Harvard, las condiciones de debilidad institucional en el que se desarrolla el capitalismo tardío de esta región del mundo.
“El postmodernismo latinoamericano no es parte de una Internacional Postmodernista y, sin duda, no es reducible a un postmodernismo europeo. Como Richard misma expresa: “postmodernismo significa para nosotros, en cambio, un horizonte de problemas en relación con el cual podemos discutir significaciones locales que son afectadas (de manera desigual) por mutaciones políticas, sociales y culturales del mundo contemporáneo”. Incluso celebrar el carácter evasivo y polimorfo de esta corriente como un modo de escapar del purismo ideológico y todos los intentos por controlar la discursividad.” (Larrain, 2004, pág. 226)
De la mano del discurso de “adelgazamiento” del estado, los políticos tecnócratas asumieron posturas de apertura unilateral de los mercados nacionales (en el caso de México con Miguel de la Madrid a partir de 1982) dando paso así a un entorno discursivo en el que se pondera a las empresa, la organización, por encima de las instituciones.
El discurso neoliberal pronto es orientado a todos los aspectos de la vida nacional (la administración pública es la primera en “modernizarse”), incorporando el discurso de la “planeación estratégica” con una propuesta de flexibilización y entrada de la iniciativa probada al orden público, frente a la “planeación nacional” con un carácter centralizado.
La educación no fue ajena a esta nueva realidad en la planificación escolar y en la propia administración escolar, que pasaría ahora a tomar el concepto de “gestión escolar” (SEP, 2006) incorporando así la analogía entre la dirección de la empresa y la escuela, a través de conceptos como calidad educativa, misión y visón de la escuela, evaluación, entre otros aspectos.

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