Español, a la manera de Bergamín

Español, a la manera de Bergamín



Ece España


Dicen que España está españolizada,
mejor diría, si yo español no fuera,
que, lo mismo por dentro que por fuera,
lo que está España es como amortajada.
Por tan raro disfraz equivocada,
viva y muerta a la vez de esa manera,
se encuentra de sí misma prisionera
y furiosa de estar ensimismada.
Ni grande ni pequeña, sin medida,
enorme en el afán de su entereza,
única siempre pero nunca unida;
de quijotesca en quijotesca empresa,
por tan entera como tan partida,
se sueña libre y se despierta presa.


(José Bergamín)


Los españoles tenemos la mala costumbre de psicoanalizarnos continuamente en el diván de la historia, exorcizando nuestros demonios familiares sin requerir la ayuda de un profesional de la materia con acento porteño. Es difícil encontrar otro país, desde el Paleolítico, que se haya preocupado tanto por su propia identidad.

Esa desazonante interrogación, esa pregunta insistente, me ha asaltado en muchas ocasiones, perturbando mi sueño o entreteniendo mi aburrimiento. Como animal político que soy, necesito resolver esa encrucijada. Como anticapitalista, busco una manera distinta de ser español.

Estaba en esas cuando dí de bruces con José Bergamín. Desgarrador de ortodoxias, católico sin cortapisas, republicano del 14 de abril pero también del 18 de julio, poeta, dramaturgo, ensayista, editor.

Su padre, Francisco Bergamín, fue abogado de fama, ministro conservador en distintas etapas del reinado alfonsino, emigrando al campo republicano durante la dictadura de Primo de Rivera, llegando a defender a Fernando de los Ríos ante la justicia monárquica. Precisamente, la primera misión política que realizó Bergamín fue la que le encomendó su progenitor: entrevistarse con el general Franco, por entonces director de la Academia Militar de Zaragoza, para sondearle sobre la actitud del Ejército ante el advenimiento de la República.

No sé si José Bergamín llegó a imaginar que aquel gallego de tímida vocecilla iba a protagonizar la vida española durante casi medio siglo, sembrando de tinieblas el luminoso porvenir que estalló en abril de 1931. La Segunda República apareció de repente, ante la inoperancia del régimen canovista, reclamada por la pequeña burguesía intelectual y por las masas obreras encuadradas en el PSOE y en la UGT.

En el primer gobierno republicano, Bergamín fue director general de Seguros, en el ministerio de Trabajo que ocupaba Francisco Largo Caballero, por un breve espacio de tiempo, desistiendo de la política funcionarial y reintegrándose a la literatura.

La obra de Bergamín es deudora de la de su maestro y amigo Miguel de Unamuno. Al igual que don Miguel, Bergamín fue cristiano rebelde y español melancólico. Cultivó con esmero el aforismo, otra de las predilecciones del bilbaíno. Sólo la guerra civil pudo separarles, y por poco tiempo, ya que Unamuno se arrepintió enseguida de su inicial apoyo al levantamiento fascista, enfrentándose elegantemente a la marabunta legionaria con aquel «Venceréis pero no convenceréis».

Mientras existió la República Española, Pepe Bergamín fundó la revista católica Cruz y Raya, aglutinó a lo que luego se conoció como la Generación del 27 (él siempre prefirió llamarla Generación de la República), descubrió a Miguel Hernández y acompañó las últimas horas del matador Ignacio Sánchez Mejías. Eran las cinco en punto de la tarde cuando Granadino corneó al diestro en la plaza de Manzanares del Real. Diciembre de 1934, la gran tragedia española se aproximaba.

El albero español empezó a romperse en añicos la tarde-noche del 17 de julio de 1936, cuando el Ejército de África se sublevó contra el gobierno. Franco entraba a matar… El resto del cuento es bien conocido.

La intelectualidad que se adjudicó el 14 de abril, no apareció el 18 de julio, cuando más los necesitaba la República. Ortega, Marañón, Pérez de Ayala, se difuminaron en la ambivalencia. La joven hornada del 27 entró en escena, al lado del pueblo trabajador que hizo suya la defensa del régimen legal. Entre ellos, estaba Bergamín.

Presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, encargó a Pablo Picasso que pintara el Guernica, guardó como oro en paño el manuscrito lorquiano de Poeta en Nueva York, que entregaría a la imprenta en el exilio americano, publicó en El Mono Azul poesía de combate. Comunista como Rafael, como Miguel, como Dolores.

Desterrado tras la derrota, vagabundo por Sudamérica, editando revistas, escribiendo, con la mirada puesta en la España que le habían arrebatado. Sin patria, viudo desde 1943 (su mujer era Rosario Arniches, hija del conocido comediógrafo), criando hijos y destetando libros, español peregrino de una España que no le merecía.

Feo, desgarbado, dandy en el vestir y en las formas, rodeado de mujeres y de amigos, llevando a cuestas un esqueleto y un país, Pepe Bergamín, enamorado del toreo, devoto del Cristo resucitado, insobornable hasta la extenuación.

España le quemaba el alma, le llamaba, y él, respondió al grito de auxilio de su patria, regresando en 1958. Muchos exiliados no entendieron su regreso, su vuelta desesperada al Madrid que le vio nacer, como tampoco entendieron el retorno del general Vicente Rojo, máximo estratega militar del Ejército Popular de la República. Bergamín pisó de nuevo el suelo español porque lo necesitaba para seguir respirando, para que la añoranza y la nostalgia no quebraran su corazón, porque creyó que sus compatriotas también querían compartir la dictadura con él.

La canalla fascista le dejó tranquilo durante 5 años, hasta que en 1963 tuvo que refugiarse en la embajada de Uruguay, al ser denunciado públicamente por Torcuato Luca de Tena, exdirector de ABC y autor de best-sellers. Su firma encabezaba la carta de protesta por las torturas y vejaciones a las que fueron sometidos los mineros asturianos en huelga. El destinatario de la misiva era Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo.

De vuelta al exilio, Bergamín se estableció en la Francia gaullista, donde su amigo André Malraux ostentaba la cartera de Cultura. Allí presenció las jornadas de Mayo del 68, participando en aquella algarabía como uno más.

En 1970, cuando ya era un anciano de setenta y cinco años, cruzó los Pirineos, instalándose en un ático frente a la madrileña Plaza de Oriente. A escasos metros, en el balcón del Palacio Real, el Caudillo exaltaba a sus incondicionales (que fueron mucho más de lo que luego se ha dicho), cada vez que notaba una grieta en el muro de opresión con el que atenazaba a España.

Imagino a don José, apoyado en el alféizar de su buhardilla, sonriendo socarronamente, mirando al dictador más viejo de Europa, recordando el encuentro que tuvieron cuarenta años atrás, cuando Franco le prometió fidelidad a la República. Ironías del destino.

El general se acabó muriendo, de puro viejo. Las Españas amanecían monárquicas, los fascistas disfrazados de demócratas y los demócratas travestidos de juancarlistas. Se ponía en escena la tragicomedia nacional, un espectáculo teatral magistralmente interpretado por los novísimos padres de la patria.

Entre la unanimidad clamorosa, hubo una voz que se negó a transigir con la Transición. Bergamín no transitó al oasis de la democracia constitucional, quedándose sólo en la otra orilla, clamando en el desierto de la República. Sus grandes amigos, Rafael Alberti y María Zambrano, se sumaron al coro transicional, dejando a Pepe rezagado, como la única gran figura del exilio que rechazó la pantomima postfranquista.

En esa travesía por el desierto, Bergamín encontró a la izquierda abertzale. El republicano irredento acabó siendo compañero de viaje del vasquismo revolucionario, en el ocaso de su existir. A tierras vascas partió para morir, en el seno de esa Euskal Herria rebelde que no aceptó el apaño de la Transición.

Español de españoles, patriota sentido y sentimental, honrado y pobre escritor, pájaro de mal agüero, Quijote desconcertado al que Sancho Panza vendió por treinta monedas de plata. Comunista hasta el último suspiro, luego un sendero pedregoso hacia el cielo.

Nosotros, en los infiernos, recitando el Soneto a Cristo Crucificado, inalcanzable ejemplo de la mejor poesía religiosa. Aprendiendo a ser españoles, a la manera de José Bergamín.

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