Escupiré sobre vuestras tumbas. Más sobre herejes y renegados

Es una variación sobre la que se han escrito ríos de tinta. El cristianismo lo tipificó en el Judas, el apóstol que se vendió por doce monedas, un personaje sobre el que caben muchas interpretaciones, algunas tan sugestivas como la que plantea Nikos Kazantzakis en su Cristo de nuevo crucificado, y cuya adaptación cinematográfica fue interpretada como una blasfemia por la misma Iglesia que ayuda a crucificar a los pobres y a los herejes. Pero quizás la más sugestiva es quizás la que sugiere Trotsky en su biografía inacabada de Stalin: ¿qué habría pasado si los Judas hubieran sido once?. Su respuesta es obvia: los once habrían acusado al que no lo era de ser el verdadero traidor…

El tema para tratados. Baste mencionar los múltiples ejemplos, el de la lucha contra la autarquía zarista y su temible brazo represivo, la Oljrana, que con sus métodos (todo un entramado, toda una tradición que persistió bajo formas diferentes), destruyó a numerosos revolucionarios, como lo fue el celebérrimo Fiódor Dostoievski, y lo fueron el populista Borís Sávinkov, quien luego escribió unas “Memorias de un terrorista”,  arquetipo de obra de un tortuoso “arrepentido”, o del infiltrado en las filas bolcheviques, Roman Malinowski, que llegó a ser diputado en la Duma. Se suele olvidar que entre los factores que influyeron en la creación de partido leninista, se incluía de manera destacada la importancia que tenía contar con militantes lo suficientemente forjados. Que fueran capaces de superar un cerco policial que se ensañaba especialmente sobre la gente más débil, menos preparada. También se olvida que durante el ascenso revolucionario, sectores significados de las clases dominante y del aparato militar, acabaron decantándose por una revolución que, al decir de Lenin, quería construir un nuevo edificio con parte de los ladrillos viejos del edificio anterior.

Este tema de la “traición” cobraría un sesgo  absurdo y especialmente cruel en la segunda mitad de los años treinta, en un tiempo que Walter Benjamín definió como de “medianoche en el siglo” (título de una de las novelas más memorables de Victor Serge). Un tiempo de abismos. De un lado, el ascenso del nazi-fascismo, en gran medida gracias a la política llamada de “apaciguamiento” de liberales y socialdemócratas. Y por supuesto, gracias a la descabellada política de “socialfascismo” impuesta por Stalin, sobre todo a los comunistas alemanes. Este clima mórbido crea las condiciones para los llamados “procesos de Moscú” en la que los “herejes” son tratados como architraidores. El estalinismo introducirá en la vanguardia del movimiento obrero un cáncer sectario que dejara el trayecto de la historia repleto de “casos” (el de Andreu Nin es el más cercano, pero se llega hasta los propios fieles que acabaron disintiendo como Joan Comorera y otros).

Este capítulo es seguidamente el más paradójico, sucio, complejo y trágico de toda la historia.

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Pero en general, estos son capítulos que del anteayer, pero el ayer más próximo, el del tardofranquismo y la Transición nos abre nuevas páginas, nuevas lecturas sobre la misma variante.

En esta época se dan fenómenos de signos muy diferentes. El primero está relacionado con la descomposición de la base social del franquismo que comenzará a desarrollarse en los años cincuenta, y que cobrará proporciones enorme al final de la dictadura. Sin este fenómeno no se puede explicar la renovación de la resistencia que, en sus expresión republicana (o sea de la lucha continuada de los hombres y mujeres que habían conocido la República), estaba casi destruida. Esto hizo que la mayor parte de la nueva resistencia provenga de sectores sociales ligados o al menos no opuestos al régimen (como dijo muy bien Unamuno, el franquismo nunca convenció, al menos a la gente trabajadora). El fenómeno llegó hasta a las familias más próximas al poder, y las “ovejas negras” van apareciendo con una persistencia creciente.  Fueron innumerables los antifranquistas, incluyendo los más radicales,  proveníentes de lo que podemos llamar “el entramado azul”.

El segundo estuvo ligado a la maniobra integradora de la Transición.  Como hemos explicado muchas veces, esta se hizo, básicamente, como una fuga hacia delante de los reformistas del régimen bajo la batuta del monarca. Después de fracasar la reforma de Arias-Fraga, llegó la hora de Suárez, libertad sin ira. Se trataba de “entrar con la nuestra” (legalización de la izquierda comunista, de los sindicatos, amnistía con doble filo, reconocimiento de las libertades que ya estaban siendo puestas en práctica, etc.), para “salir con la suya”, o sea con una democracia a la medida de la monarquía y del gran capital. Esto se hizo en varias fases: la Reforma Política, los pactos de la Moncloa, la Constitución, y el 23-F…Todo lleva a lo mismo, a reforzar el poder de la Corona, instaurar un bipartidismo siguiendo el modelo de la Restauración (con un caciquismo modernizado), para lo cual resultaba indispensable desmontar los movimientos. Esto último no se pudo hacer sin asimilar en el engranaje a buena parte de sus cuadros y líderes. Para ellos, esta democracia se convirtió en estación de llegada, ya no había ninguna más.

Esta opción tomada por las alturas del partido más masivo y representativo de la resistencia, descolocó completamente a unos movimientos de gran pasividad, pero a los que todavía les quedaba mucho para consolidarse orgánicamente,  carentes de autonomía, y que hasta entonces habían liderado “los políticos”, o sea el personal afiliado. Lo que vino después es conocido.

Una mayoría se encerró en la vida privada. Fueron aquellos y aquellas que puntualmente encontrabas en alguna actividad puntual, pero que habían perdido la fe en que se pudiese llegar más lejos por mucho que se quisiera. Una minoría más bien exigua siguió en la lucha durante un tiempo (con lo de la OTAN hubo mucha gente que se quedó sin cuerda), y un pequeño sector persistió…También hubo una minoría mucho más extensa que se fue encontrando su lugar al sol (que más calienta) en la vida institucional, todo ello en un proceso de sustitución de la vieja administración franquista que fue reciclado pero apenas tocado. 

La formula del reciclado de derecha y de izquierdas, funcionó a tope, no hay mucha gente capacitada y con experiencia en estos andurriales. Básicamente, los primeros acabaron integrándose en la derecha, los segundo en el PSOE. Llegó un momento en que se podía preguntar si quedaba alguien fuera.  Y como este mundo es lo que es porque –como diría Rendir en La règle du jeu-, todo el mundo tiene sus razones, los conversos tuvieron varias. El primer argumento que tenían a la mano era que ellos, ellos no habían olvidado los ideales, ¡ni mucho meno¡.   Simplemente se lo planteaban de otra manera, más sosegadamente, y más a largo plazo, en este país toda prudencia es insuficiente. Estaban creídos que yendo de la mano de la Europa moderna y social, a la vieja España no la iba a reconocer ni la madre que la parió (palabras de Alfonso Guerra que parecían derivadas de alguna fiebre etílica). Que gradualmente se irían consiguiendo los avances propios del “Estado del Bienestar” europeo. Esta “tercera vía” (ni fascismo ni comunismo) fue pregonada hasta por sectores de la derecha, comenzando por Jordi Pujol, y por reconocidos miembros del “Movimiento” ahora reciclados en demócratas de toda la vida.

Otro argumento era el siguiente: la opción de prosperar a través de las instituciones, de cultivar tu propio yo, y de lograr una “buena vida”, eran objetivos muy humanos, razonables. Es más: no lo podía ser el empeño “sectario” –para Felipe González todo el que se le oponía por la izquierda resultaba irremisiblemente, un sectario-, empeñado en una lucha y en unas ideas caducadas…Sí se había logrado prosperar económica ente bajo el franquismo,  mucho más y más justamente se haría ahora en una democracia que ya no perseguía a nadie, y en la que estaba teniendo lugar una pequeña revolución en las costumbre. No era otra cosa lo que te decían desde el cine, sin ir más lejos en el “mensaje” de películas como Carne trémula, de Pedro Almodóvar, protagonizada por dos actores españoles más encumbrados: Penélope Cruz y Javier Bardem. A algunos, la involución les llevó hasta la nueva extrema derecha (neoliberal), un lugar  revalorizado bajo la capa de una cierta “modernización” de la que resulta un rotundo exponente la historia del diario “Mundo”.

No hay que decir que hubo teorías justificadoras, tales como esa que dice que vale que seas anarquista de joven porque hay que tener corazón, pero solamente un tonto no es conservador a los 50, sin olvidar la de justificar el ascenso en la política profesional como un premio al activismo idealista de la juventud. Lo cierto es que, a la postre, esta foto en la que todos querían salir, se ha distorsionado precipitadamente, le está pasando lo que al retrato de Dorian Grey, está mostrando su corrupción. Muchos se han hecho ricos, incluso muy ricos, Roma si paga traidores, ha aprendido a que es más inteligente coaptar. De ahí que cualquier persona que haya estado a la cabeza de algo que se mueve, que puede causar problema, lo más común ha sido que “desde arriba”, siempre hay alguien que ofrece un “arreglo”. Si esto ha sido así en los niveles más pequeño, ¿qué no habrá que contar de las grandes superestructuras? Por otro lado, la masividad de del cambio de chaqueta ha sido tal que sus responsables han podio acallar los posibles problemas de conciencia. No es lo mismo que te escupan a que te feliciten, y en ello ha concurrido todo el sistema. Sobre todo desde los medios, este el fenómenos del “trepa” ha sido bastante generalizado.

Mi tentación más íntima es la que expresó Borís Vian: “Escupiré sobre vuestras tumbas”., pero quizás esto no sirva para gran cosa.

Más allá de la repugnancia que nos pueda causar toda esta historias con sus innumerables casos particulares desde los más discretos (el viejo camarada que rehúsa hablar del tema), hasta los más corruptos, el problema hay que situarlo en otro plano. Es muy importante que sea vea lo de la “foto”. Que los que se doblegaron para salir en ella, hay aparecen justamente desacreditados. Tampoco hay que dejar de pasar ni una para dar a conocer  unos hechos que únicamente se puede interpretar como denuncia. Igualmente hay que denunciar esa opción de vida de vividores y trepadores, en el fondo, personajes patéticos y corruptos. Se trata de luchar por nuevos valores, y por una nueva forma de hacer política…

Acabo aquí, valgan estas notas como reflexión sobre ese punto mórbido sobre el que tanto había que debatir.

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