Escultura de agua

El artista desconocido. En el estanque de los patos, del Parque de una gran ciudad, un hombre de boscosa barba blanca, pasaba todas las mañanas dibujando el agua brotada de un surtidor de dos metros y medio de altura. El agua no paraba de manar de arriba abajo, y vuelta a empezar sin interrupción. El hombre trataba de captar los mejores y más brillantes instantes de ese movimiento. El mínimo aire que la rozara producía cambios constantes de imagen. Aun sabiendo que era imposible, él lo intentaba, una, dos, tres, las veces que hicieran falta. Algunos paseantes lo rodeaban, otros miraban de soslayo y seguían andando.

Una de esas mañanas pasó por allá un pequeño grupo de estudiantes de Bellas Artes, acompañados de su profesora. Sacaron sus cuadernos de dibujo, tomando como modelo al hombre. Y éste seguía a lo suyo. De manera muy educada le hicieron algunas preguntas sobre su interés en dibujar el agua emanada. Él les dijo que estaban frente a una escultura blanca. Una escultura en movimiento y con sonido, semejante al de las aguas que bajan de las altas cumbres aunque, en este caso, acomodado al oído ciudadano. Para él era tan escultura y, por tanto, obra de arte, como las esculturas de Rodin, Brancusi, Henry Moore o Zadkine, entendiendo que sabían de quiénes hablaba.

Era consciente que su escultura no había entrado en ningún museo, ya que para entrar en los museos se necesita tener un buen pedigrí. Los museos prefieren esculturas que estén quietas como almas muertas. Son las opiniones de los directores de museos y críticos de arte afamados, contra la suya. Le daba igual. Ellos no poseen el placer de observar esa obra de arte que me regala en esos momentos únicos.

Les pidió que pensaran en el material de esa escultura. Se trataba de un material muy anterior al de las esculturas tan admiradas por iniciados y profanos. El material de su escultura venía de un elemento creado al tiempo de la formación del Universo. Esa escultura en su inicio fue lluvia y sigue siéndolo. Pues ahí me tenéis contemplando cada día el nacimiento de un pedazo del Universo. Lo que no es poco. Falta apuntar algo no dicho por nadie hasta ahora mismo: el arte es anterior a los artistas. Cuando vean este prodigio de escultura como se me presenta con su blancura natural, rodeada por el verdor de los árboles, comprenderá el mundo que el gran arte, y esta escultura lo es, viene a ser una parte de la mejor medicina para el espíritu. Se despidieron.

El hombre continuó dibujando el fluir del agua. Sonreía. Por primera vez en muchas mañanas.

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Dedicado a María Bilbao.

 

 

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