Escuela de negocios: la carcoma

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Por Rafael Cid
“Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir
al bienestar social, como la familia Botín en el Banco de Santander”
(Jesús Montero, líder de Podemos-Madrid)

España, que es un páramo académico, científico e intelectual, como recuerdan todos los años los rankings universitarios, descuella sin parangón en el ámbito de las escuelas de negocios. En el tramo de las elitistas Business School (IESE, ESADE, EADA, etc.), esa fábrica de presuntos delincuentes de cuello blanco, donde se foguearon Iñaki Urdangarín y Diego Torres rompemos el molde. Por eso ahora, bajo el patrocinio de la gran banca, autoridades académicas e institucionales, han decidido hacer de todos los campus un inmenso tablero de Monopoly.

Estamos imitando el modelo educacional americano a pasos agigantados bajo el palio de una presunta modernización para la competitividad. Y no solo en lo referente a la comida basura. La saga es ambiciosa: vivienda basura, trabajo basura, sanidad basura y ahora universidad basura. Para las clases bajas, porque los sectores más acomodados pueden permitirse el lujo de comprar los servicios y prestaciones que deseen. Tanto tienes, tanto vales. De esta manera se consigue que la tan cacareada movilidad social sea en realidad un coto para la inmunidad de las elites en el poder.

En los campus de Estados Unidos, donde muchos edificios y cátedras llevan el nombre de empresas (como nuestro Vodafone-Sol del Metro de Madrid, pero a lo bestia), el conflicto de intereses entre la instrucción como derecho y como negocio hace tiempo que falló a favor del mercado. Un antiguo rector de la prestigiosa Universidad de Harvard veía así el problema: “la motivación del beneficio económico hace que exista un cambio de paradigma, y que se pase de proporcionar la mejor experiencia educativa y los mejores recursos disponibles a centrarse en los precios (…) la comercialización amenaza con cambiar el espíritu de la Universidad, de tal modo que limita su libertad, mina su efectividad y la relega a un estatus inferior dentro de la sociedad” (Derek Bok. Universidades a la venta. PUV)

Es evidente que el “mal de piedra” de la universidad española estriba en la endogamia, ese compadreo que organiza equipos docentes clonados por filias y fobias y casi nunca por méritos. Pero también existe otro tipo de favoritismo casi más pernicioso en el clientelismo desarrollado entre los cuerpos directivos de la universidad y la gran empresa. Esa interdependencia tóxica se plasma, entre otras cosas, en la prevalencia de investigación aplicada y comercial respecto a la básica en los programas técnico-científicos, y en el desdén con que se abordan los estudios de humanidades en los programas. Subordinar los saberes a los mercados supone una agresión similar a la de la mutación de la masa vegetal por la invasión de la civilización del cemento y el automóvil. En ambos caso, se muta la fotosíntesis vital por una polución que puede ser letal para el individuo y la sociedad.

“Prácticas profesionales en PYMES”, es lo que se oferta, exclusiva y excluyentemente, en esas Becas Santander publicitadas por la prensa que le han convertido en el banco cum laude. Al respecto de esa insana cohabitación, recuerdo la naturalidad con que la directora de ANECA (nuestra agencia de calificación del Proceso Bolonia), socialista y catedrática de economía de la empresa por más señas, aprobó un sustancioso contrato con el Banco de Santander para dotar la web sobre salidas universitarias de la institución pública, sin reparar en que su marido ostentaba un alto cargo en la Fundación de dicha entidad financiera.
¿Pero en qué momento se jodió la universidad española? Como casi siempre sucede con las cosas del comer, la respuesta es un avispero: cuando el rodillo PP-PSOE se vistió de “patriotismo constitucional”, aunque en público y desde la oposición uno y otro ofertaran lo contrario de lo que luego hacían en el gobierno, y el “riesgo moral” quedó a beneficio de inventario. La famosa reforma universitaria que inauguró el Proceso de Bolonia echó a rodar en tiempos de Aznar (LOU 6/2001), con el PSOE bramando en las calles contra el desaguisado junto a la movida estudiantil y prometiendo tumbarla en cuanto llegara al poder. La realidad fue frustrante. Con Zapatero en La Moncloa les faltó tiempo a los socialistas para convertirse en los más fieles defensores del llamado “Espacio Común Europeo de Educación Superior” (LOUM 4/2007). Como dice en su libro el profesor de Estética de la Universidad de Barcelona, Jordi LLovet, “todo está pensado desde la órbita de la política de inserción y de rentabilidad económica propia de las sociedades neoliberales, en detrimento de lo que más molesta a dichas sociedades: el uso indiscriminado y libre de la inteligencia, la crítica y el disensos intelectual“(Adiós a la universidad. Galaxia Gutenberg).
Porque la madre de todas las reformas está en el abusivo incremento de las tasas y en el negocio de las becas-crédito, que hacen de la universidad pública un “númerus clausus” en perfecta sintonía con las gananciales del Proceso de Bolonia. Anthony Giddens, el sociólogo británico que acuñó el concepto “tercera vía” (ni de derechas ni de izquierdas) como activo político para la declinante socialdemocracia europea, lo tenía muy claro. “En la economía del conocimiento –escribía-, la educación superior confiere a quienes la experimentan grandes ventajas de ingresos durante su ciclo vital. ¿Por qué no iban a reembolsar parte de su coste quienes se benefician de la educación universitaria? (Mejorar las universidades europeas. El País, 10/04/2006).
Con 3+2 o con 4+1 el fetichismo mercantilista es lo que finalmente impera. A pesar de las advertencias sobre los estragos que ello produciría. “El préstamo universitario hundiría definitivamente a la clase media” (La Voz de Galicia, 28/07/2014), anticipó Teresa Miras, presidenta del Comité de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario. Lo más llamativo es que ese mantra de la banca amiga (ni de derechas ni de izquierdas) está calando incluso en los partidos regeneracionistas que predican acabar con la exclusión social en áreas de primera necesidad. “Hay dos culturas empresariales. Una es casta, la otra quiere contribuir al bienestar social, como la familia Botín en el Banco de Santander (…) seguro que Ana Patricia se vería con Pablo Iglesias y hablarían de etas cosas” (Los caballeros de la Mesa Redonda. El País, 28/01/2015), ha declarado Jesús Montero, secretario general de Podemos en la Comunidad de Madrid y por el mismo precio también alto funcionario de la universidad complutense.
Junto al Santander, la convocatoria de becas pro Generación Encontrada está copatrocinada por la CRUE y la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa (CEPYME), cuyo presidente Jesús Terciado acaba de ser imputado por fraude. En cuanto al “banco emisor”, basta decir que en su edición del pasado 20 de enero el diario El Economista informaba que “en febrero del año pasado el regulador de mercados de España multó al Santander con casi 17 millones de euros por deficiencias «serias» en la manera en que vendió 7.000 millones de euros de bonos convertibles en 2007 a clientes minoristas”. La banquera Ana Patricia Botín y el piloto Fernando Alonso que luce la camiseta roja corporativa del Santander lideran el ranking de defraudadores fiscales en el HSBC de Suiza. Por cierto, la ofensiva publicitaria del Santander en los medios de referencia pro-becas se perpetró pocos días antes de que estallara la denuncia Falciani en las portadas de esa misma prensa.

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