Escepticismo anarquista

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INTRODUCCION

Aquello que se piensa y se dice (y se escribe).

Fue una fresca tarde primaveral del 2020 sentados en una angosta vereda del Quarticciolo, allá en Roma, cuando Alfredo me hizo entrega de este cuadernillo. Como al pasar, casi dejando deslizar las palabras, me preguntó si me gustaría traducirlo. Sopesé el texto entre mis manos, revisé la cantidad de páginas, hojeé superficialmente el contenido, y le di mi consentimiento pensando en poder llevar a cabo este trabajo en un mes, a lo sumo dos.

Otra vez la percepción me volvió a engañar, no resultaría ser una tarea así de sencilla.

Al llegar a Buenos Aires, una mañana cualquiera, siempre después del desayuno, hora en que mi hija más grande está en la escuela y la más chica todavía duerme, puse manos a la obra. Leí un par de veces el texto, y si bien muchos párrafos se traducían prácticamente solos, algunos otros permanecían incomprensibles, es más, inabarcables… pasaron uno, dos, quince días… un mes o dos… y nada… cuanto más leía aquellos párrafos más se cerraban y más se encriptaban. Y entonces, poco a poco, el desanimo se fue adueñando de mi voluntad.

Hasta que un buen día de los días, mi hija más chica, que por esos caprichos del destino se llama Areté, comenzó a despertarse unas horas antes y, por lo tanto, empezó a caer rendida en brazos de Orfeo más temprano que de costumbre.

¡Zas! ¡Eureka!

Lo que ocurrió fue que el lenguaje nocturno, ese dominio de Dionisio, plagado de imagines, símbolos, y mitos, acudió en mi ayuda permitiéndome descorrer el velo de Maia que cubría aquellos párrafos… O que quizás me cubría a mí y a mi limitado entendimiento.

Y aquí es cuando mis dudas explotaron. Dicho de otro modo, el momento en que algunas de mis certezas quedaron acorraladas en un laberinto sin salida inmediata, momentáneamente suspendidas en un éter de mutabilidad.

Llegados a este punto me aventuraré a hacer algunas consideraciones, a dar algunas impresiones personales, acerca de este irreverente, provocador, y en consecuencia, polémico, opúsculo.

Me gusta porque es absolutamente subjetivo y sólo a partir de las subjetividades individuales, creo yo, se puede confrontar la objetivación del Poder y la dominación. Mi pensamiento frente a otros pensamientos, encontrándose y desencontrándose, componiendo dinámicas tendientes a la emancipación y a la libertad. Es que contraria a la objetivación de la política y del pensamiento por medio de la ciencia, la razón, el conocimiento y otros etcéteras, tan soberbia y tan segura de sí misma y que tanto nos deshumaniza y nos embrutece, surge una frágil y solitaria condición humana que busca desesperadamente romper el aislamiento, buscando articularse y entrelazarse con otros solitarios universos.

La tiranía de Apolo se tornó cruel, su luz, que se pierde en la oscuridad de los tiempos y que algunas veces ha iluminado nuestros recorridos, desde hace casi un siglo, nos enceguece.

Me gusta porque es profundamente antiautoritario y se opone ferozmente a todo dogmatismo, a toda verdad homologada, y a todo Poder.

Me gusta porque la milenaria y furibunda duda escéptica demuele prejuicios y categorías, y destruye lugares comunes y paradigmas, tan corrientes en una época de decadencia como en la que nos toca vivir. Pero por sobre todas las cosas abre caminos, presenta posibilidades y rompe con la ilusión de que las cosas son de una única manera determinada. Y justamente en este terreno de lo posible, de lo impensado, de lo ilógico, y de lo utópico, es dónde caben mi anarquismo y mi revolución. En el campo del pleno desarrollo de nuestras capacidades (otra vez la areté), prescindiendo de las ideas totalizantes que son -al fin y al cabo- las que nos conducen hacia el sometimiento y la miseria. O al conformismo y a la resignación.

Para finalizar quiero dedicar un párrafo especial respecto a aquello que uno piensa y dice, y a aquello que otros piensan y dicen. Un aquello que marca una prudente distancia filosófica, como en el boxeo, frente a aquellas verdades, certezas, y sentencias (me atrevería a llamarlas logos) inmutables e indiscutibles -propias y ajenas- que cuando se materializan, no son más que explotación y represión, ignorando deliberadamente el factor cambio y pretendiendo ignorar que Caos (espacio que se abre) puede accionar de un instante a otro.

Aquello que no me gusta lo charlaremos con Alfredo cuando se preste la ocasión (kairós).

¡A la salud que está en nosotros!

Tangos.

1. Premisas.

Yo… yo… yo…

Expresarse continuamente en primera persona del singular a menudo puede parecer un síntoma de individualismo exasperado, de egocentrismo y, por qué no, de egolatría; pero puede ser también un modo para reconocer que eso que se dice o se escribe, pueda tener un valor bastante limitado o relativo: una tentativa para no querer atribuir a las propias ideas, a los propios juicios, a las propias experiencias, un valor universal.

Yo la pienso así”, “A mí me gusta esto”, “A mí me sucedió”, “A mí me parece justo”, “A mí me parece bello”…: personalmente no logro salir de la “jaula mágica” de mi consciencia (¿no quiero?, ¿no puedo?), y no puedo pretender que el otro deba aceptar mis posiciones fundadas sobre eso que a mí, me parecen “evidencias” irrefutables, “los hechos”, “la intuición”, “la razón”, “el sentimiento”, ”el instinto”, “la Fe”, “la moral”, “la historia”, la autoridad de los “libros sagrados”, o cualquier cosa que sea, al menos para mí, una fuente autorizada.

(Mi) definición de anarcoescepticismo.

Entiendo por “anarcoescepticismo” (o “escepticismo anarquista”) una posición de perplejidad ante toda afirmación, que se agudiza aún más, deviniendo en enemistad, en un profundo rechazo, frente a aquellas verdades o “escalas de valores” que se presentan cómo absolutas y vienen sostenidas, intersubjetivamente, por formas de violencia y de poder.

Por esto el anarcoescepticismo, por cómo lo entiendo yo, no se presenta como una contemplación estática ni como indiferencia cínica, como “laissez faire” o como un abandono o huída, sino como hipótesis de lucha radical (= “hasta las raíces”) e inmediata contra el Poder y quienes (dañándose y dañándonos) lo desean, lo detentan, lo gestionan.

2. El tabú militante.

Quiero ser infantil, impertinente, vulgar:

-“…Siente, siente: este es el olor que emanan mis axilas sudadas”

-“…Perciban este hedor: ¡me tiré un pedo!”

etcétera, etcétera…

La impresión que cualquier interlocutor ocasional podría deducir de mis “dudas existenciales” es quizás similar a aquélla que sentiría si le pusiera en exhibición mis secreciones sebáceas o si le tirase en el rostro el contenido de mis puntos negros.

Especialmente quién está habituado a “hacer política” podría creer que “ciertas cosas uno debería guardárselas para sí”.

No hay lugar para las dudas: “aventajan al enemigo”, “perjudican la acción”, “pajas mentales”, “todas excusas para no hacer un carajo”, “confunden a los más jóvenes”, “neurodelirios”…

O bien, podrían tener razón (si existe una…).

El disgusto que se advierte cuando se habla de argumentos “demasiado íntimos” quizá pueda fundarse sobre la incapacidad (o temor) de ponerlos en discusión, o quizá también, sobre la sincera sensación a partir de la cual hablar abiertamente de cualquier cosa significa denigrarla.

Si esto fuese verdadero, cada uno de nosotros debería vivir sus angustias más íntimas en soledad, o mejor ni siquiera intentar hablar de ellas directamente, tal vez confiando la comunicación a canales más intuitivos, empáticos, o aunque sea sugestivamente implícitos.

Siento lo que tú sientes, no hay necesidad de hablarlo, es más si lo hablamos, ahogamos, ensuciamos, aniquilamos, esa frágil, pura, y cristalina comunicación; la única posible en estos temas…”.

Y a este mundo de lo no dicho pertenecen los sentimientos más nobles y asentados de la solidaridad coexistencial (“¡EY tú otro ser vivo, te quiero…!”), los lazos afectivos, como así también los más enredados de la esfera sexual, los momentos de incertidumbre, (angustia, miedo, tristeza, melancolía, depresión) que podrían cristalizarse gélidamente, de un momento a otro, en un escepticismo, pero aquél de la resignación… sumado a quizás cuántas otras cosas que, ya que estamos, es mejor no decirlas…

Pero también detrás de ese silencio pueden esconderse el filisteísmo y la hipocresía.

En los ejemplos humorísticos y odoríficos del inicio, el tabú, lo que no se dice, chocaría con una tangible (visible, olorosa) presencia, odiosa e invasivamente palpitante, del argumento prohibido, que las normas de los buenos modales imponen (fingir) ignorar…

Y nosotros, transformados en militantes chichisbeos, hablando y enredándonos con los argumentos deshumanizados y asépticos de un antagonismo sólo recitado; referido, desde mi punto de vista, no al mundo de mierda en el cual estamos inmersos sino a aquel reconstruido por un improbable y torpe pudor victoriano: el mundo ficticio del neorrealismo socialista de los manifiestos, volantes, comunicados, mociones, luchas, acciones…

El paño de cocina gastado del militante sin manchas ni temor, ni dudas…

3. Dudas sobre el yo.

Siempre he advertido, aunque conjuntamente con una cierta sintonía por quién dirige su sensibilidad hacia las desigualdades sociales, un contraste, contradictorio, sentimiento de rechazo por las posiciones marxistas leninistas según las cuales el singular es descuidado, o incluso sacrificado o negado, a favor de entidades colectivas como la organización, el partido, la clase…

Siempre he sentido, interpretado, todo esto como una grotesca y suicida representación del letal Principio de Autoridad.

Pero no siento que deba excluir que esta inspiración por la libertad individual, hacia la existencia misma del singular, pueda ser debido a las fibras limitantes de mi yo, colosal súper feto, alimentado (o envenenado) con la jalea real de la cultura occidental, abonado con la mierda nitrogenada del ambiente pequeño burgués en el cual he crecido y por otros miles de factores más.

Puedo imaginar que para otras vertientes culturales el individuo no exista, y que otras visiones (orientales, religiosas…) pintan un mundo donde la individualidad es sólo un espejismo enfermizo y en donde, en cambio, cualquiera se pueda sentir, o efectivamente sea, solamente parte de un todo (el Universo, la Naturaleza, la Patria, La Clase, el Partido, la Organización…), con inexistentes, o al menos irrelevantes, peculiaridades personales.

En cambio, por lo que a mí respecta, y con todas las dudas y perplejidades enunciadas anteriormente, creo en la extrema relevancia, empezando por la mía, de la individualidad. Siento la máxima fascinación por provenir del singular, de esa irrepetible encrucijada de impensados senderos, pero que en mí me conducen a una ulterior sensación aparentemente irreprimible: mi necesidad del otro, sed del otro, una forma extrema de exigencia, inclusive de dependencia.

Soy empujado a una continua búsqueda de enlaces, de comparaciones, de perspectivas convencionales (pactos, acuerdos libres, apoyo mutuo…) con el otro.

Advierto una violenta necesidad de encontrar articulaciones no abusivas a partir de las cuales pueda percibir un potenciamiento geométrico de mis propias posibilidades de realización.

El equilibrio entre estas dos instancias (de individualidad y de relaciones), a mi modo de ver, debería conducir a esa suerte de “anarquismo simétrico” o “anarquismo armonioso”, que prefiero denominar de manera menos redundante y más auto irónica: “anarquismo equilibrista” (entre libertad y justicia social, por ejemplo).

Digo esto tratando de mantener a raya, por el momento, las innumerables dudas acerca de quién soy yo y quiénes son los otros.

Un ejemplo: yo me siento cualquier otra cosa menos que Único, me siento Tantos (muchos yo mismos): ya aquél de ayer me parece distinto a aquél de hoy (incluso de aspecto), ni me siento como para reconocerme en ese quid que me identificaría con continuidad. Justamente ese quid, esa cosa inmutable, constante en los cambios, quizás nunca haya existido, nunca haya sido MÍ (YO).

Sí, a menudo me parece saber lo que me gusta, lo que me convence, eso que quiero hacer y que hago, pero si ya me pongo a preguntar por qué una cosa me gusta y me convence, no puedo descartar la hipótesis, no sólo de estar siendo engañado, manipulado, condicionado, sino también de haber sido simplemente víctima de mis límites para evaluar las cosas y a los otros o superficial al leerme dentro… y así sucesivamente, y regreso a una postura alerta, crítica, dudosa, incluso acerca de aquello…

4. ¿Cómo me (nos) ven “los otros”?

El 26 de marzo de 1997 fueron descubiertos los cadáveres de 39 adherentes a la secta Heaven`s Gate (“La puerta del Cielo”). Estaban convencidos de que el pasaje del cometa Hale Bopp era debido a que una nave espacial alienígena lo estaba arrastrando a la proximidad de la Tierra para permitirles a sus almas ser transportadas, hacia un plano de nivel superior de conciencia, evitando así la decadencia y el final ya marcado para quiénes no quisieron aprovechar el pasaje y se quedaron en la Tierra.

Se suicidaron en masa felices y convencidos.

Algunos días atrás habían devuelto un telescopio de 4.000 dólares: no logrando localizar la astronave que supuestamente estaba arrastrando al cometa, sostuvieron que seguramente estaba fallado.

Mi vida, mi “anarquismo”, mis elecciones, mis metas y medios (¿mis “astronaves”, mis “cometas”?) quizá generan en tantos otros la misma actitud de gratificante compasión y burlona incredulidad que provocan, en mí, las convicciones y las decisiones de esos suicidas de San Diego, California.

5. Escepticismo y anarcoescepticismo.

Mi madre –no sé si ha sido la persona que mejor me ha conocido pero ciertamente ha sido la que me ha conocido por más tiempo- decía seguido sobre mí que soy: “un loco y profundamente malvado”.

No siento poder excluir esta interpretación sobre mí, porque también parece particularmente calificada en cuanto a origen y sinceridad.

A pesar de todo, se dice que “no se puede gustar a todos” y yo, como quizá cada uno de nosotros, hago mis elecciones en base a unas escalas de valores que no son unánimemente compartidas; es más, a veces, o a menudo, no me gusto, como a mi madre.

Queda la sospecha de que “lo escéptico”, “abjurando” a la conciencia de tener certezas, pueda luego terminar por moverse como el agua, cuyo recorrido pareciera ser “obligado”, a través de aquellos trayectos, de aquellos pasajes, que presentan para él menor dificultad.

Me resulta difícil imaginar que yo pueda cambiar el curso de mis “propensiones”, de mis “tendencias”, sean estas de origen genético, ambiental, o de tantas otras cosas.

Aparece, plausible, creo yo, para el escéptico (ese que no sabe con certeza que cosa elegir), el peligro de terminar atado de pies y manos en los brazos del “status quo”. El riesgo de aquietarse y no encontrar motivos válidos para los cambios (imaginemos aquellos de tipo radical…). Es más, quizá sea por esto mismo que los argumentos escépticos de crítica a la razón, a veces, acaban por dar impulso al irracionalismo místico y al fideísmo (con la razón no se va muy lejos, no queda más que la Fe).

De Pirrón a Pirandello, el escéptico parece mantenerse “fuera de la lucha”, y Montaigne (si bien, desde mi punto de vista, con gran sensibilidad humana y social) incluso ha podido ejercer, con cierta imperturbable serenidad, cargos públicos de relevancia.

Si fuese verdaderamente así, ¿qué tiene que ver el anarquismo con todo esto y qué tiene que ver el desencanto de mi madre?

Yo, por un lado, me digo que el escéptico al no estar, por definición, extremadamente convencido de lo que hace puede ser una víctima pero difícilmente pueda ser un perseguidor (si lo es, será blando y poco creativo); y que del otro, quién tiene certezas inamovibles y brama mandar no ama a los tibios.

La misma “mayoría silenciosa”, a mis ojos, no está hecha de escépticos sino de detentores de “verdades” mezquinas y homologadas.

Y el Dominio institucionalizado, en mi hipótesis anarcoescéptica, se basaría justamente sobre la imposición prepotente y continúa de valores y verdades indiscutibles, indudables, homologables: no se satisface con una simple y catatónica pseudo-aquiescencia, sino que busca rastrillar un consenso generalizado, por más que sea extorsivo y fraudulento.

Y luego, si en su camino lo escéptico sólo pasa a través de las puertas abiertas o semi cerradas, que no exijan un esfuerzo que vaya en contra de su naturaleza, mi naturaleza; mi puerta abierta, “la corriente de mi agua” parece llevarme hacia el desinterés, la idiosincrasia, la aversión a veces nauseabunda, la rebelión contra la autoridad, contra la obediencia, contra la homologación y contra todos los valores que no comparto, que siento profundamente extraños o tiranos, como, por ejemplo, aquellos de la familia más o menos natural, de la patria, de la sociedad convencional, de las jerarquías y de tantos otros.

Lo siento y lo digo como suspirando: “No siento de ser escéptico sino anarcoescéptico”.

6. La aguja (de la balanza) en el pajar.

Para quién se deja cautivar por el gusto del conocimiento difícilmente pueda imaginar que se puede continuar viviendo, sin excesivos problemas y, por lo tanto, sin excesivas diferencias, también en la ignorancia.

Saber que la Tierra es redonda no siempre ha ofrecido niveles de serenidad superiores respecto a un estadio de inconsciencia, y además, y esto es más difícil de digerir, bajo el aspecto del conocimiento de sí mismo y de los otros, y de la capacidad de realización de nuestras propias potencialidades, ni siquiera se puede afirmar categóricamente que el aporte de un dato así macroscópicamente relevante (la esfericidad de la Tierra), se muestre siempre determinante.

Mi amiga Fantoi, cuando se encontró en contacto (gracias, por culpa, a causa de su donaire y de su vivacidad mental fuera de lo común) con el mundo de la opulencia, dejando atrás los arbustos somalíes, primero, y los guetos de Mogadiscio, después, absolutamente no tenía la intención de creer en una hipótesis tan sorprendentemente contrastante con sus sentidos inmediatos y con su cultura tribal. En cambio, jugando Póquer, sabía perfectamente cómo arreglárselas, mediante todas las refinadísimas astucias y los sutiles y ensortijados psicologismos aplicados que este juego requiere. Serena, presente consigo misma y con los demás, aguda, desfachatadamente segura de sí, autogestionaba su vida con una rara y alegre lucidez.

Por otro lado, Platón y los grandes pensadores del pasado, como así también el individuo anónimo de aquellos tiempos, supieron expresarse a sí mismos, con sus propias connotaciones complejas e irrepetibles, aún, si de hecho, omitían (o ignoraban) la esfericidad del mundo.

No pretendo extenderme en una apología de la ignorancia, ni jamás he sentido fascinación por un oscurantismo irracionalístico, es más, mi curiosidad felina me ha regalado los momentos más estáticos justamente en la profundización y en la búsqueda racional, aunque sea aficionada, de mi provincial iluminismo.

Justo por estas premisas me cuesta tener presente que saber (incluso entender) no es todo. Que se puede vivir con un grado más o menos equivalente de consciencia y de relaciones con el otro y el mundo, en una dimensión distinta a esa meramente racionalística (pasional, estática, metafísica, ascética, estética…). En un sitio donde cada pregunta está fuera de lugar, dónde la duda febril, la insatisfecha curiosidad, viene suplantada por un plácido relax o, al contrario, por un entusiasmo, un furor, pragmático (dogmático, axiomático…)

Por lo tanto, de una parte busco mantenerme despierto de mi sueño de una solución científica, iluminista, a mi propia irrealización y a la ajena; pero, por otra parte, continúo a sorprenderme de las certezas mágicas profesadas por otros, y todavía más de quién “intuye” acríticamente de representar el justo equilibrio entre conocimiento e ignorancia, racionalidad y sexto sentido, razón e instinto.

Muchos afirman ser y se mueven como si fueran las agujas de una hipotética balanza (entre el mucho y el poco), sienten de ser y se muestran como el fortuito, milagroso, correcto equilibrio entre dos infinitos (o sea, como un justo límite entre dos semi infinitos): quién sabe menos que ellos es un bruto ignorante, quién sabe más que ellos es un esnob, un intelectual iluso, un hermético especialista.

De mi parte la sensación, quizás falaz, es que no haya un arriba y un abajo, un más o un menos, ni una derecha ni una izquierda, y esto en absoluto (el absoluto necesita una piedra angular, Dios, Yo, el Duce, y yo al Estado no lo reconozco) anula la apodicticidad de mis asuntos.

Y ahora termino (espero también terminar) por apreciar las posiciones del otro, de cada otro, que se presenta a sí mismo, en su inconciliable pero, para mí, fascinante diversidad (alienidad).

Quién anda por acá, quién anda por allá, quién da valor a esto, quién a aquello, quién mira más (y disfruta de) los frutos de la lógica y quién de aquellos del melocotón.

No juzgo, pero juzgo (mis notas), valoro al otro con lúdica alegría a través de parámetros éticos, ideológicos, estéticos, que adornan mi persona y espero lograr de cualquier modo interactuar sobretodo con quién siento afinidad, escuchando, hablando, haciendo, dando y tomando (a palazos), en la búsqueda de confrontaciones y prácticas, de acuerdos no abrumadores.

Quizás también para anular, o al menos esconder (esconderse), la soledad astral de nuestros universos suspendidos.

7. ¡HEY, tú!

Mientras mi padre estaba muriendo en un lecho de hospital, siempre más atrofiado y ausente, trataba de darse, él solo, pequeñas bofetadas y cuando lo lograba, parecía obtener cierta mínima satisfacción.

Yo, que sostenía su mano, le preguntaba por qué lo hacía, pero él me invitaba solamente, farfullando, a ayudarlo en estas tentativas, tal vez, dándole en lugar suyo, pequeños golpes.

Pienso interpretar este comportamiento como el extremo esfuerzo por aferrarse a la vida, la tentativa extrema de recibir del exterior sensaciones que se desvanecían cada vez más y que pronto lo dejarían en el mundo cerrado de sí mismo y, al final, en la muerte.

En sus condiciones, allí donde el gélido muro de la enfermedad filtraba o impedía los estímulos externos reteniendo afuera aquellos más débiles y nobles, penetraba en él sólo el impulso del dolor, siendo lo único que le quedaba para confirmar la vida, la relación con lo externo, el fuera de sí.

Incluso prontamente, el dolor habría cesado sus señales y habría quedado solo con sí mismo y, por lo tanto, con la muerte.

Y esta es una interpretación que, como todas las interpretaciones, probablemente revela más sobre el intérprete que sobre el interpretado.

Los mismos gestos habrían tenido de parte de un misericordioso sacerdote una explicación bien diferente: auto aflicción, un “mea culpa” liberador, el arrepentimiento de un hombre que ha vivido sin Dios.

Un neurólogo habría visto simples clics automáticos y descompuestos, señal del marasmo cerebral pre agónico.

Yo, en cambio, en un momento así descubierto, sin defensas (ambos), he leído su amor por la vida, el miedo a la muerte, el deseo, la curiosidad, la pasión todavía viva, en relación con lo externo, la lucha contra la soledad.

8. El Estado en la cabeza.

En el baloncesto hay jugadores que rinden al máximo sólo cuando el partido asume las características del choque físico, basado en la fuerza y en la competencia exacerbada.

Se dice acerca de ellos que “buscan al adversario”, que sólo el “contacto rudo” los exalta y que, en cambio, si los dejan estar, libres para moverse y construir el juego, sin marcas asfixiantes, prácticamente ignorados, lentamente “se van del juego” mismo, pierden la garra y la concentración, y terminan por perderse y fallan en las cosas más sencillas.

A mí me parece que hoy entre nosotros, muchos “refractarios” no cultivan otros sueños que no sean de “lucha”, de contraposición, no tienen otros proyectos inmediatos que no requieran el “choque”, el “ataque”, y en cambio no saben, o no quieren, prescindir desde este mismo momento y en tanto sea posible del “Enemigo”, del “Estado”, del “Poder”, del “Sistema”, del “Capital”.

La idea, la hipótesis, la propuesta, de experimentar también formas de “desvinculamiento” de los tiempos, de los modos, de la existencia misma del Dominio a menudo nos deja desorientados y, cada tanto, sordamente indignados contra quién parece querer llamarse así, vilmente, “fuera de la lucha” (“hippones”).

Y si bien la “lucha”, desde hace tiempo, no viene más entendida únicamente en el sentido estricto, en la antigua acepción del combate físico, cuerpo a cuerpo, entre dos contrincantes, sino también, por extensión y en sentido figurado, como aquel fervoroso contraste que opone entre ellos personas o grupos y que empeña todas sus fuerzas para vencerse unos a otros y conseguir un resultado fuertemente querido; esta ha continuado a mantener siempre un significado, a veces sólo también en sentido metafórico, de conflicto, de antagonismo, adquiriendo, con el tiempo, un valor extremadamente y acríticamente positivo de irreductibilidad, y, por así decirlo, sacralizándose.

Quién lucha jamás será esclavo” se dice también hoy en los muros de esta ciudad, como si residiera exclusivamente en la lucha la panacea contra toda injusticia.

Buscar incluir toda actividad viva y significativa, para ennoblecerla, en el ámbito de la “lucha”, comporta, sin embargo, el riesgo del sometimiento a la presencia imprescindible de un Enemigo contra el cual luchar.

Personalmente estoy convencido que la anarquía es el lugar utópico de las realizaciones de las potencialidades de cada uno y todos nosotros, e hipotizo que allá dónde y hasta cuándo, existan jerarquías, orden, autoritarismo, dominio, dichas potencialidades resultan altamente comprometidas. ¿Pero puedo, por esto mismo, considerar el ataque, la lucha, contra el Enemigo, el criterio exclusivo y discriminante, el único, aunque sea provisorio, hilo de Ariadna, que vaya en dirección de aquel lugar utópico?

Para mí liberarse del Estado también significa aprender, en cada lugar y cada vez que nos sea posible, a prescindir de él. Aprender a olvidarlo, a extirparlo de nuestras cabezas, de nuestras vidas, de nuestra cotidianidad.

¡Bien hecho!” “¡Felicitaciones!” me diría el entusiasta defensor del ataque constante, incesante, asfixiante, si estuviera dotado de ironía: “¿¡Y cómo decirle al condenado de ignorar su cadena, la bola de acero que lo obliga, la violencia de la prisión que lo humilla, que lo mata!? ¿Qué estás proponiendo? ¿La evasión en la locura? ¿En el sueño? ¡Únicamente el pensamiento fijo en la evasión y en la venganza contra el carcelero puede en cambio sostenerlo, permitiéndole la supervivencia de su identidad psicofísica!”.

A mi parecer el Dominio es considerablemente más temible que aquel segmento represivo que se nos permite observar y que se nos impone en su materialidad: es más temible que aquellas cadenas, aquellas rejas, aquellos muros y que aquella evidente y humillante violencia: su arma más violenta y letal es invisible, invasiva. Este intenta penetrarnos y llenarnos de sí, de su presencia, de su verdad. Si sabe imponer a sus prisioneros el pensamiento constante, exclusivo, de sus carceleros, logrará anular su ausencia, sus conos de sombras.

Cada vez que nos obliga a pensarlo, el Poder consigue una, si bien parcial, pequeña victoria.

Sea cuando utilizamos como clientes un cajero automático, sea cuando lo saboteamos, los hilos viscosos del Dominio nos conducen al cajero automático.

Personalmente quiero evadirme, quiero desvincularme, quiero prescindir, quiero construir mis propios caminos aún si ciertamente deberé defenderme y deberé atacar para liberarme de la insoportable presencia material e inmaterial del Poder, debido a que mi límite de resistencia no logrará mantenerlo fuera de mí. Pero no quiero, no pretendo reducirme sólo a eso: mis prioridades, mis tensiones, van más allá. No me parece que la relación con el otro, la experimentación y construcción, mental y material, de relaciones libres y de vínculos horizontales, hayan que postergarlas hasta un momento futuro (“después de la revolución”) o “cuando el enemigo haya sido derrotado”.

La lucha, el ataque, los golpes, el conflicto, pueden ser, para mí, un medio “obligado”, necesario, pero jamás será aquel privilegiado o incluso exclusivo, y seguramente, no será jamás mi finalidad.

No puedo olvidar, entre otras cosas, que si “quién lucha jamás será esclavo”, están inclusive aquellos que luchan por mantenerse o convertirse en patrones (lucha de poderes) y que, por lo tanto, la lucha en sí misma no transforma todo automáticamente, alquímicamente, mágicamente, en cualquier cosa preciosa.

Escepticismo anarquista, incursión en una velada Dark.

Sé exactamente cuándo y cuánto, algo o alguno me convence racionalmente, me parece justo éticamente, me gusta estéticamente, y trato de ser coherente con mis “certezas” personales en mis elecciones que, poco a poco, se me van proponiendo en la vida; aunque, por fortuna o por desgracia, no logro saber con seguridad el por qué yo pienso y siento aquellas cosas.

Si son estas que “se me imponen”, “se me revelan” de manera irresistible por su fuerza intrínseca, objetiva y absoluta (que los otros no pueden o no quieren ver y que sólo yo veo, intuyo, conozco, advierto y afirmo, justo y exactamente con aquella debida “claridad”) o si son mis características personales, mis “límites” intelectuales, físicos, culturales, experenciales, emocionales que condicionan mis valoraciones, y si son mis escasas capacidades críticas, insuficientes hacia posibles manipulaciones, errores, falacias, las que me conducen.

Cuando “conozco” a otro todas mis certezas se relativizan.

¿Por qué debería tener “razón” yo y no él?

Aquellas que en mí siento como evidencias, principios cardinales, razonamientos aparentemente irrefutables, pasiones irresistibles, valoraciones “objetivas”, se restringen si se confrontan o chocan con aquellas de los otros, a menudo de la más variada diversidad.

La tentación de mofarse, denigrar a quién no la piensa cómo yo, no siente aquello que siento, (suponiendo motivaciones ocultas, cobardía, estupidez, y quién sabe qué otras) se convierte en una fácil escapatoria para auto confirmarme en mi posición eludiendo de afrontar la posibilidad que mis limitaciones personales más arriba enunciadas, o que las presumibles manipulaciones inducidas, de las cuales fui objeto desde mi nacimiento, sean la causa, o una concausa importante, de mis “certezas” y mi sentir.

En síntesis, no logro dar un valor absoluto incluso a aquello que advierto como indiscutible o irresistible.

No pretendo que los otros se deban adecuar o convertir a mis valoraciones o a mis pasiones.

Hasta aquí mi personal escepticismo.

Por otra parte también las Verdades ajenas, las singulares posiciones y prioridades del otro, siendo estas racionales, éticas, estéticas, me parecen de cualquier modo dudosas, relativas, y justo por esto es importante para mí porque confrontándolas, triangulando con ellas, pruebo un sentido de enriquecimiento, de profundización, de crecimiento.

Pero cuando las mismas se presentan “sostenidas” por formas de violencia, orden, o por astutas prácticas más o menos fraudulentas, y pretenden mi conceso extorsionándolo o sustrayéndolo subrepticiamente, o aún sólo mi aceptación minimalista de “vida tranquila”, las mismas se transforman para mí en el Enemigo del cual defenderse, el Enemigo a combatir.

Y más estas Verdades quieren imponerse y pretenden adhesiones, obediencia (las Verdades del Poder), tanto más mi enemistad deviene incandescente hacia ellas y hacia sus prepotentes defensores.

Y aquí estaría mi personal anarquismo.

De modo general, este escepticismo anarquista mío pareciera suponer un mundo basado sobre pactos, acuerdos, dónde cada uno, no queriendo imponer su propia verdad personal ni mucho menos adecuarse a aquellas que le son ajenas o, peor, a Verdades institucionalizadas, busca acuerdos para proceder con los más afines en un reticulado de relaciones horizontales.

Aunque quizás de chico me he caído de la cuna (o he sufrido un trauma prenatal), y aquello que digo podría estar privado de sentido, o tenerlo sólo para mí.

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