¿Es posible la REVOLUCIÓN?

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¿ES POSIBLE LA REVOLUCIÓN?

El concepto de revolución causa temores recónditos en el ámbito intelectual y político, mientras que el concepto de involución no experimenta ningún rechazo (hablo de asunción de conceptos y de juicio a través de hechos, no de actitudes teatrales cara a la galería otramente llamada “opinión pública”). Desde la época en que, con la colaboración de&nbsp Reagan y Thatcher, el neoliberalismo se impuso como dogma absoluto político, económico e ideológico, la involución no ha parado de ganar terreno, y ahora está llegando a su punto culminante: el regreso a las condiciones previas al “capitalismo con rostro humano”, con la inestimable ayuda de esta crisis que nos han impuesto.

Paradójicamente, en el ámbito publicitario se abusa perversamente de una noción de revolución pervertida que puede tener lugar en un vaso de tónica o en el diseño de un automóvil; como todo lo que toca el sistema con sus tenebrosos tentáculos, el efecto puede ser la desactivación del contenido del concepto (aunque, en una visión muy optimista del asunto, podría ocurrir como con las viejas gloriosas canciones resucitadas gracias a que suenan en un anuncio).

Creer que el sistema es necesario forma parte del conjunto de dogmas ideológicos que lastran nuestros cerebros ¿Es que no ha habido nunca revoluciones? ¿Qué es lo que impide una nueva revolución? La respuesta está “blowing in the wind” de la ideología. La sociedad capitalista, por su apariencia democrática, es la que ha concitado mayor número de adhesiones inquebrantables, y es, también, la que mejor ha sabido penetrar en lo más hondo de las idiosincrasias (entendidas como el conjunto de rasgos que configuran un modo común de &nbsp ver &nbsp la &nbsp realidad &nbsp de &nbsp un &nbsp colectivo). &nbsp Sin embargo &nbsp &nbsp —aunque de un modo indirecto— está siendo puesta en tela de juicio. Esta crisis que nos han impuesto ha expulsado súbitamente del “país de las maravillas” a muchos que habían sucumbido al sopor del pensamiento único. De repente, el chirriante sistema se percibe (como cuando se estropea la lavadora y nos acordamos del fabricante) y vuelve a sonar esa palabra maldita: ¡capitalismo! Quienes habían olvidado a o renegado de o “superado” Karl Marx, de repente se hallan ante su barba y su larga y blanca cabellera. Ciertos estantes han visto desempolvar los olvidados libros de Marx. Algunos lo han “rehabilitado”, otros quieren “resucitarlo”, otros claman por “volver a Marx”… pero lo cierto es que Karl siempre ha estado aquí y, mientras no haya otros ojos mejores que los suyos para penetrar en lo más recóndito del sistema tendremos que recurrir a él como guía. A los que reconocemos la enorme importancia de Marx, y no lo damos por “superado” por decreto del positivismo, nos llaman sectarios y cosas peores. Pero, de momento, ni uno sólo de los que creen haber superado a Marx ha dicho algo significativo sobre el tomo I de Das Kapital. Si aplicaran el mismo rasero con Einstein criticarían su teoría de la relatividad general si haberse leído la especial, aunque de hecho lo que se perpetra con Marx es peor, porque el abecedario de todo su pensamiento está en esta parte de su obra. Desde que se publicó ésta viene sucediendo algo que nunca ha sucedido con otro pensador: que la parte que él considera como la más importante de toda su obra se pase por alto, tal como recomendaba Althusser. Precisamente en esta parte se hace patente el error de los que hablan de la “ruptura epistemológica” de Marx (por ejemplo Sacristán) ya que en la dialéctica de las “formas de valor” lo que hay es el concepto de alienación de los Manuscritos de París.

Paradójicamente, por más que éste chirríe, no es el sistema en sí mismo lo que se cuestiona, sino sus efectos secundarios: la crisis, la catadura moral de la clase política, el hambre, la manipulación del mundo por el capital especulativo y por las multinacionales, el deterioro del medio ambiente, la guerra imperialista, el terrorismo (de estado o no)… y el largo etcétera de todos conocido. Estos efectos son atribuidos no al propio sistema sino a una supuesta mala gestión del mismo cuando, en realidad, es la naturaleza del sistema la que los conlleva. Lo que ahora mismo se está reclamando no es un cambio de sistema, sino algo más difícil, es decir, imposible: se quiere el funcionamiento del sistema pero sin sus efectos secundarios (lo que prueba hasta qué punto la sociedad, totalmente alienada, no puede transcender la ideología). Se podría objetar a estas consideraciones que desde el advenimiento de la crisis hay un despertar de cierta consciencia anti-capitalista o anti-sistema. Sin embargo, parece ser más bien una respuesta automática y poco reflexiva (lo que no significa carente de motivo). No se esgrime un modelo fehaciente como opuesto al vigente, sino buenas palabras, como que “otro mundo es posible”. No hay diseño de un objetivo verdaderamente revolucionario, sino cataplasmas que no liquidan el sistema. Prueba de hasta qué punto incluso las tendencias más rupturistas están empantanadas en la ideología es que cuando se plantea algo absolutamente necesario para la liquidación del capitalismo como es la abolición del dinero se reacciona visceralmente.

Sólo cuando sea el sistema en sí mismo lo que sea juzgado por la mayoría de la población y los medios informativos, pero no para ver cómo puede ser “mejorado”, sino para disolverlo; sólo cuando sea la liquidación del sistema el objeto de debate de la opinión pública; sólo cuando sinceramente se conciba que un cambio real, material, revolucionario es posible; sólo cuando perdamos el miedo a lo desconocido y seamos capaces de ser nosotros mismos, sin la mediación del sistema; en definitiva, sólo cuando la ideología y la alienación seas puestas en evidencia, y exista la voluntad de superarlas, entonces será posible saltar sobre el sistema actual y empezar a construir la verdadera historia humana de la humanidad. Para ello el mundo ya tiene las condiciones materiales, tanto científicas, como tecnológicas y económicas. Cuando lo decidamos, podemos empezar a andar hacia el futuro.

La revolución no solo es posible: es necesaria.

Jordi Soler Alomà

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