«Es muy triste que vengan madres a ver si sobra comida del comedor»

A Pepe le encanta recibir ese apelativo. Siempre le ha dado grandes satisfacciones enseñar al que no sabe y no escatima palabras de cariño para todo el que le rodea. Su enorme generosidad y entrega hacen que sea una persona de referencia en el barrio a la que acudir ante un problema. 

-¿Cómo es el trabajo en un centro de compensatoria? 

-Es apasionante y absorbente, da muchas satisfacciones. 

–¿Cuáles son las principales carencias con las que tienen que lidiar a diario estos colegios? 

-En primer lugar algo fundamental, que es la falta de colaboración familiar. Muchos de nuestros niños vienen solos al colegio porque se encuentran a gusto en él, porque aprenden. Nosotros intentamos darles solución, o bien institucional o particularmente, a las carencias que traen consigo. 

-¿Cuáles son los problemas más acuciantes de su centro? 

-Una escasa motivación, desinterés por el aprendizaje, pobreza en aspectos comunicativos y verbales, falta de hábito de trabajo, carencias afectivas… Los niños entran por la mañana al colegio como los toros en la plaza, buscando las tablas. Buscan el roce con nosotros, que le decimos qué guapo viene, a veces salen de la casa y no le han hecho ni caso y ese primer contacto es fundamental, el niño se siente seguro y querido en el colegio. 

-¿Cómo responde a esas carencias la Administración? 

-Los centros de compensatoria tienen un estatus determinado, contamos con un profesor más a parte de la plantilla orgánica de funcionamiento que apoya a los alumnos con más déficit. Pero estamos en una zona de grandes carencias y se necesita un plan de compensatoria de zona, que La Palmilla aún no tiene. 

-¿Y qué se platearía en ese plan? 

-Lo primero, la continuidad de las plantillas. Es nefasto para un centro que su profesorado varíe cada año, muchas veces por intereses personales de los propios maestros, sin embargo, hay gente con ganas de continuar y hay que dar prioridad ese interés. 

-¿La ratio habría que reducirla? 

-Sí, por supuesto. En cada clase hay seis o siete niveles distintos, el maestro se multiplica lo que puede pero no da el mismo resultado que si tuviésemos grupos más pequeños. Tampoco se puede pedir que demos los mismos contenidos que una zona normalizada y hay que aumentar los profesores de apoyo. Además, hace falta reforzar los equipo de orientación educativa, no podemos compartirlos con otros centros como los demás. No es justo. El trabajo que tienen aquí es mucho mayor, y no sólo con los alumnos, también con los padres, porque la edad media de nuestros progenitores es muy baja y no están preparados. Siempre decimos que en nuestro centro se trabaja mucho y bien, pero los resultados no son los apetecibles. 

-¿Cómo está afectando la crisis a estas familias? 

-Está afectando muchísimo. Hay quienes vuelven a sus países de origen, los inmigrantes son los que más están sufriendo la crisis, y el resto sobrevive con carencias materiales. Es verdad que el plan de garantía alimentaria infantil (SIGA) está ayudando mucho, es fundamental que los niños desayunen en el centro, coman y se lleven la merienda, que muchas veces es la cena de toda la casa. La labor que se hace en los centros escolares minimiza un poco ese hecho, pero realmente nuestros niños lo padecen y el centro también. El aporte económico ha disminuido y las actividades extraescolares se han reducido. Es muy triste que vengan madres a preguntar si sobra comida en el comedor, a dónde estamos llegando. Tienen que vencer la vergüenza y plantear ante la sociedad que te conoce por lo que están pasando… 

-Aquí el plan SIGA ha venido como agua de mayo… ¿Los niños estaban pasando hambre o decir eso es una exageración? 

-Hay de todo. Aquí es verdad que llevamos años diciendo que la única comida en condiciones que hacen es la del centro. Se une la disgregación familiar, que tengan padres en prisión, que haya una movilidad social muy grande… Así el niño no se centra. Se dan los dos extremos, el que cena de McDonalds y el que no toma nada hasta el día siguiente que vuelve al colegio. Por eso queremos que el desayuno lo tomen en el colegio y así garantizamos que se lo comen y no se queda por el camino. 

-¿Qué es La Palmilla para usted? 

-Es el escenario de mi vida. Fue mi primer destino como docente hace 34 años y no me he movido. Me ha atrapado completamente. Aquí corren mucho las generaciones y estamos educando a nietos de alumnos que yo he tenido, es muy gratificante cuando valoran tu trabajo. Y ese respeto nos lo hemos ganado a pulso porque aquí nuestra relación con la familia va más allá de la enseñanza a sus hijos. Somos asesores, confesores, les gestionamos ayudas y eso lo valoran, particularmente los gitanos y la población inmigrante. Estamos muy satisfechos del trato que se le dispensa a los inmigrantes en este centro. 

-¿Y qué significa el colegio Doctor Gálvez Moll para La Palmilla? 

-Se inauguró en 1970, es de los más antiguos que quedan en Palma-Palmilla. Es verdad que se ha ido perdiendo alumnado, de cuatro edificios quedan dos, pero es una tónica general en la zona, se han cerrado centros, se ha modificado el uso y están infrautilizados, calculo que un 70% de los escolares busca estudiar fuera de La Palmilla, aunque los recursos están aquí. Contar con pedagogía terapéutica, profesores específicos de apoyo y acciones concretas para alumnos desfasados lo tenemos nosotros. 

-¿Cuándo uno lleva ya tantos años trabajando aquí, está curado de espanto o hay aún muchas historias que le sobrecogen? 

-Yo me sorprendo todavía con las situaciones familiares que se están dando. Por ejemplo, un alumno del IES La Rosaleda dio el teléfono del centro cuando se matriculó, era el único contacto que tenían y me llamó su tutora cuando comenzó a faltar. Fui a su casa y me dejó impactado la falta de mobiliario, de lo más elemental, la suciedad… Movilizamos a los servicios sociales, que se volcaron con el tema, e hicimos una intervención de urgencia, se pudo encauzar su escolaridad. 

-¿Son familias que aún necesitan mucho apoyo? 

-Sí, enorme. Y el apoyo viene de la formación, porque son niños-padres sin cultura, sin cualificación profesional y no tienen empleo de calidad y recurren a la economía sumergida o a la venta de sustancias de droga. 

-¿Aún hay mucha venta de droga en la Palmilla? 

-Muchísima, en zonas muy concretas y se trata de una minoría aunque muy activa. Pero que no es generalizable, hay una gran diferencia entre los distintos núcleos que conforman el barrio, existe una actividad normal, pero ese núcleo da mucho que hablar y por generalización se tiende a calificar a los que viven en La Palmilla por ese pequeño grupo. 

-¿La mayoría de sus alumnos siguen siendo gitanos o extranjeros? 

-Ya la inmigración ha igualado al número de gitanos, aunque somos todavía el centro que más gitanos acoge del barrio porque hemos educado a sus progenitores. En cuanto a la inmigración, hemos notado un freno. Hay una gran diferencia, los padres inmigrantes tiene más interés por la educación y por la integración de sus hijos que el mundo gitano y me duele decirlo. Con todo el cariño que le tienen a los hijos, pero no basta con abrazarlos, hay que formarlos. La educación es la llave. 

-¿Quizás sea porque aún no ven la importancia de la educación? 

-Como no han tenido una formación reglada, porque el boom de la construcción hizo que entraran rápidamente a trabajar con unos sueldos muy superiores a los de cualquier funcionario hizo que no se preocuparan por esa formación. Hoy, cuando ya se exige, es cuando se han visto más fuera de juego. 

-Su colegio es muy activo en la lucha contra el absentismo. ¿Aún es un problema grave en este barrio? 

-Sí, el absentismo es la punta del iceberg, es el dato que nos señala que hay problemas en esa familia. Ese niño puede ser utilizado para llevar y traer sustancias, para la venta, para muchas cosas y el dato más característico es que falta a clase. Por eso es fundamental que nos demos cuenta inmediatamente e intentemos ponerle solución. Hoy [por el pasado martes] en el colegio ha faltado el 15,4% del alumnado. Mañana los maestros ya están llamando a sus padres. Estamos coordinados a través del monitor deportivo, que también visita las casas de los absentistas. Nos da resultado esta inmediatez muchas veces. Saben que funciona la Fiscalía y vienen a darnos explicaciones. 

-¿Cómo se puede frenar? 

-Todos tenemos que ir a una, en el absentismo no vale mirar para otro lado, es fundamental que se recojan las ausencias y preguntemos a qué se deben. Si no es así flaco favor le hacemos al niño. 

-¿El paso a la Secundaria en barrios como éste sigue siendo el talón de Aquiles? 

-En el paso a Secundaria, con 11 ó 12 años, hay niños que se pierden en el camino con total conocimiento de la familia, que no llega a matricularlos. Y es muy preocupante el tema de las niñas de 12 y 13 años con embarazos, algo inadmisible en la sociedad en la que estamos. Y eso no es un problema cultural o de falta de formación, sino problemas humanos, carencia de cuidado al menor. Son niñas, que pasan de jugar a la comba a tener una criatura en los brazos y que dejan en manos de su madre y su suegra y vuelven a las mismas. 

-¿Los padres son demasiado jóvenes para estar preparados? 

-A través del Proyecto Hogar pusimos en marcha una escuela de padres y nos sorprendía el tipo de preguntas que hacían algunas madres, mostraban un desconocimiento total sobre cosas elementales. Han accedido a un estatus de padre sin tener los mínimos conocimientos. 

-Pero entonces, ¿no son los jóvenes más conscientes de que la formación es fundamental para enfrentarse al mercado laboral? 

-Les falta el hábito de formación, aunque esta crisis ha llevado a que se tome conciencia de que el estudio es algo fundamental para su futuro, que puede abrirles las puertas del trabajo. Están un poco más concienciados de lo que tienen entre manos. 

-Unos 70 padres de los más de 180 alumnos del centro están en la cárcel… 

-Sí. Rara es la familia, sobre todo de gitanos, que no tiene un miembro en la cárcel y siempre por el mismo tema, por la venta de drogas. Es una forma fácil de hacer dinero, pero el que vende enfrente es el que te denuncia porque le haces competencia y eso genera luchas familiares que se reflejan en la vida diaria del centro. Que haya clanes familiares marca, y eso lo viven ellos. 

-¿Qué va a pasar cuándo lleguen las facturas de Emasa a las casas? 

-Aquí también hay una leyenda urbana. Emasa tiene un fondo social al que están accediendo muchas familias y se le está solucionando el problema. Pero a veces queremos arreglar los problemas en la calle y no en los sitios que están marcados para ello. Cuando se va de frente y por derecho hay soluciones, lo malo es que queramos arreglarlo a base de gritos. 

-¿Qué está ocurriendo en el barrio con los desahucios? 

-Se están desahuciando a muchas familias, hay viviendas ya propiedad de bancos y eso es lo que más te indigna, porque lo más fácil es que accedieran a una renta social, así incluso la supervivencia del edificio está más garantizada. 

-¿Qué necesitaría el barrio para salir de su círculo vicioso? 

-Que las instituciones se crean que tienen la posibilidad de cambiar, que no nos cuenten historias sólo en periodo electoral, sino que se cumplan. Se están rehabilitando viviendas y a cambio los vecinos constituyen la comunidad. Se han hecho actuaciones concretas de limpieza, la ampliación del puente, pero hace falta que ellos vean que las instituciones cumplen con sus expectativas, que lo que se invierta en el barrio va a quedar en el barrio. Estas zonas son de transformación social y para ello tienen que invertir, también en educación. Es fundamental que haya planes de intervención con adultos.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS