Errol Flynn, el pirata y calavera que apoyó la revolución cubana

 

que trabajó con él y que evoca su intensa vida así como algunas de las películas que le dieron fama. Su historia es la de un tipo que durante varias décadas vivió a tope, pero que al final, murió arruinado y en los brazos de su novia de la adolescencia.

Su vitalidad y sus ganas de vivir experiencias recuerda a la que Isaki Lacuesta describe en Ava Gardner en La noche que no acaba (España, 2012), otro documental apasionante que dimensionan a gente que –estos sí- vivieron muy por encima de sus posibilidades y probaron todas las frutas prohibidas. Era gente llena de vida que cuando le brindaron la oportunidad, llenaron de fulgor la pantalla.

Errol era hijo de un adinerado biólogo, Errol Leslie Thompson Flynn (Tasmania, Australia, 1909-Vancouver, Canadá, 1959) un tipo que se distinguió a lo largo de su vida por su falta de disciplina y templaza. Es lo que explica su expulsión de todos los colegios tanto en su país como en Inglaterra, que acabara dejando su confortable hogar burgués para llevar una vida aventurera en la que subsistió haciendo toda clase de trabajos, incluyendo el de capador de reses así como de fregaplatos en un hotel. Su carisma llamó la atención de un productor australiano que le enroló en una película desconocida en la que encarnó al capitán Christian. Esta modesta versión australiana de El motín de la Bounty (In the Wa- –ke ofthe Bounty, 1933) pasó desapercibida, sin embargo no para lo fue un cazata-lentos de la Warner reparó en su porte atlético y sus atractivos físicos para ofrecerle una prueba en Hollywood. Después de un par de películas de serie B —en la primera de las cuales hacía de muerto- en 1934 le ofrecieron sustituir a Robert Donat en El ca­pitán Blood (1935), que le lanzó como el he­redero natural del gran Douglas Fairbanks, ocupando el cetro del cine de aventuras durante más de una década. La película se convirtió en el mayor clásico del cine sobre la piratería, seguramente la más “libertaria” de todas ellas por lo que dejó tras de sí un mito insuperable hasta el momento. Tras el exitazo de El capitán Blood —pasó de co­brar 500 dólares por semana a 7.000-, la War­ner le repartió protagonistas de todos los géne­ros, de westerns a comedias. No tardaron en darse cuenta de que Flynn brillaba en la aventu­ra romántica.

Volvieron a emparejarle con Olivia de Havilland en La carga de la Brigada Ligera (1936), de nuevo a las órdenes de Michael Curtiz un cineasta que había tomado parte en la revolución húngara de 1918, pero que en el exilio lo mismo oficiaba una película de derechas que una de izquierdas. Con todo, esta “carga de la Brigada Ligera”, entusiasmó a la platea y consagró la pareja. Décadas más tarde, la historia fue revisitada por Tony Richarson a la sazón militante trotskista en La última carga (The charge of the Light Brigada, RU, 1968). A pesar de resultar netamente superior en cuanto a la veracidad histórica y de su carga anticolonialista, los aficionados, incluyendo los antico9lonialistas, siguieron prefriendo la de Errol Flynn-Michael Curtiz.

Por cierto, David Niven, que ya era un reputado secundario, registró en desafortunado inglés del director magyar titulando unas primeras memorias, Traigan los caballos vacíos. Durante una temporada, Niven compartió piso con Flynn y éste, que era bisexual, se le insinuó sexualmente: “Me agarró por donde un hombre no espera”. Niven le rechazó y Errol protestó preguntándole: “En Hollywood, todos se acuestan con todos, ¿qué te hace a ti diferente?”

Flynn siguió trabajando con Curtiz a pesar de que chocaban continuamente, lo hizo en 12 de sus mejores films. Otro gran éxi­to para el trío fue Robín de los bosques (1938), un canto a los bandidos generosos, a la lucha colectiva contra la tiranía aunque finalmente se puede ver como una defensa del “rey bueno” (Ricardo) contra el “rey malo” (Juan sin Tierra). En 1939, le dirigió en un notable retablo histórico The Prívate Uves of Elizabeth and Essex, quizá su mejor interpretación dramática, revelando una insólita química con Bette Davis, y en un western de los grandes, Dodge, ciu­dad sin ley. El equipo regresó a la alta piratería (sin Olivia sustituida por una alicaída Brenda Marshall) en The Seo Hawk (1940) que puede leerse en clave antifascista (el jefe del fascio sería Felipe II), luego Errol y Olivia trabajaron en una versión muy poco histórica (el gene­ral Custer se sacrifica) a las órdenes de Raoul Walsh en Murieron con las botas puestas (1941). Mucho menos conocida pero también mucho mejor, fue el siguiente encuentro de Errol con Walsh: Gentleman Jim (1942), una encantadora y vitalista descripción del legendario boxeador James J. Corbett y familia, un papel en principio reservado James Cagney, pero que no se le echó en falta.

Tanto Cagney como Flynn destacaron en el apoyo mayoritario de hollywood a la República española. Cuando llegó la guerra mundial, una combinación de problemas cardíacos y tuberculosis le apartó del servicio activo, aunque. Ello no le impidió actuar pa­ra las tropas de ultramar, colaborar en docu­mentales y protagonizar films de propaganda. El más destacado: Objetivo Birrnania (1945), de Ra­oul Walsh.

Por entonces, catapultado a la una fama sin precedentes y cobrando sumas astronómicas, Flynn —apodado El Barón por las numerosas comadres de Hollywood— se entregó a una carrera de placeres que cimentaron su leyenda de personaje fuera de toda medida. Sus borracheras fueron legendarias, así como su adicción a la coca, desafiando en ello a productores y autoridades y viviendo experiencias alucinantes con personajes no menos desmedidos como Diego Rivera; participar en las más diversas camorras; salir de pesca al más alto nivel con otros personajes como su amigo Ernest Hemingway…Aún y así, siguió haciendo cine, actuando cada vez con mayor profesionalidad. En 1942, en la cima de su popularidad, llegó su tercer proceso por viola­ción. Fue absuelto sin cargos, pero si los dos anteriores no habían trascendido, el tercero saltó a las portadas de la prensa sensacionalista y dañó gravemente su prestigio, él siempre negó estos hechos sí bien no parece cuando se emborrachaba, fuese consciente de lo que hacía.

En la década de los 50, su decadencia era ya más que evidente y pocas pelícu­las le devolvieron el favor del público: se paro­dió a sí mismo en la divertida El burlador de Castilla (1948), y volvió a dar muestras de fiere­za en Kim de la India (1950), aventura colonial basada en el clásico de Kipling. Acosado por e! fisco y cada vez más deteriorado por sus exce­sos, sus últimos años se movieron entre la pre­cariedad económica y roles cada vez más paté­ticos, predominando los personajes de alcohólico, en dos prestaciones memorables, en la colorista adaptación de Fiesta de Hemingway, The Sun Also Ríses (1957), y en Los raíces ‘ del cielo (1958), un desigual pero apasionante alegato animalista de John Huston donde encarna de alguna manera a su viejo colega, el no menos beodo John Barrymore, quizás el único actor capaz de batirle a la hora de las cóctel y al que volvería a encarnar. en la oscura y ol­vidada Too Much, Too Soon (1958), un papel hecho a su medida en el emerge un nuevo Flynn, maduro y melancólico, en la línea del Gable de Vidas rebeldes.

Rsulta sorprendente que, a pesar, de todas sus calaveradas, Flyyn llegara a trabajar en 67 películas durante su medio siglo correrías en las camas, en los bares o en alta mar, eso amén de escribir un par de libros, de escribir los guiones de La taberna de Nueva Orleans (1951). También produjo una tercera: Helio God (i 951).

Su personalidad era cuanto menos, contradictoria. Su colega de juergas, Stewart Granger, le describió como un niño que a veces se complacía en la maldad pero al que era imposible castigar, por su encanto y su falta de malicia. Con su iro­nía característica, David Niven escribió en sus memorias: Podías confiar a ciegas en Errol: sabías que siempre iba a traicionarte. Algunas de sus parejas como Ann Sheridan o Olivia de Havilland, hablaron de un Errol Flynn magnético, apasionado y salvaje, pero con un lado oscuro, profundamente atormen­tado e impenetrable.

Dedicó un tiempo a presentar su propio espacio televisivo, Errol Flynn Theater (1957) y se retiró luego a Jamaica. Viajan­do incesantemente en su yate Zoco, escribió a ratos su autobiografía, titulada MyWicked Wicked Ways, que en su versión castellana es conocida como Las aventuras de un vividor (Ed. T&B, Barcelona, 2009) y cuya primera edición apareció después de su muerte, acaecida en Vancouver (Canadá) cuando tenía 50 años. Su última película, Cuban Rebel Gris (1959), fue un fiasco doloroso y duro de ver: en ella se interpelaba a sí mismo, autoerigido en héroe hemingwayano, ayudando a Fidel Castro a derrocar a Batista. Se trataba de una apología de la revolución cubana, tratando a Fidel Castro como un émulo de Robin Hood cuando el departamento de Estado iniciaba impecable cerco y sus primeras tentativas de acabar con una revolución inesperada en sus propias narices. Se rodó en Cuba durante la revolución, y en ella un avejentadísimo Flynn aparece junto a su última compañera, Beverly Aadland, de 16 años. Se casó tres veces: con Lili Damita en 1935, con Nora Eddington en 1943, y con Patrice Wymore en 1950, pero tuvo incontables aventuras amorosas. Con la primera tuvo un hijo, Sean Flynn, quien después de trabajar en Italia en películas como El hijo del capitán Blood, marchó al Vietnam como fotógrafo de prensa y desapareció en medio de una guerra de aniquilación como jamás conociera otro pueblo.

 

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