Errar con / contra Heidegger ( y II )

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Por Iñaki Urdanibia

Con la exacta regularidad de un certero peluco suizo, vuelve, o se reaviva, la polémica sobre la figura del pensador alemán, y la relevancia o no de su obra; serias disputas acerca de si el pensamiento filosófico se ha visto contagiado por esa espinita clavada en el seno de la filosofía, que al menos al que esto escribe le ha preocupado, y le preocupa como lo demuestra los diferentes artículos que al asunto ha dedicado ( pueden verse algunos de ellos en esta misma red: http://2014.kaosenlared.net/secciones/s2/biblioteca-digital-qla-cosecha-anticapitalistaq/51345-a-vueltas-con-heidegger

https://kaosenlared.net/el-antisemtismo-de-martin-heidegger/

https://kaosenlared.net/la-oscura-y-alargada-sombra-de-martin-heidegger/

https://kaosenlared.net/arendt-heidegger/ ).

La cosa viene de lejos, ya en vida hubo descalificaciones sin cuento ( ahí están los marxistas de distinto signo como Georg Lukács quien en su “justiciero” El Asalto a la razón, encuadraba a Heidegger junto a Karl Jaspers bajo la etiqueta de “ subjetivismo parasitario” ( por la misma senda, ahondándola, sigue Domenico Losurdo en su « Heidegger et l´idéologie de la guerre». PUF, 1998)) , o el más heterodoxo Walter Benjamin que en una carta , de abril de 1930, a su amigo Gerhard Scholem mostraba su empeño por demoler a Heidegger, empeño emprendido – según contaba – junto a su compañero Bertold Brecht), sin olvidar las críticas del positivismo o empirismo lógico ( Rudolf Carnap en especial, quien imbuido de las ensoñaciones megalómanas del cientismo, embestía contra el germano -sin obviar a Hegel-, por la imposibilidad de verificar el significado y el sentido –en sus análisis sintácticos y semánticos de los discursos de los filósofos continentales, detectando lo que el llama sus “ confusiones de esferas” y sus “pseudoproposiciones”…como puede confirmarse en su « La construcción lógica del mundo », editado por la UNAM en 1988 [ ya que al poner en solfa las pretensiones del conjunto de la filosofía occidental de Platón a Heidegger exigiendo que lo fundamental sería el atenerse a los enunciados provistos de sentido y verificación lógica, experimental o pragmática, podría conducir a lo que Jacques Bouveresse denominaría “ autofagia] ); también antiguos alumnos suyos le criticaron con dureza: así Günther Anders ( puede comprobarse su ardor en su « Sur la pseudo-concrétude de la philosophie de Heidegger», editado en Sens&Tonka, 2003), Karl Löwith, o Emanuel Lévinas quien tras seguir en busca de la existencia junto a él y a Husserl, dio un giro a su filosofía al sustituir la centralidad del Ser por la mirada del otro -¿ incluida la de los palestinos?- , o el mismo Herbert Marcuse que le reprochó, sin obtener respuesta por su inexplicable silencio por las responsabilidades contraídas con el régimen hitleriano). Más tarde retirado de la docencia por su implicación con el nacionalsocialismo, y dedicándose a dictar conferencias y a impartir seminarios, fue invitado a Cersiy, por sus valedores , el poeta René Char y el filósofo Jean Beaufret -ambos dos habiendo combatido en las filas de la Resistencia como capitanes-, ante tal presencia , ciertas chispas surgieron en diferentes sectores. Después la cosa parecía haberse calmado hasta que en los ochenta el chileno Víctor Farias publicase su Heidegger y el nazismo, obra que creó un amplio revuelo, y más tarde en 2005, la obra de Emmanuel Faye que señalaba a Heidegger como el introductor del nazismo en la filosofía…En 2013 y 2015 se publicaron en Alemania los Cuadernos negros, lo cual además de provocar una vez más una encendida polémica, parecía anunciar la estocada definitiva hacia el autor de dichas anotaciones.

Así las cosas, no cabe duda de que el pensador germano es, reitero, como una espinita clavada en el corazón de la filosofía, al menos al que escribe eso le parece, aunque no es una cosa personal, que también. Su presencia y la polémica que le acompaña perdura a través de los años, más si cabe cuando –como he indicado- se publican sus cuadernos negros que dejan ver con meridiana claridad su antisemitismo ( no racial) ontológico, y la implicación de éste en su quehacer filosófico. ¿ Todo fue un error circunstancial? ¿ un fallo que hacía bueno aquello que él dijese -tal vez pensando en sí mismo-: a grandes pensadores, grandes errores? ¿ todo fue debido a su proverbial incapacidad e inocencia para captar la realidad que le rodeaba, que apuntase Hannah Arendt?

En esta peliaguda encrucijada varias son las posturas que aparecen con fuerza: las unas, Farias y Emmanuel Faye a la cabeza, expulsando a Heidegger del mundo de la filosofía ( el libro de Faye es un acercamiento tejido de aproximaciones, de errores, de contrasentidos que no puede ser interpretado más que como fruto de la incomprensión o de la mala fe o de sospechosos afanes corporativistas), llegando el autor hasta el punto de proponer que sus obras sean desterradas de las bibliotecas y eliminadas de los planes de estudio ( siguiendo , como buen hijo de su padre, Jean-Pierre Faye, la senda esbozada ya por este en 1994, con una obra que abría la puerta al derribo: su «Le piège. La philosophie heideggerienne et le nazisme», editada por Balland, 1994 ).

Otros, por el contrario , defienden a Heidegger a capa y espada llegando hasta el punto de negar ciertas evidencias con respecto a su compromiso político: tal postura puede encarnarse de manera destacada en François Fédier , quien dirigió una obra, publicada dos años después de la de Faye, editada por Fayard, en la que se intentaba poner freno a dicha obra, «Heidegger à plus forte raison» en la que mostraban su postura junto al nombrado Fédier,Massimo Amato, Philippe Arjakovsky, Marcel Conche, Henri Crétella, Françoise Dastur, Pascal David, Hadrien France- Lanord, Matthieu Gallou, Alexandre Schill., quienes sacaban a relucir las descaradas posturas corporativistas de Faye, más todavía teniendo en cuenta el reciente fallecimiento , cuando escribió su escorada obra – buscando “pecados” y reforzándolos con fórceps tramposos- , fallecimiento, digo, de dos representantes en los pagos académicos y otros, del heideggerianismo francés Jacques Derrida y Dominque Janicaud. De Pirineos abajo también ha habido seguidores fieles de esta senda descalificadora: un ejemplo realmente paradigmático es el que brindó, en 2008, Julio Quesada con su obra de explícito, ad abusum, título : « Heidegger de camino al Holocausto » ( Biblioteca Nueva, 2008) ¡ Nada menos!

En este terreno, no puedo resistirme a traer a colación, un libro que ha caído recientemente en mis manos, y se me ha caído de ellas también, librito de quien fuese redactor-jede del periódico L´Humanité, Maurice Ulrich: « Heidegger et le Golem du nazisme» ( Les Éditions Arcane, 2016), en el que sirviéndose de la lectura “ caza-nazis” de Faye, repite la copla, dando un repaso con patitas de gorrión, a algunas de las obras fundamentales del despellejado ( Être et Temps, Introduction à la métaphysique, Apports à la philosophie. De l´avenance y Qu´ appelle-t-on-penser ? ), dedicando unas escasas pinceladas a las supuestas inconsistencias de los defensores del filósofo ( la selección de las argumentaciones endebles es torticera y tramposa, en su selección, donde las haya), para concluir – ironía obliga- con un par de textos vacilones de Max Ernst y de Thomas Bernhard , de propina.

No cabe duda de que ha habido, y hay, otras puntualizaciones más centradas, y temperadas, que han saltado a la palestra: en su momento, las de Jean-François Lyotard, Jacques Derrida, Jean-Philippe Lacoue-Labarthe, o Jean-Luc Nancy; o hasta algunos críticos-críticos, nada complacientes con la obra hiedeggeriana, han tratado de matizar las cosas: así Jürgen Habermas quien en su «Martin Heidegger. L´oeuvre et l´engagement» ( Cerf, 1988) venía a señalar la importancia de la filosofía de Heidegger anterior a 1929 en la que todavía no se habían infiltrado perniciosos elementos ideológicos y que representaban importantes « elementos pudiendo servir a una crítica de la razón, elementos que, hoy todavía, no han sido superados. Así, Ser y Tiempo obra fundamental para la crítica de la filosofía del sujeto y de la conciencia». Fue tras el célebre Kehre cuando decepcionado – siempre según Habermas- se deslizó hacia el Ser como fatalidad. Subrayando en el mismo lugar que « no hay que establecer una relación demasiado inmediata entre la obra y la persona de un autor. Como cualquier otra obra filosófica, la de Heidegger debe su autonomía a la fuerza de sus argumentos », concluyendo que los suyos han sido descubrimientos duraderos que supusieron prolongaciones de indudable interés como las de Gadamer, Merleau-Ponty, Richard Rorty, Foucault, Hubert L. Dreyfus, etc.

En parecidos términos , más tibios y equilibrados, se ha mostrado Luc Ferry, de quien recientemente he podido leer ( Le Magazine littéraire, février 2017: « Heidegger. Le philosophe et le nazisme» ) que « es innegable el mérito de la crítica de las ilusiones de la metafísica y el análisis del mundo de la técnica, verdaderos monumentos del pensamiento », valoración llamativa en quien hace unos años, en el fragor del combate por normalizar el campo filosófico hexagonal, complementó su batalla contra el anti-humanismo dominante de los maestros ( Althusser, Bourdieu, Derrida o Foucault) publicase junto a au colega Alain Renaut, << Heidegger et les Modernes >> ( Grasset, 1988).

Tan enfrentado, y encrespado, panorama que en su momento llevó a Philipe Lacoue-Labarthe a formular unas pertinentes interrogantes : « 1) si los textos heideggerianos invalidan el conjunto del pensamiento, ¿ es preciso declarar nula y no pertinente el pensamiento de Heidegger y expurgar todas las bibliotecas mundiales de sus textos ? ¿ Y por qué no organizar un autodafé con sus obras?; lo que ha de incriminarse a Heidegger no es el pretendido “negacionismo” del tipo Beaufret-Faurisson, sino que es el pensamiento de la muerte , tal y como se expone en Sein und Zeit. Y esto ya es otra historia ». Así pues, las palabras citadas nos colocan ante la pregunta clave: “ Qué hacer del gran pensador del siglo XX” ( pregunta que plantea el dossier de la revista , ya citada, Le Magazine littéraire), y la pregunta no es del género retórico, ni baladí, ya que cómo se ha podido considerar a Heidegger como uno de los filósofos fundamentales del pasado siglo , cuyas obras han dejado hondas huellas en los campos del arte, la poesía, la psicología, psicoanálisis, estética, teoría literaria, gender studies, y, por supuesto, la filosofía ( ahí están el existencialismo humanista de Sartre, la hermenéutica histórica y estética de Hans Gadamer, la ética metafísica de Lévinas, la innovadora mirada, en paralelo a los afanes recuperadores de su maestro, a lo político por parte de Hannah Arendt, el pensamiento de la diferencia y postestructuralista de Derrida et alii, o la filosofía neotrascendental del lenguaje de Apel por referirme a algunos seguidores significativos); cómo es posible que haya sido reivindicado por grandes pensadores – que por los visto no han visto las maldades y engaños del germano- nada sospechosos de cojear del pie derecho como René Schèrer, Kostas Axelos, François Guery ( que han incidido en la cuestión de la técnica planteada en la obra del alemán; señalando las reflexiones de éste como “ nuestra homeopatía”; cfr. Su « Heidegger rediscuté. Nature, Technique et philosophie », editado en 1995 en Descartes& Cíe), Sartre, Merleu-Ponty, Claude Lefort, Michel Foucault, Jacques Derrida, y…¡ no sigo!

Resultan convincentes, a mi modo de ver, los postulados de Alain Badiou y Barbara Cassin, quienes en su « Heidegger. Le nazisme, les femmes , la philosophie » ( Fayard, 2010) señalan, y lo resumo en algunas frases que me parecen recoger lo esencial de su propuesta: « es verdad que resulta a menudo necesario recordar a los filósofos cegados por un impulso especulativo por otra parte legítimo, e incluso esencial, de que el Uno de su pensamiento no es idéntico al Todo de las verdades posibles. Razón de más para no juzgar su obra a partir de la ecuación Uno = Todo, la cual organiza el conflicto devastador y sin salida de los dos extremismos, el de la devoción y el de la destrucción» – continuando páginas después afirmando que – « es preciso aceptar la paradoja siguiente: sí, Heidegger ha sido un nazi, no un nazi de primera importancia, un nazi ordinario, un pequeño burgués nazi de provincia. Sí, Heidegger es sin lugar a dudas uno de los filósofos más importantes del siglo XX …Es así, y que la filosofía se las componga».

Desde luego más plausible me parece discutir ( si es caso desde una óptica con / contra) con al autor, incidir en los temas nefastos, y hurgar en aquellos que parecen de indiscutible pertinencia filosófica, la revisión / deconstrucción de la historia de la metafísica / filosofía ( con sus lecturas detalladas, y sui generis, de los presocráticos -como patria perdida y añorada- de Descartes, Kant, Leibniz, Hegel o Nietzsche), relectura que resulta de una riqueza grande, a pesar de todos los pesares…

Hay quienes, sin obviar o a veces pasando por encima del dichoso affaire, se atreven a errar con Heidegger ( téngase en cuenta las dos acepciones del término “ errar” : vagabundeo / equivocarse)-como invita Peter Trawny, editor de las obras de Heidegger – , senda por la que de uno u otro modo han avanzado, y avanzan, Gianni Vattimo ( que toma pie en Heidegger y en Marx para exponer su propuesta, plasmada junto a su colega Santiago Zabala, de un Comunismo hermenéutico, editado por Herder en 2012), o Jean-Luc Nacy que señala la tarea de repensar la banalidad de la aceptación del antisemitismo ambiente, y las paranoicas teorías del complot, por parte de Heidegger, del mismo modo que propone repensar la banalidad partout; sin obviar que la lectura de los cuadernos anulan partes importantes de la obra del pensador germano (historia-destino / deseo feroz de un “nuevo comienzo” ), conservando, no obstante, su interés el pensamiento del ser…

Del mismo modo que , a mi modo de ver, me resultan ejemplares, las posturas que en vez de escapar del asunto, o anular la pertinencia de este pensador de un plumazo, se enfrentan a él como han hecho, de Pirineos abajo, siguiendo por el camino iniciado por Manuel Sacristán Luzón, los José Luis Molinuevo, Pedro Cerezo, Félix Duque, Arturo Leyte, Felipe Martínez Marzoa, Patricio Peñalver, Ramón Rodríguez en sus análisis presentados en «La voz de tiempos oscuros» (Ediciones del Serbal, 1991) y en sus exploraciones personales.

Otras miradas ha habido que han tratado, hurgando en la convulsa historia de la época, de aclarar la entidad de la revolución conservadora que no solo se tradujo en el nazismo, del que Heidegger esperó mucho inicialmente como cambio de rumbo, intentando vanamente transformarlo, otorgándole un carácter espiritual, que indudablemente había perdido en su implantación, lo que le llevó a dimitir del Rectorado, tras ocho escasos meses, al ver que la línea que marcaba el partido se alejaba de manera rotunda de las esperanzas de transformación de la universidad que él había depositado en un principio. Ha habido, digo, en este terreno, ensayos – como el de Silvio Vietta- de explicar estas insuficiencias del nazismo, hasta llegar a considerarlo como una de las formas del nihilismo europeo, interpretando su posterior silencio como forma que adoptó su llamada al pensamiento meditativo, guiado por el más esencial de los cuestionamientos de la creciente devastación de la Tierra por la modernidad técnica, denuncia en alza, tras su exigente lectura de Nietzsche, y su posicionamiento contra el biologismo reductor que imperaba en la ideología dominante del partido nacionalsocialista.

La trayectoria del filósofo desde la femomenología y la analítica existencial al pensamiento del Ser, y la mirada ontológica, en su caminar hermenéutico , rastreando por los pagos de la poesía, como verbo de los orígenes, en busca de pensar, lo dicho pero no-pensado…cubre una trayectoria importante dentro del pensamiento filosófico, no resulta así de recibo considerar que Heidegger y su obra hayan sido un simple bluff, basado en pura logorrea, ya que su sus reflexiones sobre el claro que abre las puertas al pensamiento del Ser, su concepción como acontecimiento ( Ereignis), que abre puertas al pensamiento, cerrando otras. En este pensar ( Denken) que retoma los “recuerdos “ ( Andenken) y de “agradecer” ( Danken) y que se halla al la rima ( Ditchen). Se quiera o no , esta búsqueda impenitente da mucho que pensar, permanente búsqueda catapultada por sus desacuerdos con el partido, y su negativa a obedecer algunas medidas que se trataban de imponer en el marco de la Universidad le empujaron a dimitir, le llevaron a Hölderlin, Rilke, Trakl, Stefan George, como hilo que era un nexo de unión con el verbo de los Parménides, Heráclito…allá en donde anidaba la voz de los orígenes…y en esos intentos de fundar, de hallar el ser en lo inicial –viejo punto metafísico- llegó a la desesperanza de: sólo un dios puede salvarnos.

Heidegger y el pensar

No cabe duda de que tras conocer su compromiso con el nacionalsocialismo, y tras la lectura de los cuadernos negros– al último de los cuales me he referido en el artículo anterior: http://kaosenlared.net/leyendo-los-cuadernos-de-heidegger-I/ se crea cierto malestar e inquietud a la hora de asomarse a las obras del “pastor del Ser”; salvando las distancias , son las resistencias o los inevitables reparos a encarar ciertas lecturas, por ejemplo de las novelas de Céline, al conocer el comportamiento de colaboración del escritor con los okupantes nazis, más todavía al conocer los detalles del grado de su colaboración, desnudada recientemente por un demoledor repaso de Annick Duraffour y Pierre-André Taguieff, quienes en su « Céline, la race, le Juif » ( Fayard, 2017), dejan ver, documentos al apoyo, su labor de delator declarado…conclusión, a pesar de todas las guarradas del escritor, hay que leer por de pronto Viaje al fin de la noche.

Así , en el caso del personaje que nos ocupa puede pasar algo parecido al detectar ciertos tonos pardos ( color propio de quienes portaban con orgullo la cruz gamada) que no empañen la vista y que puedan hacernos rechazar en redondo cualquier obra a él debida -cosa que como ha quedado señalado algunos hacen sin mayores problemas- sin llegar al punto que planteaba Emmanuel Lévinas al decir que « se puede perdonar a muchos alemanes pero hay alemanes a los que es difícil perdonar. Es difícil perdonar a HEIDEGGER…», si bien no es cuestión de perdonar, o dejar de perdonar, ni su infecto comportamiento, ni su inexplicable silencio ( que se lo preguntasen al poeta Paul Celan que tras su visita a la hutte, escribió su Todtnauberg: «…en la / cabaña, / la escrita en el libro/-¿ cuyo el nombre acogido /antes del mío?-/ la escrita en este libro / línea acerca de / una esperanza hoy, / a una palabra/ en el corazón /que venga/(que venga sin tardar)/del alguien que piensa/…») sino de ver si en su obra hay temas que inciten a pensar / repensar algunas cuestiones esenciales de la marcha de Occidente, y del reflejo que en la historia de la filosofía han quedado como marcas de este avanzar, y en ese terreno hay que ser ciego, o estar cegado por las cuestiones nombradas de su nefasto compromiso político, para negar la capacidad dinamizadora del germano. Igualmente es del género delirante considerar que la filosofía ( más bien debería decirse: las derivas filosóficas) de Heidegger hayan podido servir de manual de combate, o similar, para rebaño alguno, ni tampoco con un mínimo sentido de la medida puede pensarse que su lectura actual sea la lectura predilecta de los grupos xenófobos, racistas, de la derecha extrema…no parecen textos como para servir de consignas propias de cualquier departamento de agit-prop.

Dicho lo cual, en la última lectura, la abordada en el anterior artículo, hay temas que crean indudable desasosiego: su pertenencia a la movida nacionalsocialista ( aunque a decir verdad ya estaba de vuelta, a lo que ha de sumarse que si una de las bases fundamentales del nazismo era el racismo basado en lo biológico, tal no era para nada la concepción del filósofo), las proclamas de la lengua alemana y del pueblo alemán, como pueblo elegido, como destinados a emancipar a la humanidad toda, los resabios de localismo rural, amén de sus afirmaciones acerca de los judíos , de la teoría del complot, y la amalgama entre americanismo, democracia, bolchevismo…amén de toda la jerga sobre la decisión, el destino, etc., etc., etc. , hacen que uno se interrogue, como lo hacía él mismo : ¿ Qué es pensar? , para responderse sin remisión posible: ¿ Cómo se puede dejar de pensar asuntos esenciales de la época, como el trato de los “judíos” -aspecto en el que incidía con tino Jean-François Lyotard-, u otros como el “espíritu”-asunto que señalaba Jacques Derrida- o…? Y las preguntas, de más amplio calado, pueden amontonarse hasta ampliarse a horizontes más radicales: ¿ Para qué sirve una filosofía que deja sin pensar los problemas esenciales ( judíos, ética…dictadura, economía…) de aquellos oscuros años?

En fin, concluiré dejando la palabra – y que se me excuse la extensión de la cita- a Gilles Deleuze quien en su « Nietzsche y la filosofía » afirmaba: «Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado, ni a la Iglesia, que tiene otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraria a nadie no es filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene éste uso: denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas.

¿Existe alguna disciplina fuera de la filosofía que se proponga la crítica de todas las mistificaciones, sea cual sea su origen o su fin? Denunciar todas las ficciones sin las que las fuerzas reactivas (del resentimiento y la mala conciencia) no podrían prevalecer. Denunciar en la mistificación esa mezcla de bajeza y de estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y sus autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, hacer hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la Moral o la Religión. Combatir el resentimiento y la mala conciencia que ocupan el lugar del pensamiento. ¿Quién a excepción de la filosofía se interesa por ello? La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa desmitificadora. Y, a éste respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían mucho mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impidiera ir todo lo lejos que querrían. Le prohíbe respectivamente, aunque sólo sea por el qué dirán, ser todo lo estúpida y lo baja que cada una por su cuenta desearía. No les son permitidos ciertos excesos, pero ¿quién, excepto la filosofía, se los prohíbe?

¿Quién les obliga (a los filósofos) a enmascararse, a adoptar aires nobles e inteligentes, aires de pensador? Ciertamente existe una mistificación propia de la filosofía; la imagen dogmática del pensamiento y la caricatura de la crítica lo demuestran. Pero la mistificación de la filosofía empieza a partir del momento en que ésta renuncia a su papel… desmistificador, y tiene en cuenta los poderes establecidos: cuando renuncia a detestar la estupidez, a denunciar la bajeza. (…) desde Lucrecio hasta los filósofos del siglo XVIII supieron del arte del pensar, un arte crítico. Supieron decirles a los hombres lo que ocultaba su mala conciencia y su resentimiento. Supieron oponerse a los valores y los poderes establecidos aunque no fuera más que por la imagen del hombre libre. Después de Lucrecio ¿cómo es posible aún pensar para qué sirve la filosofía

Y así …siempre continuando en la interminable tarea del pensar mirando las cosas de otro modo, escapando de los cánones dominantes que no hacen sino defender el karaoke dominante

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