Ernest Mandel: El Fascismo

La teoría del fascismo de Trotsky forma un todo compuesto de seis elementos; cada elemento posee una cierta autonomía y experimenta una evolución determinada por el desarrollo de sus contradicciones internas; pero estos elementos no pueden comprenderse más que como totalidad cerrada y dinámica, y sólo su interdependencia puede explicar el auge, la victoria y el declive de la dictadura fascista.

a) El auge del fascismo es la expresión de una grave crisis social del capitalismo maduro, de una crisis estructural que como en los años 1929-1933 puede coincidir con una crisis económica clásica de superproducción, pero que rebasa ampliamente semejantes oscilaciones de la coyun­tura. Se trata, fundamentalmente, de una crisis de reproducción del capital, es decir, de la impo­sibilidad de proseguir una acumulación ”natural” de capital, dada la concurrencia a nivel de mercado mundial (nivel existente de salarios y de productividad del trabajo, acceso a las materias primas y a los mercados de productos transformados). La función histórica de la toma del poder por los fascistas consiste en modificar por la fuerza y la violencia las condiciones de reproduc­ción del capital en favor de los grupos decisivos del capital monopolista.

b) En las condiciones actuales del imperialismo y de desarrollo del movimiento obrero contemporáneo, la dominación política de la burguesía se ejerce más ventajosamente – es decir, con los costos más reducidos – en el seno de la democracia burguesa que ofrece, entre otras, la doble ventaja de suavizar periódicamente las contradicciones explosivas de la sociedad mediante ciertas reformas sociales y de hacer participar, directa o indirectamente, a un sector importante de la burguesía en el ejercicio del poder político (a través de los partidos burgueses, los periódicos, las universidades, las organizaciones patronales, las administraciones municipales y regionales, los altos cargos del Aparato del Estado, el sistema de la Banca Central). Esta forma de domina­ción de la gran burguesía – en ningún caso única, desde un punto de vista histórico– depende, no obstante, del mantenimiento de un equilibrio altamente precario de las relaciones de fuerzas económicas y sociales. Cuando este equilibrio se ve destruido por el desarrollo objetivo, la gran burguesía tiene tan sólo una salida: intentar, a costa de la renuncia al ejercicio directo del poder político, poner en pie una forma superior de centralización del poder ejecutivo para realizar sus intereses históricos. Históricamente, por tanto, el fascismo es al tiempo la realización y la negación de las tendencias inherentes al capital monopolista, advertidas en primer lugar por Hilferding, a ”organizar” de forma ”totalitaria” la vida de toda la sociedad en su propio interés: realización, porque, a fin de cuentas, el fascismo cumplió esta función; negación, porque contrariamente a las ideas de Hilferding, sólo podía cubrirla mediante una profunda expropiación política de la burguesía.

c) En las condiciones actuales del capitalismo industrial monopolista, una centralización tan enorme del poder del Estado, que implica, además, la destrucción de la mayor parte de las conquistas del movimiento obrero contemporáneo (en particular, de todos los ”gérmenes de democracia proletaria en el marco de la democracia burguesa”, designación que Trotsky daba muy justamente a las organizaciones del movimiento obrero), es prácticamente irrealizable por medios puramente técnicos, considerando la enorme desproporción numérica entre asalariados y detentadores del gran capital. Una dictadura militar o un Estado meramente policíaco – por no hablar de la monarquía absoluta – no dispone de medios suficientes para atomizar, descorazonar y desmoralizar, durante un largo período, a una clase social consciente de varios millones de individuos y prevenir así todo relanzamiento de la lucha de clases más elemental, relanzamiento que se produce periódicamente por el simple juego de las leyes del mercado. Por esta razón, es necesario un movimiento de masas que movilice un gran número de individuos. Sólo un movimiento semejante puede diezmar y desmoralizar a la franja más consciente del proletariado, mediante un sistemático terror de masas, mediante una guerra de hostigamiento y de combates en la calle y, tras la toma del poder, dejarlo no sólo atomizado, como consecuencia de la destrucción total de sus organizaciones de masas, sino también desalentado y resignado. Ese movimiento de masas es capaz de conseguir por sus propios métodos, adaptados a las exigencias de la psicología de masas, que un aparato gigantesco de guardianes de edificios, policías, células del NSBO y simples soplones someta a los trabajadores políticamente conscientes a una vigilancia permanente y, lo que es más, influenciar ideológicamente y reintegrar parcialmente tras una política efectiva de colaboración de clases a la parte menos consciente de los trabajadores y, sobre todo, de los empleados.

d) Un movimiento semejante sólo puede surgir en el seno de la tercera clase de la sociedad, la pequeña burguesía que, en la sociedad capitalista, existe al lado del proletariado y de la burguesía cuando la pequeña burguesía se ve tan duramente afectada por la crisis estructural del capitalismo maduro y se sumerge en la desesperación (inflación, quiebra de los pequeños empresarios, paro masivo de los licenciados técnicos, empleados superiores, etc.) entonces, al menos en una parte de esta clase, surge un movimiento típicamente pequeño-burgués, mezcla de reminiscencias ideológicas y de resentimiento psicológico, que alía a un nacionalismo extremo y a una violenta demagogia anticapitalista, al menos verbal, una profunda hostilidad con respecto al movimiento obrero organizado (”ni marxismo, ni comunismo”). En cuanto este movimiento, que se recluta especialmente entre los elementos desclasados de la pequeña burguesía, recurre a la violencia física abierta contra los trabajadores, sus acciones y sus organizaciones, ha nacido un movimiento fascista. Tras una fase de desarrollo independiente que le permite convertirse en un movimiento de masas e iniciar acciones de masas, necesita el apoyo financiero y político de importantes fracciones del capital monopolista, para llegar a la toma del poder.

e) La diezmación y el aplastamiento previos del proletariado, indispensables para el cumpli­miento del rol histórico de la dictadura fascista, no son posibles más que si en el período anterior a la toma del poder, el fiel de la balanza se inclina de forma decisiva en favor de las bandas fascistas y en perjuicio del proletariado.

El auge de un movimiento fascista de masas constituye una especie de institucionalización de la guerra civil en la que, no obstante, ambas partes tienen objetivamente una oportunidad de vencer (esta es la razón por la que la gran burguesía sólo financia experiencias semejantes en condi­cio­nes muy particulares, ”anormales”, ya que esta política de ”todo o nada” presenta indudable­mente al principio una serie de riesgos). Si los fascistas logran barrer a su enemigo, es decir a la clase obrera organizada, paralizarla, desalentarla y desmoralizarla, la victoria les está asegurada. Pero si, por el contrario, el movimiento obrero consigue rechazar el asalto y tomar la iniciativa, el re­sul­tado será una derrota decisiva no sólo del fascismo sino también del capitalismo que lo engendró. Esto se debe a razones de orden técnico-políticas, socio-políticas y socio-psicológicas. En un principio, las bandas fascistas sólo organizan a la fracción más decidida y más desesperada de la pequeña burguesía (su fracción ”enloquecida”). La masa de la pequeña burguesía y la parte poco consciente y desorganizada de los trabajadores y, sobre todo, los obreros y empleados jóvenes, oscilará normalmente entre los dos campos. Su tendencia será la de alinearse del lado de aquel que manifieste mayor audacia y espíritu de iniciativa; apostarán de buena gana por el ca­ballo ganador. Esto es lo que permite afirmar que la victoria del fascismo traduce la incapa­ci­dad del movimiento obrero para resolver la crisis del capitalismo maduro de acuerdo con sus propios intereses y objetivos. De hecho las crisis de ese tipo proporcionan al movimiento obrero la opor­tunidad de vencer. Sólo cuando el proletariado ha dejado escapar esa oportunidad y se encuentra sometido, dividido y desmoralizado el conflicto puede conducir a la victoria del fascismo.

f) Si el fascismo consigue ”aplastar al movimiento obrero bajo su talón de hierro», entonces ha cumplido su misión a los ojos de los representantes del capital monopolista. Su movimiento de masas se burocratiza y se funde en el aparato del Estado burgués, lo que no puede producirse más que cuando las formas más extremistas de la demagogia plebeya pequeño burguesa, que formaban parte de los ”objetivos del movimiento”, han desaparecido de la superficie y de la ideología oficial. Esto no contradice en absoluto la perpetuación de un aparato de Estado altamente centralizado . Si el movimiento obrero ha sido vencido y las condiciones de reproducción del capital en el interior del país se han modificado en un sentido que resulta fundamentalmente favorable para la gran burguesía, su interés político se confunde con la necesidad de un cambio idéntico a nivel del mercado mundial. La bancarrota amenazante del Estado actúa en la misma dirección. La política del “todo o nada” del fascismo se traslada a la esfera financiera, no deja más salida que la aventura militar en el exterior. Una evolución como esta no favorece en absoluto un refuerzo del papel de la pequeña burguesía en la economía y la política interior; provoca, por el contrario, un deterioro de sus posiciones (con excepción de la franja que se alimenta de las prebendas del aparato de Estado autonomizado). No significa el final de la ”sujeción a los prestamistas” sino, por el contrario, la aceleración de la concentración de capital. Aquí se revela el carácter de clase de la dictadura fascista, que no se corresponde con el movimiento fascista de masas. Defiende los intereses históricos del capital monopolista, no los de la pequeña burguesía. Cuando esta tendencia se ha realizado, la base activa y consciente de masas del fascismo disminuye necesariamente. La dictadura fascista tiende por sí misma a reducir y destruir su propia base de masas. Las bandas fascistas se convierten en apéndices de la policía. En su fase de declive, el fascismo se transforma de nuevo en una forma particular de bonapartismo.

Estos son los elementos constitutivos de la teoría del fascismo de Trotsky. Se apoya sobre un análisis de las condiciones específicas en las que se desarrolla la lucha de clases, en los países altamente industrializados, durante la crisis estructural del capitalismo maduro (Trotsky habla de la ”época de declive del capitalismo”), y sobre una combinación particular – característica del marxismo de Trotsky – de los factores objetivos y subjetivos en la teoría de la lucha de clases, así como en la tentativa de influir prácticamente sobre ella.

(Capítulo III del libro El Fascismo de Ernest Mandel, publicado en 1969)

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