Entrevista de «Fragua Social» a Miquel Amorós

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Por Miquel Amorós

M.A. Ante todo quiero puntualizar que no se combate una aberración (la discriminación y opresión de la mujer) con otra, aunque sea de menor calado (el lenguaje llamado inclusivo). La cuestión del género es algo muy serio; la escritura con arrobas, no. Por otra parte, se puede ser feminista y defender a las minorías oprimidas sin necesidad de hablar como Irene Montero. Los idiomas no son algo acabado, pues continuamente se están reinventando. Su vitalidad viene de abajo. Los crea el pueblo que los habla para comunicarse -mujeres y hombres- para transmitir ideas, para razonar y protestar. El Poder los fija en los diccionarios y las guías con finalidad opuesta: incomunicar, despistar, someter. La crítica social ha de crear sus propias palabras y alterar el mundo de los significados buscando la subversión del sentido convencional. Ahora bien, el análisis de una situación, la visibilización de una injusticia o una desigualdad, o simplemente la transmisión de una idea o una consigna, se cumple con mayor eficacia y creatividad partiendo de un uso propio del idioma y, por decirlo de algún modo, dialéctico. Reinventar un lenguaje para la libertad es todo lo contrario a sacar del magín un dialecto de cartón piedra para uso político vulgar, o sea, demagógico y manipulador. Quien haya escuchado a un estalinista –versión arqueo-obrerista o versión ciudadanista- sabrá de lo que estoy hablando. Nuestro lenguaje no puede parecerse al suyo. La jerga burocrática o “neolengua” que denunciaba Orwell está en las antípodas del habla innovadora de, por ejemplo, un Tolstoi, un Ivan Illich o un Vaneigem. El género biológico, por muy relativo que sea, no tiene absolutamente nada que ver con el género gramatical. Asimilar el sexo a la semántica, es como confundir el culo con las témporas. No ayuda, más bien frivoliza y confunde. Y ese es precisamente el objetivo. La nueva corrección política es la manifestación de una ideología victimista farisea para uso de aprendices de brujo recién desembarcados en las instituciones, un instrumento para enmascarar los conflictos sociales huyendo de sus obvias conclusiones antiestatistas y anticapitalistas. Con tal logorrea dirigida a los que desean iniciarse en la farsa ciudadanista, la cuestión social y política y hasta la misma sexualidad quedan enterradas bajo un espeso manto de problemas identitarios. La intransigencia en la frase políticamente correcta apenas disimula la disposición a enfangarse en todas las cuestiones importantes, sean condiciones laborales duras, alianzas políticas oportunistas, grandes proyectos inútiles, burbujas del alquiler, especulación inmobiliaria, alta tecnología para el control social y la represión policial, contaminación, cambio climático, etc. Seamos radicales en los hechos, no extremistas de mentira en las palabras. Al machismo, la homofobia, la transfobia, el racismo, el transhumanismo, el calentamiento global, la corrosión del carácter, etc., se los combate igual que a la alienación y la explotación, es decir, criticándolos y erradicándolos de nuestros medios, derribando barreras sociales y económicas, boicoteando a los gobiernos, liberando deseos, acabando sin contemplaciones con esta sociedad capitalista, con el Estado clasista, por la violencia si es necesario. Inventando voces, eso sí, pero no torturando la gramática, no recurriendo a un argot identitario de moda en los guetos juveniles y en los partidos impostores “de izquierda”. Con la lengua domesticada de género se podrá rellenar el discurso político y conseguir tesinas laureadas, subvenciones, poltronas en la administración y actas de diputada, pero la heteropatriarcalidad en particular y la opresión en general que nos asfixian no cederá un ápice. Es mi opinión.

 

F.S. La primera pregunta que nos gustaría hacerte es respecto al AVE. Tú has criticado mucho estas infraestructuras que, como negocio son una ruina ya que, con la venta de billetes no se llega a cubrir los gastos, tampoco parece que transporten muchas mercancías… ¿Por qué entonces ese empeño por parte de la clase dirigente de llenar de vías de tren de alta velocidad todo el territorio del estado español?

M.A. El TAV es ruinoso para la sociedad en general y para la administración en particular, pero no para las firmas que intervienen en su construcción y puesta en marcha, o en la de alguna de sus infraestructuras auxiliares. No sale caro sobre todo al sector de población para el que ha sido diseñado, los dirigentes, ejecutivos, turistas y personal de empresa, pues las pérdidas económicas que conlleva su explotación son socializadas a través del Estado y compensadas gracias a los impuestos que pagan todos. Por otra parte, el TAV es un paradigma del impacto territorial de la movilidad tecnológica de la clase dominante, y como tal, un símbolo político de la dominación. El TAV comunica centros de poder a la vez que aglomeraciones urbanas, por lo que ninguna “capital” quiere quedarse al margen. Un territorio sin paradas del TAV es una zona muerta, un vacío de poder. No existe para el capital ni para la política. Por eso los dirigentes locales y regionales –desde la derecha o desde la izquierda- son los más beligerantes en el asunto, pues el TAV, aunque sea un mal negocio para la administración, sitúa “en el mapa” al complejo político-finaciero-industrial de la zona, es decir, a la clase dirigente local, a la que la casta política sirve.

 

F.S. En uno de los capítulos del libro «Salida de emergencia», editado por Pepitas de Calabaza, dices que «vivimos los momentos finales de un proceso de destrucción de las ciudades que comenzó a mediados del siglo XIX»… «de lugares de resistencia contra el poder y cunas de conciencia social, han llegado a convertirse en aglomeraciones amorfas donde el egoísmo, la sumisión y la neurosis campan a sus anchas». ¿Nos puedes explicar un poco esto?

M.A. La ciudad es un modo de convivencia colectiva excepcional que aparece por primera vez en la historia durante la civilización mesopotámica. La democracia directa nació en la ciudad, y con ella, la libertad, el autogobierno, la representación popular y la lucha política. Para los habitantes de las repúblicas griegas, la libertad consistía en la participación pública de todos los ciudadanos en la defensa de los intereses comunes. Las ciudades florecieron como lugares de libertad en la alta Edad Media Europea más de acuerdo con esta concepción, para ir cediendo independencia conforme se desarrollaba el Estado, el comercio y la industria, es decir, la clase dirigente de funcionarios, banqueros, “fabricantes” y comerciantes. La libertad, tal como la entendía la nueva clase urbana ascendente, la burguesía, se basaba en el derecho inviolable de los individuos a dedicarse a sus asuntos privados y a defender sus intereses particulares. Nuestras actuales urbes, son hijas de la ciudad industrial decimonónica, verdaderos focos insalubres de desigualdad y lugares de explotación moral y económica de las clases desposeídas. Y el concepto de libertad que impera en ellas es semejante al de la burguesía histórica. El aislamiento del individuo privado alcanza cotas tan altas en las metrópolis, que no puede evitar ser presa de un sentimiento de impotencia, soledad y desamor apabullante, caldo de cultivo de narcisismos, y de toda clase de neurosis y psicopatías.

 

F.S. En tu último libro «Geografías del combate» haces referencia a un fenómeno social, por decirlo de alguna manera, al que llamas «Ciudadanía», del cual dices nace como sujeto imaginario del cambio político moderno y hacia los cuales, la izquierda ha adaptado su estrategia. ¿De dónde nace esta ciudadanía y qué los caracteriza?

M.A. La idea de “Ciudadanía” es de origen burgués y se refiere al conjunto de individuos que forman parte legalmente de un Estado-nación, hecho que les confiere unos determinados derechos regulados por las leyes. “Ciudadano” no es pues la condición concreta del miembro de una comunidad real como era la ciudad tradicional, en cuya gestión podía intervenir, sino la condición abstracta del miembro de una comunidad ilusoria, interclasista, la de los votantes de un Estado, cuya gestión depende de un poder separado que actúa sin control en interés de particulares y no rinde cuentas. Ciudadano es la persona –burgués o proletario, tanto da- con derecho a participar en el circo electoral, a raíz de lo cual quedará fijada una representación política separada, indiferente a las necesidades de sus electores, pero muy estricta en la obediencia de las directrices marcadas por la economía y las finanzas globalizadas. “Ciudadanismo” es el momento ideológico que caracteriza al estalinismo posmoderno estilo Podemos, Syriza o Front de la Gauche, donde la “ciudadanía” reemplaza a la “clase obrera” como fuente de legitimación y autoridad.

 

F.S. Como tú mismo dices, el capitalismo sin crecimiento es un contrasentido. Cuando, desde los programas de los partidos políticos, movimientos ecologistas e incluso de empresas, se habla de hacer políticas de protección del medio ambiente, ¿de qué están hablando realmente?

M.A. Estamos entrando en un nuevo periodo del capitalismo provocado por la crisis ecológica, el que corresponde al negocio “verde”, es decir, al de la explotación controlada de los recursos naturales. En un contexto crítico para la economía mundial subrayado por el cambio climático, las políticas de sostenibilidad y protección del medio ambiente no son más que tentativas de armonización del crecimiento económico y la degradación territorial, de forma que el modo de vida consumista y motorizado de hoy sea compatible con la preservación de lo que quede del entorno natural. La incorporación del territorio al mercado ha de pagar peaje; la contaminación ya no sale gratis. En el fondo, las dichosas políticas protectoras no pretenden más que incluir en el precio final del producto industrial la factura ecológica. No son anticapitalistas. No quieren acabar con el capitalismo, sino disimular sus destrucciones y hacer de él un régimen ecológicamente soportable.

 

En una futura revolución, ¿qué crees tú que deberían hacer los obreros con los medios de producción?

M.A. El gran éxito del capitalismo fue lograr no solamente que los bienes producidos, sino que los mismos medios de producción no sirvieran en una sociedad libre y emancipada. El conseguir que la autogestión de tales medios fuese imposible. Así pues, la revolución se veía contraatacada por unos medios de producción intrínsecamente contrarrevolucionarios. Es un hecho comprobable que, a lo largo de la historia de la lucha de clases, las mejoras técnicas se han efectuado en perjuicio de los trabajadores, puesto que suprimían empleos o los envilecían. La tecnología nunca ha sido neutra, pues ha repercutido y modificado las relaciones sociales, y por consiguiente, la composición orgánica de las clases antagónicas. Una tecnología autoritaria es tan complicada de reutilizar y aleja tanto a los trabajadores del producto de su trabajo, que los vuelve completamente indiferentes a él. Hoy en día quien trabaja lo hace para poder consumir, para satisfacer deseos prefabricados, no para realizarse en su trabajo. La tecnología vigente reproduce y amplifica en la sociedad las relaciones de poder, reforzando la posición de la clase dominante y debilitando aún más la de las masas explotadas. En cambio, una tecnología susceptible de un uso libertario hace exactamente lo contrario, satisface necesidades reales, por lo que implica a los productores en la elaboración de los productos, fortaleciendo los vínculos comunitarios y eliminando las divisiones introducidas artificialmente en el trabajo por las innovaciones técnicamente duras. “En una futura revolución”, los revolucionarios tendrían primero que desmantelar el aparato productivo, y luego recomponerlo según pautas tecnológicas libertarias. No significa que todo el mundo haya de volver al campo, o que haya de volverse primitivista, sino que la producción de alimentos y, en general, la satisfacción de necesidades, no generen divisiones sociales ni establezcan mecanismos de poder y privilegio. Una sociedad libre es una sociedad con la tecnología suficiente para que su libertad no quede menoscabada por una mejora productiva.

 

Miquel Amorós para «Fragua Social», órgano de expresión de la CRT de Levante, CNT-AIT, 6ª época, nº 11, verano de 2019.

 

 

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