Entre Bolívar y Trump

Por Luz Marina López Espinosa

“Y, así, yo recomiendo a Usted que haga tener la mayor vigilancia  sobre esos americanos que frecuentan las costas: son capaces de vender a Colombia por un real”. Carta de Simón Bolívar a Santander en 1826,  a propósito de los barcos norteamericanos que descargaban armas para el ejército español. La Historia – y  un día ella, madre y […]

“Y, así, yo recomiendo a Usted que haga tener la mayor vigilancia  sobre esos americanos que frecuentan las costas: son capaces de vender a Colombia por un real”.

Carta de Simón Bolívar a Santander en 1826,  a propósito de los barcos norteamericanos que descargaban armas para el ejército español.

La Historia – y  un día ella, madre y maestra que lo develará-,  tiene paradojas que sólo  es dable calificar de brutales. Sí. Tal su demasía. Arquetipo y súmmum de ellas, la que vive hoy el continente americano y sin esfuerzo el mundo todo, cuando los Estados Unidos de Norteamérica –cómo no evocar ese “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miseria en nombre de la libertad”- se empeña con la autoridad  y el furor que le dan ser la primera potencia militar y económica del mundo, en “llevar la libertad y la democracia a Venezuela”. Hasta ahí, y sólo así enunciado,  podría inclusive concederse el beneficio de la duda y  entrar a ponderar si de pronto la bondad de las palabras  se corresponden con la del corazón que las pronuncia; y de ese modo, quizás,  agradecer el empeño.

Sólo que, muy a las primeras de cambio y casi desde antes de comenzar la consideración, un clamoroso ¡Vade Retro! que pareciera brotar de todos los rincones de la tierra donde habita la agobiada  humanidad que ha transitado esos pagos, nos pone en guardia y dicta sentencia fulminante sobre el caso: ¡Vade Retro! Como un ¡Nunca Más!, la promesa y grito desesperado  con que los pueblos de Latinoamérica  decretaron que no podría volver el horror de las dictaduras militares  que las sojuzgaron.

Y es que no es pequeña la paradoja anunciábamos. Porque es precisamente en la patria de Bolívar -¡de Bolívar!-, donde la potencia imperial más violenta que ha conocido la historia, la que más naciones ha destruido y más sangre desolación y muerte ha sembrado en nombre de la libertad y la democracia, ha decidido motu proprio que allí no rigen estos valores. Que los que pasan por tales  son servidumbre y tiranía, y por lo tanto se arrogan el derecho de imponerlos. Como lo hicieron en Chile, Argentina, Irak, Afganistán, Siria, Libia y Yemen entre muchas naciones. Ello, por encima -en contra mejor decir-, de los más intangibles  principios del derecho internacional como son la autodeterminación de los pueblos, la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones, y la proscripción absoluta del uso o amenaza del uso de la fuerza para dirimir cualquier diferencia con otro país.

Y es que la actual guerra mediática que los Estados Unidos han diseñado y puesto en marcha contra el gobierno bolivariano de Venezuela con el impúdico seguidismo de los medios de comunicación a su servicio, verdaderas oficinas de prensa del Departamento de Estado, ya escaló al bloqueo comercial, financiero y diplomático. Y de aquí, al acto de piratería de confiscarle los bienes –empresas, créditos, depósitos- que el país tiene en territorio norteamericano, en bancos de esa nacionalidad, o en cualquiera de los países que actúan bajo las órdenes de la potencia. Todo obviamente contra el derecho internacional que muestra su fragilidad y su mentira cuando de imponérsele a una nación poderosa se trata. Pero lo más repudiable y en cualquier sentido menos admisible, es que estas medidas son apenas el prolegómeno  de la decisión imperial ya tomada y reconocida de sacar por la fuerza al presidente legítimo y constitucional Nicolás Maduro Moros, para imponer a un fantoche que siguiendo libreto de Washington se  autoproclamó presidente. Esto, en un mitin de opositores en una calle caraqueña.     

Pero no es sólo lo anterior lo que escuece el ánima de cualquier latinoamericano con un mínimo de sentido  patrio. Es que ello ocurre en la patria del Genio de América, el Libertador de cinco naciones, el hombre que ideó el formidable proyecto de unirlas en una grande que las hiciera una potencia respetada en el mundo. Y que dio muestra de   visionaria sabiduría cuando ya en ese entonces, dos siglos atrás, avizoró el peligro que Estados Unidos representaba para las nacientes repúblicas – “Los Estados Unidos parecen destinados…”- Y cruel ironía que haría levantar de su tumba al Padre de la Patria, los más leales cortesanos del déspota iletrado que rige la gran nación en su empresa de “rescatar” a Venezuela destruyéndola, son   los presidentes de dos  de los países libertados por él: Colombia y Ecuador. Duplicada ironía, esos mismas a los que en el histórico Discurso de Angostura del cual se conmemoran en estos días doscientos años,  propuso unir con Venezuela para que constituyeran la gran República de Colombia. Hoy los voceros de esos países  quieren  verla invadida y mancillada acatando los designios del amo del norte!

Sin que haya lugar a la menor duda, sin forzar la realidad que es tozuda ni la historia escrita en bronce, lo que está en juego en el caso de Venezuela y la feroz campaña global del capital para derogar su revolución democrática, nacionalista y latinoamericanista, es una lucha entre el pensamiento del Libertador Simón Bolívar, y el del presidente Donald Trump. El primero habló en Angostura, en la Carta de Jamaica y en infinidad de documentos y discursos sobre integración latinoamericana, del tesoro de la libertad y la soberanía nacionales, de la virtud de la honradez y la valía del saber, del imperio del derecho internacional, y sí, también, de la conducta norteamericana  para con estas colonias que luchaban por la libertad, a la que no dudó repetidamente en calificar de infame. Y el segundo habla con más soberbia que elocuencia, más cinismo que apego a la verdad, más codicia que justicia. Y entonces simplemente,  con todo el bagaje argumental y el donaire del que puede hacer gala, declara: “Maduro se va o lo saco”.

Porque en lo que absolutamente nadie puede ser ignorante de buena fe, es que el ansia de Donald Trump por  llevar “democracia y libertad” a Venezuela, su angustia por la “violación de los derechos humanos” que padecería su pueblo y su desazón por la pavorosa “crisis humanitaria” por la que estaría pasando, tiene un sólo y único nombre. O mejor varios, para atender a la sintaxis: petróleo, oro, coltán y torio, un mineral radioactivo de gran importancia en la industria militar.  Y más aún: tiene  el de la rabia de ver que China y Rusia, sus contrapesos en el escenario del poder mundial y valladar a sus ambiciones imperiales, han ganado una justa posición de privilegio en el país suramericano. Con todo lo que ello implica en posicionamiento geopolítico, económico y energético en favor de esos rivales, además  del ascenso de su influencia en toda  la región. Y eso en su “patio trasero”, es una humillación que no puede asimilar el regente de la Casa Blanca.

Y así como el presidente de Colombia Iván Duque somete a sus conciudadanos a la vergüenza de agradecer a los Estados Unidos por el apoyo que sus padres fundadores habrían dado a nuestra independencia, baldón sobre la memoria del Padre Libertador,  igual comete el crimen de prepararse a que ésta, también patria de Bolívar, sea la que porte el puñal septembrino contra aquella que lo vio nacer. Porque la agresión militar a Venezuela por la potencia del norte es un hecho en curso, y se dará -para orgullo de sus gobernantes-,  a través de Colombia, del suelo que más amó, por el que más luchó y sufrió el Libertador. Entre Bolívar y Trump, Trump.

Alianza de Medios por la Paz

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