Ensayo breve de La Habana grande

“El soñador ha visto que el mar se le ilumina/ y sueña que es la muerte una ilusión del mar”&nbsp &nbsp Antonio Machado


&nbsp &nbsp &nbsp El mar que bordea La Habana es visiblemente muy profundo. Esto le brinda a la Ciudad una visión de intensidad y justifica el color azul oscuro, el poderoso oleaje y el fuerte olor a salitre que impregna la ribera. La Habana no posee una plataforma submarina; La Habana se convierte de este modo en una ciudad oceánica que mira al norte, que es desde donde llegan cíclicamente las grandes marejadas y los frentes fríos de la estación tropical de la seca. A pesar de estar situada casi a la entrada del Estrecho de la Florida, su perfil marítimo es eminentemente atlántico, a diferencia del resto de las ciudades ubicadas en el Golfo de México o en la costa oriental de meso América. Incluso la Florida, en su costa atlántica, posee una versión del mar mucho menos intensa, de colores pálidos,opalescentes.

El litoral de La Habana se extiende principalmente al Oeste de la profunda bahía que lleva su nombre; son casi 20 kilómetros de costa de arrecife o “diente de perro” ante la que se levanta la zona urbanizada. El Malecón es el muro que separa al mar de la Ciudad, de la amplia avenida, de las aceras laceradas por el oleaje; es la línea que separa a los viandantes de los arrecifes y del enorme piélago azul que al mediodía se pone a reverberar, creando en el ambiente una luz dorada, fúlgida que impresiona el resto colorido de la paleta visual.

El Malecón fue construido en los años veinte del pasado siglo. Un dictador paternalista auspició su sólida construcción que desanda el norte limítrofe de la Ciudad, desde la bahía hasta el pequeño fuerte colonial de la Chorrera, cuyo sitio indica la desembocadura del más importante río citadino, el Almendares.

El Almendares divide en dos a La Habana pero muy pocos lo toman en cuenta, los verdes meandros y el pequeño puente de hierro que lo cruza se dibujan discretamente en las partes traseras de algunas de las casas del Vedado residencial. Se extiende sinuosamente del Sur hacia el Norte, siguiendo el curso de su corriente de aguas contaminadas, que desembocan justo donde termina Malecón, dividiendo el Vedado del viejo reparto aristocrático de Miramar, de la amplia Quinta Avenida y sus casonas de influencia española, mudéjar; pequeños balcones de columnas y techos adornados con palomares y ladrillos rojos; edificaciones en las que predominan los colores azul y blanco. Varias iglesias dotadas con hermosos campanarios y con líneas arquitectónicas que recuerdan el antiguo estilo románico, aparecen a ambos lados del paseo central. Si se continúa en línea recta yendo hacia el Oeste se sobrepasará el barrio de Miramar, el cual crece a ambos lados de la Avenida, para llegar sin solución de continuidad a los pequeños poblados de pescadores de Jaimanita y Santa Fe, el primero conforma en la práctica los límites reales del casco urbano de la Ciudad.

Jaimanita en el extremo Oeste como Cojímar en el extremo Este, son dos pueblos de grandes similitudes situados en la periferia de La Habana. Pequeñas casas de maderas de techos cónicos y viejos tejados de barro con portalones de columnas; casas estructuradas bajo la solución de alquitrabe; ventanas con enrejados y callecitas estrechas, algunas todavía empedradas. Hay mala sedimentación en las orillas marinas de ambos poblados, restos de tejas viejas, pedazos de lata y madera carcomidas por el oleaje, aparte de los desagües. Sus costas de piedra afilada, donde aún concurren bañistas, poseen abiertas pocetas como pequeños remansos de agua.

Cojímar es un poblado de altas colinas donde hoy viven escritores y pintores que se entremezclan, con su estilo de vida, con el vivir cotidiano del resto de los pobladores. Ernest Hemingway escogió el sitio entre los años 40’ y 50’ del pasado siglo para tener allí su yate de pesca, y de hecho convertirlo en uno de sus lugares preferidos de solaz. Pocos sitios, entre las innumerables tierras que baña el océano Atlántico o el mar Caribe, evocan con su geografía a las pobres aldehuelas del antiguo mar Mediterráneo. Algo primitivo, humilde y milenario se percibe entre los escombros de la playa, en los restos de botes hundidos, espacios anegados de sol y la oscuridad broncínea del horizonte. Allí a la vista de la ensenada donde el río Cojímar vierte hoy sus detritus y de una taberna de marineros que ya no existe, un célebre personaje literario, el viejo pescador Santiago, luego de su epopéyica lucha en la Corriente del Golfo contra un enorme pez que lo dejara maltrecho y más pobre que el día anterior, pronunció una de las frases más ilustres de la literatura universal: “El hombre puede ser destruido pero no vencido”.

Cojímar está a diez kilómetros al Este de la Capital. Se debe atravesar un largo túnel, que pasa por debajo de la estrecha entrada de la rada habanera, para llegar con rapidez al otro lado. Se cuenta que otro dictador, de triste recordación, en los años 50’ del pasado siglo, vendió los derechos de construcción del túnel a una compañía francesa, pero abarató intencionalmente el proyecto, robándose parte de los fondos, afectando con ello el calado de la Bahía. Mientras que las tierras que emergían en el lado oriental del túnel subían estrepitosamente en el mercado de valores. Con la llegada de la Revolución de 1959 son las grandes barriadas obreras de Habana del Este y Alamar, las que se extienden por esa otra región del litoral, que permite al viajero contemplar, desde la carretera, al mar en lontananza. Si se continúa en esa dirección se llegará en escaso tiempo a las playas del oriente habanero, el Mégano, Guanabo, Santa María… Lugares muy concurridos para el descanso veraniego, alegres recuerdos para millares de personas de una próvida niñez o de una muy disfrutable juventud insular.

La carretera costeña, en el otro extremo, en el Oeste, luego de avanzar casi veinte kilómetros y sobrepasar el pueblito de Santa Fe, despegándose del casco poblacional de La Habana, cruza el río San Ana en su pequeño delta de aguas cristalinas y límpidas que demarcan hidrográficamente su lejanía de la Urbe con la aparición de otra zona mucho menos maltratada por la sequía y la contaminación ambiental.

En el reparto Vedado se encuentra la zona metropolitana de la Ciudad y los escasos altos hoteles yedificios que dominan el mar desde la acera opuesta a Malecón. Se nota cierta influencia francesa como norteamericana y española en la configuración de algunas de esas construcciones. El Hotel Nacional, su tradicional perfil, sus torres señoriales y sus jardines, que una vez fueron diseñados como remembranza de los jardines del Palacio de Versalles de la Francia imperial, invitan al visitante a permanecer en ellos sumido en una larga plática o contemplando desde el mirador el azul marino recurrente, para darnos de pronto cuenta que La Habana es un lugar, una ciudad en el mundo, que ya perdió su inocencia. Los temas sempiternos del sexo y la existencia, la palabra procaz, son como cosas que se difuminan entre las sombras que proyectan las hojas del jardín neoclásico y la fresca brisa nocturna que llega del océano.

“Bienvenido al Club de los poetas muertos”; así me previno en el autógrafo de uno de sus libros, cuando me vio llegar a su casa proveniente del extranjero, la esposa de un excelente amigo, la poetiza Caridad Atencio.

Pero La Habana es una de las ciudades más bellas del mundo, su serio deterioro lejos de afearla le posibilita existir en otra dimensión más humana en cuanto más intensa, como un lugar que emprende cada día la gigantesca tarea de sobrevivirse a sí mismo, tentando al Cielo que padece fuerza y a los hombres y mujeres que la habitan en su cotidiana pobreza. Una Ciudad que se quedó detenida en el tiempo junto al mar que la encierra y a la vez la ennoblece; acuclillada, sumida en su largo sueño profano y la gracia hiperestésica de su vivir desesperado. Extenuante es en realidad aprenderla a caminar para llegar a poseerla en cada esquina; en sus callejuelas inadvertidamente misteriosas y sensuales; en cada barrio habitado por jóvenes irreverentes y bulliciosos, secundados por ritmáticas músicas estruendosas, los cuales se sientan sempiternamente ociosos, y a veces sin camisa, en los quicios de las puertas y en las deterioradas aceras, por las que por debajo se cierne una estancada agua albañal. La Habana es como un sudor promiscuo que se impregna y baña de sales la piel, y como una exuberante enredadera tropical donde sus lianas acarician el cuerpo mortal de la concupiscencia. En pocos lugares sobre la Tierra las gentes blasfeman tanto como en esa Ciudad. Casi no hay ningún barrio habanero que no esté subordinado a esta escena fundamental de lo popular desacralizador. La Ciudad es como un inmenso país mulato de inteligente gracia extrovertida, plagada de decires y refranes, movimientos espasmódicos de zambito, pródigas alegrías, resguardos benditos y regalos de alelíes de no me olvides.

Hay una vieja y recurrente historia de un hombre largamente ausente que peregrinó hacia su ciudad natal, para buscar allí lo que le había profetizado hacía muchos años una sibila. La sibila vivía en la zona metropolitana, a sólo unas cuadras del Hotel Nacional, del clásico restaurante el Monseñor y frente al Salón Rojo del Capri. Obviamente el viajero no encontró la fortuna que buscaba, la había dejado atrás. Allí sólo encontró palabras, palabras irónicas en cuanto ubicuas, contradictoriamente puras con las que quizás se pudiera construir una futura escritura. Érase una vez una mujer desnuda frente a su espejo, sumida en el largo éxtasis que trae la contemplación de sí misma, una mujer como La Habana, como una virgen que yace fascinada ante la belleza de su imagen, ante su propia leyenda incomprendida. Un viejo retrato en sepia, como una apariencia de realidad, casi como una revelación en ciernes. Una verdad absolutamente pasional. Una mujer blanca y desnuda vislumbrada a medias en la derrota invertida del espejo.

La Habana es uno de los paraísos del Art déco, de lámparas coloridas que penden graciosas del techo y una doncella de trenzas rubias bajo su luz, cual una memorable pintura de Fidelio Ponce. Es una Ciudad de decorados exteriores e interiores que implican un concepto más amplio de arquitectura y urbanización. Y como todo paraíso es un paraíso que se pierde, que se pone en crisis y se nos deshace, víctima del deterioro que sacude a gran parte de las fachadas de los edificios. La Habana es esencialmente una ciudad ecléctica. Neoclásicamente ecléctica. Abundan en ella los falsos estilos, los estilos tardíos. Las yuxtaposiciones de conjuntos y de órdenes. Hay incluso influencia de la arquitectura neoyorquina en esas casas hechas para un invierno que no existe, con portales de escalera para alejar de las puertas la acumulación de la nieve. Pueden verse abundar estos anacrónicos estilos en barrios con nombres tan llamativos como Santo Suárez y La Víbora.

El antiguo Zoológico de La Habana se encuentra en la importante Avenida 26 y en uno de los más grandes repartos residenciales, situado al Sur del Vedado. Hoy el parque es un lugar atendido a medias, donde los simios enjaulados resultan figuras balbucientes y estrafalarias que nos suplican detrás de las rejas, sobreviviendo encima de su propio abandono. Mientras el gran cóndor parece taciturno ocupar el mismo lugar que ocupaba hace más de treinta años, cuando las personas de mi generación le visitaban cuando niños.

La maestra Rita Longa construyó hace mucho las hermosas esculturas que adornan la entrada del Zoológico, la de los tres clásicos venados, la simbólica familia. Paideuma es una palabra, un concepto que invita al juego, al juego primigenio. El del niño convertido en el Gran artesano, en el Maestro artífice. El viejo parque Zoológico de La Habana era el lugar preferido para liberar el Paideuma, la poética del sentido que remite a la inocencia de una infancia que he perdido y que percibo añeja en la tristeza de los animalejos olvidados y en dos frasesencontradas entre las ruinas de mi memoria:

La Ciudad carece de Amantes. Ya los enamorados no visitan los parques.

Pero no nos engañemos, no es culpa de nadie. Es el tiempo. La culpa es del que subscribe este texto que se ha vuelto muy viejo para poder alzar la vista y ver los globos de colores o saborear el algodón de las nubes. Es una verdadera lástima que tan hermosa urbanización, tan inteligente diseño de callecitas, arboledas y merenderos no reciba la atención que merece. El Zoológico era un antiguo lugar para las aves, los flamencos de patas coloradas y las iguanas que desandaban libres por sus jardines. El Zoológico, casi me atrevo a suponer, eratambién como un importante ecosistema de la Ciudad hoy desatendida.

Cercano a esta zona residencial pasa el río Almendares en viaje hacia su próxima desembocadura, cruzando un alto puente el cual vuelve a dividir La Habana en dos.Por debajo de ese puente está el Parque que lleva el nombre del Río y un lugar boscoso formado por tupidos árboles que crecen libremente, como si fuesen helechos gigantes, a merced de la gran humedad que impregna esos valles; colinas y desfiladeros que conforman, en la práctica, un pequeño bosque lluvioso que funge como el pulmón verde de la Ciudad. Es difícil encontrar tantas tonalidades y matices de verde como en esos bosques que proliferan a la vera de los acuáticos meandros en esa zona citadina y paradójicamente tan agreste. Son las llamadas alturas del Nuevo Vedado. Todos los desagües de las calles colindantes corren hacia un mismo sitio, rumbo el profundo ventisquero formado por altísimas paredes de canto, por las que por debajo se desliza el agua verdinegra, maloliente y cenagosa. Desde lo alto de las colinas se distinguen en la mañana brumosos paisajes de extensos pinares que crecen sobre un suelo arcilloso, rocoso, pródigo en húmedas cavernas y aguas subterráneas. Probablemente en tiempos de la Colonia debió existir allí algún tipo de asentamiento, cosa que es difícil de imaginar dado lo intrincado de la región. Pero pequeñas construcciones de piedra muy antigua cubiertas de lino, como pequeños anfiteatros al modo de hemiciclos griegos, se puede apreciar que se levantan sobre el suelo de alta y mullida vegetación.

En alguna ocasión me he preguntado, fiel a las rememoraciones ensoñativas de la adolescencia y puntuando el estribillo de una pegajosa canción pop’ inglesa de los años 60’, si desandando el río Almendares en su curso invertido no se ha de llegar al reino milenario de Katmandú, situado esta vez en tierras de la mítica Atlántida. El mismo utópos del que nos habla el griego Platón en sus diálogos del Fedro y el Cratilo.

Si se sigue la pista del río Almendares desde esa zona se llegará muy pronto al viejo reparto de Puentes Grandes, que fiel a su nombre connotan sus paisajes con pintorescas pasarelas. Es un barrio pobre ubicado al Sur de La Habana por donde pasa el Río proveniente del sumidero de Batabanó. Puentes Grandes fue un lugar, a principios del siglo XX, muy visitado por pintores. Sus paisajes acuáticos tematizaron la pintura cubana de tendencia impresionista de ese entonces. Y existe allí aún un extraordinario lugar de solaz: Los Jardines de la Tropical construidos en los alrededores del Río, al lado de una antigua fábrica de cerveza de la que hoy queda sólo su inmenso casco arquitectónico de impresionante estilo modernista. Abundan en el lugar los emplazamientos en piedra, graves pasajes de columnas terminadas en cornisas que se funden con el follaje, integrándose orgánicamente con las extensas arboledas y vetustas escalinatas que descienden, desde las altas terrazas de granito, hasta las mismas márgenes polucionadas del Almendares.

Uno de los afamados cuadros que posee, en su notabilísima exposición permanente El Palacio de Bellas Artes de La Habana, es “La Siesta” de Guillermo Collazo, pintada en 1886. Una mujer joven duerme placidamente recostada en su diván, al borde de una abierta terraza que domina el mar donde predominan los colores tierra; se ven hojas secas, otoñales, esparcidas sobre los amplios mosaicos del piso y bajo las grandes arcadas de una mansión sin dudas señorial. Es el sueño placentero de una burguesía criolla que tuvo, en algún momento de su historia, la innegable sensibilidad para propiciar la construcción de una las ciudades más bellas y originales del mundo. Hay una segunda pintura de Collazo tan hermosa y sugerente como la anterior “Mujer junto al mar”. El mar que se contempla es plomizo, crepuscular, tanto como el atuendo anacrónico de la mujer, una visión más típica de los paisajes nórdicos que de una región tropical. Era cuando aún nuestra pintura nacional no había definido su objeto y lo veía sólo a través de una educación y un prisma fundamentalmente europeos, desde una óptica y una tradición importadas, que tuvo su cristalización en el magisterio de la escuela de arte de San Alejandro. Lo mismo sucede y abunda a fines del siglo XIX con las ilustres marinas de Chartrad. Lo que quiero evidenciar con esto es que La Habana fue concebida para el lujo de nuestra burguesía histórica, la cual construyó en América, en la mestiza y arcaica región mediterránea del Caribe, una ciudad dotada de una ambientación esencialmente europea, española; una España Borbónica y Sarracena; español afrancesada; francés españolizada.

Nuestra burguesía criolla, a principios del siglo XIX, fue la clase social más adinerada del continente latinoamericano. Las extensas plantaciones de azúcar permitieron el fenómeno económico, típico de la etapa industrial del desarrollo, de una gran concentración de tierras, mientras las máquinas importadas fomentaban una nueva división del trabajo. La pintura geométrica de Laplante, concebida sobre el tema de los ingenios azucareros, es casi como una pintura futurista que anticipó en nuestro país el geometrismo de Paul Cezanne.Puede decirse entonces que dinero, concepción del futuro y una extraordinaria sensibilidad, fueron en su momento coautoras de la ciudad de La Habana.

La Ciudad posee dos importantes calzadas que haciendo la función de anillos la ciñen desde el Sur. La Calzada de 10 de Octubre y La Calzada de Zapata. La primera se desplaza desde la antigua barriada de Santo Suárez, hacia las cercanías de la zona portuaria plagada de industrias, cuyas arquitecturas de hierro y ladrillo ofrecen al espectador imperativos perfiles modernistas. La segunda calzada comienza en los límites del suntuoso cementerio neoclásico de Colón, para convertirse después en la Avenida de Carlos III y finalmente en la calle Reina que desemboca en lo que fuera, en la primera mitad del siglo XX, elgran centro urbano de la Capital.Centro urbano conformado por los alrededores del Parque Central, el clásico Cine Pairet, los tradicionales hoteles Inglaterra y Telégrafo, la acera histórica, llena de remanentes culturales, del Louvre, y la alameda del Paseo del Prado que con sus esculturas de leones en mármol desciende gravemente hasta el mar. Como edificaciones centrales de este suntuoso complejo citadino, se levantan el Teatro Nacional y El Capitolio, esta última antigua sede legislativa de la República que fue diseñada a imagen y semejanza del edificio del congreso norteamericano en Washington. Original Capitolio que fuera construido como remembranza de la Piazza del Campidoglio de la antigua República Romana. Abundan mucho estos tipos de edificaciones parlamentarias en Estados Unidos y América Latina, aunque nuestra edificación capitolina, por sus magnificas proporciones monumentales, se convierte de hecho para mí, en la apoteosis del neoclásico cubano.

Alejo Carpentier definió a La Habana como poseedora del estilo de esas ciudades que carecen de estilo propio (el estilo de las ciudades que no tienen estilo, dijo aproximadamente) e hizo demasiado énfasis en los largos paseos de columnas que la Ciudad en algunas partes poseía. La indefinición o la imposibilidad de establecer una definición arquitectónica clara, para una Ciudad conformada por constantes yuxtaposiciones, le hizo hablar al escritor de una patente falta de estilo que vendría a configurar, en la práctica, su particular modo de ser y de existir. Mas hay pocas ciudades en América que resuelvan sus dimensiones y sus conjuntos urbanos con la racionalidad con que los resuelve La Habana, nada más alejado de una anarquía de la distribución y el diseño se pueden apreciar en ella. Sus viejas calzadas son una obra maestra de la comunicación interior, concebidas para el tráfico automovilístico y al mismo tiempo para su mejor cosmovisión de índole estética.

El barrio colonial de La Habana Vieja es colindante con la zona del Parque Central y la Avenida del Puerto, por la que continúa la sólida línea de Malecón. Es un conjunto casi homogéneo de edificaciones que fueron levantadas antes del siglo XX.Sus hermosas plazas son hijas de un concepto italiano y renacentista de diseño y urbanización, y hay quienes afirman que sus callejuelas recuerdan algunos barrios de París. Sus iglesias, sus conventos, sus abundantes sitios de referencia cultural y literaria, más que ofrecer una sobria unicidad de concepción, lo que nos brindan es una elaborada poética del entorno. El actual historiador de la Ciudad me recuerda, en su enorme afán patrocinador, al viejo Obispo de la Colonia de apellido de Espada, a quien lo único malo que le asigna la tradición nacional fue su furia iconoclasta emprendida contra todos los altares barrocos de la Capital. El historiador de la Ciudad ha realizado, con apoyo gubernamental, una misión extraordinaria de remozamiento, preservación y culta ambientación para un lugar, a todas luces, único en América. Aunque hoy en día el turismo ha decaído significativamente; sería conveniente emprender una nueva ronda de negociaciones con el Parlamento de Europa, con sede en Bruselas, para propiciar un flujo de turismo tan necesario para una Ciudad, no sólo falta de visitantes, sino de nuevas y mejor dirigidas inversiones de capital extranjero.

La Habana es la capital, debo decirlo, de una nación a la cual todo el mundo le presta atención. Continúa siendo el paradigma político que era en los años 60’. Y hay algo que se llama opinión, auspiciada por la comunidad internacional de naciones. En la medida que el país se ha ido integrando cada vez más a la vida internacional, esa opinión ha ido cobrando mayor contenido político.

A Cuba hoy la sacude el impacto galopante de la Modernidad en su doble vertiente práctica y gnoseológica: La del reconocimiento de la autonomía del sujeto que habla y en la negativa a clausurar, mediante el discurso opresivo de ese mismo sujeto, al objeto de sus designaciones. En términos políticos esto debería traducirse como el reconocimiento explícito del Otro que somos por parte de la comunidad internacional, y, en un sentido social, como el reconocimiento implícito, por el principal sujeto enunciante, de una diversidad que nos sacude de raíz. La Modernidad debe ser entendida así como una verdad histórica que se ha vuelto esencialmente dialógica, práctica, viviente, inclusive circunstancial.

Una de las grandes batallas que puede estar librando ahora el pensamiento cultural nacional, en la acepción más amplia del término, es el de poder acceder a los grandes medios de comunicación, tanto en su espacio local como internacional. Esto exige, en primer lugar, gran responsabilidad social, y en segundo, claridad de ideas. Incluso una verdadera metodología de exposición.

Los marcos político institucionales que deben nacer de un restablecimiento gnoseológico (de un conocimiento socio – históricamente dañado) deben ser múltiples, aunque al mismo tiempo proceder de una verdad unitaria en cuanto consensuada. Consensuada no sólo en términos democráticos, sino por la propia historia y el diálogo intercultural. Una nación moderna, si se construye al margen del consenso universal, deviene en una caricatura de Modernidad, pero un criterio internacional, si carece de parámetros morales, degenera en un designio la mayor parte de las veces imperial. Cuba es de este modo, ante los otros que la miran, el otro mundo político formado, que la propia realidad política formada por intereses ajenos pugna muchas veces por no reconocer. Aunque si no existe Ethos no hay Modernidad viable. El dilema de las naciones modernas, si no se resuelve en términos políticamente consensuados, puede disolver el proyecto histórico de cualquier nación. Mas la irresolución del Estado político puede ser el sumidero histórico de una nación. Por ende, la Modernidad no debería ser la regalía que nos concede el Sistema Político del Mundo y es que a la Modernidad política, como a la Modernidad social, no se accede, sino se construye laboriosamente entre todos.

La mejor película cubana que pude ver en La Habana fue “La noche de los inocentes” del realizador Arturo Soto. Fue el único argumento que no vi descender al mal llamado vernáculo de la exposición; como mero clisé o pintoresquismo de las situaciones, dado en el modo preconcebido de actuar de los personajes. Una comedia de equívocos, un juego irónico de los sentidos y una nevada final sobre las calles atestadas de tráfico de una Habana contemporánea, conforman el meta discurso del milagro verificado, en el que conceptúo el poderoso latido en ciernes de una añoranza: La participación nacional (siempre pospuesta) en una Modernidad, hoy por hoy, dramáticamente soslayada.

La Habana, con todos sus problemas, vive hoy para sí su propia pulsión moderna en gestación. Una Modernidad que debe ser entendida como hija de un proceso histórico, cabe insistir. No una panacea que nos ofrece el pensamiento liberal. Esas pulsiones encuentran también expresión en el arte y en el pensamiento. Muchas veces las formas de expresión más visibles en cuanto mejor sintetizadas.

La plástica cubana ha comenzado a comportarse desde hace años como un sistema de ideas que pide una reinstalación del arte en el entramado social, en la funcionalidad, en la eficacia social de sus presupuestos estéticos. Y a veces el artista quiere regresar a su antiguo puesto de artesano en el mercado del trabajo, reubicado para pensar y decir como un gestormás de la vida económica y política de la Ciudad. Entonces se pide volver a pensar el papel de las instituciones del arte reubicadas, concebidas, más allá del habitual espacio físico y burocrático, en cualquier articulación social en que se pueda realizar y verificaruna gestión cultural.

La Habana es una ciudad sometida al impacto cotidiano de la cultura, pero también al impacto que el mercado global viene realizando sobre la cultura, lacerándola. Es además en el arte donde se perciben esos efectos devastadores. Una transgresión de la franqueza original, de las razones originales de un arte concebido en principio como vía para la participación y la solidaridad.

La más distintiva de las construcciones habaneras es el Morro, colocado, como su nombre lo indica, a la entrada de la Bahía, en su lado Este. La idea general de su construcción es organicista, pues se integra plenamente al paisaje de rocas sobre las cuales se levanta, entregándole con esto un aspecto formidable. Es una vieja fortaleza militar del siglo XVII, edificada cuando ya la pólvora había sido inventada, por tanto sus murallas no son tan altas como tan sólidas, hechas para resistir el embate de los cañonazos enemigos. Desde lo altos de sus viejas almenas se nos entrega una visión muy especial del mar y de La Habana. Se puede contemplar desde su cima, de un modo completamente privilegiado, la profunda Bahía con sus buques mercantes estacionados ylas edificaciones que integran, en el lado Oeste, la zona de La Habana Vieja y el Paseo del Prado, las hermosas cúpulas del antiguo Palacio presidencial y del Capitolio. Mientras que en lontananza se distinguen, bajo una luz fina y dorada,emborronada por la cálida brisa que difumina suavemente las perspectivas, las altas construcciones del Vedado siempre delineado por el espumoso mar de color azul oscuro que lo abraza.

Una de las cosas más curiosas que se percibe en La Habana, sobre todo para una persona habituada a vivir en el mundo desarrollado, es lo elástico que resulta allí el concepto de seguridad personal. No hay una visión clara, concreta, sobre la idea de la muerte y el finiquitar irreversible de la vida. Los cubanos disfrutan de la vida como si fuesen inmortales. Allí la muerte sorprende siempre porque nunca se espera. Sin embargo, el culto a los antepasados es real, como lo es en todas las viejas sociedades agrarias. Los cubanos tienen su propio libro de los muertos y encuentran en la vida, en las relaciones con los fantasmas del pasado, su propio y especial significado. Hay así casas impregnadas de recuerdos, llenas de olor a viejo, a cosas empolvadas y gastadas. En esos paisajes de gasas y de sombras se yergue paradójicamente la vida fácil, despreocupada, escandalosa y alegre. Como si la brisa tenue, el tintinear de las luces y el practicísmo que imponen las agobiantes jornadas, hicieran fracasar allí todo argumento filosófico. La Habana, como la Isla en peso, no es telúrica sino marítima, oceánica. Pero el mar no es solo un camino, es también una soledad y una asombrosa lejanía. Una promesa. Yla muerte se vuelve ingrávida y azul, generalmente fantasiosa como el mar que eternamente reverbera a su lado. La muerte se viste como un pordiosero que se agacha en los oscuros zaguanes de las casas a recoger los centavos prietos como el pago de una extraña bienaventuranza. La muerte es escuálida y esconde con vergüenza su mano tísica, y le pide permiso a la dueña del cementerio para poder entrar con el difunto en brazos. Si la Dueña no quiere la muerte tiene que regresar el difunto a casa. Del mismo modo que para el artista el hada verde se esconde en el delirio del Ajenjo.

Hay ciertos estados límites que el hombre racional, culto y sensible puede, en raras ocasiones, usufructuar, en oscuras vísperas de Noche Buena y en esas calurosas tardes religiosas de los suburbios habaneros en que los santos salen a peregrinar.

Poco antes de salir de La Habana visité el Convento de Santo Domingo de Guanabacoa. Un antiguo amigo me había hablado de sus impresionantes espacios interiores que predisponen al visitante al recogimiento interior y a la meditación. Me impresionaron vivamente no sólo las grandes arcadas de los techos, sino la vetusta fachada exterior. Fue como un viaje al pasado. Mi ex amigo había vivido allí, en el pueblo de Guanabacoa, hacíacasi cincuenta años, muy cerca del Liceo donde predicó José Martí. Toqué a la puerta del Convento un domingo en la tarde, un fraile franciscano acudió a abrirme, fue él quien me explicó las razones de mi confusión, aunque el nombre del lugar hacia referencia a los Dominicos, este era un Convento deFranciscanos desde el siglo XIX. Mi antiguo conocido tenía otra vez razón. Los Franciscanos, la Orden del“cándido y diminuto” San Francisco de Asís, el compañero de Santa Clara, no sólo era la vía de la legítima pobreza sino que era el camino al lejano Oriente que los peregrinos de la Orden adelantaron con sus misiones. Fue una especie de despedida. El anciano fraile me despidió afectuosamente en la puerta.

Guanabacoa, una de las ciudades más antiguas y más bellas de Cuba, se encuentra muy cerca de los pintorescos pueblitos de Regla y Casablanca, situados en las inmediaciones de La Habana, en el lado Este de la Bahía. Pocos lugares dejan en el visitante la intensa experiencia de la fuerza abisal que posee la tierra como en ese lugar, como si fuese un sitio, una región sagrada. Pero de lo que no sé, y mi razón inhibe, es mejor no hablar.

Lo que puedo decir, quizás llevado a ello por una intelección personal de la idea de la Providencia, es que los procesos históricos jamás fracasan. Podría fracasar un dirigente, una dirección política, pero la mecánica social de los acontecimientos trabaja siempre para el mejoramiento humano. Hay que saber dejar hacer al peso irrefutable de los años mientras nos entregamos a las labores cotidianas. No se puede violentar la historia, pero tampoco perder el ritmo que nos hace movernos a su paso. Eso que los hombres de religión de tiempos antiguos llamaban fe, no es otra cosa que una profunda convicción. Una actitud de paciente espera; “de ardiente paciencia.”

De una de las personas en La Habana más queridas por mí, el maestro Cintio Vitier, recuerdo la pregunta que en su casa me hiciera, que es la sempiterna pregunta que el creyente poético formula a sus amigos:

“¿Para qué hace Dios llover sobre el desierto donde no crece poro vegetal?”

Para probar la fe de Job.

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