En una sociedad de cazadores

 Los modelos cristalizan en figuras. Para Jünger la figura del trabajador y el paisaje de talleres perfilaban la Europa de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Luego llegaría la del emboscado. Según Bauman en la premodernidad fue el “guardabosques”, con la modernidad la de los “jardineros” y en la sociedad líquida, en la sociedad del cansancio, la de los “cazadores”. Los primeros buscaban la “buena sociedad” en el buen lugar, la eu-topía, los cazadores el buen camino, la eu-vía

  Salimos de caza de un puesto de trabajo, de una nueva relación, de algo que comprar, de una experiencia que añadir. Salimos a escape dispuestos a pillar algo que nos ayude a tomar la forma del recipiente que nos contiene. El tiempo tomado como secuencial (Hemisferio izquierdo) es figura y el tiempo tomado como simultáneo (Hemisferio derecho) es fondo. Cuando la figura (automóvil) está a punto de tragarse al fondo (medio ambiente) se torna grotesca.

  El punto de vista del conocimiento es éste: rechazar el presente como realidad, entender los pensamientos y los sentimientos, los objetos y las figuras del presente como disfraces que hay que desenmascarar. La vida profunda se alcanza desde el pozo del pasado, y lo que más remoto está en el tiempo, más vivo es. La filosofía es ese instinto tiránico mismo, la más espiritual voluntad de poder, de “crear mundo”, la voluntad de ser  causa prima. El caballero de la triste figura como paradigma del pensador. 

  En una sociedad de cazadores deben estar tan claros los caminos como las presas. Durante nuestros paseos por los itinerarios de costumbres los presos en ellas sólo experimentamos la gastada simetría de la ida y vuelta incesante: el modelo de la mala circulación, del mal tránsito, que es justamente aquel en el que no hay preeminencia alguna de la ida. Lo que no conduce a ninguna parte no puede reconocerse como camino, ni de ida, ni de vuelta. Cuando no hay camino, ni método para andarlo, ni se persigue nada, nada se alcanza, no se esclarece nada. El horizonte no se despliega, los puntos lejanos no se hacen atractivos.

  A la depresión pertenece la evidencia incorregible de que nada propio merece la pena decirse: ninguna de nuestras experiencias merecerían convertirse en tema; jamás interesarían para nada a comunidades de hablantes. El sentimiento del mundo de la pantera de Rilke, que da vueltas en su jaula sin olfatear mundo alguno tras los barrotes, se corresponde con el diseño del mundo del depresivo, que no alcanza siquiera a lo más próximo.

  ¿No ha sido siempre la famosa “duda metódica” una farsa y no ha tenido que servir sólo como como figura encubierta del ánimo fundamental maníaco-resolutivo y depresivo-irresoluto de los autores? Con ello la argumentación filosófica se convierte en un ejercicio de nollegada a un resultado positivo. Pero este nunca-llegar sólo muestra, a su vez, la otra cara de siempre estar-ya-en-la-meta de la metafísica clásica.

   Como descendientes de cazadores y recolectores conservamos la urgencia por hartarnos cuando ya no escasea la comida. La columna vertebral del no tener bastante de nada, de nuestra gordura diabólica es el vertedero de basuras.  Aunque haya personas que sigan alimentando de un modo regulara a un gato, un gato sigue cazando. Un gordo comiendo y una persona trabajando y una civilización acabando con todo.

  Los antepasados de la escritura y de la capacidad de leer son el rastreo de los animales y la capacidad (pars pro toto, sacar por una parte el todo) de reconocer por una muestra la totalidad. Se localizan en las mismas partes del cerebro, si no se aprenden antes de los 15 años no se aprenden bien, etc. Hace 5000 años que leemos y escribimos, pero llevábamos más de un millón de años rastreando animales e identificando huellas y señales. La evolución del cazador preparó el sustrato neurológico del lector.

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