En un barrio de Brooklyn, años treinta

« Nadie escribe como Daniel Fuchs. Para mí es un talento innato, un poeta de cuyas manos nacen versos sin esfuerzo, un mago que consigue que su trabajo parezca demasiado fácil »

                                                                ( John Updike )

Daniel Fuchs ( Nueva York, 1909 – Los Ángeles, 1993) fue un escritor y guionista, hijo de emigrantes judíos. Si sus guiones cinematográficos tuvieron éxito hasta el punto de ser premiado alguno de ellos con un Óscar en 1956, por Quiéreme o déjame, su fama, no obstante, alcanzó mayor relevancia por sus novelas en las que retrataba la comunidad judía de Brooklyn. En ellas describe la vida que pasó allá en sus primeros años de su vida, hasta los veintiséis en que se trasladó a Los Ángeles.

Tal vez su novela más significativa , la segunda que escribió, es la que ahora acaba de publicar Automática: « Tributo a Blenholt». La historia nos sitúa en el barrio de Williamsburg, barrio que tras la apertura del puente del mismo nombre en 1903, hizo que allá se trasladaran oleadas de inmigrantes que huían de las infames condiciones de hacinamiento que padecían en Lower East Side de Manhattan; inicialmente tal lugar fue ocupado por gente procedente del Centro y del Este europeos, momento que es reflejado por Daniel Fuchs.

Estamos en una escalera vecinal en la que el alboroto es el pan nuestro de cada día, ya que algunos muchachos ( Heshey, la Rubita, Chink…) juegan con sus patinetes y luchan con sus juegos guerreros que se acompañan con insultos, y con los gritos de las madres que amenazan a sus chiquillos con partirles las piernas y castigos de parecido jaez. En tal vecindad vive el que va a ser el protagonista principal, Max Balkan que vive con sus padres ( el padre un cruce de calzonazos y payaso que hace que la madre, señora dominante, se ría de él calificándole con una palabra ad hoc, creada por ella: Fumfotch) y su hermana Rita; Max trata con unos amigos que al igual que él son del conjunto de a los que hay que dar de comer aparte. El tal Balkan no trabaja, no así su mente que no cesa de imaginar inventos convencido de que le van a suponer el éxito que se traduciría en lograr un millón al que seguirán muchos más: instalar transistores en el metro para que la gente no se aburriese, abrir garitos de bebida de una lado al otro del país con el fin de vender sopa de pollo caliente, un paracaídas autónomo que hiciese que la gente permaneciese en las nubes a voluntad. Ruth es la chica que trata de convencer al inventor, para que trabaje y ponga los pies en el suelo, a lo que el interesado responde recurriendo a diferentes citas como principio de autoridad: « en un país como éste, donde la práctica totalidad de los valores humanos se reconoce en términos de dólares y centavos, no es solo vano que un hombre intente salir adelante sin dinero, sino también un tanto absurdo». Los amigos de Balkan no se quedan a la zaga: Coblenz es un ser al que le duelen las muelas, dolor que es incrementado por el traqueteo de los niños de la vecindad, que busca la solución a sus continuos dolores con tragos de whisky y armado de una inseparable escoba que usa, inútilmente, golpeando el techo para tratar de acallar los ruidos del piso de arriba, que lo que sí que logran es que tenga accesos de violencia desatada tanto en el trato con sus amigos como en la destrucción de sus destartalada habitación, y el avance hacia los bordes de la destrucción propia; otro de los amigos, Murvel es un etimólogo al que le gusta jugar con las palabras y que no cesa en el empeño de buscar su origen, sus irregularidades en las conjugaciones latinas y otras tareas del estilo; su actividad no cesa ya que el torbellino mental le hace que pase de una idea a otra sin corte algunos, en una continuidad permanente que hace que siempre esté centrado en algo que para él es trascendental, que no puede esperar ya que si no lo aborda en el momento la idea puede esfumarse no pudiendo ser recuperada; Rita, la hermana de Balkan a quien, por cierto su madre quiere casar a toda costa para lo que le da la brasa permanentemente, hace la ola a Murvel juzgando que el empeño de éste es digno de encomio. Por la vecindad hay un tenaz anciano, vendedor de perlas artificiales que no deja de ofrecer su mercancía y de llorar sus penas, también conoceremos al paso de las páginas a un peluquero y sus empleadas a los que acude Ruth, y algunos otros comerciante, o hijos de…

Las reflexiones de Balkan le hace recurrir a diferentes autores ( Shakespeare, Marlowe, T.S.Eliott…sin obviar algunas referencias y disquisiciones filosóficas) y defender una concepción de la heroicidad curiosa que le hace traer a colación como figura paradigmática a Tamerlán…y dentro de tal consideración incluye al personaje cuyo nombre se recoge en el título, Blenholt que es inspector del alcantarillado ( para otros es un mafioso y un delincuente que se aprovechaba e su puesto para ejercer la mordida sobre todo aquel que se pusiese por delante); para Balkan era un héroe ya que se dedicaba a organizar tareas que a nadie gustan evitando así a los demás tales incordios.

Junto a todo lo anterior, se nos desvelan los afanes de no pocos jóvenes del lugar que pretenden alcanzar el éxito y el dinero por medio de las apuestas hípicas y otras ( como centro de la colla, la tienda de tabaco), y el peso amenazador del hampa con los matones que imponen su ley en las calles. No se puede, ni se debe, pasar por alto, el amor de Ruth por el cine que hace que desfilen por las páginas los nombre de algunas de las luminarias del séptimo arte en aquellos momentos, y sus películas. Si esto es un indudable testimonio de la época, no es de calado menor las continuas referencias a marcas, objetos, utensilios, con sus respectivos anuncios, que reflejan la década de los treinta en los momentos de la Gran Depresión.

No quisiera concluir sin referirme a Georges Perec quien en algunas de sus obras , cambiando lo que se haya de cambiar y manteniendo las distancias que se daban mantener, conserva ciertos aires de familia con el presente libro, y me refiero a tres en concreto: Las cosas ( 1965) en la que a través de los objetos que se usaban en el momento realizaba una historia de los años sesenta ( de mitologías hablaba Roland Barthes); La vida modo de empleo ( 1978) en la que un edificio con sus diferentes pisos le servía para elaborar una novela-mundo, en el caso que nos ocupa las escaleras vecinales juegan un papel de imán de personajes y narraciones; y, por último, Relatos de Ellis Island ( 1980), en donde recogía los relatos de quienes habían llegado a aquel destino, como umbral del paraíso soñado, muchos de los progenitores del libro que he presentado pasarían por tal infecto lugar de espera para luego asentarse en el barrio visitado; en este orden de cosas no está de más que en las cercanías de la estatua de la Libertad, se hallaba esta isla a donde entre 1892 y 1924, llegaron dieciséis millones de emigrantes, proletarios de todos los países que trataban de unirse al sueño americano…debiendo padecer unas medidas de segregación y exclusión en nombre de la higiene y la racionalidad…

La novela presentada, y obviamente recomendada, recoge el pulso de una comunidad en unos tiempos determinados, con indudable humor y con indisimulado afecto.

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