En torno a la competitividad

Vivimos tiempos en los que de perversión del lenguaje. A civiles asesinados se les denomina “daños colaterales”, existen coches “ecológicos”, el Premio Nobel de la paz es otorgado a quien promueve la guerra… Al mismo tiempo, una serie de palabras han adquirido una connotación positiva, de tal manera que a uno le mirarían raro si opinara lo contrario: crecimiento, competitividad, rapidez…

El próximo fin de semana los ministros de ciencia y tecnología de la Unión Europea se reunirán en Donostia para vendernos las bondades de una de estas palabras cuya connotación positiva es ya un lugar común: la competitividad. Según estos ministros y el pensamiento único al cual representan, la economía de nuestros países debe ser más competitiva para que la economía crezca. Se supone que a consecuencia de esto todos tendremos muchas más cosas y seremos mucho más felices.

La competitividad y el crecimiento económico nos habrán proporcionado multitud de objetos de consumo que podemos renovar cada muy poco tiempo, transportes más rápidos, fábricas que producen más y servicios que se supone que nos hacen vivir mejor. ¿Pero a qué precio? La búsqueda de la competitividad provoca deslocalizaciones y despidos, y el empeoramiento de las condiciones de los que mantienen su empleo. Estrés, ansiedad y depresión afectan a miles de personas que viven agobiadas por su trabajo o desesperadas porque no lo tienen. La sociedad se convierte a pasos agigantados en una suma de individuos que desconfían entre sí y dispuestos a pisarse unos a otros. La construcción sin límites ha deteriorado el medio ambiente, y las infraestructuras como el TAV o el puerto exterior de Pasaia prometen seguir haciéndolo.

Pero las consecuencias de este modelo de competitividad y crecimiento llegan mucho más allá, y de forma más dramática, en aquellos países sobre cuya miseria se ha construido este modelo. Países en los que personas que reciben salarios ridículos por jornadas interminables cosen nuestra ropa o ensamblan nuestros teléfonos móviles. Países cuyas riquezas naturales son explotadas para satisfacer nuestra avidez de materias primas, o que se convierten en los basureros de nuestros desperdicios.

Nosotros creemos que nuestras vidas valen mucho más que el beneficio económico de unos pocos. Creemos que todas las personas, sean de donde sean, tienen derecho a una vida digna y tranquila y que el mundo tienen la capacidad suficiente de dárnosla a todos y todas. Porque no creemos en la competitividad, pero sí en la solidaridad y en la cooperación entre las personas. Por eso, el próximo domingo 7 de febrero, saldremos a la calle junto a otras muchas personas bajo el lema “Contra la Europa del capital, por una Europa de los pueblos y los trabajadores”.

Igor Usabiaga, militante de Antikapitalistak y participante en la Plataforma «Gipuzkoa contra la Europa del Capital».

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