En Tahir están los muertos

Hay jóvenes de los barrios olvidados y estudiantes, mujeres con burka y funcionarios, parados y vendedores ambulantes, intelectuales y vagabundos. Son el pueblo egipcio en plena construcción que está disputando el poder al antiguo régimen. Un proceso de cambio que está produciendo que el centro de la lucha política se sitúe en las calles y no en las instituciones.

Es en las imágenes que están dando la vuelta al mundo en las que se ve dónde se sitúa la verdadera confrontación entre el  pueblo y el régimen. Y de esta forma se aprecia cómo la correlación de fuerzas que se establece en la arena estatal es completamente distinta, y que ésta está siendo relegada a segundo plano.

Las últimas cifras de las elecciones, posiblemente falseadas, dan una victoria de alrededor del 60% a los islamistas de los Hermanos Musulmanes, junto a una subida exponencial de los salafistas.

Sin embargo, el pueblo egipcio que lucha cada día por el control de la calle contra unas fuerzas a las órdenes de la Junta Militar cada vez más represivas queda fuera de la disputa electoral. En los episodios de los últimos días hemos visto el nivel de violencia que ha utilizado el poder que controla los aparatos de Estado contra los revolucionarios.

Y es en esa lucha diaria donde se está conformando una verdadera fuerza de transformación social, en los jóvenes que corren entre botes de humo y barricadas, y en los manifestantes que no retroceden frente a las porras y los disparos. Es en esas calles donde el nuevo Egipto lucha por nacer y el viejo trata de morir matando.

Mientras, en los despachos se disputa la nueva correlación de fuerzas en el plano institucional. Los islamistas de los Hermanos Musulmanes, interesados en un modelo transicional como el que están llevando a cabo sus compañeros de Túnez, intentan captar las mayores cuotas de poder. Para ello pactan con el antiguo régimen y se preparan para imponer su orden. Una vez que el bloque de Mubarak y del antiguo Egipto han sido completamente desmontados, los islamistas, que salieron a la calle y se constituyeron como principal fuerza aglutinadora en el pueblo que derribó al anterior gobierno, se transforman ahora en fuerza contrarrevolucionaria y enfrentada a Tahrir.

Esto es lo que están demostrando las revoluciones árabes: cómo, allí al igual que aquí en menor medida, en este momento los parlamentos, históricamente centrales en la disputa por el cambio social, han quedado relevados por un escenario de amplia confrontación entre las fuerzas del poder económico mundial, con la capacidad que tienen de mantener el control a través de la violencia, y una humanidad que está redefiniéndose a sí misma ante la defensa de una dignidad robada y que entiende que para recuperarla hace falta un profundo cambio social.

 

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