En polvo te convertirás…

  Está demasiado claro, como para que el mundo se llame a engaño, que, por más escrupulosa que haya sido la justicia chilena con las garantías procedimentales, no hubo mucha más premiosidad deliberada por su parte que plausible celo. Había muchos indicios para pensar que tanto la Justicia como las instituciones tenían calculado perfecta­mente el tempo de los procesos y la solución final para el dictador nonagenario. Que no era otra, que la espera pa­ciente a la muerte natural del monstruo que ordenaba (o permitía, da igual) que, por comunistas o sospechosos, fueran arrojados al mar desde los aviones centenares de se­res humanos mientras él rezaba el rosario.

  Los avatares procesales a lo largo de estos ultimos años relacionados con este inmundo devoto, venían delatando el miserable cálculo emboscado en una apariencia de pulcritud en la aplicación de las leyes. Un rastrero método que, como tal, iba llegando hasta los confines europeos donde lo se­guíamos con esa permanente impresión, por más aparato­sas que fueran las noticias sobre medidas cautelares y otras adoptadas por jueces cambiantes y tribunales versátiles co­ntra el miserable reo distinguido y entorchado.


  La rabia, como estaba previsto, se va a resolver simple­mente con la muerte del perro sarnoso. Una muerte y una soluciónanunciadas con mucha antelación, que impedirá que el sanguinario dictador pase a peor vida con toda clase de deshonores oficiales. Aquí concurre algo parecido a lo sucedido en aquel campeonato mundial de fútbol conse­guido gracias a «la mano de Dios»; dato que sólo es anéc­dota porque nadie lo tiene en cuenta al contar tro­feos…


  El dictador pasará a la historia por haber sido mil veces procesado, pero no por haber sido condenado. Y entonces, pasados los decenios y los siglos prevalecerá en la psi­colo­gía colectiva la buscada presunción de inocencia. ¡Lo logró el villano!


  Aun así, ¡qué oprobio para todos es que los canallas mue­ran en la cama rodeados del mimo de sus familiares, mien­tras los amantes de la humanidad, los sacrificados a la causa de la justicia social, al amor al prójimo evangélico o natural, mue­ran siempre y casi por definición ignominiosa­mente crucifi­cados, a machetazos o abatidos a tiros por los que, como en el presente caso, agonizan sedados y con toda clase de viáticos!


  Pero también ¡cuánta inmundicia se ha arrojado a sí misma siempre la iglesia católica con esta clase de infa­mias; avalando y alabando, por un lado, a tanto criminal sólo porque lucía una cruz en el pecho,y anatematizando y que­mando a tanto desgraciado por otro sólo porque no comul­gaba con ruedas de molino!


  Esto basta para hacernos «sospechar» a los no creyentes, que tiene inexcusablemente que haber otro desenlace «real» distinto para todos, para amantes y criminales, después de cada muerte. Si no el cerebro, lo pide el corazón o el hígado, las vísceras sintientes. Es «imposible» metafísica­mente que, una vez acabada la farsa, los canallas se con­viertan en el mismísimo polvo que los que entregaron su vida -sin ningún género de dudas- por la justicia, por la igualdad y por la humanidad. Por eso jamás desaparecerá del léxico de todos los idiomas el ¡maldito seas!

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